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Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 34

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Capítulo 34: 0.1 El Establo

Mientras el ejército del príncipe Murem llegaba al frente de batalla en la provincia de Ziza, más al este, en Masad, la ciudad principal de la provincia fronteriza de Mico, una pequeña comitiva real recorría sus calles. Provenientes de Barclei y acompañadas por sus sirvientes y escoltas personales, iban la concubina Deibra y la princesa Siram, madre y hermana del príncipe Murem. Ambas lucían tiaras de plata con piedras azules que adornaban su cabello y vestidos holgados hasta los tobillos, con tonos celestes y azules combinados en los laterales.

Ellas, al igual que muchos otros nobles, llegaban a la árida región en busca de refugio y seguridad, ya que esta era la provincia más alejada de las zonas de conflicto. Junto a ellas, en su carruaje tirado por bueyes, también estaba Esther, la hija del comerciante Sour y amiga cercana de la princesa Siram.

Esther lucía un vestido plisado carmesí que le llegaba por debajo de las rodillas y un collar con piedras rojas que parecían brillar en contraste con su piel bronceada. Ella se encontraba allí, no por necesidad, sino por su propia ambición, como parte de un plan para mantener su cercanía con la familia real. Tal como había acordado con Asur, debía buscar conexiones dentro de la corte e intentar acercarse a algún príncipe. Por eso, cuando la princesa le dijo que la nobleza y algunos miembros de la familia real irían a refugiarse a Masad, ella no dudó en ir también, aun en contra de la voluntad de su padre, quien aceptó a regañadientes.

En ese momento, dentro del carruaje, Esther y Siram, sentadas del mismo lado pero apoyadas en ventanas opuestas, miraban a través de las cortinas, aparentemente admirando el paisaje. En realidad, cada una estaba sumida en sus pensamientos. Esther repasaba las dudas que tenía sobre sus planes: «¿Cómo atraer a un príncipe sin ser muy obvia?», «¿Con cuál de ellos lo debía intentar?», «¿Qué hará si no funciona?». Esas eran las preguntas que se hacía en su interior. Por su parte, la princesa Siram solo podía pensar en su hermano Murem: «¿Estará bien? ¿Cómo se sentirá? ¿Volverá a salvo? ¿Podrá con esto?». Esas eran las preocupaciones que abundaban en su cabeza.

Mientras tanto, la concubina Deibra, sentada con postura erguida e inmóvil, miraba por la misma ventana que su hija, cuestionando una y otra vez si realmente ese sería el lugar más seguro para ellas. Pensaba en las posibilidades, los riesgos y las ventajas. «¿Era posible que Yem y los rebeldes ganaran? ¿Y qué pasaría si ganaban? ¿De qué serviría que estuvieran en Masad? ¿Era lo mejor estar allí? ¿De verdad estaban seguras allí?». Era cierto que era la región más alejada del conflicto, pero… era una provincia fronteriza. «Aunque Cicim y los reinos al otro lado de la frontera tenían una alianza, eso no garantizaba que no intentarían aprovechar la situación». Pero lo más preocupante para Deibra era que estarían a cargo de él y, por extensión, de su madre.

Mientras Deibra pensaba en esto último, el carruaje se detuvo justo frente a las puertas, fuertemente custodiadas, del palacio del gobernador de Mico. Allí esperaba Yacim, el quinto príncipe del reino, de dieciocho años, a quien el rey había ordenado resguardar a la familia real, custodiar las fronteras y, de ser necesario, prepararse para ser la última fuerza opositora a Yem y los rebeldes. Conocido como “El Potro” por su feroz resistencia al clima, enfermedades y heridas durante sus entrenamientos de la infancia, Yacim poseía una orgullosa personalidad impulsiva. Por ello, era respetado y temido en su provincia debido a los severos castigos que imponía a los criminales, incluso sin tener certeza de su culpabilidad. Se sabía que no tenía reparos en ordenar la amputación de manos para ladrones, la castración para violadores, la decapitación para asesinos y la muerte a pedradas o por fuego para los corruptos. Todo esto lo convertía en alguien de quien cuidarse. Sin embargo, lo que realmente preocupaba a Deibra no era la reputación de Yacim, sino su poca cercanía con el resto de la familia real.

