Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 37

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia
  4. Capítulo 37 - Capítulo 37: Lanzas Y Prejuicios
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 37: Lanzas Y Prejuicios

El amanecer pintó el cielo de un naranja cobrizo sobre el campamento. El aire fresco de la mañana trajo el olor a tierra húmeda y la leña quemada. Un frenético ir y venir se desató en la zona del escuadrón de la oficial Senek. Sus doscientos soldados se preparaban para la misión, recibiendo escudos de madera y lanzas mejoradas, además de bolsas de cuero con raciones para la marcha.

Un camarada, un hombre fornido con una barba que ya mostraba signos de vejez, se acercó a Asur con un escudo. Era rectangular, de madera oscura y reforzado con cuero y adornos de bronce que lo hacían ver más elegante.

—Toma. Es resistente pero también ligero —dijo el hombre, pasándoselo a Asur—. Los jóvenes como tú necesitan lo mejor para sobrevivir.

Asur aceptó el escudo con un ligero movimiento de cabeza y un “gracias” frío. Acostumbrados a su actitud, los otros soldados lo interpretaron como un acto de humildad, una señal de que el joven Asur no quería atención.

Una de las mujeres del escuadrón se acercó a uno de los guardias que distribuía las armas.

—Una lanza para él —le pidió, señalando a Asur.

—Pero ya tiene una espada —respondió el guardia.

—Es un arma personal —insistió la soldado—. El ejército debe darle otra arma siempre y cuando no estorbe con su primera arma.

Varios soldados asintieron, apoyando la moción.

—No le haría mal tener otra arma —comentó un hombre corpulento.

El guardia cedió y le entregó a Asur una lanza de dos metros y medio con una hoja de bronce reluciente. Asur la tomó, se puso firme con el escudo en una mano y la lanza en la otra, con su nueva túnica gris y su espada envainada.

Los soldados del escuadrón lo rodearon, silbando y bromeando.

—¡Con esa túnica, te ves muy atractivo! —dijo una mujer.

—Si usaras una armadura de bronce te verías como un soldado de élite —añadió otro.

Asur sonrió, aceptando el juego. Hizo algunas poses con la lanza y el escudo, flexionando los músculos, buscando parecer imponente y escultural. Los reclutas se reían con cada pose, y él se unía a las carcajadas.

Luego, Asur vio a Samara que lo observaba. Ella estaba quieta, sin reírse. Con su mirada fija en ella, estiró las piernas, sacó el pecho, extendió los brazos hacia los costados en una pose triangular y levantó el mentón. La miró directamente a los ojos, una mirada seductora que buscaba solo a ella.

Los reclutas no entendieron la pose. Samara sí. Sus ojos brillaron con una mirada seductora, y un instante después, se volvió y se fue, con el rostro ruborizado por la vergüenza. Asur sonrió.

En ese momento, la oficial Senek llegó, interrumpiendo el momento. Vestía una armadura de bronce pulido y llevaba una lanza larga en la mano, con su espada personal en la cintura. La seguían los veinte soldados de servicio del escuadrón, cocineros y curanderos que también irían a la campaña.

Se plantó frente al escuadrón, su lanza de bronce apuntaba al cielo y su figura era un faro de disciplina.

—¡Atención! —su voz, clara y fuerte, hizo callar a todos—. Les explicaré los detalles de la misión. Nos tomará dos días de marcha llegar a la aldea de Bura. Es una aldea dedicada al cultivo de frutas y a la elaboración de vino, y está ocupada por alrededor de cien soldados rebeldes, que la usan como un puesto de vigía para sus rutas de suministro.

La mayoría de los soldados, al escuchar las palabras de Senek, murmuraban entre ellos, pensando en el vino y las frutas que encontrarían. Pero unos pocos, como Asur y Samara, pensaban en algo más. La importancia de la posición para los rebeldes era evidente. Si la protegían tan celosamente, seguro habría trampas, como fosos y barricadas, y lo más probable es que tuvieran refuerzos cerca. La misión no sería tan sencilla como parecía.

Senek, al escuchar el murmullo, pidió silencio de nuevo.

—La misión es tomar la aldea, luego prepararla para la llegada de más escuadrones de apoyo. Esto significa que la misión durará más de dos días, y por lo tanto, la misión no será tan sencilla como se imaginan.

Los soldados asintieron, comprendiendo la gravedad de la situación. Senek miró a los veinte soldados de servicio, los cocineros y curanderos que también irían con ellos.

—Los soldados de servicio irán con nosotros. Deben protegerlos en todo momento, pues su seguridad es tan vital como la del resto del escuadrón. Ahora, ¡a marchar!

