Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 36
- Inicio
- Todas las novelas
- Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia
- Capítulo 36 - Capítulo 36: 0.3 Los Príncipes
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 36: 0.3 Los Príncipes
El aire de la tarde era cálido y la brisa apenas movía las hojas de los árboles. En los jardines del palacio del gobernador de la provincia de Mico, bajo una pérgola de enredaderas con flores de un violeta intenso, Esther y la concubina Fizer compartían una mesa baja. Sobre la mesa, bandejas de plata con bocadillos y jugos de frutas recién exprimidos esperaban, mientras una esclava de cada una de ellas permanecía en silencio a sus espaldas.
Fizer vestía un vestido de lino gris con mangas que caían hasta los codos y una falda larga que le llegaba a los tobillos. Tenía un bordado sutil en hilo de plata que formaba patrones geométricos alrededor del cuello y los puños. Su cabello oscuro estaba recogido en un moño trenzado, y sus ojos, fríos y calculadores, escaneaban el rostro de Esther.
—He oído que los negocios de tu padre están siendo muy bien manejados —dijo Fizer, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. Y que has hecho tratos bastante rentables con los nobles. Mis felicitaciones, has superado las expectativas.
Esther, con su vestido blanco de faja negra que realzaba la curva de su cintura y que dejaba sus hombros al descubierto, fingió ser ingenua.
—Gracias, señora. Solo intento hacer lo que puedo —respondió, con una voz suave.
Fizer soltó una carcajada.
—No te he invitado solo para felicitarte —dijo, mientras su risa falsa se desvanecía. Su voz se volvió más seria, sus ojos clavados en Esther—. También quiero hablar de negocios.
—Estoy dispuesta a escuchar lo que tenga que ofrecer, señora —respondió Esther, educadamente.
—Sé que tu familia tiene muchos esclavos artesanos —dijo Fizer, su tono de voz indicaba que no aceptaría un no por respuesta—. El príncipe Yacim está muy interesado en usar sus habilidades.
—Mis esclavos son muy talentosos —dijo Esther, fingiendo que no entendía la intención de Fizer—. Pero la familia real también debería tener sus propios artesanos.
—Y los tenemos —contestó Fizer, su voz serena—. Pero la mayoría están en la capital o en los campamentos, elaborando armas, herramientas y máquinas.
Esther pensó por un momento.
—Entonces… ¿quieren a los artesanos expertos en hacer armas?
Fizer asintió.
—No te confundas. Solo queremos elaborar armas y carros de combate. Para prepararnos en caso de ser necesario, tanto contra los rebeldes de Yem como contra las incursiones de los reinos del este.
Esther fingió nerviosismo, mordiéndose el labio.
—Necesito más detalles.
—El príncipe Yacim no quiere comprar a tus esclavos, solo trabajar en conjunto —explicó Fizer—. Nosotros proporcionaremos los materiales, y tus artesanos elaborarán lo que les pidamos.
Esther analizó la propuesta. Fizer quería producir armas, pero no quería que la gente hablara de ello, por eso quería usar los esclavos de Esther. Al aceptar, Esther podría ganar el favor de Yacim. Asintió, su rostro ahora tranquilo.
—Avíseme cuando esté lista, señora —dijo.
En ese momento, un eunuco apareció en los jardines.
—Príncipe Yacim ha llegado a los jardines —anunció.
La mirada de Fizer se iluminó, y se levantó para recibir a su hijo. Los eunucos y sirvientas corrieron, formando de inmediato dos líneas en el pasillo por donde entraba Yacim. Esther se puso de pie, inclinando la cabeza en señal de respeto, una pose de sumisión que ocultaba su mente analítica.
Entró el príncipe Yacim, su figura alta y fornida destacaba su naturaleza militar. Su barba incipiente, su piel bronceada, y su pelo largo, oscuro y rizado, le daban un aspecto imponente. Vestía túnicas de lino gris, casi plateadas, y una faja ancha de oro ceñida a su cintura.
Yacim pasó rápidamente, sin esperar a que los esclavos terminaran de formar la fila. Uno de ellos, un hombre nervioso, se colocó justo después de que el príncipe pasó. El esclavo pensó que había sido un movimiento desapercibido, pero Yacim lo notó, sus ojos se posaron en él por un breve instante, y una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro.
Se acercó a su madre.
—Espero no interrumpir —dijo Yacim.
Fizer, con su sonrisa habitual, se levantó.
—Nunca interrumpes, hijo —respondió, besándolo en la frente—. ¿Te fue bien en tu inspección de las fortalezas?
—Todo va muy bien —dijo Yacim, con entusiasmo—. Fue emocionante. Necesitaremos más armamentos y herramientas para seguir reforzando las fortalezas.
En ese momento, Fizer miró a Esther y, con su sonrisa dulce, le dijo a Yacim: —Justo me estaba encargando de la producción, o al menos, hablando con quien lo haría.
Yacim volteó a ver a Esther y se quedó impresionado. Sus ojos escanearon sus hombros desnudos, el ajuste de su vestido y su rostro fino y seductor. Se acercó a ella, tomándola firmemente de la mano y masajeándola con el pulgar.
—Es un placer conocer a una señorita tan bella y exótica —dijo.
Como si recordara que estaba frente a su madre, soltó la mano de Esther y se sentó en una silla a un lado de Fizer, aunque continuó mirándola de reojo.
Fizer le explicó a Yacim que los esclavos de Esther se encargarían de producir las herramientas necesarias que él requiriera. Yacim asintió y preguntó a qué se dedicaba la familia de Esther.
—Mi padre es Sour, el comerciante —respondió Esther.
Yacim reconoció el nombre de inmediato.
—Ah, Sour —dijo, sonriendo—. Ese es el hombre que necesitábamos para…
Una mirada gélida de Fizer lo hizo callar. Yacim cerró la boca al instante. Esther, fingiendo no haber escuchado nada, notó que ellos ya tenían en la mira a su padre.
Los tres conversaron sobre el viaje de Yacim, en el que había revisado las fortalezas de la provincia. Yacim les explicó que necesitaría que los esclavos de Esther produjeran lanzas y escudos con los materiales que la familia real les proporcionaría.
Más tarde, Yacim empezó a quejarse de que su padre no lo había llamado para participar en la guerra, a pesar de ser un mejor guerrero que sus hermanos. Como un niño haciendo un berrinche, Yacim frunció los labios y se cruzó de brazos. Fizer, con su sonrisa habitual, le explicó que los otros príncipes estaban más cerca de las zonas de conflicto y que él no podía abandonar sus deberes como gobernador.
Esther, en silencio, observó el comportamiento de Yacim. Su actitud relajada y confiada frente a los sirvientes era extraña. Pensó que tal vez era un buen candidato, pues se mostraba responsable como gobernador y, a su manera, era educado.
De repente, un eunuco se acercó para informar que algunos nobles habían llegado al palacio desde la capital en busca de refugio. Fizer soltó un suspiro de lástima.
—Me da mucha pena por esos nobles que siguen buscando refugio —dijo Fizer, con una sonrisa en el rostro y una mirada de burla en sus ojos—. Pero este palacio siempre estará abierto para quien necesite ayuda.
Los sirvientes sonrieron con ella.
Fizer se marchó diciendo que debía encargarse de eso. Esther, aprovechando la oportunidad para estar a solas con Yacim, fingió inocencia e intentó hacerle una pregunta. Yacim la silenció, enseñándole la palma de su mano. Se quedó mirando a su madre hasta que estuvo lejos. Entonces, Yacim miró al esclavo que se había tardado en formarse y le hizo una seña con el dedo para que se acercara.
—Tengo que encargarme de algo —le dijo a Esther.
El esclavo se acercó, temblando.
—Dime, ¿eres una tortuga o solo un atrevido? —preguntó Yacim.
El esclavo tembló aún más, sin entender. Yacim miró a Esther.
—¿Qué crees que es? —le preguntó, sonriendo.
—No entiendo —respondió Esther.
Yacim explicó: —Se tardó en formar la línea.
—No lo noté —dijo Esther.
—Tal vez tú también necesitas un castigo —dijo Yacim, sonriendo.
Esther bajó la cabeza tímidamente. Yacim soltó una carcajada. Volvió a mirar al esclavo.
—Decidí que eres solo una tortuga. ¿Estás de acuerdo? —le preguntó.
El esclavo, aterrorizado, se disculpó, intentando explicarse. Pero Yacim explotó.
—¡Odio no tener una respuesta! Como esclavo me conoces y ya deberías saberlo. ¡Lo haces a propósito!
Yacim hizo una seña a unos eunucos que estaban detrás de él.
—Es un atrevido —dijo, su voz volviéndose gélida—. Y los atrevidos insultan. ¿Cuál es el castigo para los que insultan a un miembro de la realeza?
Los eunucos respondieron, nerviosos: —Amputación o decapitación.
—Seré benevolente —dijo Yacim—. Solo le cortarán la lengua. Por atrevido.
Mientras el esclavo clamaba por piedad, los eunucos se lo llevaron.
Yacim se calmó de inmediato, como si solo hubiera estado fingiendo. Miró a Esther, que ahora tenía la cabeza gacha y parecía nerviosa, y con una sonrisa amable le dijo: —No te preocupes, en verdad no planeba castigarte. Solo era una broma.
Esther permaneció en silencio por un momento, pensando en algo que decir, hasta que alzó la cabeza y, con un tono firme que abandonó su fachada de niña tímida, preguntó: —Príncipe, ¿era necesario castigar así al esclavo?
Yacim pareció entender en ese momento. Con una voz más seria, le explicó que uno debe mostrar su autoridad con castigos a sus subordinados o, de lo contrario, no lo respetarán. Esther pensó que no era necesario un castigo tan severo, pero volvió a su imagen de niña tímida y se mantuvo en silencio.
Tras un breve silencio, Yacim la miró de pies a cabeza y, sin dudarlo, se sentó a su lado en el mismo sofá. Esther lo miró sorprendida y rápidamente bajó la mirada.
—¿Qué haces? —preguntó.
—Eres una chica muy bonita —respondió Yacim, acercándose a ella—. Seguro tienes muchos pretendientes.
Esther se mantuvo en silencio. Yacim se acercó aún más, mientras los sirvientes que estaban cerca desviaban la mirada.
—Tal vez te gustaría estar en mi harén —dijo Yacim, su tono tan directo que sorprendió a Esther.
Yacim cruzó el brazo por la espalda de Esther y colocó las yemas de sus dedos en su hombro desnudo.
—Es obvio que te interesa ser parte de mi harén —susurró, con una sonrisa en el rostro—. Después de todo, cualquiera querría ser parte del harén de un príncipe.
Esther, con el corazón acelerado, intentó levantarse del sofá, pero Yacim la tomó fuertemente del brazo y la volvió a sentar. La situación se tornaba peligrosa, pero Deibra y Siram llegaron en ese instante, sin ser anunciadas por un eunuco.
Yacim soltó a Esther y miró a Deibra con desdén. Deibra, que parecía no haber notado nada, se inclinó y presentó sus respetos.
—Mi príncipe —dijo.
Yacim se levantó sin responder a su saludo y se acercó a su media hermana, Siram.
—Te has puesto muy bella —le dijo.
Esther y Deibra cruzaron miradas. Deibra le hizo un gesto con la cabeza, indicándole que la siguiera.
—Disculpe nuestra interrupción —dijo Deibra, culpando al eunuco por no haberlas anunciado.
Yacim asintió ante esto.
—Eunuco, acércate —ordenó.
Siram se acercó a Yacim y, con una voz suave, le dijo: —Solo vinimos a saludar. Te dejaremos solo para que puedas castigar al eunuco.
Yacim asintió y sonrió mientras el eunuco se acercaba. Deibra, Siram y Esther se despidieron y se marcharon, dejando a Yacim en los jardines.
Esther, Deibra y Siram caminaron con prisa por los pasillos del palacio.
—Ve a tu habitación —le ordenó Deibra a Siram.
—Pero, madre, puedo quedarme. No soy una niña —protestó Siram.
Deibra la interrumpió con frialdad: —¡Obedece!
Siram se marchó, y Deibra se giró hacia Esther.
