Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 30
- Inicio
- Todas las novelas
- Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia
- Capítulo 30 - 30 La Sombra Y La Sandía
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
30: La Sombra Y La Sandía 30: La Sombra Y La Sandía El sol se inclinaba en el horizonte, pintando el cielo con tonos rojizos mientras Asur y su patrulla regresaban al campamento.
El murmullo de la noche que se avecinaba empezaba a invadir el aire.
Cansados pero aliviados de haber terminado la guardia, se dirigieron a la armería, un gran cobertizo donde devolvieron los escudos de madera que les habían sido asignados.
Asur, sin embargo, no devolvió solo su escudo.
Dejó su lanza de bronce a un lado y se acercó a un soldado de intendencia que organizaba el equipo.
—Necesito mi espada, la que dejé aquí guardada —dijo Asur, su voz tranquila y segura.
El soldado lo miró con el ceño fruncido, recordando quién era, y señaló un rincón donde las armas personales de los soldados se apilaban.
Asur caminó directamente hacia allí, encontrando la espada corta que había tomado en la batalla.
Con un movimiento rápido y silencioso, la empuñó, sintiendo el peso familiar en su mano.
La punta de su lanza, que ahora reposaba en el suelo, parecía un recuerdo lejano.
Al tener la espada, Asur sintió una mayor comodidad; su mente ya estaba en el siguiente paso.
Con la espada en una mano y su lanza olvidada, se dirigió hacia la salida.
Mientras el campamento se sumergía en las primeras sombras de la noche, Asur caminó entre las filas de tiendas y fogatas encendidas.
Su mirada buscaba a alguien en particular, escaneando los rostros de los soldados que se relajaban después de un largo día.
No tardó mucho en encontrarlo.
Alguien que no solía mezclarse mucho: un hombre de edad.
Frente a una fogata pequeña, en los extremos del campamento, se encontraba Ditro sentado sobre un tronco, riendo a carcajadas.
A su lado, como siempre, estaba Meda, quien compartía las risas con su rostro arrugado iluminado por la luz de las llamas.
Asur avanzó en silencio, deteniéndose detrás del tronco.
Los escuchó hablar por unos segundos antes de que su conversación se aclarara.
—…Y así fue como abrí la brecha —decía Ditro, su voz llena de jactancia—.
¡Con un solo golpe de mi espada!
El resto solo tuvo que seguirme.
Meda soltó una carcajada burlona, golpeando el hombro de Ditro.
—Viejo presumido.
Si fueras tan bueno, tal vez habrías abierto la brecha antes —se mofó.
Asur sonrió.
Era el momento.
Puso una mano en el hombro de cada uno, sobresaltándolos.
Ditro saltó y su rostro de inmediato se contrajo en un gesto de incomodidad, como si hubiera sido atrapado en una falta.
Meda, en cambio, se rio de nuevo.
—Asur, muchacho —dijo ella, su sonrisa tan cálida como las llamas—.
Ven, siéntate.
Asur se sentó entre ellos, sintiendo el calor del fuego y la familiaridad del momento.
—¿Cómo están, Meda?
No los había visto desde la batalla —dijo Asur; su mirada y su tono de voz eran genuinamente amables.
—Yo recibí un pequeño corte en la pierna —respondió Meda, señalando un vendaje bajo la rodilla—.
Pero este viejo no sufrió ni un rasguño.
Ditro asintió con la cabeza, una sonrisa de suficiencia en el rostro.
—Soy muy habilidoso —dijo, inflando el pecho.
Asur lo miró, y un brillo de leve admiración apareció en sus ojos dorados.
—Es cierto.
No pude ver cómo peleabas, pero si estuviste en primera línea, debes serlo.
Yo tampoco recibí ninguna herida, a pesar de estar justo en el frente —confirmó Asur, reafirmando lo dicho por Ditro.
Ditro asintió de nuevo, un poco más relajado.
—Sí, vi que estuviste en la vanguardia.
Buen trabajo al sobrevivir —respondió, y luego su mirada se desvió incómoda, como si recordara algo desagradable.
Asur notó el cambio en su expresión.
Dirigió su mirada curiosa hacia Meda, quien lo entendió de inmediato.
