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Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 27

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  4. Capítulo 27 - 27 El Miedo de una Flor
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27: El Miedo de una Flor 27: El Miedo de una Flor Esa noche, luego de la primera batalla, los comandantes y sus ejércitos se retiraron a sus campamentos, dejando pequeños escuadrones dispersos por todo el valle en un acto de vigilancia mutua.

En el campamento del Coronel Superior Gilgag, los soldados de vanguardia yacían sentados y recostados bajo sus toldos mientras recibían atención por sus heridas y conversaban sobre la batalla de ese día.

Algunos lamentaban la muerte de sus conocidos y otros presumían de su participación en el frente.

Los reclutas hablaban, halagándose entre todos, no solo para presumir sino también para calmar a aquellos cuyas manos y párpados temblaban por la impresión de haber estado en combate.

Algunos jóvenes miraban al suelo, distraídos y en silencio, mientras sus camaradas les repetían lo valientes y habilidosos que fueron al sobrevivir en vanguardia.

En ese momento, un grupo de hombres, mujeres y ancianos, sin armaduras, del ejército directo del príncipe Murem, llegaron con una carreta y pidieron a todos que se formaran para recibir la comida de la noche.

Al oír el llamado, Asur, que se encontraba acostado de espaldas bajo su toldo, tomó la espada que había tomado de la batalla y se levantó rápidamente para ir a recibir sus alimentos.

Mientras se formaba, el resto de reclutas no dejaba de mirarlo y de comentar en voz baja sobre él, pues se había corrido la voz de que aquel joven fue el primero en penetrar las líneas enemigas, además de motivar a los reclutas antes del combate.

Tras empezar a comer tranquilamente mientras caminaba para ver el estado del campamento, Asur comenzó a notar las expresiones de las personas que lo miraban: ojos bien abiertos, algunos entrecerrados, cejas de un lado levemente levantadas y sutiles sonrisas de labios cerrados.

Estas expresiones le indicaban que estaba siendo analizado.

Asur se paró en medio de todos y comenzó a devolverles la mirada mientras comía, haciendo que muchos desviaran la vista.

—¿Es verdad lo que dicen?

—preguntó un hombre en voz alta y a lo lejos—.

¿Ese niño fue quien rompió las líneas enemigas?

—Es verdad, yo lo vi —respondió otro hombre, también en voz alta, dirigiéndose a todos—.

Ese muchacho peleó como un experto: atacó a tres rebeldes, abrió las líneas y siguió peleando aun cuando su lanza ya no tenía punta.

Los reclutas de alrededor se pusieron a comentar entre ellos, compartiendo los rumores que habían escuchado sobre el muchacho.

Por su lado, Asur siguió comiendo mientras escuchaba las exageraciones que decían acerca de él.

Algunas personas comenzaron a rodear lentamente y de uno en uno a Asur, quien solo los miraba de pie, disfrutando de su comida, sabiendo que seguro le harían un sinfín de preguntas.

—¿Dónde aprendiste a luchar así?

—¿Fuiste entrenado por alguien?

—¿No sentiste miedo?

—¿Por qué sonreías?

—¿Cómo rompiste las líneas enemigas?

Las preguntas seguían mientras Asur, con la boca llena, escuchaba atentamente, comenzando a sentir aquello que hacía mucho no sentía: el sentimiento de haber logrado algo imposible, eso que él identificaba como “gloria”.

—Vamos, contesta, muchacho —dijo uno de los hombres que rodeaba a Asur—.

¿Estás bien entrenado?

—Practiqué un poco cuando era niño y apliqué lo que los instructores nos enseñaron estos días —respondió Asur dando los últimos bocados a su comida.

—¿Y tu sonrisa?

¿No parecías tener miedo?

—agregó una mujer detrás de Asur.

—No, realmente no tenía miedo —afirmó Asur con seguridad, mirando a todos—.

Si muero, se acabó todo para mí y ya; si sobrevivo, pues, ¡qué bien!, ¿no?

—preguntó sin esperar respuesta antes de continuar—.

Y sobre mi sonrisa…

—pensó un momento si contar sobre su emoción o no—.

La usé para incomodar al enemigo.

Los reclutas de su alrededor comenzaron a murmurar en voz baja, sonriendo al reconocer la astucia y valentía de Asur.

—Este muchacho es alguien especial —exclamó una voz femenina detrás de Asur—.

No solo fue el primero en romper las líneas enemigas, sino que, además, no tiene ni un solo rasguño.

Al voltear, Asur reconoció a su instructora, Samara, quien, al igual que muchos otros, tenía un vendaje envuelto en uno de sus brazos debido a una herida.

—Mírenlo: ni siquiera los más expertos nos libramos de ser heridos y él está como si nada —dijo Samara al posar sus manos sobre los hombros de Asur.