Y es que, durante su infancia en el palacio del rey, mientras los otros príncipes convivían estudiando, entrenando y jugando como hermanos, Yacim siempre hacía todo por su cuenta, alejado de todos. No porque él quisiera, sino por la voluntad de su madre, la concubina Fizer, quien, a pesar de intentar ocultarlo, preparaba a su hijo para ocupar el trono de una forma u otra. De hecho, a muchos nobles y miembros de la corte se les pasó por la cabeza la idea de que si algún día había una rebelión, sería por parte de Yacim.

En ese momento, mientras las tres esperaban a que los guardias abrieran las puertas, Deibra vio a su hija perdida en sus pensamientos. Dejando a un lado sus propias preocupaciones, le sonrió y, con tono cálido, preguntó:

—¿Sigues preocupada por tu caballo?

Siram miró a su madre y, con una expresión resignada, respondió:

—No, madre, ya lo he asimilado.

—Me alegro, es muy maduro de tu parte —comentó Deibra y añadió—: Tu caballo será de mucha ayuda en la guerra y es una forma en la que contribuyes a la causa.

—Sí, madre, ya lo entendí —dijo Siram, intentando mostrar una sonrisa mientras volteaba hacia Esther—. ¿Y tú, Esther? ¿No estás molesta porque dejé que Sello fuera a la guerra?

Esther, que desde hacía un rato prestaba atención en silencio, sonrió de forma amigable y, con tono educado, dijo:

—Princesa, Sello es de usted, yo se lo regalé, no tengo por qué estar molesta.

—Pero es como si fuera de nosotras dos —respondió Siram con tono melancólico—. Ambas le dábamos de comer, jugábamos, lo queríamos, aprendimos a montar con él y es el Sello de nuestra amistad. —En tono frustrado y mirando a su madre añadió—: Si algo le pasa en combate, ¿qué pasará con nosotras?

Aunque las palabras de la princesa Siram parecían referirse completamente a su caballo, Sello, de manera inconsciente también revelaban su preocupación sobre la situación de su hermano. Pero ni Esther ni Deibra pudieron notarlo.

—Nuestra amistad seguirá ahí, incluso si algo malo le pasa a Sello —dijo Esther, sosteniendo la mano de Siram con suavidad.

—No tienes que preocuparte tanto por eso —dijo Deibra, mirando la mano de Esther sobre la de Siram—. Tu caballo está con Murem; recuerda que prometió no permitir a nadie más montarlo, solo él. —Y con un suspiro de hartazgo, recalcó—: Y si algo le pasa a tu caballo, te conseguiremos otro; tampoco es el único que existe.

Esther y Siram cruzaron miradas de forma incómoda. Luego escucharon al guardia decir que podían entrar, pero antes de eso…

—¿Esther, no irás a tu casa? —preguntó Deibra antes de ordenar el avance—. No creo que vinieras esperando quedarte en el palacio, ¿verdad?

—¡Mamá! —exclamó Siram.

—¿Qué? Solo pregunto lo obvio —dijo Deibra, mirando a su hija—. Solo le permití venir con nosotras porque era más seguro viajar en una caravana más grande, pero no creerás que ella se quedará en el palacio.

Antes de que empezara una discusión entre madre e hija, Esther levantó la voz para intervenir:

—Tranquila, princesa, su alteza Deibra tiene razón.

—¿Tienes una casa? —preguntó Deibra.

—Sí, mi padre me entregó la propiedad de una mansión a unas calles del palacio —afirmó Esther de forma educada.

—Entonces, creo que aquí nos despedimos —afirmó Deibra mientras miraba a través de las cortinas.

—Sin embargo, ¿podría entrar con ustedes? —preguntó Esther.

—¿Y por qué quieres eso? —preguntó Deibra—. Nos reuniremos con otros miembros de la realeza y nobles; una plebeya como tú no tendría nada que hacer allí.

—Madre, por favor, Esther solo quiere acompañarme —afirmó Siram, tocando el hombro de Esther y mirando a Deibra.

—Tú y yo estamos aquí para acompañarnos la una a la otra, Siram —dijo Deibra con tono molesto—. Además, ella puede venir otro día; no le estoy impidiendo volver, solo que ahora debe irse.

Madre e hija continuaron discutiendo, mientras Esther pensaba en qué decir para poder entrar. Pensaba en lo que Asur le hubiera recomendado en esa situación: «Ver más allá de lo obvio, pensar en toda la información que se tenga, apelar al orgullo, al ego o al miedo, intentar negociar, mostrar tu valía». Con estos consejos, Esther recordó toda la información que sabía sobre Yacim y la región en la que estaban, además de percibir la preocupación de Deibra, la cual fue aumentando durante el viaje a medida que se acercaban a su destino. Y también notó la falta de una razón exacta por la que ella no pudiera entrar al palacio; quien la viese la tomaría como una miembro más del séquito de la princesa.