—Está incómodo por los rumores —dijo Meda, su voz directa—.
Los soldados dicen que fuiste atado a un poste por intentar aprovecharte de una joven.
Yo no creo eso —añadió, suavizando el golpe.
Asur le sonrió, agradecido por su confianza.
—Fue una acusación injusta —confirmó—.
No hice nada.
Y cuando la chica lo confirmó, fui liberado.
Meda mostró un rostro de preocupación y se inclinó hacia adelante.
—Asur, muchacho, ¿qué pasó en realidad aquella noche?
—preguntó; su voz era seria.
Asur la miró; su sonrisa se desvaneció.
Le contó la historia sin adornos, un relato de cómo la joven había llamado su atención.
—Vi que un tipo la seguía y algo me dijo que no era bueno —explicó Asur—.
Lo seguí y llegué justo cuando él la estaba sometiendo, así que solo me acerqué.
Meda asintió lentamente, su expresión se suavizó.
—Eso es un acto muy valiente, muchacho —dijo con orgullo.
Una sonrisa pícara regresó al rostro de Asur.
—¿Anden ser un muchacho valiente amerita que me digas el significado real de “Valan”?
—preguntó, moviendo una ceja.
Meda se rió, negando con la cabeza.
—Esa es una tarea que te di para que la descubras por tu cuenta —respondió ella—.
No te daré la respuesta tan fácilmente.
Ditro, que había permanecido en silencio, se unió a la conversación cambiando de tema.
—¿Es verdad eso que dicen?
—preguntó con curiosidad—.
Dicen que fuiste tú quien subió la moral de las tropas con un discurso antes de la batalla y que fuiste el primero en abrir una brecha en las líneas enemigas.
—Fue más suerte que otra cosa —respondió Asur, fingiendo humildad.
Ditro lo miró con los ojos entrecerrados.
—La suerte no existe, muchacho —afirmó con un tono de orgullo—.
Todo es habilidad.
El hecho de que regresaras sin un rasguño del frente de batalla lo confirma.
Meda se mostró de acuerdo.
—Eres un muchacho talentoso —dijo, asintiendo.
—El talento no lo es todo —respondió Asur, de nuevo con un tono humilde—.
Por eso me gustaría aprender más.
—Me gusta escuchar eso.
Es bueno que sepas lo útil que es estudiar.
Puedo enseñarte mucho y tal vez te consiga algunos libros para que te centres en el conocimiento, no solo en el combate —sugirió Meda.
Ditro la contradijo de inmediato.
—¡Por los dioses, Meda!
¡Si el muchacho tiene talento para el combate, debe centrarse en eso!
—exclamó.
—No lo entiendes —respondió Meda—.
Asur es alguien listo; con el tiempo y la dedicación adecuada podría ser un erudito.
Antes de que la discusión continuara, Asur los interrumpió, mirando a Meda.
—También me gustaría aprender de ti, Meda —dijo, su voz suave—.
Pero si quiero sobrevivir a la guerra, primero debo centrarme en aprender a combatir.
Luego, Asur se giró para mirar a Ditro directamente a los ojos.
—¿Podrías enseñarme algunas de tus técnicas en el combate con espada?
Ditro se mostró arrogante.
—Para que yo te enseñe, muchacho, deberás obedecer cada una de mis instrucciones —dijo, su voz baja—, y aguantar los castigos que yo te imponga.
—Soy consciente de las implicaciones, sabio de la espada —respondió Asur, su voz tranquila y segura, halagándolo.
Ditro desvió la mirada, fingiendo indiferencia, pero un atisbo de satisfacción cruzó por su rostro.
—Está bien —gruñó, como si el favor le estuviera costando un gran esfuerzo.
—Ahora tienes un aprendiz como siempre lo quisiste, gruñón —dijo Meda, rompiendo por completo la fachada de Ditro con una sonrisa burlona.
La conversación se vio interrumpida cuando otros reclutas de la patrulla de Ditro y Meda se acercaron, sentándose en los troncos que rodeaban la fogata.
Uno de ellos, un hombre de rostro curtido, miró a Asur con desprecio.
