Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 31
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- Capítulo 31 - 31 El Luto y La espada
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31: El Luto y La espada 31: El Luto y La espada La mañana siguiente, la vida en el campamento había retomado su curso habitual, aunque con una energía renovada.
Los soldados se preparaban para el entrenamiento y la guardia.
El sol de la mañana brillaba sobre las tiendas de lona y el polvo del suelo, pero el ánimo parecía más firme que en los días anteriores.
En el centro del campamento, la gran tienda de Gilgag se mantenía como un refugio de la caótica vida militar.
Dentro, Gilgag estudiaba los mapas.
Frente a él, su cuñado, el estratega Muravi, esperaba pacientemente.
—Muravi —dijo Gilgag, su voz ronca pero sincera—.
Gracias por encargarte de los campamentos, los suministros y por ayudar a Livey mientras no estuve.
No sé qué habría hecho si lo hubieras dejado manejarlo solo.
Muravi, con un tono más suave que el de Gilgag, respondió: —Era mi trabajo.
No tienes que agradecerme.
Sin esperar, Muravi abordó el tema que estaba en la mente de ambos.
—No hemos tenido tiempo de hablar desde que regresaste.
—Necesitaba estar solo —respondió Gilgag, su voz volviéndose distante.
—Lo entiendo —dijo Muravi, bajando la mirada—.
Pasé por lo mismo cuando me enteré.
Un silencio solemne cayó entre ellos.
Ambos miraron al suelo con una nostalgia compartida, recordando a la mujer que había sido parte de sus vidas.
Gilgag rompió el silencio primero, su voz más suave que antes.
—¿Cómo estás?
Ella era mi esposa, pero también era tu hermana.
Muravi levantó la mirada, una pequeña sonrisa en su rostro.
—Estuve devastado por mucho tiempo.
Hasta que recordé que Irena me habría regañado por ser tan llorón.
Gilgag soltó una carcajada, un sonido profundo que resonó en la tienda.
—Yo llegué a la misma conclusión.
Estaba en el bosque, vagando, cuando me di cuenta de que ella me habría insultado y golpeado por abandonar al ejército en medio de una campaña.
Por eso, lo primero que hice al volver fue pasar tiempo con mis soldados.
Ambos asintieron en un acuerdo silencioso.
Debían seguir adelante, como Irena hubiera querido.
—Coronel Superior, ¿puedo pasar?
—La voz de Livey se escuchó desde fuera de la tienda, interrumpiendo el momento.
—Pasa —ordenó Gilgag, su voz ahora con un tono de mando.
Livey entró en la tienda.
Bajó la cabeza ligeramente y la levantó de inmediato, buscando el contacto visual.
—Espero que haya dormido bien, Coronel Superior.
Con su permiso, me gustaría informar sobre la situación.
—Livey, deja las formalidades cuando solo estamos nosotros —dijo Gilgag, con una ligera molestia en su tono—.
Adelante.
Livey asintió.
De forma más relajada, comenzó su informe.
—El Príncipe Murem nos ha encargado evitar las incursiones de saqueo de los rebeldes en las aldeas y ciudades del norte de la provincia.
Al mismo tiempo, debemos averiguar si hay guarniciones o refuerzos rebeldes por la zona.
—Ya lo sabía —respondió Gilgag, su voz monótona.
Livey continuó.
—Tenemos suficientes suministros para un mes, y podemos pedir más al campamento del Príncipe si es necesario.
Además, estamos cerca de un río para recoger agua.
—Excelente ubicación para el campamento —dijo Gilgag, asintiendo con la cabeza.
Livey y Muravi intercambiaron una mirada de alivio.
—Gracias, Coronel Superior —dijeron al unísono.
Livey continuó su informe.
—Tenemos guarniciones en varias colinas, aldeas, canteras y patrullando los ríos.
—Todo está muy bien —dijo Gilgag.
Muravi, que había estado escuchando atentamente, miró a Livey.
—¿Hay algún informe nuevo sobre los rebeldes?
