Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 26
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- Capítulo 26 - 26 Medición de Fuerzas
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26: Medición de Fuerzas 26: Medición de Fuerzas Luego de treinta y un días desde el inicio de la rebelión de Yem, la situación en el reino de Cicim pasó a un punto de no retorno.
Los papiros con promesas de perdón y castigos menores, enviados por el rey a los rebeldes en un intento por negociar, fueron dejados a un lado para dar paso completo a las hostilidades.
Hasta ese entonces, solo se habían registrado escaramuzas y asedios cortos; las ciudades y aldeas se rendían a los rebeldes, esperando la comprensión del rey y una rápida resolución del conflicto.
Pero tras los primeros choques masivos, esas esperanzas se desvanecieron.
Primero, en el frente sur, se dio el encuentro del General rebelde Kingo contra el príncipe Matmum, que terminó en la muerte de la Coronel Superior Irena.
Más en el centro, entre las provincias de Haragil y Satom, el General Oren, leal a la corona, esperaba el ataque del rebelde príncipe Yem, quien al llegar montó su campamento justo en frente del de Oren.
Ambos evitaron el enfrentamiento directo y permitieron el enfrentamiento entre pequeños escuadrones, mientras planeaban sus estrategias.
Por otro lado, un poco más al norte de Haragil, en la ciudad principal de esta provincia, el General Pasur había iniciado un asedio para capturar al príncipe Tecem, gobernador de la provincia y resguardado en la ciudad, aunque aún no había realizado ningún asalto.
Y por último, en el norte del reino, en el Valle Vacío de la provincia de Ziza, el ejército al mando del príncipe Murem había marchado hacia el encuentro con las tropas del rebelde General Román y sus aliados.
Ese día, con el sol casi en la cima, el viento detenido y los cuervos sobrevolando el área, el ejército del Coronel Superior Gilgag, posicionado en la vanguardia y preparado para el combate, escuchaba los caóticos golpes de los tambores que ordenaban el inicio de la carga.
Los primeros de la línea comenzaron a dar pasos lentos en completa sincronía, seguidos por el resto; un avance que iba tomando velocidad a medida que se acercaban a los rebeldes.
Por su parte, Gilgag, que hacía unos momentos jugaba con su hacha, se quedó parado ante el avance de su ejército, viendo al enemigo como si esperara algo.
Mientras los leales se acercaban, aumentando la velocidad, los rebeldes comenzaron a golpear con fiereza sus escudos y a gritar a todo pulmón.
Esto ocurrió hasta la aparición de cuatro individuos que salieron de las líneas rebeldes, en el centro, justo en dirección a Gilgag.
Eran gigantes de menor tamaño que él, pero igualmente imponentes, con hachas y martillos enormes que sostenían con facilidad.
Lejos de asustarse, los leales siguieron con su feroz carga, ahora trotando a solo unos cuantos metros del enemigo.
Los rebeldes cerraron sus líneas, sostuvieron sus lanzas con firmeza y esperaron el choque.
Estando a un par de metros de los rebeldes, una ráfaga pasó por en medio de las líneas reclutas y luego un estruendoso sonido metálico se escuchó por todo el Valle.
Era el hacha de Gilgag contra el martillo de un gigante rebelde, lo que marcó el inicio de la batalla.
Los golpes de los metales y las lanzas consumieron el valle.
La vanguardia de ambos ejércitos comenzó a luchar con esquives, desvíos, bloqueos y estocadas.
Los reclutas peleaban como les habían enseñado, intentando abrir una brecha en las líneas enemigas, mientras los rebeldes mantenían la formación, insertando y extrayendo sus lanzas de entre sus escudos.
La formación ariete era ejecutada como debía por los reclutas, con aquellos a los lados que mantenían a raya al enemigo con sus lanzas y protegían la punta del ariete, mientras este, con arma corta, presionaba al retroceder unos pasos para volver e intentar empujar y golpear con fuerza la formación enemiga.
Tras este choque, las primeras bajas no tardaron en aparecer.