Con la orden dada, Senek se puso al frente del escuadrón, y todos se movieron hacia las afueras del campamento, comenzando su avance hacia la aldea de Bura.

Más tarde, el escuadrón de la oficial Senek ya había marchado casi todo el día. El sol, ahora un círculo anaranjado y gigante, se preparaba para ocultarse tras las colinas. El cansancio se sentía en los músculos y el sudor se pegaba a la ropa, pero el ritmo de la columna no disminuía. Marchaban en una larga fila, con la patrulla de Senek al frente. El resto se turnaba para proteger la retaguardia, con cada soldado cargando sus propias raciones y suministros.

Para mantenerse entretenidos, los soldados conversaban sobre temas triviales: el calor, los paisajes que habían visto y la calidad de su equipo. En medio de una de esas conversaciones, un soldado propuso un juego: ver quién tenía la mejor lanza, la mejor armadura y el mejor escudo. Decidieron no incluir a Senek, pues era obvio que ella tenía lo mejor.

El juego comenzó con las lanzas. Varios soldados señalaron la lanza de Asur como la de mejor calidad, con una punta de bronce brillante, bien forjada y sujeta con remaches firmes. Era un arma robusta, más larga y pesada que las lanzas comunes. Sin embargo, cuando Samara alzó la suya, todos guardaron silencio. Su lanza era similar a la de Asur, pero su punta de bronce tenía una hoja más ancha y unas pequeñas alas a los lados para evitar que se quedara atascada. Además, tenía una punta adicional en la parte inferior para que pudiera ser utilizada por ambos lados.

La decisión final fue unánime: Samara tenía la mejor lanza.

Luego se fijaron en los escudos. Esta vez, el reconocimiento no tardó en llegar. El escudo de Asur, rectangular y de madera, tenía unos bordes reforzados con un fino acabado en bronce. Era, de lejos, el mejor entre ellos.

—Agradezco este reconocimiento, me hacen muy feliz —dijo Asur en tono bromista, inclinando la cabeza ante sus camaradas, que se rieron con ganas.

Por último, se fijaron en las armaduras. En esta categoría, la armadura de Asur no tenía nada de especial, era solo un chaleco común de cuero que cubría su torso. Pero todos notaron la armadura de Samara, que tenía una banda de bronce en el abdomen. Aunque parecía bronce, la pechera era de cuero y el contraste les parecía solo un adorno.

—¿Es de verdad de bronce? —preguntó un soldado con asombro.

—Parece que solo es cuero que se ve así —dijo otro.

Antes de que Samara respondiera, una de sus compañeras más cercanas dio un par de golpes suaves con la palma en su abdomen. El sonido era sólido, como si estuviera tocando metal. Luego, dio un toque similar en la pechera, confirmando que eran materiales diferentes. Samara soltó un suspiro de incomodidad, y su rostro mostró una mueca sutil. Un gesto tan rápido que nadie lo notó, excepto Asur.

Los soldados estaban a punto de declarar que Samara también tenía la mejor armadura, pero Dagón los detuvo, señalando a una de las soldados del frente que marchaba junto a la oficial Senek.

—Ella parece tener la delantera de su armadura completamente de bronce —dijo Dagón.

La armadura de la mujer no solo tenía una pechera de bronce, sino también unas hombreras, protectores en los muslos y grebas para las pantorrillas. La mujer se volteó con una sonrisa y se unió al juego, riendo mientras confirmaba que su armadura era la mejor, ya que le había costado mucho por ser casi completamente de bronce. Finalmente, el escuadrón le dio a ella el honor de tener la mejor armadura.

El sol ya estaba a punto de ocultarse. La oficial Senek, viendo que la luz del día se desvanecía, ordenó detenerse y descansar para pasar la noche. Se asignaron guardias y los soldados de servicio pidieron que cada quien les entregara una porción de sus granos para preparar la comida.

Asur y su patrulla se sentaron al lado de unos matorrales, entregaron sus raciones y empezaron a conversar sobre la misión.

—Después de la primera batalla, esta misión no es nada —dijo uno de los soldados.

La mayoría asintió con la cabeza, riendo entre ellos.

—Mejor deberíamos pensar en las delicias que encontraremos en la aldea —dijo otro, relamiéndose los labios.

—Quizás los rebeldes ya se las acabaron —bromeó una de las mujeres, a lo que todos rieron.

—No se confíen —advirtió Samara, con el ceño fruncido—. Puede haber trampas y soldados rebeldes bien entrenados en la aldea.

Nadie parecía hacerle caso. Asur la miró mientras ella intentaba explicarles los riesgos. Samara lo miró por un momento e, inconscientemente, hizo un gesto con la cabeza y los ojos, pidiéndole ayuda. Asur sonrió.

