Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 32
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- Capítulo 32 - 32 Ojos de Análisis
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32: Ojos de Análisis 32: Ojos de Análisis Por la mañana, algunos escuadrones de soldados se sumergían en las aguas frescas del río; un lujo que no habían tenido desde que fueron reclutados.
Una calma palpable se apoderó de la orilla, rota solo por el bullicio de los soldados dándose un chapuzón.
Se escuchaban risas, salpicaduras y gritos, mientras hombres y mujeres por igual disfrutaban del baño.
Además, se escuchaban silbidos y comentarios atrevidos sobre los cuerpos expuestos de todos.
En medio del río, Asur se bañaba en silencio, dejando que la corriente limpiara el polvo y la sequedad de su cuerpo.
De pronto, un silencio se apoderó del río.
Las risas se detuvieron, los gritos se apagaron y el único sonido que se escuchaba era el fluir del agua.
Todos, hombres y mujeres, se quedaron quietos con los ojos fijos en un mismo punto de la orilla.
La mirada de Asur también se fijó en ella.
Era Nanshe.
Su vestido, húmedo y apegado a su cuerpo, revelaba la silueta de sus muslos y su figura esbelta, haciéndola destacar de inmediato.
Su piel, como porcelana, parecía brillar bajo el sol de la mañana, un contraste asombroso con la piel bronceada de los soldados de Cicim.
Su cabello rubio, casi blanco, caía como una cascada sobre sus hombros.
La joven caminaba con una gracia inocente, rodeada de sus compañeras de servicio.
Nanshe parecía ajena a la conmoción que causaba.
Las mujeres que la acompañaban notaban las miradas depredadoras que se posaban sobre ella, pero Nanshe continuó con una calma que para los demás era algo exótico.
Se sumergió en el agua sin darse cuenta de que cada uno de sus movimientos era observado con un deseo intenso.
Asur también la miraba, sintiendo una extraña emoción, una que no tenía nada que ver con el entrenamiento o el conocimiento.
Era una sensación nueva para él; un tipo diferente de curiosidad invadió su mente.
La oficial Senek, que se estaba bañando tranquilamente a un lado de Nanshe, notó de inmediato la atención que la joven estaba atrayendo.
Una mirada de disgusto apareció en su rostro.
Con una expresión de fastidio, se dedicó a mirar a cada soldado que no podía dejar de observar a Nanshe, y su mirada era tan intimidante que hasta los más grandes se sintieron incómodos y desviaron la vista, volviendo a lo que hacían.
Pero cuando su mirada se encontró con la de Asur, él la ignoró por completo.
Asur, sin inmutarse, continuó bañándose mientras sus ojos no se apartaban ni un segundo de la figura de Nanshe.
Senek siguió observando a Asur.
Su postura, la forma en que su mirada se mantenía fija en Nanshe, le causaba un profundo disgusto.
Asur se concentró en Nanshe, que seguía tallándose los muslos, ajena a las miradas y al silencio, solo enfocada en limpiarse bien.
Poco a poco, los soldados comenzaron a marcharse de regreso al campamento.
Nanshe y sus compañeras fueron a un lugar tranquilo para cambiarse antes de volver.
Senek, aún en el agua, seguía mirando a Asur; la ira y la repulsión ardiendo en su interior.
La forma en que Asur miraba a Nanshe lo hacía parecer un acosador, y eso a ella le causaba asco.
Senek tomó una piedra del lecho del río.
La arrojó con fuerza a un lado de Asur.
El agua salpicó sobre él y el ruido lo sacó de su concentración.
Por fin, Asur apartó la mirada de Nanshe y miró a Senek.
—Mirar a una joven mientras se baña no le hace bien a tu reputación —le dijo Senek con desprecio.
Asur la miró, pero no dijo una palabra.
Simplemente la ignoró y se marchó, siguiendo a los demás.
Senek lo vio alejarse, con su frustración a flor de piel.
Con el sol de la mañana secando el agua de sus cuerpos, Asur, Dagon, Samara y el resto de la patrulla regresaron del río.
El camino de tierra se sentía fresco bajo sus pies descalzos mientras se dirigían hacia los campos de entrenamiento.
Una noticia flotaba en el aire, susurrada de soldado a soldado: el Coronel Superior Gilgag había ordenado incursiones contra las guarniciones rebeldes.
La tensión, aunque aún baja, se había vuelto palpable.
La rutina diaria, que antes era solo una tarea, se había convertido en un asunto de supervivencia.
Por eso, la patrulla debía practicar las tácticas de combate en formación.
Para Asur, esto significaba dividir su día: por la mañana entrenaba a solas con Ditro; por la tarde practicaba las formaciones con su patrulla, al mando de Samara.
—¿Vas a entrenar por tu cuenta de nuevo esta mañana?
—preguntó Dagon, su voz llena de curiosidad.
Asur asintió, con una sonrisa apenas perceptible en sus labios.
—Como siempre.
Samara, que caminaba a su lado, lo miró con reproche.
—Te tomas mucho tiempo para entrenar por tu cuenta.
Deberías practicar formaciones con nosotros.
—Puedo hacer ambas cosas —respondió Asur con seguridad—.
Además, aprendo las formaciones más rápido que el resto.
Los demás soldados de la patrulla intervinieron de inmediato, defendiendo a Asur.
—Tiene razón —dijo uno—.
Se aprendió todas las formaciones en una tarde.
—Sí, y aun entrenando con nosotros solo por la tarde, las recuerda mejor que muchos de nosotros —añadió otro.
Samara bufó, frustrada.
—Eres un arrogante, Asur.
Y ustedes, no lo defiendan.
Solo alimentan su ego.
—Ella lo miró con seriedad—: Si cometes un error durante las batallas… —Moriré —la interrumpió Asur, su voz carente de emoción.
—No solo tú —continuó Samara, su voz baja y cargada de advertencia—.
También nosotros por tu culpa.
Sin decir nada más, Samara aceleró el paso y se adelantó a la patrulla.
Asur la vio marcharse.
—Los veré más tarde —dijo a los demás.
Se desvió del camino y se dirigió hacia las tiendas de los soldados de servicio, con su objetivo en mente.
Asur llegó a la tienda de servicio de su escuadrón.
El olor a tierra húmeda y a especias secas flotaba en el aire.
Justo en ese momento, un grupo de ocho mujeres salió de la tienda, riendo y conversando.
La mirada de Asur las escaneó rápidamente, buscando a la única persona que no estaba allí: Nanshe.
Las mujeres se detuvieron y sus ojos intrigados se posaron en él.
Asur se acercó a ellas, levantando las manos en señal de paz, con su espada en una mano apuntando hacia abajo.
—Solo quiero hablar con Nanshe —dijo, su voz tranquila y clara—.
Estoy aquí para que ustedes sean testigos, para que no haya confusiones.
Mis intenciones son buenas.
Las mujeres se miraron entre sí; un murmullo de entendimiento pasó entre ellas.
—Sí, ella está adentro —dijo una de ellas—.
Está sola.
Volveremos pronto.
Sin más, se marcharon, dejando a Asur solo.
Con un paso silencioso, se dirigió hacia la entrada de la tienda.
El interior era fresco y olía a verduras recién cortadas.
Nanshe estaba de pie, picando verduras con un cuchillo sobre una mesa de madera.
Tenía el pelo aún mojado y la espalda vuelta hacia él.
Asur se acercó sigilosamente, como un depredador en busca de una presa, y se sentó sobre otra mesa, dejando sus pies colgando.
El crujido de la madera fue suficiente para que Nanshe notara su presencia.
Se giró hacia él.
Sus miradas se cruzaron por un instante; los ojos azules de ella, puros y asustados, se encontraron con los dorados y calculadores de él.
El miedo se apoderó de su rostro.
Un temblor incontrolable recorrió su mano y el cuchillo cayó sobre la mesa con un ruido sordo.
Su respiración se aceleró, corta y agitada, como si hubiera corrido una larga distancia.
Asur lo notó todo: el temblor, el terror en sus ojos, el ritmo de su respiración.
Su curiosidad no hizo más que aumentar.
Le temía, pero no se conocían.
Lentamente, Asur dejó su espada sobre la mesa, con un suave clink de metal.
Mantuvo sus manos vacías, a la vista.
—Tranquila —le dijo; su voz era un susurro relajado, casi hipnótico—.
No tengo intenciones de lastimarte.
Nanshe, aún temblando, agarró el cuchillo de nuevo y se obligó a seguir picando las verduras.
Su voz, un hilo tembloroso, se hizo oír: —¿Se le ofrece algo?
—Hace días que quiero hacerte una pregunta —dijo Asur, su voz suave—.
Pero he estado ocupado con la guardia y el entrenamiento.
Nanshe no respondió.
Sus manos seguían picando, lenta y torpemente.
La tensión en la tienda era casi tan espesa como el aire.
—¿Por qué me temes?
—preguntó Asur, sin rodeos.
El sonido del cuchillo se detuvo.
Nanshe se quedó en silencio por un largo momento, con la cabeza gacha.
Con la voz temblorosa, respondió: —No sé a qué se refiere.
—Claro que lo sabes —afirmó Asur, con una voz que, aunque no era alta, era intimidante.
Nanshe no dijo nada.
El temblor en sus manos era más visible que nunca.
Asur se recostó sobre la mesa; su postura se hizo más relajada.
—He visto esa mirada de miedo en otras personas —continuó Asur con voz de susurro—.
En quienes le temen a las armas.
En quienes le temen a sus amos.
Incluso a la guerra.
Pero nunca he visto a nadie que me tema a mí.
—El recuerdo de Sour en los jardines llegó a su memoria, pensó por un instante y comentó—: Aunque una vez mi amo parecía tenerme miedo, pero en realidad temía a alguien más que se parecía a mí.
—¿Por qué me cuenta eso?
—preguntó Nanshe, su voz casi inaudible.
—Porque tú me temes tanto que no puedes mirarme a la cara —respondió Asur—.
Y eres la primera persona que en verdad me muestra miedo.
—Sus ojos se fijaron en ella.
Volvió a preguntar—: ¿Por qué me temes?
Nanshe se mantuvo en silencio, visiblemente preocupada.
Sus manos, que aún temblaban, regresaron a las verduras, picando con una lentitud que revelaba su angustia.
Asur insistió: —¿Es por algo que te hice?
¿O es que nos conocemos de antes de estar en el ejército?
Ella negó con la cabeza.
—No nos conocemos.
—Obviamente que no —dijo Asur, y una extraña calidez se coló en su voz—.
No podría olvidar a una joven tan…
—miró dudoso su figura—…
impactante como tú.
Nanshe, con los ojos llenos de miedo, se alejó unos pasos llevándose las verduras.
Sus ojos se fijaron en el rostro de Asur por un momento, pero cuando él la miró, ella desvió la vista.
Asur la observó, todavía acostado sobre la mesa.
—No te preocupes —dijo, con una calma que no se correspondía con la situación—.
No voy a forzarte a nada.
No importa los deseos que tenga hacia ti.
Examinando el estado de Nanshe: sus hombros encorvados, la forma en que su cuerpo se alejaba de él, Asur entendió que el miedo la había silenciado.
Si quería que ella hablara, tendría que bajar la guardia.
Se mantuvo recostado sobre la mesa, con una actitud relajada que contrastaba con la tensión que llenaba el aire.
Decidió cambiar de tema, esperando que eso la tranquilizara.
—¿Por qué te cambiaste del ejército del Príncipe al de Gilgag?
—preguntó con voz casual, como si estuviera hablando de algo trivial—.
Y precisamente, ¿por qué al mismo escuadrón que yo?
—Añadió con una sonrisa ligera—: ¿Me estás acosando?
La pregunta la hizo estremecerse.
