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Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 25

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  4. Capítulo 25 - 25 El León del Frente
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25: El León del Frente 25: El León del Frente Esa mañana, en la entrada del Valle Vacío, el ejército de Murem, que había llegado hace apenas un día, se preparaba para adentrarse más en su interior e ir al encuentro de los rebeldes.

Por órdenes del Comandante Supremo Murem, el ejército formaba en tres líneas, como se había planeado antes, con los reclutas en el centro y los antiguos en los flancos.

Debido a la ausencia de Gilgag y a la baja moral de sus tropas, Murem decidió poner a sus propios escuadrones en la vanguardia, mientras las tropas de Gilgag, ahora al mando del teniente Livey, estarían en la segunda línea para ser el relevo.

En la tercera línea también posicionó a sus escuadrones de soldados antiguos con jabalinas y arcos.

Por otro lado, el Capitán Wilfer y su ejército de tres mil fueron divididos para estar en cada flanco junto a la caballería de Murem, encargados de evitar cualquier intento de flanqueo y cubrir la retirada en caso de ser necesario.

Mientras los soldados tomaban formación, Murem, montado en el elegante e imponente caballo de nombre Sello, desde atrás y en silencio contemplaba el Valle Vacío, pensando en por qué Román elegiría ese terreno para la batalla.

Las dudas de Murem se debían a la singularidad del terreno: no solo era extenso y despejado, también era plano, sin pendientes ni colinas, un terreno ventajoso para quien tuviera la superioridad numérica, en este caso, Murem y su ejército, que debido al decreto, ahora tenían una ventaja de dos a uno contra los rebeldes.

Entonces, por qué Román eligió el Valle Vacío, aun sabiendo que aumentaría la ventaja de su enemigo.

Atrás del príncipe, tres eruditos, expertos en estrategias, se encontraban de pie también mirando el terreno y cuestionando lo mismo.

—¿Qué opinan ustedes?

—preguntó Murem sin voltear a verlos—.

¿Por qué Román elegiría este lugar como campo de batalla?

Los eruditos cruzaron miradas dudosos antes de responder.

—Tal vez Román confíe en la calidad de sus tropas —aseguró uno de los eruditos—.

Él debe saber que nuestro ejército es en su mayoría de reclutas y tal vez no nos vea como un peligro.

—Eso tiene sentido —afirmó otro erudito—.

Román es un noble orgulloso; siempre se ha sentido superior a los demás, tal vez esto sea una forma de burlarse e insultarlo, príncipe.

Algo inconforme con las razones dadas, Murem soltó un suspiro y asintió intentando creer lo que le decían.

Por otro lado, el tercer erudito, Muravi, igualmente se esforzaba por creer la hipótesis de que Román solo se estaba burlando.

—¿Y tú, Muravi?

—preguntó el príncipe, girando levemente para ver de reojo a Muravi—.

¿También piensas que el terreno es solo para humillarme?

—No estoy seguro —respondió Muravi y, bajando la cabeza, explicó: —Me parece poco lógico, no importa si nuestras tropas son en su mayoría reclutas, la ventaja numérica que tenemos sigue siendo un problema para Román.

—Levantó la cabeza para mirar el terreno y continuó: —En un terreno tan despejado como este es fácil rodear a los rebeldes y ponerlos en aprietos o al menos bajar su moral.

—Sí, es lo mismo que yo pienso —dijo Murem—.

No creo que el orgullo de Román sea más grande que su astucia.

Guardó silencio un momento y con tono frustrado añadió: —No tiene sentido, pudo elegir un terreno más alto o un bosque para tener la ventaja, pero en su lugar eligió darme la ventaja aquí.

—En ese caso, tal vez sea una trampa —aclaró otro de los eruditos en voz baja.

Murem giró la cabeza hacia el erudito y, mirándolo preocupado, dijo: —Debe ser, ¿pero de qué tipo?—.

A Murem ya le había pasado por la cabeza la idea de que esto fuese una trampa; sin embargo, nada además del Valle Vacío parecía indicarlo.