—Samara me venció porque es mejor que yo —dijo Asur, captando la atención de todos. Luego, su sonrisa se volvió pícara, y continuó—: Pero yo los vencí a ustedes porque son muy malos.

Los reclutas se miraron, confusos y casi ofendidos. Asur los miró fijamente.

—Como tal, saben defenderse. Y podrían vencer a otros como ustedes, pero fallan en muchas cosas.

Dagón, sentado a un lado de Asur, le preguntó con curiosidad: —¿Qué hicimos mal, Asur?

—Algunos se acercan demasiado —explicó con tranquilidad—, otros se alejan, pero todos dudan al atacar.

Una de las mujeres le pidió que fuera más detallado.

—No parecen entender la función de una lanza —dijo Asur, señalando el arma de madera—. La ventaja de la lanza es la distancia. Siempre deben alejarse del oponente.

—Eso mismo nos dice ella —confirmó un soldado, señalando a Samara.

—¿Ella solo se los dice o también se los muestra? —preguntó Asur.

Samara no supo qué responder.

—Disculpe —dijo Asur, sonriendo levemente—. Es una gran guerrera, aprendió muchas técnicas sola. Pero por eso mismo, no parece saber muy bien cómo enseñar a alguien.

Asur mencionó que su entrenamiento con Ditro era diferente.

—Ditro tiene experiencia enseñando. En lugar de solo decirme lo que tenía que hacer, me mostraba mis errores y me obligaba a practicarlos en los duelos.

Samara desvió la mirada, ofendida.

—¿Cuáles fueron nuestros errores ayer? —le preguntó un soldado.

—Deben aprender a desplazarse para mantener la distancia y a defenderse más de lo que atacan —dijo Asur—. Deben reconocer cuando un enemigo es superior a ustedes.

—¿A qué te refieres con que dudamos? —preguntó otra soldado.

—Es como si no quisieran matar a su oponente —respondió Asur.

Samara lo interrumpió, su voz era casi un susurro.

—Es mejor herir al oponente.

—¿Por qué? —preguntó Asur.

Samara balbuceó, incapaz de mirarlo a los ojos. —Es… más fácil.

—¿Más fácil? —preguntó Asur, alzando una ceja, su mirada inmutable.

Samara lo miró de frente, su postura desafiante.

—Sí, más fácil —dijo, dirigiéndose a todos—. Es más fácil herir al enemigo cortándole las muñecas para desarmarlo, en lugar de intentar atravesar el pecho, que siempre está mejor protegido. Además, no siempre tienes la fuerza suficiente para matar a alguien. Es más práctico herir porque es más fácil desarmar.

Los camaradas asintieron, convencidos por la lógica de Samara. Asur se mantuvo en silencio, pensativo. Después de un momento, habló.

—Eso es más fácil para una experta como Samara. Para el resto de nosotros, desarmar al enemigo es más arriesgado que intentar matarlo.

La patrulla se quedó en silencio, esperando una explicación.

—Muchos de ustedes —dijo Asur, su voz calmada—, son soldados con solo unas semanas de entrenamiento. Samara y otros llevan años. Incluso yo carezco de las habilidades para acertar estocadas en brazos o piernas.

Los miembros de la patrulla se miraron entre ellos, sus cejas se fruncieron en confusión. No estaban seguros si confiar en lo que Asur les decía. Asur lo notó, y en un rápido movimiento, desenfundó su espada y apuntó a la mano de Dagón. Dagón, por reflejo, apartó su mano, y todos los presentes se quedaron sorprendidos, incluso los que estaban a lo lejos.

Hubo un silencio momentáneo.

—¿Qué estás haciendo? —preguntaron, confundidos.

Asur, con una tranquilidad pasmosa, envainó su espada.

—Eso —dijo, con una sonrisa en su rostro—. Eso es exactamente lo que pasa al intentar atacar una extremidad. Incluso los reflejos de un novato son tan rápidos como para esquivar un ataque.

Luego miró a todos los presentes.

—Ahora, piensen en cómo harían para superar esos reflejos en la batalla.

Su mirada se posó en Samara, y le preguntó:

—¿Sigues pensando que herir es más fácil que intentar matar?

Samara no respondió. Se acostó de lado sobre el suelo, de espaldas al grupo, visiblemente ofendida. Asur y los demás lo notaron, y en un acuerdo tácito, la dejaron sola. Todos se levantaron para caminar por los alrededores y ver el bosque en el que pasarían la noche.

Asur se disculpó con Dagón, que lo seguía de cerca.