Al darse cuenta del estado físico de Asur, los reclutas comenzaron a murmurar muy sorprendidos hasta que uno de ellos gritó: —«¡Fue protegido por la diosa!»— —¡Debe ser un favorito de la Diosa Guerra!

—exclamó otro de los reclutas.

Esta afirmación fue lo último que necesitaron los reclutas para ponerse a aclamar con elogios y gestos de asombro.

—¡Asur, el bendecido!

—era lo que algunos repetían en unísono mientras se alejaban para correr la voz de su hazaña.

Mirando cómo todos se alejaban en diferentes direcciones, y algunos se quedaban aun viéndolo, Asur notó a lo lejos que una muchacha también lo observaba, pero de forma diferente, pues no había admiración en su mirada, ni simple curiosidad, sino un miedo palpable que parecía hacerla temblar.

Le llamó la atención su forma de mirarlo, pero también su apariencia singular, pues era tan joven como él, con una cascada de cabello rubio tan pálido que rozaba el blanco, cayendo liso y largo sobre sus hombros como un velo.

Sus ojos, de un azul límpido y profundo, casi cristalino, estaban dilatados por la angustia, fijos en Asur.

Tenía un rostro de facciones delicadas y piel casi etérea, y en ese instante, cada línea de su expresión reflejaba una conmoción silenciosa.

Ella había visto algo en Asur que los demás no.

Desde su puesto como tamborilera, ella vio la forma en que este combatía: no como un valiente, sino como un lunático, y en ese momento, que sus miradas se cruzaban, sintió un miedo confuso, como quien está frente a una bestia salvaje.

La muchacha fue llamada a recoger los platos de los soldados, pues era parte de los reclutas de servicio.

Pero la curiosidad de Asur ya había sido despertada: él pudo reconocer el miedo en aquella joven, lo había visto muchas veces en su vida, pero esta vez el miedo parecía ser por él.

Asur siguió mirándola sentado desde su toldo mientras ella recogía los platos, notando que no era el único a quien le llamaba la atención, aunque no por los mismos motivos.

La apariencia tan distintiva, delicada y juvenil de la muchacha, provocaba miradas, palabras y toques atrevidos por parte de ciertos reclutas.

Cuando la muchacha había terminado sus labores, se fue no sin antes dar una última mirada a Asur.

Este lo notó y pensó en buscarla otro día, pues quería saber la razón de su miedo.

No obstante, su plan cambió cuando vio a uno de los reclutas levantarse e ir tras ella.

Curioso por esto, Asur decidió seguirlo, imaginando las intenciones que aquel tipo podría tener.

Por su parte, aquella muchacha entró en una gran tienda del campamento, donde se guardaban los utensilios de cocina y el agua necesaria para cocinar.

Ella comenzó a limpiar los platos que había recogido, sola y en silencio hasta que, de repente…

—¡Oye, muchacha!

—un susurro grave rompió el silencio, asustando a la muchacha.

Ella giró y vio a un recluta de pelo enmarañado, con una espada en mano, mirándola fijamente mientras se acercaba.

Ella retrocedió asustada lentamente y, con voz temblorosa, dijo: —¿Necesita algo?—.

—Sí, necesito algo —respondió el sujeto acercándose más hasta llevarla contra los barriles—.

Verás, estoy muy estresado por la batalla de hoy y…

hay algo que siempre me ayuda a aliviar el estrés.

En un rápido movimiento, sostuvo a la muchacha por la cintura con un brazo, aun sosteniendo su espada, y con el otro tapó su boca, apoyándola contra los barriles.

—Eres una mujer muy bonita y…

eres perfecta para ayudarme con mi problema —decía aquel hombre mientras olía y besaba el cuello de la joven.

Ella se quedó inmóvil al sentir el filo de la espada a unos centímetros de su brazo.

Asustada por lo que estaba a punto de pasar, comenzó a derramar algunas lágrimas, esperando ablandar el corazón de aquel sujeto.

Sin embargo, desde la entrada de la tienda, habiendo llegado en ese instante, Asur estaba parado confirmando lo que suponía.

Pensó por un momento en si debía intervenir o no, pues estaba al borde del sueño, cansado por la batalla de ese día, y tampoco conocía a aquella muchacha, así que como tal no tenía razones para intervenir.

Pero hubo algo que lo hizo cambiar de opinión: la apariencia de aquel sujeto le parecía desagradable; su pelo enmarañado, su rostro arrugado, su barba sucia y sus dientes marrones.

Todo contrastaba con el aspecto de la joven.

El asco al imaginar que el estiércol cayera sobre una flor, lo hizo intervenir.

—Oye, amigo, no deberías hacer eso —dijo Asur de forma tranquila, al entrar por completo en la tienda.

—Mi novia y yo solo estamos teniendo un momento de intimidad —dijo el tipo sorprendido por la entrada de Asur y, sin soltar a la joven, giró hacia él—.

¿Puedes dejarnos solos?

—¿Tu novia?

—preguntó Asur, riéndose—.

Un tipo tan asqueroso como tú con una jovencita tan… delicada.

—Miró al sujeto con una sonrisa burlona y añadió—.

Ella debe estar ciega.

El sujeto, ofendido por las palabras de Asur, arrojó a la joven al suelo en medio de ambos y, con su espada en mano, afirmó: —Entiendo lo que quieres—.

Asur bajó la mirada hacia la joven tirada en el suelo, quien se arrinconaba lo más que podía, desviando la mirada e intentando alejarse de él, quien sintió aun más curiosidad al ver cómo ella le temía más a él que a su atacante.

—Sabes lo que quiero hacer y no has llamado a nadie —continuó el sujeto mientras mostraba una sonrisa—.

Tú también quieres a la chica, ¿verdad?

—Bajó su espada levemente y apuntó hacia la muchacha—.

Está bien, puedo compartir, te dejaré desvestirla.

Por su parte, Asur seguía mirando a la muchacha, pensando en por qué esta podría tenerle tanto miedo.

Luego, levantó su espada hacia el sujeto, lo miró y con un gesto de complicidad preguntó: —¿Cómo te llamas?—.

—Soy Viret —respondió el sujeto con una sonrisa de gracia—.

Y tú eres Asur, el bendecido; escuché los elogios que te hacían.

Volvió a mirar a la joven, dobló sus rodillas para acercarse y, con voz firme y apacible, Asur le preguntó a ella: —¿Y tú, cómo te llamas?—.

Arrinconándose aún más, evitando ver a los ojos de Asur, con voz temblorosa y quebrada la joven respondió: —«¡Na, Nan…

Nanshe!»—.

—Bonito nombre —dijo Asur intentando mirarla a los ojos.

Luego se puso de pie, volteó a ver a Viret con una sonrisa de gracia, levantó su espada y la apuntó hacia él por un momento.

—Bueno, Viret, ahora mismo quiero que te vayas —dijo Asur con tono amenazante—.

Vete ahora o avisaré a todo el mundo de lo que tratabas de hacer aquí.

Viret levantó su espada, molesto, y amenazó a Asur, quien respondió chocando su espada con la de él, provocando un sonido metálico que no tardaría en llamar la atención.

—¿Pero qué dices, niño?

—dijo Viret, molesto, y golpeando una vez más la espada de Asur—.

La quieres solo para ti, ¿te crees mucho solo porque un grupo de inútiles te dijo que eras un bendecido?

Sin responder a eso, Asur siguió con su corto duelo contra Viret hasta que un grupo de soldados de guardia llegaron al escuchar los golpes.

Al ver a la muchacha en el suelo con lágrimas en los ojos y a los dos reclutas con sus espadas levantadas, los guardias no dudaron en desarmarlos y arrestarlos, llevándolos con su oficial para aclarar lo que ocurría.

Momentos después, en el pico más frío de la noche, con la luna en lo alto, en medio del campamento, ambos reclutas, Asur y Viret, eran observados por los demás mientras yacían de rodillas contra el césped, despojados de sus armas y armaduras, custodiados por los guardias que esperaban la llegada de sus oficiales.

La joven Nanshe se encontraba detrás de ellos, nerviosa por lo que tendría que decir, rodeada por sus compañeros, también reclutas de servicio, quienes la compadecían en silencio por lo que acababa de vivir.

Más tarde llegó Senek, la oficial de Asur, junto a más reclutas, tanto de su escuadrón como de otros.

—¿Qué fue lo que pasó?

—preguntó Senek enojada.

—Creemos que ambos intentaban abusar de esa recluta —respondió uno de los guardias, señalando a Nanshe.

Senek se acercó a Asur, reconociéndolo al instante.

Al ver al otro recluta, preguntó quién era su oficial.

Los guardias le explicaron que el oficial de Viret falleció durante la batalla y que la dejarían a ella hacerse cargo para no molestar a los altos mandos tan tarde.

—Así que ustedes dos querían violar a esa joven —afirmó Senek caminando alrededor de ambos.

—Yo no intentaba nada, solo detuve a este tipo —aclaró Asur, levantando la mirada hacia Senek.

—No te creo nada —dijo Senek con furia, agachándose para ver de frente a Asur—.

Claramente eres un tipo problemático.

Siempre haces lo que se te da la gana.

Modificas la formación, te alejas de tu grupo en la marcha, hoy causaste desorden en la formación y asustaste a tus compañeros…

—Dio un fuerte suspiro antes de continuar en voz alta—.

Y por tu atrevimiento en la batalla, causaste la muerte de muchos miembros del escuadrón.

Esto último descolocó a Asur, que no encontraba sentido en la afirmación de Senek.

—¿De qué está hablando?

Yo no hice nada contra nuestro escuadrón —exclamó Asur, indignado y confundido.

—Entraste en las líneas enemigas haciendo que muchos te siguieran —exclamó con fuerza Senek, levantándose para que todos la escucharan—.

Al hacer eso, los pusiste en medio del enemigo y la mayoría murió, atacados por todos los frentes.

—Eso es una estupidez.

Nuestra misión era entrar en las líneas enemigas; era claro que muchos morirían, esa no es mi culpa —reclamó Asur con molestia evidente y desafiante—.

¿Qué debía hacer: esperar a que la línea se cerrara?

Un golpe fuerte y agudo silenció la discusión, sorprendiendo a todos en los alrededores.

—¡Cállate, impertinente y despreciable violador!

—dijo Senek, furiosa luego de golpear a Asur—.

De los doscientos reclutas en mi escuadrón, solo volvieron cuarenta y tres —afirmó, mirándolo con desprecio.

—Estuvimos en la vanguardia; nos atacaron con flechas y jabalinas.

Es muy obvio que las bajas fueron demasiadas para todo el ejército —aclaró Asur con tono molesto.

Las voces de los reclutas, confundidos por lo que pasaba, le recordaron a Senek la razón por la que estaba ahí.

Miró al otro recluta, Viret, y este comenzó a balbucear, mintiendo.

—Yo pasaba por ahí y…

y…

y vi a este chico, tratando de…

de…

de abusar de esa muchacha —explicaba Viret mientras inclinaba la cabeza.

—¡Maldito pedazo de estiércol!

—exclamó Asur mirando a Viret—.

Tú eras quien forzaba a la chica, incluso me dijiste que era tu novia.

—Eso no es cierto, oficial —afirmó Viret, mirando a Senek e intentando derramar unas lágrimas—.

Yo tengo dos hijas en casa; nunca intentaría nada contra una muchacha que podría ser mi hija.

—Tienes dos hijas; seguro les haces lo mismo que querías hacerle a Nanshe —dijo Asur con una mirada de asco a Viret.

No creyendo nada de lo que ambos le decían, Senek llamó a Nanshe para que ella dijera lo que pasó.

—Dime, muchacha, ¿te llamas Nanshe?

—preguntó Senek.

Nanshe asintió y de inmediato señaló a Viret diciendo: —Él entró en la tienda y…

me intentó tocar—.

Viret comenzó a negar con la cabeza mientras Asur sonreía, creyendo que todo se había aclarado.

No obstante, Senek preguntó a Nanshe: —¿Y este otro qué hizo?— Intentando explicar que Asur no le hizo nada, Nanshe no pudo evitar mostrar su miedo al desviar la mirada y tartamudear.

Senek confundió esta reacción con una confesión clara de que Asur le hizo algo.

—Tranquila, muchacha —dijo Senek, dándole una suave palmada a Nanshe—.

No tienes que decir nada, ya lo entendí.

Nanshe volvió a su lugar, confundida por no haberse explicado bien, mientras Senek pensaba en el castigo.

Por su parte, Asur se había dado cuenta de que la mirada con miedo de Nanshe lo hacía parecer culpable ante los ojos de los demás reclutas, que ya comenzaban a murmurar, mirándolo con desprecio.

—¡Oye, Nanshe, diles que yo no te lastimé!

—gritó Asur, frustrado—.

De no ser por mí te hubieran…

Una patada en su espalda, proveniente de Senek, interrumpió la queja de Asur.

Seguido de esto, Senek ordenó atarlos de pie a un poste a cada uno, para que estuvieran tres días y tres noches bajo el sol, la lluvia, el viento y el frío nocturno como castigo por su crimen.

Una vez atados, Senek se acercó a ambos y dijo: —Agradezcan que no los convierto en eunucos como dicta la ley—.

Una vez que todos comenzaron a irse, Asur se resignó a recibir miradas y decidió que debía aclarar esto luego.

Por su parte, Viret se sintió tranquilo por haber recibido un castigo tan leve.

—Ves lo que causaste, jovencito —dijo Viret mirando a Asur con una sonrisa aliviada—.

Pudimos compartir a la chica, pero tenías que comportarte como un héroe.

—¡Cállate, estiércol!

Viret guardó silencio en un intento por dormir en esa posición mientras Asur miraba cómo muchas de las personas que antes aclamaban su nombre, ahora lo veían con desilusión y desdén.

—Un bendecido, como no.

—Es un embustero.

—Seguro utilizó a sus compañeros como escudo.

—Solo tuvo suerte en la batalla.

Decían algunos mientras se iban.

Esa noche, Asur aprendió una valiosa lección: la fama es algo frágil, difícil de mantener.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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