—No sé qué es lo que estás haciendo, pero será mejor que evites estar a solas con Yacim.
—¿Cómo supo lo que estaba pasando? —preguntó Esther, sin rodeos.
—Una de mis sirvientas me dijo que Yacim estaba contigo. Y sé que eso no puede ser bueno —respondió Deibra.
—¿Yacim siempre es así? —preguntó Esther.
—Es como un niño pequeño que solo toma lo que quiere porque puede —dijo Deibra, con el rostro inexpresivo—. Ten cuidado. No quiero tener que intervenir de nuevo.
Esther asintió, le agradeció y le dijo que se iría en un momento. Deibra la miró, analizando su vestido.
—Hay otros dos príncipes en los jardines de entrenamiento —dijo, y se marchó.
Esther entendió que Deibra ya había descubierto su objetivo. De inmediato, se dirigió a los jardines de entrenamiento.
Esther llegó a los jardines, un lugar de tranquilidad y esparcimiento que contrastaba con la reciente tensión que había experimentado. Vio a los dos príncipes, cada uno inmerso en su propio mundo.
Frente a un estanque de agua cristalina, el príncipe Irlam se encontraba solo. Vestía una túnica de lino de un limpio color carmesí. Su cabello oscuro, cortado elegantemente, y sus finas facciones le daban una apariencia serena y humilde. A su lado, una pila de papiros reposaba sobre la hierba, y él, con la espalda recta, leía uno con total concentración, su mente alejada del mundo que lo rodeaba.
Al otro lado del camino, en el espacio de entrenamiento, estaba el príncipe Cazam. Aunque solo tenía trece años, su cuerpo ya era delgado y marcado por los músculos. Luchaba hábilmente contra dos oponentes, con el torso desnudo y cubierto de sudor, sus movimientos eran agresivos y elegantes a la vez. Su piel era clara y sus ojos de un marrón intenso, en contraste con su largo cabello oscuro que tenía mechones blancos. Su estilo de combate era como una danza, donde la fuerza se mezclaba con la gracia, y su agilidad le permitía dominar a sus oponentes sin esfuerzo.
Esther observó a ambos príncipes, analizando cada detalle, consciente de que uno de ellos podría ser su llave para el poder.
El príncipe Cazam terminó su entrenamiento derrotando a sus dos oponentes, su cuerpo juvenil brillante de sudor bajo el sol. De inmediato, ella se acercó, fingiendo emoción.
—Es increíble que alguien tan joven sea tan hábil —dijo, con voz dulce. Luego fingió darse cuenta de su atrevimiento, bajó la cabeza y añadió—: Oh, disculpe mi osadía.
Cazam la miró, la ignoró al instante y bebió de su jarra de agua. Luego, tomó un arco y flechas, y empezó a practicar tiro. Esther se mostró sorprendida, pero los sirvientes que la rodeaban la miraron con lástima.
—No debe sentirse mal, señorita —dijo uno, con amabilidad—. Al príncipe Cazam no le interesa nada que no sea entrenar.
Esther asintió, entendiendo que el joven príncipe era tan directo como un arco. Se retiró, y regresó por el camino, su mirada se posó en el príncipe Irlam, que seguía absorto en sus papiros. Se acercó sigilosamente, inclinó la cabeza y se presentó.
—Mi príncipe, soy Esther, la hija de Sour, el comerciante.
Irlam volteó hacia ella y, con una sonrisa serena, le devolvió el saludo.
—Es un placer, señorita Esther.
—Quería aprovechar que estoy en el palacio para tener la fortuna de conocer a los príncipes —dijo Esther.
Irlam la miró y, con un tono amable, la corrigió.
—Si viniste a buscarme, entonces ya no es una fortuna —dijo.
Esther fingió ignorancia. —¿A qué se refiere, mi príncipe?
Irlam miró el estanque, sus ojos pensativos.
—La fortuna es suerte, azar o coincidencia. Usted lo tenía planeado. Eso no fue cosa de la fortuna —dijo, con una sonrisa humilde.
Esther fingió vergüenza.
—No sabía eso. Mi príncipe debe ser un erudito para saber cosas como esas —dijo.
Irlam se sentó en el césped.