—Sí.
Los rebeldes enviaron escuadrones de entre trescientos y quinientos hombres para montar campamentos ligeros en colinas y bosques.
También hay guarniciones de unos cincuenta soldados en caminos y aldeas, protegiendo las líneas de suministro rebeldes.
Gilgag, al oírlo, comentó: —Deberíamos enviar a nuestros propios escuadrones para atacar a esas guarniciones y campamentos ligeros.
Muravi y Livey se miraron, sorprendidos por el repentino deseo de Gilgag de atacar.
Muravi fue el primero en hablar.
—Sería precipitado atacar, Gilgag.
—En una guerra, alguien debe atacar primero —respondió Gilgag, su voz volviéndose firme.
Livey interrumpió, explicando la estrategia del Comandante Supremo.
—El Príncipe Murem quiere evitar el enfrentamiento hasta que los rebeldes ataquen primero.
—¿El Comandante Supremo ordenó explícitamente no atacar?
—preguntó Gilgag, su mirada clavada en Livey.
Livey negó con la cabeza, dudoso.
—No…
—Entonces, nuestro trabajo es cumplir nuestra misión de recuperar y proteger las aldeas que han sido tomadas por los rebeldes.
Para hacer eso, debemos atacar sus guarniciones y líneas de suministro —dijo Gilgag, cerrando el debate con su voz grave y autoritaria.
Asur caminaba por el campamento, con su espada en la mano, dirigiéndose hacia los campos de entrenamiento.
El acero de la hoja brillaba con el sol de la mañana, y su paso era ligero.
En la distancia, vio una figura que se le acercaba, la silueta inconfundible de Viret.
Ambos se vieron, y la tensión en el aire se hizo palpable.
Viret, con su propia espada envainada, se dirigió hacia él.
—Mira, el niño que quiso ser un héroe —dijo Viret, con una sonrisa de burla.
Asur sonrió.
—Mira, un pedazo de estiércol.
No pensé que te soltarían del poste tan pronto.
¿Cómo es que estás libre?
Viret se infló de orgullo.
—Mi castigo era estar atado por tres días.
Pero no podían prescindir de un soldado tan valioso como yo.
Asur soltó una carcajada.
—Tal vez no querían que el poste se ensuciara con estiércol.
—Maldito niño —dijo Viret, su rostro se enrojeció de ira.
Llevó su mano a la empuñadura de su espada, listo para desenvainarla.
Asur, sin un rastro de miedo, levantó su propia espada, preparándose para el enfrentamiento.
—Hey —Una voz grave los detuvo.
Asur y Viret voltearon la cabeza al mismo tiempo.
A unos pasos de ellos, Karrion estaba de pie, rodeado de un grupo de soldados que se movían con una lealtad silenciosa.
Viret, al ver a Karrion, abandonó su postura de ataque y se acercó a él, bajando la cabeza.
Karrion le dio una palmada en la nuca.
—Imbécil —dijo—.
¿Quieres volver a ser castigado por los oficiales?
—No, no quiero causar más problemas, Karrion —respondió Viret, con voz sumisa, aceptando el golpe sin rechistar.
Asur observó la escena.
Una sonrisa de diversión se dibujó en su rostro, disfrutando de la humillación de Viret.
Al mismo tiempo, su mente, siempre analítica, se sintió intrigada.
¿Cómo era que Karrion imponía tal temor en Viret sin hacer mucho?
Asur comenzó a analizarlo.
Notó que Karrion, aunque alto y con una barba imponente, no era el más intimidante.
Algunos de los hombres de su pandilla parecían incluso más fuertes que él.
Karrion no tenía un rango militar, ni llevaba una armadura de alto mando.
Además, aunque se veía que tenía algo de dinero, no parecía ser tan rico como para pagar la obediencia de sus hombres.
¿Qué tenía Karrion que los demás no?
¿Cómo mantenía el control sobre la gente como Viret?
Asur se guardó las preguntas, sabiendo que su tiempo para entrenar se acercaba.
Decidió continuar su camino, sin dejar de reírse de la actitud sumisa de Viret.
Asur llegó al área de entrenamiento.
El lugar estaba lleno de soldados, sus armas brillaban bajo el sol de la mañana.
Entre ellos, la figura fornida y calva de Ditro destacaba.
Con movimientos rápidos y precisos, golpeaba sin piedad a un muñeco de entrenamiento con su espada de madera.
Cada golpe era un recordatorio de la agilidad que Asur le había notado en la armería.
Asur se acercó.
Ditro detuvo su entrenamiento y lo saludó.
—¿Estás listo para comenzar?
—preguntó Ditro, con un tono brusco y directo.
—Sí —respondió Asur con una sonrisa de confianza.
Ditro tomó dos espadas de práctica de un estante cercano y le entregó una a Asur.
—Dime, ¿sabes algo de combate con espada?
—Cuando era niño, entrené por unos meses con el hijo de mi amo —contestó Asur, empuñando la espada—.
Aprendí algunos movimientos, la mayoría defensivos.
—Bien.
Tendremos un duelo para ver qué tan bueno eres —dijo Ditro, poniéndose en posición.
Asur hizo lo mismo, adoptando una guardia básica.
Ditro lo observó por un momento antes de ponerse en guardia, con la punta de su espada ligeramente hacia Asur.
El duelo comenzó.
Ditro atacó primero con una serie de puñaladas suaves y lentas.
Asur, usando la técnica que había aprendido de niño, se movía y desviaba cada golpe.
Era claro que Ditro se contenía, pero a medida que el duelo continuaba, la velocidad y la fuerza de Ditro aumentaban.
Asur retrocedía, defendiéndose, pero sin una oportunidad para atacar.
Se estaba quedando sin espacio.
Finalmente, su espalda se topó con una de las tiendas de lona del campamento.
Se había quedado sin lugar para retroceder.
Ditro, sin dudar, lanzó tres puñaladas rápidas al pecho de la armadura de cuero de Asur y una al abdomen, dejando la punta de su espada en el último golpe.
—Estás muerto —dijo Ditro con voz severa—.
Fuiste atravesado por mi espada contra la tienda.
Ditro soltó a Asur y le dio la espalda.
—Eres bueno defendiéndote, pero no puedes seguir retrocediendo.
En la mayoría de las batallas no tendrás tanto espacio.
Debes aprender a moverte hacia los lados.
Asur asintió, entendiendo la lección.
—Gracias —dijo Asur, su voz era baja y su respiración agitada por el esfuerzo, pero sus ojos brillaban con la satisfacción de haber aprendido algo nuevo.
Ditro le hizo un gesto a Asur para que tomara su posición.
—Durante el día de hoy, solo tendremos duelos.
Quiero ver qué tan bueno eres y en qué tenemos que trabajar.
—Se puso en guardia de nuevo—.
Ahora es tu turno de atacar.
No voy a golpearte con la espada, solo me defenderé de tus ataques.
Empieza calmado y luego aumenta la intensidad.
Asur asintió.
Se puso en guardia y comenzó su ataque.
Lanzó puñaladas suaves y golpes desde los lados, pero Ditro los bloqueaba fácilmente, usando solo la fuerza de su brazo sin apenas moverse.
Asur aumentó la velocidad y la fuerza, atacando con barridos desde abajo, estocadas al torso y golpes directos a la cabeza y las extremidades.
Sin embargo, Ditro se mantenía firme, bloqueando cada ataque con una tranquilidad asombrosa.
A veces desviaba el golpe sutilmente, moviéndose en su propio eje de una forma tan fluida que parecía que ni siquiera se desplazaba.
Asur sentía el impacto con la espada de Ditro como si golpeara un tronco.
Continuaron así durante un largo tiempo, hasta que Asur intentó un golpe al cuello de Ditro.
El viejo lo esquivó con un movimiento mínimo y le dio un codazo directo en la mejilla, haciendo que Asur cayera de espaldas.