—Te felicito por tus reflejos —dijo Asur.

—Gracias —respondió Dagón—. De niño me dedicaba a atrapar serpientes e insectos venenosos con mi madre, así que mis reflejos están bien entrenados.

—¿A qué te dedicabas antes de entrar al ejército? —preguntó Asur, su curiosidad encendida.

—Mi abuelo y yo atrapábamos serpientes por su veneno para venderlo a los curanderos —le contó Dagón—. Así podían hacer medicinas.

—Si hubieras dicho eso hace un momento, nadie creería mi hipótesis de que cualquier novato tiene buenos reflejos —bromeó Asur.

Dagón se puso nervioso. —¿Es que no querías dejarme mal? ¿Ibas a apuñalarme la mano si no la quitaba?

—No, claro que no —contestó Asur, sonando completamente sereno—. Apunté a un lado de tu mano. Me arriesgué a que no la quitaras, pero afortunadamente lo hiciste.

Dagón asintió, aliviado, mientras se detenían en una pequeña elevación desde donde contemplaban el bosque.

—Me recuerda a mi aldea —dijo Dagón—. También estaba en medio de un bosque similar.

—¿Solo buscaban animales venenosos? —preguntó Asur—. ¿No hacían nada más con tu abuelo?

—A veces, mi abuelo cazaba depredadores —explicó Dagón.

—¿También lo hacías? —preguntó Asur, pidiéndole más detalles.

—En mi infancia, solo me encargaba de cuidar la casa —respondió Dagón—. Pero cuando cumplí la edad suficiente, mi abuelo me enseñó a rastrear, a ser silencioso y a esconderme de los animales salvajes.

Mientras Dagón hablaba, Asur lo miraba fijamente, pensando en cuán útiles serían esas habilidades en el ejército.

Asur miró a Dagón, sus ojos dorados fijos en el rostro del cazador.

—¿Crees que podríamos usar esas habilidades para el bien del escuadrón?

Dagón lo pensó por un momento. No comprendía del todo la pregunta, pero al ver la seriedad en el rostro de Asur, asintió.

—Sí —dijo.

Más tarde, en la noche, el aire se había vuelto fresco y el olor a humo de las fogatas llenaba el campamento improvisado. El escuadrón de la oficial Senek estaba comiendo, la luz de las fogatas danzaba sobre sus rostros. Senek comía junto a su patrulla, todas mujeres, incluida Nanshe, que estaba en un rincón. Asur se acercó a Senek junto a Dagón. Ambos se inclinaron levemente en señal de respeto.

—Oficial Senek —dijo Asur.

La expresión de Senek cambió de inmediato a una de desdén. Dejó de comer y lo miró fijamente.

—Tengo una idea —dijo Asur.

—No necesito tu idea —respondió Senek, volviendo a comer y apartando la mirada—. Sigan su camino.

—Es para obtener mejores informes del enemigo y del camino que seguimos —insistió Asur.

Senek lo miró con irritación.

—Dilo. Y luego márchate —ordenó.

Asur explicó las habilidades de Dagón.

—Podríamos enviar a Dagón muy por delante del escuadrón. Aseguraría que no hay trampas ni emboscadas, y además, nos sería útil para averiguar las defensas y posiciones exactas del enemigo.

Senek soltó una carcajada burlona.

—¿Ahora te crees un estratega? —preguntó, volviéndose hacia su patrulla con una sonrisa altanera—. Tu trabajo es pelear como te lo ordene. Yo decido qué hacer y cómo proceder.

Luego miró a Dagón, quien parecía un cervatillo asustado.

—¿Tienes alguna experiencia como espía o explorador?

Dagón, intimidado, negó con la cabeza.

—No, oficial —respondió con voz temblorosa.

—Entonces este soldado quiere enviar a morir a un novato sin experiencia —dijo Senek en voz alta. Los reclutas a su alrededor se rieron de lo que dijo.

Asur, con frialdad, aseguró: —Dagón puede hacerlo. Ha explorado bosques desde niño.

Senek lo interrumpió con autoridad.

—No te metas en temas que no te competen. Tu trabajo es pelear como te lo diga tu oficial al mando. No trates de destacar comportándote como si tuvieras rango.

Luego, le ordenó a Dagón y a Asur que se marcharan. Asur intentó insistir, pero Dagón lo tiró del brazo. Los dos se alejaron bajo la atenta mirada de todos.

Senek se sintió victoriosa, y su rostro se iluminó. Volvió a comer y a conversar de forma más alegre con su patrulla. Asur, que la miraba a lo lejos mientras caminaba, se preguntaba por qué tenía una actitud tan hostil e irracional hacia él.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo