Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 35
- Inicio
- Todas las novelas
- Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia
- Capítulo 35 - Capítulo 35: 0.2 La Plebeya
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 35: 0.2 La Plebeya
Caminando por los extensos y frescos pasillos del palacio, Esther y Siram se dirigían a la habitación de la princesa, la primera visita de Esther desde la llegada a la ciudad de Masad.
Al entrar en la habitación, de paredes terrosas y muebles hechos con maderas de cedro, Esther vio a la concubina Deibra sentada en el sofá del balcón. Con un vestido púrpura y su característica tiara de plata, estaba rodeada por sus sirvientes.
Al acercarse, Deibra le dedicó a Esther una leve sonrisa que la desconcertó. Aún más extraño era lo que había en la mesa: postres, jugos y galletas de miel, un dulce que a la concubina le desagradaba, pero que a Esther le encantaba.
Una vez frente a ella, Esther se arrodilló, inclinó la cabeza en señal de reverencia y dijo: —Concubina, buenas tardes, espero esté bien.
—Levántate, Esther, no es necesaria tanta formalidad entre nosotras —dijo Deibra, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. Has estado mucho tiempo fuera. Siram me contó que te encontraste con una de las caravanas de tu padre. Deben de haber traído algo interesante. He pedido estos postres para ti. Sé que son tus favoritos. Por favor, siéntate y acompáñanos.
Confundida, Esther cruzó miradas con Siram, quien la miraba emocionada.
—¡Mi madre no ha dejado de hablar de ti! —dijo Siram con una emoción casi infantil—. ¡Y eso que llegamos hace diez días!
De un salto, Siram se sentó a un extremo del sofá e invitó a Esther a sentarse a su lado. Esther bajó la cabeza, rehusando tímidamente: —No podría hacer eso, no puedo sentarme en medio de dos miembros de la familia real…
—No seas tonta, Esther —la interrumpió Deibra, con una sonrisa ahora más forzada—. ¿Crees que te ofrecería el sitio si no quisiera que lo ocuparas? Olvídate de los formalismos. Siéntate, por favor.
Deibra se recostó en el sofá. Su mirada, aunque amable, denotaba una impaciencia evidente. Con una sonrisa, tomó una galleta de miel y la sostuvo en sus manos. Un gesto de ligero disgusto cruzó su rostro antes de volver a dejarla en el plato.
Esther se sentó entre la princesa y la concubina. No le costó mucho descubrir por qué Deibra intentaba ganarse su favor: era obvio que la necesitaba, ahora que estaba prácticamente sola y sin poder alguno en Mico. Tomó una galleta de miel, dándole un pequeño mordisco mientras ideaba la mejor forma de tomar el control del asunto. Miró brevemente a la princesa y luego a la concubina.
—Disculpe, concubina, no quiero parecer impertinente, pero… —dijo Esther con fingida ingenuidad—. ¿Puedo saber por qué la princesa dice que no dejaba de hablar de mí? ¿Necesita algo de mí?
Deibra soltó una risita suave y se acomodó aún más en el sofá.
—Oh, mi niña, no seas tan ingenua —dijo con un tono condescendiente—. ¿Crees que una mujer de mi posición necesita algo de una plebeya? Siram me ha contado sobre las responsabilidades que administras. Un negocio impresionante para alguien tan joven. Tal vez podríamos sentarnos a hablar de ello más tarde, a solas.
—Sí, entiendo, debemos apoyarnos entre nosotras, ya que de alguna forma todos estamos solos aquí —dijo Esther, devolviéndole una mirada directa.
—Así es. Es bueno que lo entiendas tan rápido. Siram siempre ha dicho que eres muy inteligente. Me alegra saber que podemos contar con alguien tan astuta como tú.
—Y, sobre los negocios de mi padre —dijo Esther de forma relajada—, en realidad solo analizo los reportes que me envían. Aunque a veces también debo tratar con potenciales clientes, como ayer que un eunuco de este palacio me dijo que la concubina Fizer quería hablar conmigo. En parte por eso vine hoy.