—Es algo básico que cualquier estudioso sabría —respondió, encogiéndose de hombros.
Esther permaneció de pie. —Entonces a mí me falta mucho para ser una estudiosa.
Irlam suspiró y la miró.
—El protocolo real dicta que si el de mayor estatus se sienta, todos deben sentarse a menos que sean miembros del servicio —dijo, y le preguntó—: ¿Es usted una sirvienta?
Esther se sentó de inmediato en el césped, a su lado. Irlam se rió suavemente.
—¿Esther, dijiste? —preguntó.
Ella asintió.
—¿Necesita algo? ¿Por qué está aquí? —preguntó Irlam—. Sé que es amiga de la princesa Siram, ¿vino a visitarla?
—En realidad, vine por negocios —respondió Esther.
Irlam se mostró curioso.
—¿Qué tipo de negocios tiene una joven en el palacio?
Esther pensó en el trato con Fizer y decidió que no era el momento para revelar nada.
—Mi padre es comerciante, y yo atiendo los negocios de él en la provincia —respondió.
Irlam asintió, deduciendo que tal vez ella había venido a ofrecer sus productos. Esther cambió de tema y le preguntó por los papiros que estaba leyendo.
—Solo son leyes y normas de distintos reinos. Me parecen interesantes —dijo.
Esther se dio cuenta de que la mayoría de los papiros trataban sobre leyes matrimoniales y relaciones amorosas. Pensó que tal vez Irlam estaba pensando en casarse, y por eso se mostraba tan amable con ella.
Irlam le ofreció a Esther un rollo de papiro, su sonrisa se extendió lentamente, mostrando una arruga sutil en la esquina de su ojo. Sus ojos café oscuro la miraron fijamente.
—¿Le interesa la lectura? —le preguntó, su tono suave y encantador.
Esther asintió con la cabeza, fingiendo timidez. Irlam comenzó a enumerar los títulos de los papiros, su voz era como música para los oídos de Esther, pero la muchacha no le prestaba atención a lo que decía. En cambio, lo observaba y analizaba.
Las obvias intenciones de cortejo de Irlam le parecían falsas. No sentía ninguna conexión real con el príncipe, a pesar de lo amable y galante que era. Entonces, Esther comenzó a notar que los sirvientes, eunucos y guardias que estaban alrededor los miraban con visible sorpresa. Incluso el príncipe Cazam, que había dejado su práctica de tiro, los miraba fijamente desde lejos.
Esther no entendía qué causaba tanta sorpresa y, mientras trataba de deducir lo que pasaba, los presentes bajaron la mirada al ver a alguien que se acercaba. Esther miró hacia la entrada de los jardines y se levantó de inmediato, inclinando la cabeza en señal de respeto.
Soria, la madre de Irlam y Cazam, había llegado a los jardines, acompañada por dos sirvientas. Su cabello oscuro y rizado le caía sobre los hombros, y sus ojos oscuros le daban una apariencia serena y tranquila. Vestía un vestido juvenil, similar al de Esther, pero con capas verdosas y azuladas que simulaban el color de las hojas y el agua, dando la impresión de que era una mujer conectada con la naturaleza. A pesar de que era una concubina, su apariencia no era la de una mujer que buscara el poder, sino la de una mujer sumisa y tranquila.
El príncipe Cazam continuó con su entrenamiento al ver a su madre. Los sirvientes volvieron a sus quehaceres, e Irlam se mantuvo sentado frente al estanque. Por su parte, Esther se mantuvo de pie mientras Soria se acercaba a ella. Soria la miró sorprendida al ver su vestido tan llamativo y juvenil, pero su sorpresa se convirtió en incredulidad cuando se dio cuenta de que Esther estaba interactuando con Irlam.
Esther inclinó la cabeza, su voz suave y humilde.
—Es un placer conocer a la concubina Soria —dijo.
—Ya nos habíamos visto, en la reunión de hace unos días —respondió Soria.
—Solo nos vimos, no habíamos interactuado —contestó Esther.
Soria asintió y dirigió su mirada hacia Irlam, que seguía sentado, absorto en su papiro. Soria se colocó detrás de él y comenzó a rascar suavemente su cabeza.
