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Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 33

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  4. Capítulo 33 - 33 Locura Y Valentía
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33: Locura Y Valentía 33: Locura Y Valentía Han pasado quince días desde el primer enfrentamiento en el Valle Vacío.

El General Román no ha vuelto a mostrarse, manteniendo a sus tropas en sus campamentos.

La quietud en el frente ha avivado los murmullos entre los soldados; el rumor es que los rebeldes están esperando refuerzos, y la calma es solo la antesala de una tormenta.

Hace seis días, el Coronel Superior Gilgag regresó y ordenó la ofensiva contra las pequeñas guarniciones rebeldes en colinas, bosques y aldeas.

La guerra ha dejado de ser una única batalla masiva, convirtiéndose en una serie de escaramuzas violentas y focalizadas.

En los últimos dos días, la realidad de esta estrategia se ha vuelto tangible.

Los escuadrones enviados a las misiones de ataque han regresado con un saldo mixto.

Algunos lo han hecho con la gloria de la victoria, pero todos, sin excepción, han vuelto con las filas mermadas.

Hombres y mujeres, valientes o temerosos, han caído en las escaramuzas, demostrando que en el campo de batalla, la victoria y la derrota se miden de igual manera con sangre.

La tienda de servicio del escuadrón de Senek era un horno.

El aire estancado y pesado se aferraba a la piel, saturado con el aroma especiado de los condimentos.

En un rincón, Asur estaba sentado sobre una mesa de madera tosca, sus pies balanceándose despreocupadamente mientras hablaba.

Su voz, ligera y carismática, llenaba el espacio, contrastando con el calor opresivo.

Al otro lado de la tienda, Nanshe machacaba granos de pimienta con un mortero de piedra.

Sus movimientos eran rígidos y su rostro, bañado en sudor, reflejaba una tensión palpable.

Aunque intentaba concentrarse en su tarea, sus ojos, llenos de miedo, se desviaban constantemente hacia la figura de Asur.

—¿No creen que el calor ha sido muy fuerte en estos días?

—preguntó Asur con una sonrisa, dirigiéndose a las mujeres que trabajaban.

Varias de ellas asintieron, entretenidas por su charla.

—No sé ustedes, pero yo daría lo que fuera por un plato de cordero asado con miel y dátiles.

El pan de la ración ya me aburre —comentó Asur; su mirada se posó en Nanshe, que se detuvo por un momento y luego continuó machacando la pimienta.

Nanshe no respondió.

Solo agachó la cabeza; su cuerpo temblaba ligeramente mientras el mortero golpeaba el grano una y otra vez.

—No seas tímida, vamos.

No te veo tan concentrada en la pimienta.

¿O acaso el sonido de mi voz te molesta?

—Asur la provocó con suavidad; su tono era una mezcla de burla y coqueteo.

Las otras mujeres se rieron.

Nanshe simplemente se hizo pequeña, como si deseara desaparecer.

—Solo bromeo —dijo Asur, volviendo a su tono relajado con un suspiro—.

Espero que pronto nos llamen a una de las misiones.

Estoy ansioso por probar el sabor del combate.

Las risas llenaron la tienda.

Asur sonrió, consciente de que tenía la atención de todas las mujeres.

—Muchacho, ¿no deberías estar en el campo de entrenamiento?

—preguntó una de las mujeres con una sonrisa pícara.

Asur se encogió de hombros, con expresión despreocupada.

—Iré después.

Quería pasar un rato por aquí antes.

—¿Te arriesgas a un regaño solo por ver a Nanshe?

—la voz de otra mujer, más joven, sonaba cargada de complicidad.

—Tal vez —respondió Asur, y su sonrisa se hizo más amplia mientras miraba a Nanshe.

Las mujeres cruzaron miradas, un entendimiento silencioso y divertido pasando entre ellas.

Nanshe, sintiendo el peso de las miradas, tomó un recipiente vacío.

—Iré por más condimento —dijo en un hilo de voz.

Pasó rápidamente junto a Asur, evitando el contacto visual, y salió de la tienda.

Las risas y los murmullos de las mujeres la siguieron.

Asur no se rio.

Se bajó de la mesa en silencio y salió de la tienda, siguiendo a Nanshe a una distancia prudente.

La alcanzó sin prisa, cayendo en un paso detrás de ella.

Nanshe no se detuvo, pero su cuerpo se tensó.

Apretó los puños, consciente de su presencia.

—Es un buen día para caminar —dijo Asur, rompiendo el silencio—.

Mis piernas lo agradecen.

Nanshe no respondió.

Asur continuó; su tono de voz ahora era más serio.

—Nanshe, ¿estás lista para decirme por qué me tienes tanto miedo?

Ella lo ignoró, caminando más rápido y con la cabeza gacha.

Asur igualó su ritmo sin esfuerzo.

Al ver que no obtendría una respuesta, cambió de táctica.

—Me preguntaba por tu apariencia.

Es muy única.

Tu pelo rubio parece blanco a la distancia, y tu piel es tan blanca como la leche.

Nanshe lo miró de reojo, con los ojos llenos de cautela.

—¿De dónde vienes?

—continuó Asur, siempre detrás de ella.

Nanshe lo ignoró de nuevo, esperando que se cansara.

—¿Todos en el lugar de donde vienes se parecen a ti?

—preguntó, probando otra vez.

Al ser ignorado, añadió—: Me iré si me contestas.

Solo quiero acabar con mi curiosidad.

Nanshe, con un suspiro resignado, respondió: —No.

Incluso en mi aldea yo…

era una rareza.

—Definitivamente eres una rareza, una muy especial —afirmó Asur.

Nanshe inconscientemente susurró: —Sus ojos también lo son.

—Se dio cuenta de lo que había dicho y se disculpó, balbuceando—: No…

no quise decir eso.

Lo siento.

Asur se rio, aceptando la disculpa sin ofenderse.

—Es cierto que mis ojos no son comunes.

Pero tampoco son tan raros, o al menos nadie me había dicho nada sobre ellos hasta ahora.

Llegaron a la tienda de suministros.

Los guardias dejaron pasar a Nanshe, pero detuvieron a Asur.

—Nos vemos mañana, rareza —dijo Asur, despidiéndose con una sonrisa.

Luego, Asur caminaba a paso lento cuando una escena inusual captó su atención.

Bajo la sombra de un toldo, Karrion y su pandilla estaban sentados con varias mujeres soldados en sus regazos.

Ellas, con la armadura de cuero en el suelo, se dejaban tocar por los hombres que acariciaban sus piernas y cinturas con familiaridad.

La escena era extraña, fuera de lugar, pero nadie alrededor parecía prestarle atención.

Asur, recordando la deuda pendiente, se acercó al toldo.

No le importaba la escena, solo su recompensa.

—Alguien me debe un par de túnicas nuevas y una vaina —dijo con voz clara, interrumpiendo la atmósfera íntima del grupo.

La pandilla se interrumpió y las miradas hostiles se volvieron hacia Asur.

—Vete de aquí, niño, no molestes —gruñó uno.

—Lárgate si no quieres problemas —dijo otro.

—Te lo advierto, márchate o te daré una paliza —amenazó Viret.

—Inténtalo, si es que puedes —lo retó Asur, con una sonrisa relajada.

Viret tiró a la mujer que tenía en su regazo y se levantó, pero antes de que pudiera avanzar, una voz firme pero tranquila lo detuvo.

—Viret, siéntate.

Era Karrion, con una mujer sentada en su regazo, un gesto que parecía ser un símbolo de su estatus.

Viret obedeció al instante, volviendo a su lugar e intentando tomar a la mujer de nuevo.

Pero ella, en un rápido movimiento, se levantó, se puso su armadura y se marchó.

—¡Bruto!

—lo insultó antes de irse.

Viret, furioso, miró a Asur.

—¡Todo por tu culpa!

¡Me hiciste perder una oportunidad!

Asur se rio; su risa resonaba con burla.

—La perdiste por ser un bruto impulsivo.

—Ya cállate, Viret —ordenó Karrion.

—Mejor hazle caso a tu dueño —comentó Asur con una sonrisa astuta.

El rostro de Viret se contrajo con ira.

—Tú tienes mucha experiencia con eso, ¿no?

Sabiendo cómo obedecer a tu dueño.

El comentario iba directo al pasado de Asur como esclavo, pero él no se inmutó.

—Por eso sé muy bien cuándo alguien es una propiedad —contestó Asur; la calma en su voz era más cortante que cualquier grito.

Karrion ordenó a Viret que se callara de nuevo, con voz baja pero firme.

Luego miró a Asur.

—Es mejor que te calles tú también si no quieres ganarte el desprecio de todos los presentes.

—No me importa.

No busco ser amigo de nadie aquí —respondió Asur con total franqueza.

—Entonces ten cuidado.

Nunca sabes cuándo puede aparecer un alacrán mientras duermes —advirtió Karrion, su voz un susurro de amenaza.

—Lo haré —dijo Asur, inalterable—.

Pero ustedes deberían tener más cuidado con las arañas venenosas.

Abundan en este lugar, más que los alacranes.

Una carcajada resonó entre la pandilla de Karrion y las mujeres.

—Finges muy bien la valentía —dijo Karrion, sonriendo.

—No es valentía —aseguró Asur—.

Es locura.

Uno de los presentes, intrigado, preguntó: —¿Cuál es la diferencia?

Asur se detuvo; su mente viajó al pasado.

Había hecho la misma pregunta dos veces en su infancia.

Ahora, él tenía la respuesta.

—Valentía es superar el miedo.

Locura es no sentirlo.

Karrion se echó a reír, un sonido ronco y lleno de burla.

Su pandilla se unió a él y las risas estallaron bajo el toldo.

—¿Así que no sientes miedo, eh?

—preguntó Karrion, sacudiendo la cabeza con diversión.

Asur esperó pacientemente a que la euforia disminuyera.

Cuando el silencio volvió, preguntó con voz clara: —¿Ya tienes mi pago?

Los hombres de la pandilla se movieron inquietos.

—¿Pago?

No sé de qué hablas.

Vete de aquí antes de que te arrepientas —espetó uno.

—Hablo con tu amo —respondió Asur, su voz cargada de indiferencia.

Los hombres gruñaron; algunos intentaron levantarse de nuevo, pero Karrion, sin decir una palabra, alzó la palma de su mano, deteniéndolos.

La obediencia de sus hombres era absoluta.

—Será mejor que te vayas, niño, antes de que termines lastimado —dijo Karrion con una voz llena de autoridad.

—Me debes dos túnicas y una vaina para mi espada —contestó Asur, alzando el arma que llevaba en la mano por no tener donde envainarla.

Karrion fingió sorpresa.

—No sé de qué hablas.

¡Márchate!

—gritó con autoridad.

Asur escuchó eso como una orden y, sin inmutarse, dio un paso adelante, pasando tranquilamente entre los hombres de la pandilla.

Se detuvo frente a Karrion y lo miró fijamente.

—¿Crees que soy uno de tus perros obedientes?

¿Uno que baja la cabeza al oír tu voz?

Karrion apartó a la mujer de su regazo y se levantó; su altura se imponía sobre la de Asur.

Sin embargo, en la mirada de Asur no había ni un rastro de temor.

Los hombres de Karrion rodearon al joven.

Viret se acercó, con el rostro contraído por el odio.

—Ahora sí estás muerto, niño.

Karrion miró a Asur con curiosidad.

—Muchacho, ¿no has oído hablar de mí?

¿No sabes lo que hacía antes de unirme al ejército?

Asur alzó una ceja, esperando.

—Organizaba peleas en tabernas, tenía mis propias prostitutas, controlaba las apuestas, prestaba dinero a la gente…

y no era muy amable con los que no pagaban.

Y eso solo eran las cosas legales que hacía.

Asur pensó.

Las palabras de Karrion eran solo historias, rumores que se contaban en el campamento.

Nadie, a excepción de su pandilla, había visto las crueldades que describía.

Con una sonrisa desafiante, Asur dijo: —Si no me das lo que me prometiste, hablaré sobre la estafa del duelo.

Karrion se echó a reír.

—¿Crees que alguien te hará caso?

Ve y diles a los oficiales.

—No tengo por qué decírselo a los oficiales —aclaró Asur.

Luego señaló el bolso de cuero de Karrion—: Se lo diré a los soldados que estafaste.

Ahí están las pertenencias de muchos de ellos.

Viret se burló.

—No les temo a esos idiotas.

Aplastaría a cualquiera que se quejara.

El resto de la pandilla asintió.

Asur se rio.

—Se les olvida que no están en una ciudad.

Están en un campamento militar.

No estafaron a campesinos, sino a soldados armados que acaban de matar a otros hombres en una batalla.

Miren a su alrededor.

Los hombres de Karrion se miraron entre ellos.

Por primera vez, se dieron cuenta de lo que habían pasado por alto: todos a su alrededor, incluso las mujeres a las que trataban como propiedad, estaban armados.

Karrion gruñó.

Se agachó, tomó su bolso y sacó dos túnicas, una gris y una marrón.

—No me importa si son de tu talla —dijo al entregárselas.

Luego sacó su propia espada, la desenfundó y colocó el filo cerca del cuello de Asur.

Pero Asur, sin un solo rastro de miedo en su mirada, se mantuvo impasible.

Karrion bajó su arma, le entregó la vaina a Asur, y sin decir más, este se marchó.

Una vez en el campo de entrenamiento, Asur lucía las túnicas nuevas colgadas de su hombro y la espada recién envainada a su cadera.

El peso y el roce de la vaina eran un alivio bienvenido.

A lo lejos, vio a Samara dirigiendo a su patrulla.

No se dio cuenta de su presencia, demasiado concentrada en la técnica que estaban practicando.

Los soldados se movían con fluidez, con sus cuerpos balanceándose al ritmo del entrenamiento.

Habían dejado atrás las formaciones cerradas y masivas de la batalla campal.

Ahora practicaban el combate en equipo, una táctica diseñada para el asalto en bosques, colinas y aldeas, donde el terreno era traicionero.

Los soldados debían aprender a pelear sin estorbarse unos a otros, protegiéndose en grupos de tres, cinco u ocho, dependiendo de la situación.

—En el bosque, la clave es la cohesión —recordó Samara a sus soldados—.

Tu compañero es tu escudo y tu espada.

Conozcan sus movimientos.

Asur observó desde lejos; sus ojos se detuvieron en las curvas de Samara, pero su mente se concentró en la danza marcial de los soldados.

Cerró los ojos por un momento, imaginando la escena: los árboles, las sombras, el enemigo acechando.

En su mente, cada movimiento torpe o vacilación de sus compañeros se convertía en una herida fatal.

Uno a uno, en su imaginación, todos caían.

Abrió los ojos.

Tomó una lanza de entrenamiento del suelo y se lanzó hacia el grupo.

Golpeó el costado de uno de sus compañeros, que se desplomó con el impacto.

Luego, su lanza se estocó en el pecho del segundo, y finalmente en el tercero.

Los tres cayeron al suelo en un abrir y cerrar de ojos.

Samara y los demás de la patrulla lo miraron con asombro.

Asur, con la lanza en alto, exclamó sin aliento: —¡Peleen contra mí!

Soy el enemigo, estoy en un bosque y ya he matado a tres.