Uno de los soldados que miraba el entrenamiento desde la distancia se quejó en voz alta.
—¡Dijiste que no lo atacarías!
—reclamó el soldado.
Asur y Ditro intercambiaron una mirada rápida, una que decía más que mil palabras.
Fue Asur quien respondió: —Dijo que no me atacaría con su espada.
Por eso me atacó con su codo.
—Meda tenía razón —dijo Ditro con un gesto de aprobación—.
Eres un chico listo.
—Le ordenó detener el entrenamiento.
—He visto suficiente, y estás cansado.
Asur, sudado y con la respiración agitada, se levantó y se mantuvo firme.
—Puedo continuar —dijo.
—Obviamente —respondió Ditro, con una pequeña sonrisa en sus labios—.
Pero primero debo decirte lo que debes mejorar.
Ditro se sentó en el suelo, apoyándose contra el tronco de un árbol, miró a Asur, que esperaba su crítica con la respiración aún agitada por el duelo.
—Tienes práctica —dijo Ditro.
Su voz era grave, y su mirada recorría el cuerpo de Asur, evaluando sus movimientos—.
Tus movimientos están bien ejecutados, tanto al defender como al atacar.
Eso es un buen comienzo.
Asur asintió, sin decir nada, su rostro una máscara de concentración.
Estaba listo para la crítica, para cualquier cosa que lo ayudara a ser mejor.
—Pero son muy lentos —continuó Ditro.
Una mueca se formó en su rostro, una mezcla de frustración y curiosidad—.
Y extrañamente, atacas y retrocedes un poco, de forma consecutiva.
¿Qué es eso?
¿Sientes miedo o nervios después de cada ataque?
Asur negó con la cabeza.
—Tal vez se deba al entrenamiento con lanza que tuve desde que fui reclutado.
Con la lanza, te enseñan a mantener siempre una distancia prudente.
Ditro asintió.
—Lo sospechaba.
Pero una espada es diferente, muchacho.
Atacar a distancia con una espada solo hace que tus movimientos sean más lentos y predecibles.
Un enemigo hábil sabrá lo que vas a hacer.
—Lo tendré en mente —dijo Asur, asimilando la información.
—Otra cosa —Ditro se inclinó hacia adelante, su voz se hizo más grave y seria—.
Usas demasiada fuerza en todos tus golpes.
Gastas mucha energía.
—Eso es lo que se debe hacer en un combate para herir al enemigo, ¿no?
—preguntó Asur, un poco confundido.
—De cada tres golpes, solo uno debe ser con toda tu fuerza —respondió Ditro.
Su mirada se volvió un poco burlona—.
Los otros dos pueden ser solo para hostigar a tu enemigo.
La espada no es como la lanza.
La espada tiene punta, pero también tiene un filo por los lados.
Un solo roce es suficiente para cortar a un enemigo.
No lo matará, pero lo incomodará, lo aturdirá o lo preocupará durante el combate.
Asur procesó la información, asintiendo.
—Entiendo.
Uno de cada tres con mucha fuerza.
Una sonrisa apareció en el rostro de Ditro.
—Y la fuerza es otra cosa que debes trabajar.
Necesitas hacer ejercicio, Asur.
Volverte más fuerte para que incluso el roce más suave de tu espada se sienta potente.
—¿Y si eso reduce mi velocidad o agilidad?
—preguntó Asur, genuinamente preocupado.
Ditro rió, un sonido grave y ronco.
—No espero que te conviertas en una masa de músculos como el Coronel Superior —dijo, riéndose—.
Pero necesitas la fuerza suficiente para mantener tu velocidad si cambias tu armadura por una más pesada, tal vez una de bronce.
O si usas un escudo.
Querrás mantener tu agilidad con un escudo, ¿verdad?
Asur se quedó en silencio por un momento, sus ojos dorados fijos en Ditro.
No lo había pensado así.
—No había pensado en eso.