Hombres y mujeres que eran las puntas de sus arietes comenzaban a ser relevados tras caer heridos por lanzas enemigas y, como era de esperarse, la gran mayoría eran reclutas leales.
Y mientras las líneas se mantenían en un combate casi instintivo, muy en el centro de la batalla, un espectáculo histórico era llevado a cabo: Gilgag se encontraba en un duelo contra los cuatro gigantes rebeldes.
Un combate entre colosos que parecía tener en apuros al Coronel Superior, quien retrocedía, bloqueaba y esquivaba mientras sus rivales golpeaban y tajaban una y otra vez al mismo tiempo, intentando acabar con el escurridizo enemigo.
Los soldados alrededor de los gigantes, tanto leales como rebeldes, evitaban entrometerse por temor y respeto a ellos.
Mientras tanto, desde la retaguardia, montado en su caballo, el Comandante Murem junto a sus estrategas analizaban cada punto de la batalla para intentar adivinar el plan de los rebeldes.
Miraban a los soldados antiguos de los flancos, que tenían dificultades para rodear al enemigo debido a las barricadas, y luego a los del centro, que, tal como se esperaba, era donde más reclutas estaban cayendo.
Pero a diferencia de lo que se tenía planeado, los rebeldes no intentaban empujarlos ni aprovechar los relevos para romper las líneas, solo se mantenían defendiendo.
Murem también miraba el combate de Gilgag y esos cuatro gigantes, los cuales fueron una sorpresa en un inicio, pero luego todos entendieron que su presencia era obvia, pues claramente los rebeldes buscarían una forma de contrarrestar el poder destructivo de Gilgag.
Finalmente, al no poder deducir nada ante el permanente estado defensivo de los rebeldes, Murem decidió esperar algún movimiento del enemigo antes de enviar a la segunda y tercera línea, para no caer en ninguna trampa.
Mientras tanto, muy atrás en la retaguardia rebelde, de pie sobre una plataforma de un metro, con su armadura de bronce pulida hasta un lustre casi plateado y la empuñadura de su espada, que brillaba en la vaina a su cintura y parecía más un adorno que una herramienta, estaba el General Román, Comandante Supremo del frente norte de los rebeldes.
Un hombre con el pelo meticulosamente recortado y peinado, de un castaño que comenzaba a ceder ante las canas en las sienes y un bigote perfectamente delineado que se extendía sobre unos finos labios.
Desde su posición, Román dirigió la vista hacia Murem y las tropas que aún lo rodeaban, con una sonrisa burlona y una mirada de lástima, y comentó: —El pequeño príncipe tiene miedo—.
Sus consejeros y tenientes voltearon a verlo con desconcierto, para luego mirar a Murem a lo lejos.
—El rey envió a su pequeño hijo a resolver sus problemas —continuó Román para sí mismo—.
Y ahora el niño tiene miedo de avanzar hacia una trampa.
—Volteó a ver a sus allegados y mostró una leve sonrisa—.
Se los dije.
Al final, Murem es solo un niño miedoso; piensa que por elegir este terreno, tenemos preparada una trampa.
No se da cuenta que la trampa es su miedo y no usar a todo su ejército.
—Así acabaremos con todo su ejército, de poco en poco —comentó uno de los consejeros.
—Le quitamos la ventaja numérica sin necesidad de hacer mucho —añadió otro.
—Ahora solo falta ver a cuántos de su vanguardia deja morir hasta ordenar la retirada —dijo Román, volteándose hacia el frente.
—¿Y si logran romper nuestras líneas?
—preguntó uno de los tenientes.
Los presentes voltearon a ver al teniente con el seño fruncido.
—¿No los has visto?
Son solo reclutas, y eso, son solo campesinos armados, nada más —respondió un consejero—.
El más peligroso entre ellos era Gilgag, y los gigantes se están encargando de él.
Con este comentario, Román dirigió la mirada hacia Gilgag, viendo cómo este aún se mantenía en combate con los otros cuatro gigantes: una lucha extrañamente igualada, donde el Coronel Superior se defendía muy hábilmente mientras los gigantes, de forma torpe y agresiva, lo intentaban machacar.