El repentino desafío de Asur llamó la atención de las otras patrullas y escuadrones que miraban desde la distancia.

La audacia del joven y la forma en que tumbó a tres de sus compañeros en segundos había generado una oleada de curiosidad.

Los compañeros de Asur, sabiendo que entrenaba por su cuenta y entendiendo que esto era una prueba, se unieron al juego.

Dagón y otros dos soldados atacaron al unísono.

Dagón, con su hacha, golpeó desde arriba, pero Asur se desplazó ágilmente a un lado.

Antes de que pudiera contraatacar, un segundo soldado le dio una punzada con su lanza.

Asur lo esquivó, moviéndose a una posición que le permitía evadir al tercer atacante.

En un movimiento fluido, acortó la distancia del soldado con la lanza.

Cuando este retrocedió, Asur golpeó el brazo de Dagón.

Bloqueó el ataque del tercer soldado y, con una estocada, apuntó al rostro de Dagón, quien se quedó inmóvil.

—Muerto —susurró Asur.

Ahora se enfrentaba a las dos lanceras.

Observó cómo dos de sus compañeras intentaban rodearlo.

Asur, un paso por delante de ellas, sobrepasó la lanza de una de ellas, le dio una punzada en el pecho y dijo: —Muerta.

Luego rozó el cuello de la otra con la punta de su lanza, un movimiento sutil pero letal.

—Muerta.

Las dos lanceras que lo rodeaban lo atacaron al mismo tiempo.

Asur retrocedió, bloqueando los golpes consecutivos de sus lanzas una y otra vez.

Las mujeres mantuvieron la presión, una fuerza implacable que lo obligó a retroceder.

Una de ellas levantó su lanza, preparándose para la estocada de puños que Samara les había enseñado.

Realizó un rápido movimiento y golpeó directo al rostro de Asur, quien la desvió hacia abajo con su lanza, haciendo que chocara con la de su compañera.

Se desplazó hacia un lado, subió su propia lanza y rozó con fuerza las armaduras de ambas.

—Muertas —declaró.

De repente, Asur recordó que le faltaba una oponente.

Se volteó y vio a Samara lanzándose hacia él.

Había hecho una estocada con tal velocidad que Asur se arrojó al suelo para evitar el impacto.

No sirvió de nada.

Samara lo golpeó cinco veces en el pecho con la punta de su lanza de entrenamiento.

—Muerto —dijo Samara.

Los murmullos de los otros soldados resonaban, admirando la destreza que acababan de presenciar.

Asur, en el suelo, se levantó con un semblante tranquilo, sacudiéndose la tierra.

—No está mal —dijo Samara; su voz era neutral, casi fría, pero sus ojos se detuvieron por un instante en los de Asur, en un examen que parecía ir más allá de la simple evaluación.

—¿Te gustaría que volviéramos a entrenar más tarde?

Esta vez te prometo que no me quedaré quieto —ofreció Asur con voz coqueta.

Samara desvió la mirada, con la mandíbula apretada, como si la propuesta le hubiera generado repulsión, aunque su cuerpo reaccionó de forma contraria.

—No me hagas perder el tiempo con tus juegos —respondió de forma cortante, dándose la vuelta para irse.

—Siempre me has dado la impresión de que te gusta perder el tiempo conmigo —comentó Asur burlón, y su voz resonó en el aire.

De repente, una figura severa se abrió paso entre la multitud de reclutas.

Era la oficial Senek, con un rostro tenso y sin rastros de su habitual desprecio.

—Soldados, presten atención —su voz, clara y sin titubeos, se alzó por encima de los murmullos—.

El teniente Livey nos ha elegido para una misión —anunció Senek—.

Debemos recuperar una aldea ocupada por los rebeldes que está a dos días de viaje.

Un susurro de asombro recorrió al escuadrón.

Sus rostros se volvieron hacia Asur.

Algunos con miedo, pero otros con una extraña sensación de alivio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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