Gracias por el consejo, Ditro.
Ditro se levantó del suelo, sacudiendo el polvo de su armadura de cuero.
Asur hizo lo mismo, su cuerpo aún sentía la punzada del codazo de Ditro en su mejilla, pero su postura era firme y su mirada, determinada.
Se prepararon para continuar su entrenamiento, pero antes de que pudieran empuñar sus espadas, una voz femenina los llamó.
—¡Ditro!
—resonó la voz.
Ambos se giraron y vieron a Meda.
Venía caminando por el camino de tierra, cargando un gran recipiente de barro lleno de granos para los cocineros del campamento.
Su paso era lento pero constante.
La acompañaban otras mujeres, todas ellas con ropas sencillas y recipientes similares en sus brazos.
Meda se detuvo frente a ellos, su rostro arrugado se suavizó en una sonrisa.
—¿Cómo les va?
—Apenas estamos comenzando —respondió Ditro, con un tono juguetón que contrastaba con su brusquedad habitual.
—No seas tan rudo con el niño —le regañó Meda, dándole un suave golpe en el brazo a Ditro.
Ditro se rió entre dientes.
—Un soldado debe saber aguantar de todo, ¿verdad, Asur?
Al no recibir respuesta, Ditro lo miró.
Asur no le estaba prestando atención.
Sus ojos dorados estaban fijos en la muchacha que caminaba a la izquierda de Meda, una joven de piel pálida y pelo amarillo casi blanco.
Meda también se dio cuenta y vio que la muchacha desviaba la mirada, avergonzada, sin atreverse a mirar a Asur.
Ditro se rió y bromeó: —Préstame atención, Asur.
Después tendrás tiempo para el romance.
—Asur, ¿conoces a Nanshe?
—preguntó Meda, presentando a la joven.
—Es la joven a quien supuestamente intenté agredir —respondió Asur, su voz carecía de cualquier emoción, era solo un hecho.
Ditro y Meda se sorprendieron y miraron fijamente a Nanshe, que se encogió.
El silencio se hizo pesado por un momento.
Nanshe, aún desviando la mirada, reunió el coraje para hablar.
—Lo siento —murmuró, su voz era apenas un susurro, apenada—.
Hice lo posible para aclararlo en cuanto tuve oportunidad.
—Tardaste demasiado —respondió Asur, con una frialdad que la hizo estremecer—.
Tuve que pasar toda una noche atado a un poste, soportando el frío nocturno y el rocío de la mañana.
Casi me enfermo por eso.
La mirada de Nanshe se desvió, llena de vergüenza y dolor.
Meda, al ver la pena en su rostro, golpeó a Asur con la palma de la mano en la nuca.
—No seas tan duro con la muchacha —le regañó, su voz se había vuelto más suave—.
Al final, te ayudó a ser liberado.
Asur pareció reflexionar sobre las palabras de Meda.
—Tienes razón —dijo, cambiando de tema—.
Nanshe, ¿qué haces en el campamento del Coronel Superior?
Creí que eras una recluta del ejército del Príncipe Murem.
Nanshe dudó en contestar, pero Meda se le adelantó.
—Al igual que muchos otros, Nanshe se unió al ejército de Gilgag para reponer las bajas de la batalla pasada.
Ahora es una de nuestras soldados de servicio.
Asur iba a preguntar más, pero Ditro lo interrumpió.
—Escucha, ¿vas a seguir entrenando o vas a seguir conversando?
Meda notó la incomodidad de Nanshe y decidió intervenir una vez más.
—Debemos irnos.
Los cocineros necesitan estos granos para el almuerzo de los escuadrones.
—Sin esperar una respuesta, se dio la vuelta y se marchó con las otras mujeres.
Asur vio cómo se alejaban y volvió a su entrenamiento con Ditro, pero su concentración se había perdido.
Ahora una nueva idea rondaba en su mente: buscar a Nanshe para preguntarle, de una vez por todas, el por qué de ese temor irracional que sentía hacia él.
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