—¿Este no es el violador?
—preguntó, su voz llena de burla.
Meda, furiosa, se enderezó.
—No deberías creer en todos los rumores que escuchas —lo regañó.
Ditro, por su parte, frotó bruscamente la cabeza de Asur, hundiendo sus dedos ásperos en su cabello.
Una sonrisa orgullosa se dibujó en su rostro.
—Él es mi aprendiz ahora.
No voy a permitir que manchen su reputación.
Los soldados, por respeto a los dos ancianos, evitaron discutir.
Se sentaron incómodos y sus miradas se posaron en Asur, como si esperaran que se fuera.
Pero Asur no se movió.
—Ser liberado debería ser suficiente para confirmar mi inocencia —dijo Asur, dirigiéndose al grupo.
—Los niños son tan ingenuos —dijo el mismo soldado, con un tono condescendiente—.
Ser liberado no significa que seas inocente.
Solo significa que te saliste con la tuya.
Otro soldado asintió.
—Muchos creen que sobornaste a la oficial Senek para que te liberara.
Asur extendió sus brazos a los lados, haciendo que todos lo miraran bien.
Los soldados observaron su figura: solo tenía una túnica marrón desgastada, una armadura de cuero que apenas cubría su torso y no llevaba adornos ni joyas.
—¿De verdad parezco tener los recursos para sobornar a alguien?
—preguntó Asur; sus ojos dorados brillaban a la luz del fuego.
El silencio se hizo denso.
Nadie respondió.
En ese momento, una figura colosal se manifestó detrás de Asur.
La conversación murió de inmediato y todos los soldados alrededor de la fogata se quedaron en completo silencio, con los ojos fijos en la imponente silueta.
Ditro, Meda y Asur no se dieron cuenta de lo que había a sus espaldas hasta que una sombra los cubrió por completo.
No era la sombra de la noche que caía, sino una figura que bloqueaba los últimos rayos del sol.
Ditro y Meda voltearon la cabeza al instante; sus expresiones de sorpresa y respeto eran claras.
Asur, en cambio, se tomó su tiempo.
Se giró lentamente, sus ojos dorados encontrándose con la imponente figura del Coronel Superior Gilgag.
El gigante estaba de pie detrás de ellos; su armadura de cuero y bronce relucía con los últimos destellos de luz.
El hacha de combate, con un filo de bronce bien pulido, descansaba en su hombro como si fuera una ramita.
En el antebrazo de su otra mano sostenía dos sandías, cuyo color verde oscuro contrastaba con su piel bronceada.
La expresión de Gilgag era desganada, casi cansada, pero su sola presencia era suficiente para que todos los presentes bajaran la cabeza en señal de respeto.
Excepto Asur.
Él lo miraba de frente, sin miedo, con una sonrisa en los labios que nadie más notó.
Gilgag, con pasos lentos y pesados, rodeó a los soldados; su presencia tensaba el ambiente.
El crujido de la leña en la fogata era el único sonido audible.
Se sentó en un tronco libre al otro lado del fuego y su voz resonó, grave y tranquila.
—¿Me puedo unir a su conversación?
—preguntó.
El silencio fue la única respuesta de los soldados.
El único que respondió fue Ditro, levantando la cabeza con la mirada aún en el suelo.
—Es un honor para nosotros estar junto al Coronel Superior —dijo, su voz respetuosa.
Gilgag lo ignoró, tomando una de sus sandías mientras miraba a todos, uno por uno.
—¿Alguien gusta un pedazo?
—ofreció.
Los soldados permanecieron en silencio.
Nadie sabía cómo comportarse.
Sería impertinente aceptar y compartir lo que come un alto mando, pero sería descortés rechazar lo que ofrecía un superior.
Pero Asur, que lo miraba directamente a los ojos, rompió el protocolo.
—A mí sí me gustaría un pedazo —dijo con confianza, levantándose de su tronco.
Gilgag lo miró y, por un instante, su expresión desganada se transformó en una de sorpresa.
Sin decir nada, presionó la sandía con su mano y la partió con una facilidad asombrosa; luego le entregó un pedazo.
Los otros soldados, sorprendidos y confundidos, observaron a Asur.