Uniendo estos puntos, llegó a una conclusión: Deibra tenía miedo. Pues estaba en una región desconocida para ella, con solo unos cuantos nobles miembros de su séquito acompañándola, quienes además no tenían cargo o poder alguno en la región, y para colmo, la máxima autoridad en esta provincia era el príncipe más distante a la familia real. Por eso mismo estaba haciendo tiempo; no era por Esther en sí, era porque Deibra estaba tomando valor para entrar en ese palacio. Era como una liebre frente a la cueva de los lobos.

En ese momento, Esther entendió que ella era la aliada más fuerte de Deibra y la princesa en esa región, tal y como Asur le dijo la última vez: ella debía utilizar su posición como la hija de un rico comerciante. Y es que, aparte de su nueva casa, su padre Sour también le había encargado la administración de los negocios, villas, canteras y minas que poseía en la región. Ahora ya sabía que tenía algo de poder, pero, ¿cómo hacérselo entender a Deibra sin parecer presumida o desafuante?, pensó mientras ellas discutían hasta que algo se le ocurrió.

—Lo siento, dama Deibra —dijo Esther, fingiendo nerviosismo e interrumpiendo la discusión—. Yo… Solo trataba de hacer algo que mi padre me pidió, pero como usted dice, no es el momento adecuado, yo… Puedo volver otro día.

—¿Algo que tu padre te pidió hacer? —preguntó Deibra, intrigada, mirando de frente a Esther—. Cuéntame, ¿qué te pidió tu padre?

Sabiendo que ya había capturado su interés, Esther se hizo la desentendida y dijo:

—No es nada, solo… Negocios de mi padre.

—¿Negocios en el palacio? —preguntó Siram también intrigada.

Deibra y Siram la interrogaban con la mirada. Ya con la atención deseada, Esther explicó:

—Bueno, como saben, mi padre es un comerciante; él produce y vende todo tipo de productos en todo el reino. Además, tiene muchos negocios aquí y…

Con una pausa nerviosa, Esther fingió estar intimidada mientras pensaba en qué inventar ahora. Afortunadamente, ninguna de las presentes sabía del rechazo que su padre le tenía a la nobleza y podrían creer lo que diría a continuación.

—Mi padre me pidió que aprovechara mi estadía aquí para acercarme y hacer negocios con la nobleza y el palacio; nada fuera de lo común, solo debía recomendar los productos cultivados en las villas y extraídos de las minas de mi padre —decía Esther mientras bajaba la cabeza en señal de disculpa—. Lo siento, no quería que discutieran; fui egoísta y descarada, lo sé, pido disculpas.

Al escuchar esto, Deibra recordó algo que hacía mucho había pasado por alto: Esther era la hija de Sour, el comerciante que, a pesar de ser un plebeyo sin título o cargo en el gobierno, poseía una vasta fortuna en propiedades y negocios. Según se rumoraba, Sour era más rico que cada noble e incluso más que los príncipes por separado, estando solo por debajo del Rey.

—Y sé que es muy atrevido, pero… —agregó Esther mientras Deibra pensaba—. Incluso mi padre dijo que negociaría con el gobernador de esta provincia para brindar recursos para armas y armaduras en caso de ser necesario.

Esto último encendió las alarmas de Deibra, quien vio lo peligroso que podía ser la cercanía de Yacim con la familia de Sour.

—Bueno, Esther, entiendo tus intenciones. Tu padre sin duda debe ser un hombre muy astuto; no por nada es el plebeyo más rico de la nación —afirmó Deibra con tono relajado y frío.

Con esta afirmación, Esther vio que su objetivo fue logrado, y asintió de forma inocente, casi infantil.

—Puedes seguir con nosotras, Esther —dijo Deibra mientras señalaba a las escoltas para entrar al palacio—. Solo te pido una cosa —añadió, mirando de frente a Esther con postura firme—: Haz tus negocios otro día; hoy solo entra para conocer a la gente.

Esther asintió y, junto a Siram, miraron a través de las cortinas, emocionadas. Por dentro de los muros del palacio había jardines con variedad de árboles, en su mayoría palmeras, alimentadas y divididas por ríos artificiales de gran anchura y profundidad desconocida. En medio de los jardines, un ancho pasillo para carruajes conectaba con unos escalones hechos de piedra y barro, levemente suspendidos sobre el río artificial más grande. La comitiva se detuvo para bajar de los carruajes y subir a pie los escalones.

