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Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 28

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  4. Capítulo 28 - 28 Sombras en el Valle
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28: Sombras en el Valle 28: Sombras en el Valle La mañana después de la batalla, con el sol ya en lo alto, el ambiente en el campamento era extrañamente cálido.

Muchos reclutas, habiendo superado el shock inicial del combate, se regocijaban en el simple hecho de seguir con vida.

Mientras los soldados caminaban o aguardaban las órdenes del día, una joven y una mujer de servicio permanecían en una esquina, observando fijamente la tienda de una oficial.

Nanshe, la más joven, miraba nerviosa a su alrededor, repitiendo en su mente lo que diría, mientras la mujer a su lado le frotaba la espalda para infundirle valor.

Poco después, la oficial Senek salió de su tienda, lista para la reunión de mandos.

Caminó unos pasos antes de ser interceptada por las dos mujeres, que se quedaron mirándola sin saber qué decir.

Senek reconoció a Nanshe de inmediato; era la joven del incidente de la noche anterior.

—¿Necesitan algo, reclutas?

—preguntó Senek, frotándose los ojos con evidente cansancio.

—Sí, queríamos hablar sobre lo de anoche —respondió la mujer mayor, dándole un par de codazos discretos a Nanshe para que reaccionara.

—Eso puede esperar, tengo una reunión —cortó Senek, haciendo ademán de rodearlas para irse.

Al ver que la oficial se marchaba, Nanshe sintió que su oportunidad se esfumaba.

Apretó los puños y, con la voz temblorosa pero alta, exclamó: —¡El muchacho no hizo nada!

Senek se detuvo en seco.

Se volteó intrigada, se acercó de nuevo y, con una expresión que mezclaba incredulidad y severidad, preguntó: —¿Te refieres al esclavo liberado?

Nanshe asintió levemente, incapaz de sostenerle la mirada, clavando los ojos en sus propias botas.

La mujer a su lado se apresuró a llenar el silencio: —Anoche me contó la verdad, oficial.

El muchacho solo intentó ayudarla; es una injusticia que sufra ese castigo por intentar hacer el bien.

Senek miró a Nanshe y luego barrió con sospecha a la mujer mayor.

Sin decir nada, tomó a Nanshe del brazo con firmeza y la alejó unos metros, fuera del alcance del oído de su acompañante.

—¿Te están amenazando?

—preguntó Senek en un susurro duro, buscando los ojos de la chica.

Confundida por la pregunta, Nanshe negó con la cabeza, pero Senek insistió, bajando el tono para sonar más confidencial.

—Escúchame.

Si esa mujer o alguien más te está coaccionando para que cambies tu versión, dímelo ahora.

Puedo arrestarlos sin problemas.

Nadie te tocará.

—No, oficial, la señora no haría eso.

Ella solo quiere que haga lo correcto —se apresuró a decir Nanshe, asustada ante la mención de arrestos—.

Nadie me obliga.

Senek la soltó y cruzó los brazos, su paciencia empezando a agotarse.

—¿Entonces por qué callaste anoche?

—inquirió, casi molesta—.

Tenías al chico enfrente, atado.

¿Por qué le tenías tanto miedo si, según tú, era inocente?

Nanshe tragó saliva.

Pensó en la brutalidad con la que Asur había peleado, en la sangre que lo cubría.

Pero sabía que eso no era excusa suficiente.

Levantó la vista y, por primera vez, miró a Senek a los ojos.

Sus ojos estaban vidriosos.

—Porque tengo miedo de todos —confesó Nanshe con un hilo de voz—.

No fue solo él.

—¿A qué te refieres?

—Míreme, oficial —dijo Nanshe, señalando su propio cuerpo cubierto por la ropa holgada y sucia—.

Desde el primer día que llegué a este campamento, me miran como si fuera carne.

No importa dónde me esconda.

Nanshe tomó aire, la voz se le quebró, pero continuó con una rabia repentina que sorprendió a Senek.

—Han intentado forzarme seis veces.

¡Seis veces!

—Nanshe levantó seis dedos temblorosos—.

En las letrinas, detrás de las tiendas de suministros…

He tenido que morder, arañar y huir cada día.

Senek se quedó inmóvil.

Las cejas se le arquearon y las comisuras de los labios descendieron en una mueca de genuina lástima y repulsión.

Sabía que el ambiente militar era hostil, pero ¿seis intentos?

Eso iba más allá de lo habitual; era una cacería.

Hubo un silencio pesado entre ambas.

Senek exhaló lentamente, procesando la información.

Aunque una parte de ella, la parte oficial, debía mantener el escepticismo, la mujer en ella le creía.

Sin decir una palabra más, Senek se giró hacia uno de sus guardias cercanos y señaló en dirección a los postes de castigo.

—Liberen al prisionero Asur.

Ahora mismo.

El guardia asintió y corrió a cumplir la orden.

Senek volvió a mirar a Nanshe una última vez, asintió levemente a modo de despedida y se marchó hacia la reunión de oficiales.

Al llegar a su destino, Senek se unió al resto de oficiales que rodeaban una plataforma baja.

Allí estaban el teniente Livey y el estratega Muravi, leyendo reportes mientras esperaban.

Cuando llegaron un par de oficiales más, Livey pidió silencio con un gesto.

La reunión comenzó con el informe de bajas, la nueva organización y las tareas para los próximos días.

Mientras tanto, en otra parte del campamento, Asur, atado de manos y pies a un poste, soportaba los rayos del sol y las miradas de los transeúntes.

Repasaba mentalmente sus errores: «¿Tal vez no debí seguir a Viret?

¿Debí dejar que hiciera lo que quería con Nanshe?

¿Debería haberme encargado yo solo sin atraer a los guardias?».

—¡Ahí vienen mis amigos!

—exclamó Viret emocionado, atado junto a él.

Sacado de sus pensamientos, Asur le dirigió una mirada despectiva, con ganas de gritarle que se callara.

Luego observó lo que Viret miraba con tanta ilusión: un hombre alto y delgado, de cabello revuelto, barba frondosa y cicatrices en el rostro que le daban aspecto de criminal.

Él y otros sujetos hablaban con los guardias, quienes, tras un momento, les permitieron acercarse.

—¡Karrion, qué bueno verte!

—dijo Viret—.

Vienes a ayudarme, ¿verdad?

Al ver la actitud patética de Viret, Asur soltó una risa breve; se comportaba como un perro frente a su amo.

—Solo te falta mover el rabo para parecer una mascota —dijo Asur, atrayendo la atención de los recién llegados.

Aunque Karrion y sus hombres miraron a Asur, Viret lo ignoró, esperando una respuesta de su “amigo”.

—¿Cómo quieres que te ayude, imbécil?

—espetó Karrion, molesto—.

Intentaste violar a una chica en un campamento militar, idiota.

No es algo que se resuelva así sin más.

Yo también soy un recluta.

¿Qué esperas que haga?

—Pero tú eres muy listo, se te ocurrirá algo —insistió Viret con una sonrisa nerviosa—.

Ya sé, dale un soborno a la oficial y…

—volteó a mirar a Asur con malicia—.

Podemos echarle toda la culpa a este chico.

Karrion miró a Asur, quien le devolvió la sonrisa maliciosa a Viret mientras maquinaba su venganza.

—¿Qué dices?

Hemos pasado por mucho, somos amigos, Karrion —suplicaba Viret.

Tras un largo silencio, Karrion asintió y dijo con tono ominoso: —¡Veré qué puedo hacer!

Justo en ese momento llegaron dos soldados veteranos.

Uno comenzó a desatar a Asur mientras el otro miraba con severidad a los reclutas que hablaban con Viret y a los guardias que los habían dejado pasar.

Era evidente el soborno.

Karrion y su gente se alejaron prudentemente.

—¿Qué está pasando?

—preguntó Viret, confundido.

—Órdenes de la oficial Senek —respondió la soldado que liberaba a Asur.

—¡Ya lo sabía!

No pueden tratar así a un soldado como yo, que peleó valientemente —aseguró Viret, sonriendo triunfal.

Al terminar, los veteranos le entregaron su espada y armadura a Asur, quien se marchó sin decir palabra.

