Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 29
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- Capítulo 29 - 29 Estocadas de Puño
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29: Estocadas de Puño 29: Estocadas de Puño Los siguientes días, en el frente del Valle Vacío, los ejércitos que acampaban a extremos opuestos de este se mantuvieron en un estado de vigilancia mutua con patrullas, escuadrones y vigías posicionados tanto fuera como dentro del valle, evitando cualquier tipo de enfrentamiento, creando así una frontera invisible que nadie se atrevía a penetrar.
Para la vigilancia, el ejército leal se dividió en tres campamentos, cada uno con un líder al mando.
Adentrándose en el interior del Valle Vacío, el capitán Wilfer y su ejército de tres mil eran los encargados de patrullar, observando de cerca a los rebeldes.
Por su parte, en la entrada este del valle, donde aún se podían apreciar árboles, se encontraba el campamento principal, al mando del príncipe Murem, preparado para contrarrestar cualquier ofensiva rebelde.
Mientras tanto, al noreste, fuera del valle y a cuatro días de viaje del campamento principal, se encontraba el ejército del coronel superior Gilgag que, aun sin la presencia de él, fue enviado para evitar los ataques y saqueos rebeldes hacia el norte de la provincia.
En esta misión, bajo el liderazgo del teniente Livey, el estratega Muravi reorganizó el ejército de Gilgag en escuadrones de doscientos combatientes y veinte de servicio, cada uno al mando de un oficial.
A su vez, los subdividió en patrullas de diez para la guardia y el combate en formación.
En esos días, la reputación de Asur fue cambiando a medida que los rumores sobre el incidente con Nanshe, su arresto y posterior liberación se esparcían de boca en boca.
Se decía que era inocente y que por eso fue liberado, pero algunos lo dudaban y preferían creer el rumor sobre un supuesto soborno a la oficial Senek.
Por esto, aunque ya no era directamente tachado de violador, tampoco era visto con buenos ojos, y su apodo de “El Bendecido” desapareció tan rápido como apareció.
Pero no todos dejaron a un lado a Asur.
Algunos reclutas de su escuadrón, que estuvieron a sus hombros y espalda durante la batalla, se le acercaban, hablaban con él y lo defendían de los rumores.
Ellos nunca necesitaron escuchar lo que se decía, pues habían visto de cerca su participación en la batalla.
La forma en que intimidaba al enemigo con su sonrisa, cómo peleaba y superaba el miedo en el combate… para ellos, Asur era un joven valiente y heroico.
En el grupo de Asur, la mayoría había fallecido en la batalla.
De los diez que eran, solo dos lograron volver: Asur y Dagon, el joven al que Asur salvó durante la batalla.
Junto a él y otros que también habían perdido miembros en sus grupos, Asur formó una patrulla.
En esta, Samara tomó el liderazgo y, a la vez, entrenaba a los demás.
Así, siete días después de la batalla, Asur y sus compañeros se encontraban en su primer día de guardia.
Posicionados a unos metros de su campamento, entre los árboles, vigilaban la entrada al Valle Vacío.
Armados con lanzas y escudos de madera, se turnaban para vigilar mientras conversaban, tratando de matar el tiempo.
—¡Oigan, ¿les cuento cómo fue que Asur me salvó?!
—preguntó Dagon a sus compañeros, emocionado y sentado en el suelo.
Todos voltearon a ver la cima de un árbol, donde Asur yacía sentado en una rama, con un pie colgando mientras observaba fijamente el valle.
—Sí, cuéntanos, Dagon —empezaron a decir sus compañeros.
—Bueno, ahí estaba yo, con una herida grave bajo el brazo y a punto de ser apuñalado por un rebelde, cuando de la nada…
—relató Dagon, fingiendo una voz profunda—.
Un joven sonriente apareció, golpeó al enemigo, que era muy grande, más fuerte y estaba mejor armado, pero a él no le importó.
Siguió sonriendo mientras combatía con más y más enemigos.
Fue impresionante, era valiente, hábil y…
Los reclutas empezaron a reírse burlonamente por la forma en que Dagon relataba la historia, pues claramente la estaba adornando a favor de Asur.
—Parece que estás enamorado —afirmó una recluta entre risas.
—Fue suficiente que lo rescataran una vez para robarle el corazón —añadió otro recluta, bromeando con un tono seductor.
—Podría decir lo mismo de todos ustedes —aclaró Dagon, también riéndose—.
Lo defienden cuando hablan mal de él, caminan detrás de él como si fuera su líder y estoy seguro de que solo se unieron a esta patrulla para estar con él.
¿O me equivoco?
—Sí, sí, todos están enamorados de él.