Mientras subían lentamente, todos pudieron notar a un grupo de sirvientes esperándolos al final de los escalones, detrás de una mujer. A Esther le llamó la atención la forma en que esta vestía: tenía un vestido largo similar al de Deibra, pero con una pieza extra que cubría sus brazos como si fuera un abrigo delgado, algo inusual dado que estaban en verano. Además, el color de este era único, parecía gris, pero a medida que se acercaban se tornaba algo verdoso. Y sobre todo, esta mujer se veía de la misma edad que Deibra, tal vez cuarenta como mucho, pero en sus manos llevaba lo que parecía un bastón, del cual se sostenía.

Al llegar hasta ella, todos, incluida Deibra, inclinaron la cabeza a la mujer y a su vez esta inclinó la suya, seguida por los sirvientes. Igualmente, Esther se inclinó siguiendo el protocolo. La única excepción fue la princesa Siram, quien tenía el mayor estatus allí.

—No era necesario que vinieras tú misma a recibirnos, Fizer —dijo Deibra, mirándola de frente y con postura erguida.

—Es mi deber como la señora de esta casa —respondió Fizer con una voz grave y femenina a la vez—. Vengan, les mostraré el palacio y sus habitaciones personalmente —añadió mientras hacía una seña para que los sirvientes recogieran las pertenencias.

Las damas empezaron a caminar por el pasillo detrás de Fizer, mientras el resto de la comitiva era guiada por los sirvientes a sus habitaciones. El pasillo, cubierto por un techo rojizo, estaba rodeado por jardines florales y fuentes de agua en lugar de ríos. Las cuatro caminaban con una tensión palpable en el aire, hablando primero de lo trágica que era la situación del reino, luego de los otros nobles que habían llegado y de cuántos faltaban por llegar.

—¿Y esta joven, quién es? —preguntó Fizer, al darse cuenta de la presencia de Esther detrás de ella.

—Es solo la amiga de Siram —respondió Deibra, caminando a la par de Fizer—. No se quedará, tiene su propia casa, se irá más tarde.

Fizer giró la cabeza para mirar a Esther por un momento mientras caminaba y, de forma elegante, dijo:

—Cuando te vi en los escalones, pensé que tú eras la princesa Siram; seguro que sabes cómo destacar. Dime, ¿tu madre escogió ese vestido?

Esther desvió la mirada mientras Deibra y Siram volteaban ligeramente a verla. Ella, con una sonrisa tímida, contestó:

—No, yo fui quien lo escogió.

—Era de suponerse; cuando una señorita es libre de escoger, siempre sabrá cómo destacar —dijo en forma de halago, pero mirando de reojo a Siram y luego a Deibra.

Deibra entendió la indirecta de Fizer y de inmediato comenzó a reír en sus adentros, recordando cómo esta mantiene controlado a su hijo.

—¿Algo te hace gracia, Deibra? —preguntó Fizer con una sonrisa, girando la cabeza.

—Nada, solo me acordé de algo con lo que dijiste —respondió Deibra con tono de burla—. Recordé un cuento contado por mis padres, sobre una yegua que no dejaba a su potrillo jugar con otros y, debido a eso, el potrillo se convirtió en un caballo salvaje al que tuvieron que dormir —dijo Deibra mientras forzaba unas risas y añadió—: La verdad, no sé por qué me causa risa; más bien debería darme lástima.

Fizer detuvo la caminata, y con una sonrisa, señaló una habitación cercana y dijo:

—Esa será su habitación; deberán compartir, ya que seremos muchos. ¿Espero que no les moleste?

Siram y Esther fueron de inmediato a la habitación, tratando de alejarse de la tensión.

—Deibra, sobre tu cuento… —comentó Fizer sonriente, antes de que Deibra se fuera—. Creo que también lo escuché.

—No creo, es un cuento típico de mi familia —dijo Deibra intentando imitar la sonrisa de Fizer.

—No, sí lo escuché —afirmó Fizer, mirando hacia arriba, fingiendo hacer memoria—. Ese cuento venía con una lección —bajó la mirada hacia Deibra, la miró a los ojos y añadió—: Nunca entres al establo del potrillo.

Fizer se fue con una sonrisa ganadora mientras Deibra suspiraba mirando al techo y pidiendo a los dioses que la protegieran en ese establo de bestias.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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