¿Quién era este joven que actuaba como si fuera un igual frente a un Coronel Superior?
Al ver que Gilgag no mostraba ninguna molestia, todos se sintieron lo suficientemente seguros como para pedir un trozo.
Gilgag, con una parsimonia que contrastaba con su inmensa fuerza, entregó un trozo a cada uno mientras él comenzaba a devorar la otra mitad.
Durante un largo rato, el único sonido fue el crujido de la sandía.
Los soldados comían en silencio, evitando el contacto visual con Gilgag, temerosos de llamar su atención.
Todos, excepto Asur.
Él comía su porción, pero sus ojos dorados estaban fijos en el gigante, fascinado por la cercanía de esa figura de poder.
La forma en que Gilgag se imponía sin siquiera intentarlo era, para Asur, la verdadera definición de poder.
La admiración crecía dentro de él.
Gilgag notó la mirada fija de Asur.
De inmediato, reconoció la completa falta de temor en sus ojos, algo que solo unas pocas personas habían mostrado en toda su vida.
Recordaba cómo incluso otros oficiales de alto rango solían mantenerse en guardia y evitar mirarlo directamente.
—¿Cómo te llamas?
—preguntó Gilgag, su voz grave resonando en el aire.
Asur tragó su bocado y contestó con seguridad: —Asur.
Pertenezco al escuadrón de la oficial Senek, mi superior.
Gilgag asintió.
—Veo que sabes cómo dirigirte a tu líder.
—Aprendí que un Coronel Superior debe ser llamado “mi superior” por los soldados a su servicio —respondió Asur.
No había arrogancia en su voz, solo la seguridad de quien conoce las normas.
Gilgag asintió de nuevo, satisfecho.
Volvió a su sandía y Asur hizo lo mismo, mientras los otros a su alrededor se sentían cada vez más incómodos.
La familiaridad con la que Asur hablaba con Gilgag los había dejado completamente desplazados.
Gilgag se detuvo y su mirada profunda recorrió a los soldados.
—¿Y bien?
¿De qué hablaban?
Los soldados se miraron entre sí, incómodos.
Antes de que el nerviosismo se apoderara del grupo, Asur habló con la misma calma que tuvo todo el tiempo.
Explicó que había sido acusado de un crimen, castigado y luego liberado, y que sus compañeros estaban discutiendo si era inocente o no.
Gilgag, sorprendido por la indiferencia con la que Asur narraba algo tan grave, preguntó: —¿Hay algo de verdad en ello?
—No —respondió Asur con franqueza.
—Entonces, ¿por qué hay dudas sobre ello?
—inquirió Gilgag, levantando una ceja.
—Algunos piensan que soborné a la oficial a cargo para ser liberado —contestó Asur.
Al escuchar esto, Gilgag soltó una carcajada profunda y grave que hizo vibrar el aire.
El gigante se inclinó hacia adelante y sus hombros se sacudían.
—¡Ja!
¿Y cómo podría alguien creer que un joven con vestiduras tan simples tiene dinero para sobornar a un oficial?
Lejos de ofenderse, Asur se unió a las risas.
Su risa era ligera y clara, un contrapunto a la del gigante.
—Eso es precisamente lo que les decía antes de que usted llegara, mi superior.
Los otros soldados lo miraron con desdén.
¿Cómo se atrevía a reír con el Coronel Superior?
En silencio, intentaban que Asur se callara.
Las risas se apagaron.
Asur terminó el último bocado de su sandía y, con la misma confianza, le preguntó: —¿De dónde es esta jugosa fruta?
Gilgag, visiblemente más relajado, le respondió olvidándose de su estatus: —Unas personas de una aldea cercana me las regalaron.
Asur asintió, su rostro satisfecho.
El silencio regresó, pero esta vez fue incómodo para todos los demás.
Meda, temerosa por la confianza de Asur, le dio un ligero codazo en las costillas, con la mirada rogándole que no se excediera.
En ese momento, Gilgag levantó la mirada por encima del hombro de Asur.
Los demás soldados hicieron lo mismo.
Asur se giró, solo para ver a un grupo de soldados de élite acercarse a la fogata.
Al frente de ellos caminaba el teniente Livey, el segundo al mando.
Al aproximarse, Livey bajó ligeramente la cabeza, un gesto que los soldados de élite imitaron.
—Coronel Superior, me alegro de que haya regresado —dijo Livey, su voz llena de alivio—.
Estamos contentos de que haya vuelto.
Los soldados que rodeaban la fogata se pusieron de pie de un salto, incluyendo a Asur, quien primero miró el rostro de Gilgag, que no parecía muy contento.
Livey quedó frente a Gilgag, quien aún estaba sentado.
—¿A qué te refieres con que volví?
Yo nunca me fui —le respondió Gilgag con tono burlón.
Livey asintió, su rostro se relajó en una pequeña sonrisa.
—Sabía que estaba cerca, rondando el campamento.
Aun así, me alegra que se haya dejado ver.
—Livey miró a los soldados con los que estaba Gilgag—.
Si puedo saber, ¿por qué está sentado con ellos?
Gilgag se enderezó.
—Solo quería familiarizarme con mi ejército.
Y en cuanto a eso —dijo, su voz volviéndose firme—, ya no quiero que uses el término “recluta”.
Todos aquí ya pelearon una batalla, ya han derramado sangre.
Son soldados, no reclutas.
Livey asintió, comprendiendo la orden.
—Hay algunos asuntos que tratar ahora que está aquí, mi superior.
Pero Gilgag lo interrumpió.
—Pueden esperar.
Déjame pasar un momento más con mis soldados.
Livey aceptó la orden y se alejó.
Al irse, su mirada escaneó a los presentes.
Todos tenían la cabeza baja, excepto uno: el mismo joven que se había tardado en levantarse.
Sus ojos dorados brillaban, fijos en Gilgag.
Livey se quedó parado a unos metros junto a los soldados de élite, custodiando a Gilgag a la distancia.
Detrás de ellos, una multitud de otros soldados observaba el encuentro.
Gilgag miró a los soldados de la fogata y les hizo un gesto para que volvieran a sentarse.
—Tomen asiento —les dijo, y todos lo hicieron, un poco menos intimidados.
Asur aprovechó el momento.
Se sentó de nuevo, pero esta vez se acercó más, sentándose a la izquierda de Gilgag con la mirada fija en él.
El ambiente se había relajado, pero el silencio persistía por la presencia del alto mando.
Gilgag miró a Asur de pies a cabeza, estudiando su figura y su rostro fino.
—Te ves muy joven —dijo Gilgag, su voz sorprendentemente suave—.
¿Cuántos años tienes, diecisiete, dieciocho?
Asur contestó sin rodeos: —Debo tener quince.
No sé exactamente la fecha en la que nací.
La sorpresa en el rostro de Gilgag fue evidente.
No había ocultado su asombro.
—Eres muy seguro de ti mismo, y atrevido, en el buen sentido, para ser prácticamente un niño.
Meda, que había permanecido en silencio, intervino: —Es muy inteligente.
—Y también es muy hábil en el combate —añadió Ditro, asintiendo—.
Fue el primero en abrir una brecha en las filas enemigas durante la batalla.
Gilgag, sorprendido, miró a ambos ancianos.
—No puedo creerlo.
¿Es eso cierto?
Pero antes de que pudieran responder, el mismo soldado hostil interrumpió: —Eso son solo rumores, ¿no?
Como dijo Meda, no hay que creer en todos los rumores que se escuchan.
De pronto, los soldados comenzaron a discutir entre sí.
Algunos defendían la hazaña de Asur, otros discrepaban, olvidando por completo quién estaba sentado a su lado.
Lejos de disgustarlo, Gilgag se divirtió con la situación.
Le gustaba ver a los soldados en su estado más puro, discutiendo y bromeando.
Así continuaron hasta bien entrada la noche.
Poco a poco, los soldados se sintieron más cómodos.
Solo cuando Gilgag hablaba recordaban la etiqueta, aunque por momentos también lo olvidaban.
Asur, por su parte, continuaba discutiendo y bromeando con los demás, ignorando tanto los comentarios hostiles como la imponente presencia de Gilgag.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com