No los culpo, es un chico guapo, tienen buen gusto —comentó Samara, uniéndose a la broma.
Ella se levantó de donde estaba acostada, se dirigió hacia el árbol donde estaba Asur y, desde abajo, le gritó: —¡Oye, Asur, baja a convivir con tus admiradoras, les haces falta!
Samara envió a otro recluta para que tomara su lugar como vigía y, al bajar, Asur se paró frente a todos en silencio, hasta que con un tono apacible preguntó: —¿Comenzamos?
De inmediato, sus compañeros se levantaron con sus armas y se posicionaron junto a Asur, frente a Samara, para recibir el entrenamiento del día.
—Presten atención —ordenó Samara, posicionándose frente a un árbol—.
Les voy a enseñar una técnica rápida y potente de ataque con lanza.
Sus compañeros se acercaron un poco y ella dejó su lanza a un lado, puso su puño derecho contra el tronco y con el izquierdo empezó a dar rápidos golpes contra el árbol por un corto tiempo, hasta detenerse y voltear a ver las miradas confusas de todos.
—Eh…, Samara, eso está bien para una pelea, ¿pero no ibas a enseñarnos una técnica con lanza?
—preguntó uno de sus compañeros.
—Este es un movimiento que se puede aplicar a las armas —respondió Samara, volviendo a recoger su lanza—.
Muchos de los golpes que se dan en las peleas a puño limpio pueden ser adaptados al combate con armas.
Ella volvió a acercarse al árbol, tocó el tronco con la punta de su lanza, caminó hacia atrás deslizando su mano izquierda por el asta y estirando su brazo hasta llegar al final, formando así una línea recta con su brazo y la lanza que iba desde el tronco hasta su hombro.
Los demás parecían ya comprender lo que ella se proponía y se quedaron esperando el movimiento.
Sosteniendo la lanza con su mano derecha, usó la izquierda para extraerla hacia atrás, separando la punta del tronco.
Una vez lista, con la mano derecha extendida y la izquierda atrás, empezó a replicar el movimiento de los golpes hacia el tronco.
Los reclutas, sorprendidos, entendieron el movimiento al instante, al ver cómo sus brazos se movían de la misma forma que cuando golpeaba el árbol, pero esta vez solo insertaba y extraía la lanza entre sus manos, de forma que el tronco recibía rápidas y potentes estocadas con la punta.
—Ya lo entiendo —exclamó emocionado Dagon—.
Mueves las manos como si golpearas a alguien, pero sosteniendo tu lanza.
Se puso frente a otro árbol e intentó replicar los golpes, aunque un poco más lento.
—Así es como atacas más rápido y potente, ¿verdad?
—Tienes toda la razón, muchacho —respondió Samara con una sonrisa de afirmación—.
Es una técnica que deben usar si no tienen escudo o para mantener apartados a múltiples enemigos.
—Volteó para mirar al resto con una sonrisa y una ceja levantada—.
¿Es muy complicado para ustedes o…?
Reconociendo la orden, los reclutas eligieron rápidamente un árbol para practicar el movimiento.
Por su lado, Asur, quien se mantenía en silencio, realizó el movimiento una sola vez contra el aire, notando que era más complicado de lo que parecía, necesitando fuerza en un brazo y velocidad en el otro.
Esto le generó curiosidad por Samara, pues ella no tuvo problemas en replicarlo una y otra vez, haciéndolo ver muy fácil.
Su curiosidad por saber sobre ella lo hizo decidirse a acercarse.
Aprovechando el momento, pasó por un lado de Samara, indicándole con la mirada que lo siguiera.
La guió hasta un lugar que era el límite del bosque y el Valle Vacío, no muy lejos de sus compañeros, pues aún se podían escuchar los golpes en los troncos.
Al llegar, se sentó apoyando su espalda contra un árbol, clavando su lanza en la tierra y esperando en silencio a que ella se sentara a su lado.
Sin decir nada, ella se sentó con calma, apoyando su propia lanza contra el mismo árbol.
Cruzó los brazos sobre su pecho, con el gesto ligeramente fruncido, mientras observaba el valle.
—Así que…
¿el Valle Vacío?
Un sitio interesante para venir a pensar —dijo ella, sin apartar la mirada del paisaje—.
Aunque dudo que solo vinieras a ver la vista.
—Bueno, la vista es sorprendente —respondió Asur, contemplando el extenso valle—.
¿Cómo es que puede crecer el césped, pero no los árboles ni las plantas?
Samara siguió la dirección de su mirada por un momento antes de volver a mirarlo a él, con una ligera sonrisa en los labios.
—Supongo que la tierra no es muy fértil por aquí.
No lo sé, nunca he sido de las que se detienen a observar la naturaleza.
Siempre me ha parecido una pérdida de tiempo —dijo, encogiéndose de hombros.
—No importa, no la traje aquí para hablar de botánica —comentó Asur, girando su cuerpo hacia Samara para mirar su lanza—.
Es su habilidad con esta arma lo que me interesa.
Samara giró su cabeza para mirarlo, una sonrisa ladeada asomando en su rostro.
Se tomó un momento para observar la lanza que tenía apoyada a su lado.
—¿Te interesa mi lanza o mi habilidad con ella?
—preguntó, con una ceja alzada en tono de broma.
Su voz era tranquila, pero tenía un toque de picardía.
—Claramente, su lanza es de mejor calidad que la mía, pero estoy seguro de que incluso con un palo con la punta tallada, usted sería letal —afirmó Asur con una sonrisa orgullosa, inclinando leve e inconscientemente la cabeza.
Dirigió la vista hacia Samara con los ojos entrecerrados, denotando intriga—.
Es obvio para cualquiera que usted tiene experiencia de sobra, tal vez incluso más que algunos oficiales, pero aun así es solo una recluta como yo.
¿Puedo saber por qué?
Ella soltó una risa suave; la sinceridad de su cumplido le había parecido halagadora.
—No sé si tan letal, pero gracias, muchacho.
Es uno de los cumplidos más decentes que he oído en mucho tiempo —dijo con una pizca de burla en la voz.
La forma en que Asur la miraba con los ojos entrecerrados la hizo sonreír—.
Y para responder a tu pregunta, no es tan complicado.
He estado en muchos ejércitos desde joven, pero la vida siempre se interpuso en el camino.
Ya sabes, los deberes del hogar y de la familia…
No es fácil ascender cuando una está yendo y viniendo todo el tiempo.
Asur la miró un tanto extrañado y volvió a mirar al valle con una expresión de curiosidad.
—¿Con familia se refiere a…
hermanos, padres o…
hijos?
Mirándolo fijamente por un momento, Samara sonrió levemente y volvió su vista al valle.
—Hijos.
Son mi responsabilidad.
El mayor es casi de tu edad y la pequeña es un poco menor —dijo, y su voz se volvió más suave.
Se volteó hacia él, inclinando la cabeza con curiosidad—.
¿Y tú?
¿Qué hay de tu familia?
¿No te extrañan en casa?
Confuso por la pregunta, Asur levantó la muñeca izquierda, señalando con los ojos y los labios su marca de esclavo, ahora liberado.
—Entiendo.
Ya no tienes a nadie, entonces —murmuró ella, su voz suave, con un atisbo de comprensión genuina—.
Así que, ¿no hay hogar al que volver, ni familia que te espere?
—¡No!
—expresó Asur con voz fría y desinteresada—.
Mi antiguo amo seguro espera que muera, así que no creo tener una casa a la cual volver.
—Extrajo su lanza del suelo y empezó a punzar la tierra y las plantas, aun sentado en su posición—.
Para mí, esta guerra es una oportunidad.
Si muero, no importa, no tengo nada que deba extrañar.
Pero si sobrevivo, seguro al final recibiré una recompensa, y eso será una gran victoria para mí.
Samara lo observó en silencio, notando la frialdad de sus palabras y la forma en que punzaba el suelo con su lanza.
No era la respuesta que esperaba.
—Hay más que solo morir o sobrevivir —dijo ella, con voz baja y pensativa.
Se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas—.
He visto a muchos con esa misma mentalidad, Asur.
Y déjame decirte: la mayoría no lo logra.
La guerra es una maestra dura.
Pero si estás aquí para ser un soldado, te diré algo: tu actitud solo te llevará a la tumba.
Si quieres sobrevivir, necesitas un motivo más grande que solo la recompensa.
—¿Y quién dijo que no tengo un motivo más grande?
—preguntó Asur, siendo tajante—.
Pero no es necesario hablar de mí.
—Miró a Samara de frente una vez más, pensando en algo que decir—.
Supongo que si hay hijos, debe haber algún padre.
Qué curioso: el hombre se queda en casa con los niños y la mujer va a la guerra.
¿O usted es muy valiente, o él es muy cobarde?
Ella soltó una risa seca, sin apartar la mirada de Asur.
Se cruzó de brazos, su expresión se volvió más distante.
—El padre de mi hijo murió en una guerra pasada —dijo, con la voz tensa—.
Y el de mi hija, bueno…
nunca se hizo cargo.
Por eso estoy aquí, yo soy la que los protege.
—No sé por qué, pero me gusta escuchar eso —expresó Asur, algo confuso de sí mismo—.
Cambiemos de tema.
Mencionó que posee tierras.
Debe ser una buena extensión si puede permitirse una armadura de esa calidad.
—Empezó a analizar cada detalle en la armadura de Samara—.
Cuando era esclavo, mi amo me hizo trabajar en sus armerías.
No soy un experto, pero puedo reconocer una armadura costosa: hombreras de bronce en el exterior, la parte del torso dividida en bronce para el abdomen y cuero para la pechera, al igual que la espalda.
No es lo que un alto mando usaría, pero es suficiente para parecer una oficial.
Miró hacia los ojos de Samara y luego, con intriga, hacia su pechera de cuero.
—Claramente, su armadura fue hecha a petición, pero…
¿no hubiera sido más práctico usar el bronce para la pechera?
O, aún mejor, hacer toda la parte delantera de bronce, solo te costaría unas monedas más.
¿Hay alguna razón para eso?
Samara arqueó una ceja, su sonrisa se tornó un poco más tensa.
Miró su armadura, que Asur analizaba con tanto detalle, en particular la parte del pecho.
—Observador, muchacho.
Pocos se darían cuenta de esos detalles —dijo ella, con voz más seca.
Se encogió de hombros con una incomodidad evidente—.
Mi pecho…
—dudó por un segundo, buscando las palabras—.
Digamos que no es una talla estándar para la mayoría de las armaduras.
Es más fácil y mucho más barato moldear el cuero que el bronce.
Luego, inclinó la cabeza, devolviendo la mirada penetrante de Asur.
—Pero no es de la armadura de lo que querías hablar, ¿verdad?
Quitando la vista de su pechera, Asur volvió la mirada hacia el valle y preguntó: —¿Cómo aprendió a combatir así?
—En los campamentos, las batallas y algunos maestros en mi aldea —respondió Samara, tranquilamente.
—¿Eso es todo, campamentos y maestros?
—preguntó Asur con aparente decepción.
Samara lo miró con ojos entrecerrados y visiblemente ofendida.
—¡Perdón por no cumplir sus expectativas, mi señor!
—dijo ella con tono sarcástico—.
Solo soy una soldado experimentada que destaca mucho entre los reclutas, pero es solo una ilusión; lamento no ser lo que esperaba.
Se puso de pie, tomó su lanza y caminó, dispuesta a irse molesta.
Asur se levantó, la siguió y la tomó del hombro, pero rápidamente ella quitó su mano, agarrando su muñeca, se deslizó por un lado torciéndole el brazo y pateó su rodilla por atrás, haciéndolo caer.
Una vez con la cabeza en el suelo, sometido por ella, Asur vio la punta de la lanza de Samara enterrada en la tierra muy cerca de sus ojos.
Cualquier movimiento lo haría cortarse con el filo.
Samara se mantuvo en esa posición, esperando que Asur intentara liberarse, pero al no suceder, con un tono molesto dijo: —Puede que no sea una guerrera de élite, pero mi experiencia es suficiente para no dejar que un simple recluta como tú me menosprecie.
—No te menosprecio, en realidad eres admirable —expresó Asur apaciblemente—.
Aprendiste a combatir en batalla y con algunos maestros, no sé qué tan común sea, pero te respeto por eso.
—Sí, sí, como digas —murmuró Samara, volteando los ojos, aun sometiéndolo con menos fuerza.
—De verdad admiro tu habilidad —dijo Asur tranquilamente—.
Por eso…
quiero pedirte…
que por favor seas mi maestra.
—¿Qué?
Ella lo soltó en ese instante, sorprendida por la propuesta de Asur.
—Quiero que me enseñes tus habilidades con la lanza.
No solo como una instructora del ejército, sino como mi maestra personal —explicó Asur mientras masajeaba su brazo.
Mirándolo por un momento, Samara pensaba en lo innecesario de entrenar a alguien de forma especial.
—Cuando nos conocimos, dijiste que yo tenía talento para combatir —afirmó Asur mientras se levantaba del suelo—.
Pero el talento no es nada si no se trabaja.
Por eso quiero aprovechar que tú estás en mi patrulla para así entrenar más seguido.
—Entonces, solo porque tienes talento, crees que debes pasar por encima de los demás y entrenar apartado de tu patrulla —expresó Samara, indignada—.
Apenas eres un recluta, pero ya eres un arrogante.
En un ejército todo se hace en grupo, nadie pelea solo, aprende eso antes que cualquier cosa.
Se giró para volver con el resto de reclutas mientras decía: —No voy a entrenarme solo a ti, les daré a todos el mismo trato y tendrás que aprender al ritmo de los demás.
Finalmente se marchó y Asur se quedó pensando en quién era su siguiente opción como maestro.
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