El rostro de Deibra se endureció un instante, aunque su sonrisa permaneció.
—Fizer… claro. Por supuesto que querría hablar contigo —dijo con una voz como el hielo—. Es una mujer oportunista. Tienes que ser muy cuidadosa. Si necesitas un consejo, aquí estoy.
—¿Por qué querría hablar contigo la concubina Fizer? —preguntó Siram intrigada.
—Por negocios, obviamente —respondió Esther con fingido optimismo—. Como saben, mi padre posee grandes plantaciones. Si hago las cosas bien, podría ser la nueva encargada del abastecimiento del palacio.
El rostro de Deibra se tornó serio, la sonrisa desapareció por completo. Dejó la galleta a medio tocar y se inclinó hacia adelante. Su voz se convirtió en un susurro gélido.
—No harás tal cosa —dijo Deibra, con una advertencia en su tono—. Si Fizer te ofrece algo, es una trampa. En este juego, no tienes nada que ganar. No te mezcles con ella, ¿me oyes? Sería una lástima que algo le ocurriera a tus negocios por una mala decisión.
Incómoda por el discurso, Esther bajó la cabeza hacia Siram, quien reaccionó.
—Mamá, otra vez tratas mal a Esther —dijo Siram en voz alta—. Ella solo quiere hacer lo mejor para los negocios de su padre. ¡Son solo negocios!
Deibra le dirigió a Siram una mirada de pura exasperación.
—Siram, no seas ingenua. Esto no tiene nada que ver con negocios —respondió Deibra, su mirada regresando a Esther—. Es una jugada política. Fizer te está usando para atacarme…
En ese momento, un eunuco llamó e informó que la concubina Fizer pedía que todos en el palacio asistieran a una reunión en los jardines.
—¿Sabes qué será lo que quiere? —preguntó Siram.
—No tengo la menor idea, pero si Fizer está detrás de esto, dudo que sea una reunión de cordialidad —respondió Deibra, levantándose—. Vamos. No podemos darle el gusto de que piense que la evitamos.
Mientras caminaba detrás de ambas, Esther ciñó una leve sonrisa, pensando en lo patético que fue el intento de intimidación de Deibra: «¿Crees que estás en posición para ordenarme? Tú me necesitas más a mí que yo a ti», se decía en sus adentros.
Más tarde, en los verdes jardines, bajo palmeras y toldos, la nobleza esperaba pacientemente la llegada de la concubina Fizer. Durante la espera, las charlas triviales entre nobles eran en realidad un análisis, una recolección de información para saber a quién valía la pena acercarse. La nobleza creaba un bullicio de murmullos y rumores, no muy diferente al de los reclutas en los campamentos. Varios nobles abordaron a Deibra y a Siram en cuanto las vieron llegar a los jardines.
—Concubina Deibra, es un honor verla —dijo un noble cordialmente, quien luego volteó a mirar a Esther, confundiéndola—. Esta debe ser la princesa Siram, su pelo oscuro y ojos dorados, dignos de la realeza: una perfecta hija de Mircel.
Esther, al lado de Siram, sonrió tímidamente: —Oh, no. Yo soy Esther, la amiga de Siram. La princesa es mucho más hermosa, ¿no cree?
—¿Qué? Oh… Yo… —tartamudeó el noble, avergonzado.
—¿Cómo confundiste a mi hija? ¿No ves que se parece a mí? —preguntaba Deibra molesta—. Esther es solo una plebeya.
—Lo siento mucho —dijo el noble, inclinando la cabeza.
—Tranquilo, sé que mi amiga parece una princesa —aseguró Siram con una sonrisa—. Creo que si mi padre, el rey, la viera, la confundiría con una sobrina perdida.
Deibra, sintiéndose expuesta, se marchó con Siram y otros nobles detrás de ella. Cuando Esther intentó seguirlas, el noble la detuvo.
—Lo siento, señorita, espero no haberla metido en problemas. Pero en serio, hace tiempo que no veo a alguien con rasgos tan distintivos de la familia real —explicó el noble, admirando a Esther de pies a cabeza—. ¿Dijo la concubina que usted es una plebeya?
Esther sonrió educadamente: —No se preocupe. No es la primera vez que me confunden. Y sí, soy una plebeya, hija del comerciante Sour de Barclei. —Luego fingió preocupación—: Pero no quiero causar problemas. Debo regresar con la concubina. No quiero que se enfade.
Al mencionar a Deibra, las miradas de los más cercanos se posaron sobre ella. El noble, una vez más, la detuvo.
—Lo siento, señorita, ¿pero dijo que usted es la hija del comerciante Sour? ¿El comerciante que vive en la ciudad de Miles? ¿Ese Sour?
Esther lo miró con fingida sorpresa: —Sí, ese es mi padre. ¿Lo conoce? Él siempre me dice que su nombre abre más puertas que cualquier título. Se alegraría de saber que es conocido por aquí.
El noble enderezó su postura diciendo: —¡¿Dónde están mis modales?! Soy Faraj, el maestro personal del príncipe Cazam —dijo, tomando la mano de Esther y dándole un beso.
Esther retiró su mano educadamente: —El placer es mío, maestro Faraj.
Antes de que Faraj pudiera continuar, otro noble se acercó y se presentó. Uno tras otro, los nobles la rodearon para besar su mano y presentarse. Esther, con la mano enrojecida, la retiró con una risa nerviosa.
—Es un placer conocerlos a todos. Mi padre siempre dice que la amistad con la gente correcta es más valiosa que todo el oro del reino.
—Pues tu padre es un hombre sabio —afirmó Faraj—. Pero Esther, algunos aquí tenemos interés en los negocios. Por mi parte, busco a alguien que me ayude a comenzar. ¿Te parece si nos reunimos para hablar de eso?
El resto de nobles también sugirieron negocios en conjunto. Esther los escuchó a todos con una sonrisa amable.
—Oh… eh… me encantaría —respondió con falsa emoción—. Mi padre estará feliz; una buena asociación es la base de un buen negocio. Por supuesto, no puedo tomar decisiones yo sola, pero con gusto los escucharé.
Luego, su mirada se dirigió brevemente hacia Deibra, que observaba la escena desde la distancia, y la sonrisa de Esther se hizo un poco más amplia.
—¡Pero qué veo! Alguien es muy popular —dijo una voz femenina. Se trataba de la concubina Fizer, quien ya había llegado con los príncipes Irlam y Cazam, acompañados por su madre, la concubina Soria.
—¿Tienes un harem de nobles, Esther? —preguntó Fizer de forma capciosa—. Cuida a tus príncipes, Soria, porque no hay hombre que se resista a la candente e inocente Esther.
Esther se giró de inmediato. Su sonrisa se desvaneció, dándole a Fizer una reverencia rápida y nerviosa.
—¡Oh, concubina Fizer! Le ruego que no diga eso. Solo estaba conversando.
Fizer se acercó a Esther, sonriendo: —No te preocupes. Sé que eres una chica dulce y pura, pero también hermosa y sensual. No puedes evitar que los hombres se descontrolen.
Esther apartó su rostro ligeramente: —Le agradezco sus palabras. Pero le aseguro que no busco nada de eso.
—Escucha el consejo de una adulta, niña —dijo Fizer, bajando la voz y acercándose al oído de Esther—. Los hombres solo buscan una cosa, tú sabes qué es. Cuídalo mucho. ¡Guárdalo y dáselo al más poderoso! —Guiñó un ojo de forma coqueta.