—Madre, por favor, detente. Estamos en público, ya no soy un niño —dijo Irlam, con una voz de súplica.
—Nadie dirá nada porque una madre mime a su hijo —afirmó Soria, con una sonrisa en el rostro. Su mirada se dirigió hacia Esther—. Y claramente ya no eres un niño. Ahora tienes intereses más adultos.
Esther desvió la mirada, sus mejillas enrojecidas.
—No se ofenda —dijo Soria, con una risa suave—. Solo estoy siendo honesta.
—No estoy ofendida —respondió Esther, negando con la cabeza.
—Madre, solo estaba eligiendo algo para que la señorita Esther leyera —interrumpió Irlam.
—¿A la señorita también le interesan los papiros? —preguntó Soria.
—Solo un poco —respondió Esther, sin pensar.
Soria se agachó, tomó uno de los papiros y leyó un poco de su contenido. Esther notó la incomodidad de Irlam al ver a su madre leyendo. Soria cerró el papiro abruptamente, su sonrisa se volvió seria.
—Es bueno que pienses en la moral —dijo, en voz alta, y se volteó hacia Esther. Caminó a su lado y le susurró al oído con una voz juguetona—: Irlam parece querer una relación moral y aceptable.
Soria se marchó hacia el campo de entrenamiento, donde Cazam entrenaba.
—Quiero volver a mis estudios —dijo Irlam, con voz fría—. Por favor, márchate.
Esther se extrañó del repentino cambio de humor, pero obedeció. Ya tenía suficiente por ese día.
Esa tarde, avanza el carruaje, el traqueteo de las ruedas sobre el camino de tierra se mezcla con el murmullo de los esclavos que la acompañan. Esther mira a través de la pequeña ventana, el palacio de Yacim se aleja, y un torbellino de pensamientos la invade. Con el encuentro de la tarde aún fresco en su mente, se sienta y analiza metódicamente sus opciones.
El primer príncipe que ocupa sus pensamientos es Yacim. El más poderoso de los tres en este momento. Su rol como gobernador le ha dado una sólida base de seguidores y militares, y está claro que su madre, Fizer, es la maestra de las cuerdas, manipulándolo con maestría. Esther recuerda la calma de Yacim frente a su madre, y cómo esperó hasta que ella se fue para desatar su brutalidad en el esclavo. La idea de que ella misma podría, algún día, tomar el lugar de Fizer, la excita. Pero, al mismo tiempo, el recuerdo de cómo la trató en los jardines la enfría. Sabe que él la ve como una concubina, nada más, y que su arrogancia y falta de respeto por las miradas de los sirvientes la ponen en un riesgo demasiado alto. Descarta a Yacim: él y su madre son un peligro que debe evitar, no una meta a alcanzar.
Su mente se mueve hacia Cazam. Lo descarta casi de inmediato. Su indiferencia y, sobre todo, su edad son obstáculos insuperables. A los trece años, le falta la experiencia y la madurez para ser un líder, y Esther tendría que esperar mucho tiempo para que estuviera listo para casarse. No puede arriesgarse a esperar tanto.
Finalmente, piensa en Irlam, el príncipe más misterioso. Su actitud, amable y atenta, se sintió falsa, como un acto. Recuerda que la presencia de su madre lo incomó, y la sorpresa en los rostros de los sirvientes que los miraban con asombro. Todo indicaba que había una tensión entre Soria e Irlam. Ella, por su parte, parecía complacida al ver a su hijo interactuar con Esther, lo que la lleva a deducir que Soria e Irlam están buscando un favor, quizás una alianza. Esther recuerda el consejo de Asur: no usar solo la seducción, sino también su estatus.
Irlam es un príncipe débil, con diecisiete años aún no ha sido nombrado gobernador, mientras que sus hermanos mayores lo fueron a los quince. No tiene aliados ni posesiones. Esther se convence de que él la necesita, que sus intereses se alinean. Él necesita un aliado y ella tiene el poder y los recursos para dárselo. La alianza con Irlam sería la puerta de entrada a la realeza, una que ella puede dominar.
Y así, la decisión fue tomada. Su objetivo era claro: Irlam.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com