Su nerviosismo se hizo aún más evidente.
—La oficial Senek…
—murmuró Nanshe, y se detuvo, como si estuviera pensando si debía seguir.
Finalmente, se armó de valor y continuó—: Me dijo que si me unía a su escuadrón, me protegería.
Asur procesó la información de inmediato.
La protección de Senek debía ser contra los intentos de abuso de otros soldados.
Asur se sentó sobre la mesa, su voz ahora más suave.
—¿Has sufrido muchos abusos en el campamento?
—preguntó, y Nanshe se quedó inmóvil.
Ella desvió la mirada, el rubor de la vergüenza subiendo por su cuello.
Asur tomó eso como una confirmación.
—Disculpa —dijo Asur, su voz suave—.
A veces soy muy impertinente.
Me dejo llevar por mi curiosidad.
Un silencio incómodo se instaló entre ellos.
Solo se escuchaba el sonido del cuchillo de Nanshe picando las verduras.
—Entonces —dijo Asur, rompiendo el silencio—, ¿esa es la razón por la que le tienes miedo a todos?
Nanshe asintió rápidamente, sin atreverse a mirarlo.
Esperaba que él pensara que su miedo no era solo por él.
Pero Asur, con una sonrisa ligera, leyó su pensamiento: —Aun así, me temes de una forma diferente.
Un miedo especial.
Se levantó de la mesa, tomó su espada y caminó lentamente hacia la salida de la tienda.
Nanshe lo siguió con la mirada.
Justo antes de salir, Asur se detuvo y se giró; su mirada dorada se clavó en la de ella.
—Volveré cada día —prometió; su voz era una amenaza disfrazada de promesa—.
Hasta que me digas por qué.
Nanshe lo observó con los ojos muy abiertos.
Asur sonrió; su sonrisa era la de un cazador.
—Nos vemos después —dijo, y se marchó.
Más tarde, antes del mediodía, el sol se alzaba alto en el cielo, proyectando largas sombras sobre los campos de entrenamiento.
Asur golpeaba con fiereza un muñeco de práctica.
Entrenaba solo al enterarse de que el escuadrón de Ditro fue enviado a una misión.
Asur probaba su fuerza y velocidad, notando su propia mejoría; no era como Ditro, pero ya era lo suficientemente formidable como para darle una buena pelea.
Mientras golpeaba, un solo pensamiento se repetía en su mente: si el escuadrón de Ditro había sido llamado a una misión, el suyo también lo sería pronto.
Debía estar listo.
De repente, Karrion y toda su patrulla llegaron al campo de entrenamiento, interrumpiendo la calma.
Asur había escuchado los rumores sobre ellos: una banda de criminales que se habían unido al ejército.
Se decía que Karrion podía conseguir ciertos favores a cambio de un pago, y que quien se negaba a recibir castigos; aunque, para ser honestos, Asur nunca había oído de alguien que realmente hubiera sido castigado por la pandilla.
El rumor más fuerte, sin embargo, era que Karrion tenía influencias entre los oficiales, pues se decía que podía conseguir que patrullas enteras se saltaran el hacer guardia.
Al llegar, Karrion analizó a cada soldado que entrenaba, como si estuviera buscando algo.
Sus ojos se posaron en Asur, que estaba concentrado en su muñeco.
Se acercó a él, sacó su espada y, con una voz alta que se podía escuchar en todo el campo, preguntó: —¿Aceptas un duelo?
Asur se sintió intrigado por el desafío repentino.
Dejó de golpear y se giró hacia Karrion.
—¿Por qué?
—preguntó.
Karrion, con un tono extrañamente inseguro, respondió: —Necesito practicar mis movimientos.
Tú pareces tener algo de talento.
De inmediato, los seguidores de Karrion empezaron a hablar en voz alta.
—¡El niño está cansado!
—dijo uno de ellos, señalando el sudor que empapaba la túnica de Asur—.
¡Está en clara desventaja!
—¡Es obvio que Karrion ganará!
—gritó otro.
Sus palabras atrajeron a un montón de soldados que, curiosos, rodearon a Asur y a Karrion, formando un círculo de expectación.
El ambiente se sintió cargado de una tensión extraña.
—¿Por qué debería aceptar?
—preguntó Asur.
—Te ofrezco un pago —dijo Karrion.
—¿Cuál?
—inquirió Asur.
—Si ganas, te daré una túnica nueva para que reemplaces esa cosa desgarrada que tienes puesta —dijo Karrion, apuntando con la espada a la túnica de Asur.
Luego, con una sonrisa, añadió—: Y si yo gano, no me tendrás que dar nada.
Asur lo pensó; le parecía extraño esa repentina oferta, debía haber algo más en todo esto.
Con su curiosidad despertada, sonrió.
—Acepto —dijo.
Pero antes de que Asur y Karrion pudieran comenzar, los seguidores de Karrion empezaron a discutir entre ellos en voz alta.
—¡El muchacho se ve muy seguro!
—dijo uno—.
¡Apostaría que puede vencerlo!
—Ha estado entrenando por días, seguro es muy bueno —añadió otro.
Viret se puso en medio, defendiendo a Karrion con un tono de voz indignado: —¡Qué tontería!
Karrion es más fuerte, más alto y más experimentado.
El grupo de Karrion se dividió.
Unos pocos apostaban por Karrion, mientras que la mayoría apostaban por Asur.
—Apuesto mi puñal a que Asur gana —dijo uno de los seguidores de Karrion.
—¡Y yo mi bolsa de monedas!
—gritó otro.
Karrion fingió estar molesto.
Con una mirada de rabia, gritó a sus seguidores: —¡¿No confían en mis habilidades?!
Sus seguidores bajaron la cabeza, sin atreverse a responderle.
Karrion adoptó una postura de ataque.
—¡Les mostraré lo hábil que soy!
La ira de Karrion parecía real.
Los soldados, al ver la actitud decidida de Karrion y el aparente cansancio de Asur, se unieron a lo que parecía una apuesta segura.
Apostaron monedas de plata y oro, y algunos incluso sus pertenencias, a la victoria de Karrion, mientras la mayoría de seguidores de Karrion apostaban por Asur.
El duelo comenzó.
Karrion se movió de manera agresiva, lanzando golpes feroces.
Pero Asur, a pesar de su cansancio, se defendió muy bien.
Las espadas de madera chocaban con estruendo, y los movimientos de ambos eran rápidos y potentes.
Sin embargo, Asur sintió que había algo extraño.
Cada vez que él lanzaba un golpe, Karrion se tambaleaba, fingiendo que le costaba bloquear.
A su vez, la fuerza en los golpes de Karrion era mínima.
Él se movía más de lo que golpeaba, siempre con esa expresión de ira que, para Asur, era completamente falsa.
De repente, Asur lanzó un golpe suave y sintió cómo Karrion dejaba caer a propósito su espada con el choque.
Con esa farsa, Karrion perdió el duelo.
Karrion mostró una frustración falsa, pero luego le regaló a Asur una sonrisa pícara.
—Parece que mis chicos tenían razón —dijo, riéndose—.
Eres muy hábil y perdí.
Se dirigió a los muchos soldados que habían apostado por él, fingiendo estar apenado.
—Mis habilidades no fueron suficientes para vencer a un muchacho tan talentoso.
Los soldados se marcharon molestos, entregando sus apuestas a la pandilla de Karrion, quienes sonreían mientras Karrion fingía estar apenado por su derrota.
Asur se dio cuenta de que todo había sido una estafa y que el duelo nunca fue real.
Sonrió, y Karrion, al verlo, supo que su farsa había sido descubierta.
Asur se acercó a Karrion con una sonrisa.
—Que sean dos túnicas y una vaina —le dijo.
Karrion asintió y se marchó con sus nuevas ganancias, mientras Asur volvía a su entrenamiento, reflexionando sobre lo astuto que era aquel sujeto.
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