—Tiene usted razón —dijo el mismo teniente de antes al consejero, llamando la atención de Román—.
Ahora que veo la gran cantidad de reclutas enemigos muertos, entiendo que no son rivales para nosotros.
Mirando a lo largo de la línea, Román se percató de que en verdad había una considerable cantidad de bajas por el lado de Murem, pasando por su cabeza la idea de atacar con todo cuando estos se retiraran, para acabar con ellos ese mismo día.
Algo que descartó al ver que sus propios soldados se estaban cansando y que a Murem aún le quedaban muchas tropas en reserva.
—Pobres plebeyos —dijo Román, mirando a los reclutas de Murem—.
Dejaron sus chozas y sus madrigueras para venir a morir con el filo de las armas de la nobleza —con una sonrisa bromista, añadió—.
Al menos olerán mejor como cadáveres que como plebeyos.
Con unas fuertes carcajadas de gracia, Román volteó a ver a sus allegados, quienes lo acompañaron con sonrisas incómodas mientras volvían a observar la batalla.
Y con los líderes de ambos ejércitos observando el desarrollo de la batalla, esta se tornó en un punto muerto, con los leales intentando abrir una brecha y los rebeldes manteniéndose firmes y confiados.
Todo parecía indicar que esta batalla terminaría siendo un recordatorio de la superioridad rebelde, un recordatorio de cómo un príncipe con más de cien mil soldados fue vencido por su propio miedo y dejó morir a los mismos reclutas que trajo por decreto.
No obstante, hubo un factor clave que, aunque no cambió el rumbo de la batalla, sí cambió la percepción que se tenía de los reclutas hasta ese momento: la presentación de quien cambiaría el rumbo de la guerra.
En medio de la batalla, en una sección cercana a los flancos izquierdos, un joven alto y robusto, que servía como la punta del ariete desde el inicio de la batalla, fue herido por una lanza bajo la axila y parte del brazo.
Tirado en el suelo, arrastrándose de espaldas desesperadamente para evitar las punzadas de sus oponentes, el joven pasó junto a los cuerpos de sus compañeros.
El olor a eses y sangre lo hacían sentir que su final estaba cerca.
El soldado rebelde que había herido a este joven dio un paso fuera de su formación intentando rematar al muchacho y, al tenerlo cerca, no dudó en levantar su lanza con un rostro de furia.
Pero en ese instante, alguien parado delante de él hizo lo mismo contra el rebelde y lo hirió rápidamente en la axila, haciéndolo caer y retroceder.
De inmediato fue levantado y llevado atrás por sus compañeros mientras miraba el rostro de quien lo había herido.
Una sensación de vergüenza lo invadió al ver que era un joven más bajo y delgado que el anterior, sensación que se convirtió en confusión al ver su expresión: una sonrisa divertida, enseñando los dientes y una mirada depredadora, con el seño fruncido y el blanco de sus ojos exponiéndose.
Asur, que había estado toda la batalla apoyando desde atrás y esperando para relevar a su compañero, ahora se lanzaba contra los oponentes ya cansados que formaban la línea enemiga, con una emoción reflejada en su sonrisa que confundía tanto a aliados como enemigos.
Ahora Asur era la punta de su formación, pero, en lugar de atacar como debía, se dedicó a defender, aprovechando su lanza.
Comenzó a bloquear y desviar los ataques de sus adversarios con fuerza; golpeaba sus lanzas y sus escudos, pero no a los rebeldes, para molestarlos e incomodarlos, intentando provocar una reacción de estos.
Sabía que su sonrisa ya los confundía, aunque esta fuera genuina, y durante toda la batalla vio cómo rompían sutilmente su formación para rematar o atacar a la primera oportunidad.
También sabía que la formación con escudos y lanza de los rebeldes los limitaba en movimientos.
Por eso, en caso de que no se acercaran por su provocación, él aprovecharía esa falta de movilidad para acercarse e intentar empujarlos.