Esther fingió sobresaltarse, se alejó con rapidez: —¡Concubina Fizer! No sé de qué está hablando. ¿Lo dice por mis negocios?
—Sí, tus negocios, de eso estaba hablando —afirmó Fizer en voz alta.
La reunión finalmente comenzó. Fizer les informó sobre el comienzo oficial de las hostilidades en los frentes contra los rebeldes y los detalles de las primeras batallas. Después, todos se marcharon, pero para ese momento ya todos sabían quién era Esther y tenían sus intereses puestos en ella, algo que disgustó por completo a Deibra.
Al llegar a las puertas de su habitación, Deibra ordenó a todos sus sirvientes, al igual que a Siram, que esperaran afuera. Luego, señaló a Esther, indicándole que entrara a solas. Confundida por la repentina orden, Esther entró en la habitación, cerró la puerta por dentro y se giró hacia la concubina. Deibra yacía sentada en el sofá del balcón, con la postura rígida y mirándola fijamente mientras Esther se acercaba.
—Concubina, ¿ocurre algo? —preguntó Esther con tono sumiso, mirando al suelo al estar frente a ella.
Deibra no respondió de inmediato. Se sirvió un poco de jugo en una copa de plata y la bebió con lentitud, sin apartar la mirada de Esther.
—Levanta la cabeza —ordenó, con una voz baja y fría—. No estamos aquí para fingir formalidades. Siéntate. Y háblame claro, sin rodeos, sin mentiras. ¿Qué crees que estabas haciendo en el jardín? ¿Crees que soy una idiota? ¿Que no veo tus juegos?
—Yo… No sé de qué habla, concubina —respondió Esther con timidez—. Nunca… Nunca creería eso de usted y no estoy jugando a nada.
Deibra soltó una risa hueca y dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco.
—No seas estúpida. ¿Crees que soy ciega? —dijo, con voz helada—. Vi cómo esos hombres te rodeaban como perros hambrientos, y vi cómo te comportabas tú. No me vengas con esa pose de niña ingenua. Yo no te pedí aquí para un té. Quiero saber qué es lo que realmente quieres. ¿Acaso crees que puedes tener todo lo que quieres con tu cara bonita y la fortuna de tu padre?
—Esos nobles fueron los que se acercaron a mí, yo no hice nada —dijo Esther, fingiendo nerviosismo, aún parada frente a la concubina—. Solo quiero hacer lo mejor para los negocios de mi padre.
Deibra se recostó en el sofá, su expresión endurecida. Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios.
—Así que eso es todo… “los negocios de tu padre” —dijo con la voz áspera—. No te atrevas a mentirme otra vez. Yo sé lo que es la ambición. Y no veo en ti a una niña ingenua, Esther. Veo a alguien que no teme utilizar lo que tiene para conseguir lo que quiere. Si quieres hacer lo mejor para los negocios de tu padre, ven a mí. Sé astuta y dime la verdad, ¿cuáles son tus intenciones? Quiero que me digas qué es lo que realmente quieres.
Sabiendo lo desesperada que debía estar Deibra para ser tan directa, Esther comprendió que era el momento de actuar.
—Está bien, se lo diré —dijo Esther, mirando de frente a Deibra, pero con fingida intimidación—. Solo quiero lo mejor para su hija, la princesa Siram.
Deibra soltó una risa seca y se recostó de nuevo en el sofá. Su mirada era de total desprecio.
—No seas ridícula. No pierdas mi tiempo con tonterías de plebeya —dijo, con voz áspera—. La amistad con mi hija no te sirve de nada. Yo también me preocupo por ella, no necesito que tú lo hagas. Dímelo. ¿Qué quieres realmente?
—Aunque le cueste creerlo, esa es la verdad —dijo Esther con la garganta seca, fingiendo molestia—. Tal vez usted nunca haya tenido una amiga de verdad y por eso no lo entienda, pero déjeme decirle algo.
Se sentó en una silla frente al sofá de Deibra, mirándola a los ojos y forzando sus lágrimas.
—La princesa Siram es mi única amiga verdadera. Las nobles de mi edad me ven como una sirvienta y, a su vez, las plebeyas me tratan como si yo fuera superior a ellas. Nunca encajé en ningún sitio hasta que la conocí. Ella tiene un estatus mucho más alto que el mío, pero siempre me trata como una igual.
Esther se limpió las gotas de lágrimas de su rostro, mirando hacia los árboles del jardín.
—Mi único objetivo es protegerla de todas las arpías en este palacio. Porque puedo ver que usted se preocupa más por su propia seguridad que por la de ella. Tal parece que no se ha dado cuenta del objetivo de sus rivales. La princesa Siram, una miembro de sangre de la familia real.
Deibra observó a Esther, sus lágrimas y sus palabras, sin mostrar emoción. A pesar de su frialdad, había un destello de curiosidad en sus ojos. Dejó que Esther terminara de hablar y luego se inclinó un poco hacia adelante.
—Te diré la verdad, Esther. No me importa tu amistad con mi hija. Tampoco me importa si las otras nobles te tratan mal o si las plebeyas te odian. Nada de eso es relevante para mí. Pero… tienes razón en algo. Eres la única persona en este palacio que me ha dicho algo de utilidad. Dices que quieres proteger a Siram, pero también eres astuta y ambiciosa, lo sé. ¿Qué me dices? ¿Estás dispuesta a hacer lo necesario para protegerla?
—Ya lo estoy haciendo —respondió Esther con un tono firme y confiado—. Usted se preguntaba cuáles eran mis intenciones con los nobles, pues se lo diré. Busco hacer negocios con ellos, pero también quiero estar al pendiente de ellos y alinearlos a favor de la princesa. No hago esto para mí, pero tampoco lo haré para usted, sino para ella; esos nobles no serán mis aliados, serán los de la princesa Siram.
Se levantó de la silla y se sentó en el sofá junto a Deibra.
—Y, si usted quiere lo mejor para su hija, entonces me dejará hacer lo que tengo planeado. Yo haré lo necesario, así tenga que ser una doble agente, fingiendo estar del lado de sus rivales. No dejaré que nada le pase a la princesa, la única a quien yo serviré.
Deibra observó a Esther, ahora sentada a su lado, con una expresión de sorpresa y admiración mezcladas con su habitual desdén. Su rostro, por un momento, se suavizó. Tomó la copa de jugo y le dio un sorbo.
—Tienes razón —dijo, con una voz más calmada—. Soy la madre de un príncipe y una princesa. Tengo mis propias ambiciones, pero mi deber principal es protegerlos. Los nobles de este palacio están hambrientos de poder. No dudarían en usar a mi hija para sus propios fines. Si estás dispuesta a hacer lo necesario, yo estoy dispuesta a trabajar contigo. No me importa si mientes, si robas, o si te acuestas con el príncipe que te ofrezca más títulos. Solo me importa una cosa: que al final del día mi hija esté a salvo. ¿Estamos de acuerdo?
Esther le tendió la mano a Deibra y, con un tono desafiante, murmuró: —Siempre y cuando usted no trate de darme órdenes.
Deibra le dirigió una mirada helada y estrechó la mano de Esther con fuerza, sin titubear.
—No te preocupes por eso. Solo necesito que cumplas tu parte del trato. Y yo cumpliré la mía.
Deibra se levantó del sofá, dando por terminada la conversación, y se dirigió a la puerta, indicando a Esther que la siguiera.
—Ahora, ve a ver a mi hija. Y no digas una palabra sobre lo que hablamos.
Esther dobló las rodillas, bajó la cabeza en reverencia y, con educación, dijo: —Me retiro, concubina.
Deibra, pensativa y dudosa de la decisión que había tomado, en sus adentros se preguntaba: «¿Puedo confiar en Esther?».
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com