Viret esperó su turno, pero cuando los soldados se alejaron dejándolo atado, comenzó a gritar, indignado.

—¿Por qué lo liberaron a él?

¿Qué esperan para soltarme?

¡Peleé en la batalla!

¡No pueden tratarme así!

Asur caminaba molesto, sin rumbo fijo, pensando en su siguiente paso.

De pronto, una mano se posó en su hombro.

Asur la apartó de un manotazo y se giró en guardia.

—Tranquilo, muchacho, no tienes por qué ser agresivo —dijo Karrion alzando las palmas—.

Sé que debes estar fatigado, pero hay cosas que quiero saber.

Al ver a los hombres de aspecto vándalo detrás de Karrion, Asur relajó la postura, pero no el tono.

—Tu amigo es totalmente culpable.

—Eso ya lo sé, no es la primera vez que se mete en líos —respondió Karrion—.

Pero quiero saber cómo te libraste del castigo.

¿Sobornaste a la oficial?

—¿Eres ciego o qué?

Karrion extendió los brazos para frenar a sus hombres, que amagaron con atacar a Asur por su insolencia.

—¿Quién te crees para hablarle así?

—gruñó uno de ellos.

—Un recluta, igual que él.

—Y tiene razón —dijo Karrion con sorna—.

Somos solo reclutas, chicos, no podemos meternos en problemas.

Vayan a esa sombra —ordenó señalando un árbol—.

Yo hablaré con él.

Los sujetos obedecieron de inmediato.

Asur sintió curiosidad por aquella sumisión.

—¿Son una pandilla o eres un noble y ellos tus guardias?

—Eso no te incumbe.

Ahora dime, ¿sobornaste a la oficial?

—Otra vez: ¿estás ciego?

—repitió Asur—.

Mira mi ropa, mis armas.

¿Te parece que tengo dinero para sobornar a una oficial?

Karrion observó la túnica marrón, sucia y desgastada.

—Bueno, no todos los sobornos son con dinero.

Eres joven y de buenos rasgos; tal vez le ofreciste favores carnales.

No serías el primero.

—No me importa lo que creas.

Soy libre y tu amigo no —dijo Asur, dándose la vuelta para irse.

—Nos vemos, muchacho —gritó Karrion a sus espaldas.

Más tarde, cuando él sol yacía en la cima del campamento, los líderes de los ejércitos, junto con los eruditos y tenientes, se encontraban reunidos ante el Comandante Supremo Murem.

Este permanecía sentado en el trono de campaña, recibiendo los informes de bajas y reorganización.

Aunque no todos estaban presentes —el Coronel Superior Gilgag seguía ausente y nadie conocía su paradero tras la batalla—, Murem decidió ignorar su falta por el momento, confiando en que su amigo, que debía estar cerca, regresaría cuando lo decidiera.

—Con eso concluye mi informe, Comandante —dijo Livey, inclinado frente a Murem.

—Muy bien, vuelve a tu lugar —ordenó Murem.

Mientras los tenientes desplegaban el mapa del reino a los pies de la asamblea, Murem expuso las novedades de los distintos frentes: el asedio de Pasur contra la ciudad del príncipe Tecem, la tensa vigilancia mutua entre el rebelde Yem y el General Oren, y el punto muerto en Kingo contra el príncipe Matmum.

—Es bueno saber que la rebelión empieza a ser contenida —afirmó el capitán Wilfer con alivio.

—Se podría decir que, por ahora, así es —matizó uno de los eruditos.

Murem asintió junto con el resto, tranquilos al saber que la situación general del reino no era tan crítica como parecía al inicio.

Una vez listo el mapa, Murem se levantó y, con una regla, señaló las posiciones actuales: la entrada este del Valle Vacío, donde estaba su campamento, y la entrada oeste, ocupada por los rebeldes.

—La batalla de ayer nos ayudó a confirmar sospechas y descubrir nuevos datos —explicó Murem—.

Ahora está confirmado que Román comanda una coalición: tiene bajo su mando a dos capitanes, dos coroneles y un Coronel Superior.

—Ya sabíamos que el ejército de ochenta mil hombres de Román no podía pertenecerle solo a él —comentó uno de los eruditos.

—Exacto.

Al igual que nosotros, su fuerza está conformada por distintas facciones —añadió Wilfer.

—Además, ayer solo nos enfrentamos al ejército directo de Román —dijo Murem, trazando una línea sobre el Valle Vacío en el mapa—.

El resto debía estar en su campamento o en la retaguardia, a una distancia fuera de nuestra vista.

Sin embargo, la segunda línea de honderos y arqueros estaba dirigida por esos líderes aliados; por eso sabemos quiénes son y cuántos hay.

—Es verdad —afirmó Muravi—.

Ayer debió haber entre treinta y cuarenta mil soldados rebeldes; menos de la mitad de su ejército completo.

—¿Pero por qué Román trajo esa cantidad?

—preguntó el teniente Livey, frunciendo el ceño—.

Hubiera sido más conveniente traer todo su poder, aunque solo utilizara la mitad.

¿No fue demasiado arriesgado?

La pregunta sumió la tienda en un largo silencio.

Cada presente ideaba sus propias teorías.

—Tal vez…

—aventuró el capitán Wilfer, dudoso—…

¡¿Tal vez Román tenía algo que demostrar?!

Wilfer miró a todos, y al obtener su atención, explicó: —Román es el Comandante Supremo de los rebeldes, pero ¿qué tan leales son los otros líderes a su cargo?

Su rebelión se basa en seguir al príncipe Yem, no a Román.

—Podría ser —concedió un erudito—.

Quizá Román puso a su propio ejército en la vanguardia para demostrar a los demás líderes que merece el cargo que ostenta.

La idea de una fractura en el mando enemigo convenció ligeramente a algunos, pero otros dudaban que Yem hubiera permitido tal conflicto interno antes de iniciar la guerra.

—Me parece demasiado arriesgado —objetó Muravi, mirando al erudito—.

Aunque tuviesen problemas de liderazgo, exponer a Román y a su ejército directo a una derrota sería un suicidio estratégico.

Les guste o no, Román es su líder.

Si él cae, ¿qué harían los demás?

Quedarían a nuestra merced.

—Entonces, ¿por qué solo estaba el ejército de Román?

—insistió otro erudito—.

Dices que fue arriesgado, pero…

¿dónde estaban los ejércitos de los otros líderes?

Un torbellino de murmullos inundó la tienda.

Los oficiales discutían entre ellos hasta que el Comandante Murem, que observaba en silencio el Valle Vacío en el mapa, se fijó en los bosques circundantes.

—¿Y si todo su ejército estuvo presente?

—dijo Murem, señalando el bosque en la entrada oeste del valle—.

Ayer nos alejamos mucho de la entrada este, tanto que perdimos de vista los árboles que dejamos atrás.

Los rebeldes también se alejaron de su entrada, pero no tanto.

Murem regresó a su trono y, una vez sentado, sentenció: —Detrás de ellos aún se distinguía el marrón y verde de los árboles.

Tal vez ahí estaban sus reservas, ocultos de nosotros.

—Pero entonces, ¿por qué no intervinieron?

—preguntó Wilfer—.

¿Por qué se quedaron al margen?

—Sospecho que Román no tenía intenciones de alargar la batalla —respondió Murem, con la mirada perdida en el mapa—.

Creo que ayer solo buscaba medir nuestras fuerzas.

Si el combate se complicaba, se retiraría hacia el grueso de su ejército.

Sabía que si nosotros desplegábamos todo nuestro poder, ellos harían lo mismo.

—Por eso en sus flancos había barricadas móviles en lugar de barricadas fijas clavadas al suelo —comprendió Livey de golpe—.

No tenía sentido gastar energía enterrando defensas en una posición que planeaban abandonar si sacábamos todo nuestro ejército.

Los presentes empezaron a asentir, hablando entre ellos, convencidos de haber hallado la respuesta.

La reunión continuó con otros temas, hasta decidir finalmente dividirse en más campamentos para aprovechar su superioridad numérica, cubrir más terreno, presionar al enemigo y evitar el saqueo de ciudades y aldeas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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