Tras intensos choques entre lanzas, los enemigos no parecían ceder.
Asur decidió acercarse.
Retrocedió un poco, mirando a un enemigo a su derecha.
Estos, confundidos por su sonrisa, instintivamente guiaron las puntas de sus lanzas hacia la derecha.
En un movimiento rápido, Asur se apegó a los escudos enemigos de su izquierda, pasó su lanza por encima de estos y, con un golpe débil pero certero, hirió en el ojo a un soldado de apoyo que gritó fuertemente, llamando la atención.
Asur se alejó de las líneas enemigas y aprovechó la distracción para deslizar la punta de su lanza sobre el rostro de su adversario, dejándolo aturdido por un segundo y dejando a su compañero en un corto duelo de lanzas con el joven, quien no dejaba de sonreír ante todo, aumentando la molestia y confusión de sus enemigos.
Cuando el otro reaccionó, Asur volvió a retroceder, regresando al estado inicial, esta vez con sus oponentes peleando de forma más agresiva.
De la nada, una mujer con armadura de bronce, armada con espada y escudo circular de bronce, salió desde atrás de los adversarios y de inmediato atacó a Asur.
Ella comenzó a golpear repetidamente la lanza del joven, aparentemente aplicando la misma táctica que él, intentando molestarlo para que se acercara, pues ella no podía alejarse tanto de sus líneas, ya que era protegida por los lanceros detrás de ella.
Asur comenzó a responder realizando estocadas que ella podía desviar con su escudo, aprovechando esto para intentar cortar la mano o el brazo derecho de él.
Movimientos que él esquivaba con cierta dificultad por la velocidad y fuerza de aquella mujer.
Tal era su fuerza que los compañeros de Asur intentaban atacarla, pero solo con bloquear o desviar ella los hacía caer.
El combate entre ambos se prolongó por unos minutos agotadores, tiempo en el que Asur reconoció la superioridad de su oponente.
Sabiendo que si ella pudiera alejarse más de sus líneas, tal vez ya le habría cortado la garganta.
Lejos de intimidarse, en pleno combate Asur cambió su sonrisa a una más grande por el orgullo de estar enfrentando a alguien muy superior y seguir vivo.
La sonrisa de Asur no hizo más que enfurecer a la mujer, quien, golpeando con brutalidad la lanza del joven, gritó: —¿Te parece divertido, niño?
¿Te burlas de mí?
¿Crees que intimidas con eso?—.
Sin responder a las preguntas, Asur siguió sonriendo, muy concentrado en bloquear los ataques, aun con una sonrisa que parecía significar su disfrute.
Su actitud no hizo más que enfurecer a la mujer, quien comenzó a golpear con más intensidad hasta que la punta de la lanza salió volando y Asur se quedó solo con el asta.
La mujer, viendo una oportunidad, se acercó unos pasos más de lo que debía para apuñalar, pero se detuvo al ver que los compañeros de Asur se acercaban.
Ella retrocedió de inmediato, defendiéndose mientras sus aliados la protegían de las lanzas enemigas.
No obstante, Asur vio una oportunidad: se acercó a la guerrera distraída y realizó una potente estocada al cuello que la hizo perder el equilibrio.
Ella cayó, doblando sus rodillas, recuperándose al instante dispuesta a responder al golpe.
Pero en cuanto dio los primeros pasos, su cuerpo reaccionó diferente, aumentando el peso de sus armas y su armadura.
Su vista se volvió borrosa y sentía un líquido que subía desde su garganta.
Al escupirlo, vio una gran cantidad de sangre saliendo por su boca.
Vio al joven sonriente, el dorado de sus ojos parecían soles que se eclipsaban a medida que caía aturdida.
La potente estocada de Asur, solo con el asta de la lanza, causó un daño mayor del que él esperaba: un golpe con tanta fuerza que, de haber tenido la punta, le habría atravesado el cuello a su oponente.
Al intentar recoger a la mujer, los soldados enemigos bajaron un poco la guardia, acción que Asur aprovechó.
Aun con su asta, golpeó a ambos soldados con estocadas en la cabeza, haciéndolos caer hacia atrás y abriendo la primera brecha en las filas de los rebeldes.
Asur entró sin temor, con su sonrisa, en las líneas enemigas.
Seguido por el resto de reclutas, comenzó a golpear a los soldados con su asta desde los lados, extendiendo aún más la brecha abierta.
Los reclutas comenzaron a imitarlo.
Los soldados de relevo de los rebeldes se pusieron en formación para contener a los atacantes mientras más y más reclutas entraban, empujando y golpeando a los rebeldes ya desorganizados.
Esta situación no pasó desapercibida para los líderes de ambos ejércitos.
Murem veía la brecha recién abierta y cómo los rebeldes comenzaban a caer por montones en ese lado.
Por otro lado, Román no podía creer que de verdad una brecha fuera abierta por el ejército barato de Murem.
Debido al caos en esa sección, muchos rebeldes comenzaron a distraerse, permitiendo así que más brechas fueran abiertas por otros puntos.
Sumado a esto, un fuerte grito desgarrador se escuchó por todo el Valle, pues Gilgag, quien había estado peleando con los cuatro gigantes, le cortó el brazo a uno de estos, que yacía en el suelo, gritando mientras se desangraba junto a otros dos con leves heridas en las piernas mientras el Coronel Superior continuaba con el último.
Al ver el repentino revés de la batalla, Román ordenó a su segunda línea que atacara contra el enemigo.
La segunda línea estaba formada por arqueros, posicionados para cubrir toda la línea.
Estos comenzaron a disparar a quemarropa hacia el enemigo, provocando un caos que no dejó a los leales seguir penetrando las defensas.
En medio de las líneas rebeldes, Asur y sus compañeros quedaron a la vista de los arqueros de la segunda línea, quienes no dudaron en apuntar hacia ellos.
Al ver que sus compañeros eran alcanzados por flechas, Asur comenzó a retroceder, alertando a todos los que podía.
Aprovechando el apoyo de la segunda línea, la vanguardia rebelde comenzó a atacar a los que retrocedían mientras reorganizaban la línea.
Al ver lo que sucedía, los estrategas de Murem conversaron en voz baja y luego, de entre ellos, Muravi alzó la voz con preocupación: —Comandante, ordene la retirada para la vanguardia; ya han hecho lo suficiente.
Envíe a la segunda línea y a la tercera como apoyo—.
Sin dudarlo, Murem extendió su lanza hacia arriba y luego hacia atrás de él.
Los banderilleros imitaron esto con sus banderas.
Viendo esto, los tamborileros realizaron un llamado de atención con tres golpes de tambores; los oficiales lo reconocieron y tocaron sus cuernos en un estruendoso y caótico sonido que marcaba la retirada.
La vanguardia al mando de Gilgag comenzó a retirarse de forma desordenada.
Muchos fueron alcanzados por proyectiles durante su huida.
Algunos comenzaron a cubrirse con sus escudos.
Asur los imitó, recogiendo un escudo de madera de un compañero muerto, desechó su lanza y tomó una espada de un solo filo, en caso de ser perseguido.
Se retiró corriendo de espaldas, cubriendo su cabeza con el escudo, llegando así hasta la reserva del ejército.
Por su parte, Román vio cómo su plan al final pasó como debía, con su enemigo retirando su vanguardia, aunque ese revés temporal no fue algo que viera venir.
Y Murem, con mirada seria, no podía dejar de ver la gran cantidad de bajas que tuvo en su primera batalla.
Ambos líderes se miraron a lo lejos; no podían decirse nada y no era necesario enviar un mensajero, pues ambos sabían lo que había sido esto: solo una batalla para medir sus fuerzas.
Ninguno lo planeó, solo ocurrió.
Así terminó el primer choque en el frente norte, con Murem aun convencido de que hay o habrá una trampa y con Román descubriendo que el ejército de Murem puede causarle problemas.
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