Pues según los exploradores, los rebeldes no habían recibido refuerzos y sus escuadrones de caballería y arqueros no eran nada que él no pudiese contrarrestar.

¿Entonces cómo planeaban ganar los rebeldes?

—¡Comandante!

—la voz del teniente Saviros sacó a Murem de sus pensamientos.

—Habla, Saviros.

—Una patrulla de rebeldes fue vista más adelante —informó Saviros inclinando la cabeza.

—De seguro Román ya debe estar preparándose —afirmó uno de los eruditos.

Murem miró a su ejército ya en formación para avanzar.

Extendió la mano abierta a uno de sus sirvientes; este le entregó su lanza dorada.

Murem la sostuvo, apuntó hacia arriba, luego al frente y ordenó: —¡Avancen!—.

Las banderas de los ejércitos fueron levantadas y, al unísono, los oficiales ordenaron: —¡Marchen!—.

El ejército, en tres líneas y con cada grupo adoptando la formación Ariete, empezó a marchar hacia el interior del Valle Vacío.

Los reclutas sabían que en unos momentos iniciaría el combate que muchos de ellos temían, en especial los soldados de Gilgag, quienes, a pesar de ser la segunda línea, aún sentían la presión de tener que luchar sin su líder directo.

Sin la presencia de Gilgag, no solo los soldados tenían la moral baja, también Murem, quien, mientras montaba atrás del ejército, miraba levemente hacia atrás, esperando que su amigo apareciera.

Tras un largo tiempo de marcha, el ejército se encontraba en un punto donde solo se podían ver varios kilómetros de terreno plano y verde, y de los árboles que dejaron atrás, ahora solo eran visibles las siluetas.

Desde ese lugar, los soldados empezaron a ver algo a lo que se acercaban; como un muro o tal vez un bosque.

Algunos empezaron a creer que tal vez estaban llegando al final del Valle y estaban por entrar en un bosque.

Sin embargo, con cada paso, la silueta tomaba una forma y color no propia de los árboles.

Unos se dieron cuenta de inmediato, otros tardaron, pero al llegar ya todos lo sabían: no era un bosque ni un muro, eran personas armadas y formadas; era el enemigo esperándolos.

Ahí estaban los rebeldes, un ejército casi tan diverso como el de Murem, con armaduras de cuero y bronce, lanzas, hachas y espadas.

Cada soldado tenía vestiduras azules bajo sus armaduras, lo que los hacía parecer un ejército profesional.

Formados en dos líneas, del mismo ancho y largo que las de los leales, con barricadas móviles rodeando sus flancos y su caballería fuera de ellas más atrás de las líneas; tal vez para contrarrestar los intentos de flanqueo.

Y, aparentemente, sus soldados también usaban la formación Ariete, pero alineada para defender.

Murem, junto a los eruditos, vieron la formación defensiva y las barricadas, y confirmaron lo que ya suponían: los rebeldes esperaban una carga y no se moverían de ahí.

—Esas barricadas fueron puestas de emergencia —comentó uno de los eruditos—.

Aunque parezcan inútiles, serán un obstáculo difícil de atravesar.

—Y esa formación defensiva es muy cerrada, todos tienen escudos en primera línea —añadió otro de los eruditos.

Escuchando los comentarios, Murem seguía pensando en cuál podría ser la trampa de Román, pues esa formación era la esperada, no había nada enfrente de ellos que debiera temer, a menos que los rebeldes fuesen muy superiores en combate.

Mientras Murem continuaba hablando con sus estrategas en la retaguardia, Asur, en la segunda línea del ejército, en el escuadrón de la oficial Senek, se encontraba junto a su grupo, adoptando la formación Ariete con el joven más alto, quien empuñaba un hacha adelante, como la punta del Ariete.

A sus lados un poco atrás, otros dos jóvenes con lanzas y escudos de madera, listos para defender la punta.

Y luego Asur, armado con lanza, estaba detrás del joven más alto, preparado para tomar su lugar cuando fuera necesario.

A su vez, había otros dos reclutas armados con lanzas, a los lados de Asur, un joven a su izquierda y una señora a su derecha, quienes debían apoyarlo cuando él fuera la punta del Ariete.

Sin embargo, al igual que muchos otros en el ejército, ambos se mostraban tensos, besaban repetidamente sus amuletos y trataban de controlar sus nervios.

Asur ignoró sus comportamientos, pues, como había dicho antes, estas personas buscaban una muerte rápida y ni siquiera harían el esfuerzo de defenderse.

Desde su lugar, Asur podía ver a los soldados antiguos de Gilgag en los flancos, quienes, a diferencia de los reclutas, no parecían temer, aunque tampoco estaban tranquilos; en todo caso, parecían serios o concentrados en un objetivo.

Debido a esto, Asur sentía una ligera admiración, algo que él mismo no entendía.

Tal vez era por los reclutas, cuyas actitudes temerosas hacían ver a los antiguos como valientes y temerarios, o tal vez era la parte más juvenil de Asur sintiéndose segura ante la confianza de aquellos guerreros.

—¡Diosa querida!

—la voz de una señora atrás de Asur llamó su atención—.

¡Oh, la implacable y destructiva Guerra, bendice a esta servidora y acepta mi sacrificio!

—rezaba la mujer, besando repetidamente sus amuletos.

Asur volteó a ver la patética escena de una mujer adulta, más alta y pesada que él, con armadura y lanza, suplicando bendiciones a unos momentos de iniciar una batalla.

Él la vio de forma despectiva, con los ojos entrecerrados y fijos, sintiendo un profundo desprecio, no solo hacia ella, sino también hacia todos los que se habían rendido antes de comenzar.

Un anciano, al lado izquierdo de aquella mujer, vio la mirada con aparente odio de Asur y, sintiendo vergüenza, dijo: —No nos mires así, muchacho—.

Asur dirigió la mirada hacia el anciano y luego, sin decir nada, se volteó dándoles la espalda.

—Tenías razón —dijo el anciano a Asur, bajando la mirada—.

Muchos estamos aquí esperando morir.

Sus palabras parecían ser ignoradas por Asur, quien aún se mantenía de espaldas, escuchando la confirmación de lo que ya sabía.

—Sé que parecemos pesimistas y cobardes, ¡¿pero acaso alguien puede culparnos?!

—dijo el anciano, casi gritando, llamando la atención de su alrededor—.

Soy un viejo, no puedo luchar; en la ciudad apenas y podía trabajar; soy un desecho de la sociedad, por eso estoy aquí.

—Con un suspiro pesado y conteniendo sus lágrimas, continuó—: Tengo tres nietos, dos de ellos tienen la edad suficiente para estar aquí, pero aún son unos niños, deben ser unos años mayores que tú —añadió, señalando a Asur—.

Vine porque ellos no podrían soportar nada esto.

La pena y la lástima caló en los reclutas que podían escuchar al anciano, pues su situación no era diferente a la mayoría.

Todos estaban ahí representando a sus familias, a sus esposas, hijos, hermanos y padres; y también, de alguna forma, todos se sentían como un desecho de la sociedad, o al menos de sus familias, pues eran esa pieza descartable, ese sacrificio que cada familia entregó para sobrevivir.

—Y no solo yo —continuó el anciano mientras posaba su mano sobre el hombro de la mujer que aún rezaba—.

Ella está aquí para proteger a su hija.

Su marido, un completo cobarde, quería enviar a su hija para cumplir el decreto, pero esta mujer no lo permitió y vino ella en su lugar.

La voz quebrada del anciano, junto con sus palabras, aumentaron la tensión, el miedo y la tristeza de los reclutas.

Al darse cuenta de esto, Asur no pudo soportar ver cómo la moral, incluso de los más expertos, se desbordaba.

Por primera vez, Asur sentía el peligro que corría, aunque no por miedo, sino por frustración, al ver que muchos empezaran a temblar y desesperarse.

Para Asur, era cuestión de tiempo hasta que muchos empezaran a huir, estando él en medio de los cobardes.

Miró a los oficiales de escuadrones, quienes debían mantener la moral, esperando que estos hicieran algo, pero todos ignoraban o no se daban cuenta de lo que ocurría.

Por eso Asur, sintiendo la responsabilidad de resolver esto, volteó hacia el anciano con una mirada furiosa y una sonrisa de oreja a oreja, dijo con tono apacible: —Aparte de pesimistas y cobardes, también son egoístas—.

El anciano y otros alrededor vieron a Asur con aparente desdén y ojos contenidos.

—No han dejado de pensar en ustedes, desde que entraron al ejército —dijo Asur en voz alta a todos—.

Dicen que tienen familia, gente que los espera, pero parece que no han visto a su alrededor.

—Extendió ambos brazos y señaló con la mirada hacia todos lados—.

Aquí hay muchos que tienen esposas, hijos, padres y hermanos, ¿pero acaso en algún momento pensaron en ellos?

Tal vez tú, anciano, ya has vivido suficiente, pero ¿y los jóvenes de alrededor, qué?

Muchos reclutas, aún tensos, miraron a su alrededor, percatándose de la cantidad de jóvenes que rondaban los veinte años, dispersos por toda la formación.

—Yo era un esclavo antes de venir —continuó Asur—.

No tengo un lugar adonde volver o gente que espere mi regreso; si muero aquí, nadie lloraría por mí.

Incluso, estoy seguro de que ninguno de ustedes recogería mi cuerpo, me dejarían para que los cuervos me comieran —dijo, señalando al cielo.

En ese momento, todos alzaron la mirada al cielo, notando la presencia de varios cuervos sobrevolando el área, algo que solo Asur había visto hasta entonces.

—Pero no les digo esto para que sientan lástima, se los digo para que piensen en los demás —Asur alzó la voz una vez más—.

A diferencia de mí, aquí hay jóvenes con padres, hermanos…

—miró de frente al anciano y dijo—: Y abuelos que los esperan.

Dijiste que tus nietos son casi de mi edad.

Entonces dime, si tus nietos estuvieran aquí, ¿te gustaría que las personas los dejaran solos en la batalla?

El anciano se dio cuenta de adonde quería llegar Asur; él estaba siendo egoísta, al no pensar siquiera en intentar proteger al muchacho que tenía delante, que era incluso más joven que sus nietos.

—Muchos aquí ya han decidido morir, está bien, lo respeto —afirmó Asur a todos—.

Pero al menos, mueran protegiendo a otros.

No les pido que luchen como guerreros de élite, pero hagan el intento de proteger a los que queremos vivir.

Los reclutas de alrededor empezaron a ver sus alrededores; poco a poco, cada recluta iba encontrando a alguien que le recordaba a un familiar.

Los viejos veían a sus nietos en los jóvenes, las mujeres a sus hijos y los jóvenes, a sus padres.

Y así, la tensión fue ligeramente aliviada.

La oficial Senek, que estaba observando a lo lejos, apenas pudo notar la tensión de los soldados y pensó que el agresivo discurso de Asur era la razón de esta tensión.

Intentó acercarse a él para regañarlo por, según ella, causar el desorden en el escuadrón.

Sin embargo, en ese momento, algo empezó a llamar la atención de los reclutas: una silueta se alzaba desde la retaguardia, acercándose lentamente.

Fue fácil saber de quién se trataba; era él acercándose, el Coronel Superior Gilgag.

Con una mirada seca y una expresión seria, llegaba con su armadura de cuero marrón, su enorme hacha de doble filo en la mano derecha y, extrañamente, con una gran sandía en la mano izquierda que, sostenida por él, parecía un fruto pequeño.

El Comandante Murem, los eruditos y la guardia personal, miraban cómo se acercaba al ejército ignorando a todos.

Los eruditos empezaron a criticar al Coronel Superior por no presentar respeto ni participar en la reunión del príncipe.

Pero Murem y Muravi sabían que, en ese momento, Gilgag no estaba ahí como Coronel Superior, sino como un soldado más.

Gilgag atravesó la tercera línea, ignoró a la segunda y se adelantó a la primera, deteniéndose ahí como el primero del ejército.

El teniente Livey volteó a mirar a Murem, quien a la distancia señaló a Gilgag y Livey entendió la orden.

—¡A la vanguardia!

—gritó Livey.

Los oficiales replicaron la orden y la segunda línea se movió al frente justo detrás de su líder directo, Gilgag, y los que estaban al frente pasaron a ser la segunda línea.

Mirando fijamente al enemigo, ignorando lo que pasa atrás de él, Gilgag acercó la sandía y le arrancó un pedazo verde con los dientes, la escupió y enseguida empezó a devorar la fruta, sumergiendo sus dientes en ella, a la vez que lanzaba a lo alto su pesada hacha y la volvía a atrapar sin tener que mirar.

Los soldados no entendían lo que hacía, pero tampoco se acercaban a preguntar, pues su líder se veía como un animal devorando una presa y el hacha siendo arrojada les causaba temor.

Cuando Gilgag terminó de comer, presionó lo que quedaba de la sandía, reventándola.

Luego empezó a caminar de un lado a otro, dando saltos por momentos, mientras hacía girar su hacha con una sola mano y la arrojaba al cielo para volver a agarrarla, sin quitar la vista del enemigo.

Para su ejército, tanto reclutas como soldados, esto era algo confuso y sorprendente que poco a poco iba aumentando la moral, pues el hacha de Gilgag tenía un mango tan grueso como la pierna de un caballo y una cabeza que parecía más un yunque.

Para cualquiera, esa arma sería muy pesada, pero ahí estaba Gilgag, jugando con ella como si solo fuera una pequeña rama.

De la nada, una risa desquiciada se escuchó desde uno de los escuadrones.

Muchos voltearon y vieron que se trataba de aquel joven, Asur, quien, mirando a Gilgag, no dejaba de soltar risas y carcajadas genuinas.

Asur había recordado algo de su infancia, el día que Gilgag y Murem llegaron a la ciudad de Miles, la primera vez que Asur vio a Gilgag, escuchó que los heraldos se referían a él como “El León del Frente”.

En ese entonces, creyó que era algo simbólico, pero ahora podía ver que era completamente literal.

Pues en ese momento, el cabello largo y desgreñado de Gilgag y los líquidos rojos de la sandía que escurrían por su barba, le daban la apariencia de un león que acababa de comerse a su presa.

Gilgag se veía como un león que estaba en el frente.

Todo esto le provocaba a Asur una emoción de éxtasis y adrenalina que demostraba con sus risas, las cuales no hicieron más que aumentar la confusión de los reclutas.

Al percatarse de esto, entre risas, Asur dijo en voz alta: —¡Por qué no están contentos, el León del Frente ya está aquí!—.

Con una enorme sonrisa, Asur adoptó la postura enseñada para la carga, con su lanza pegada a la cadera y se mostró listo para el combate.

La moral del ejército siguió subiendo a medida que el gigante continuaba sus juegos.

Muchos se prepararon para la carga y los más antiguos empezaron a golpear sus escudos, creando un sonido apabullante para acompañar a Gilgag mientras jugaba.

Mientras tanto, Murem, que miraba a Gilgag y la vanguardia desde atrás, notó cómo estos parecían estar listos para la batalla y sabía que Gilgag solo estaba esperando la orden para iniciar su carga.

Una seña a los banderilleros fue suficiente para que estos avisaran a los tamborileros, quienes, al recibir el mensaje, empezaron a tocar al unísono.

Las tropas de vanguardia empezaron a escuchar el llamado de atención: un golpe, otro golpe y el último: “¡Prepararse!” era la orden.

La vanguardia tomó posición con sus armas apuntando y sus escudos levantados, esperando la confirmación.

Y luego, fuertes golpes de tambores sin ningún tipo de ritmo, la orden: “¡Atacar!”.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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