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Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 38

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Capítulo 38: Grasa en los Viñedos

El escuadrón de la oficial Senek había llegado a su destino. Montaron un pequeño campamento a medio día de viaje de la aldea, dejando allí sus suministros bajo la guardia de los diez soldados de servicio.

La mañana siguiente, el sol apenas se asomaba por el este, proyectando largas sombras a través del bosque. Los doscientos soldados de Senek avanzaban agachados, manteniéndose fuera del camino principal y moviéndose en silencio a través de la densa maleza. La formación era una línea de cincuenta soldados de ancho y cuatro de largo, moviéndose así para no ser cegados por el sol y para cubrir la mayor cantidad de terreno. Los soldados se mantenían en silencio, sus ojos recorriendo cada sombra, esperando el primer contacto con el enemigo.

Asur se encontraba en el flanco derecho, avanzando en la primera línea. Dagón caminaba a su espalda, y a su izquierda, Samara se movía con la misma agilidad. Al igual que los demás, Asur examinaba sus alrededores con su escudo de madera cubriendo su torso y la punta de su lanza apuntando hacia el frente.

Los soldados se dieron cuenta de que estaban llegando al final del bosque, acercándose a una zona de cultivos. Era una plantación de viñas, con sus enredaderas en filas interminables. Los tallos gruesos y retorcidos, con densas hojas de un verde intenso, formaban un laberinto en el que los soldados podrían ocultarse fácilmente. El aire se sentía espeso, cargado con el olor dulce y terroso de las uvas maduras.

Asur, al ver los viñedos, se detuvo de repente. Había algo extraño. Se giró, escaneando el entorno. Sus compañeros, notando su pausa, se miraron unos a otros con preocupación.

—¿Qué sucede? —preguntó Dagón, su voz un susurro.

Asur miró a Samara, quien también observaba los alrededores.

—Es extraño —murmuró Asur.

Los soldados, uno a uno, se voltearon a ver entre ellos, aguzando sus sentidos, pero no veían nada fuera de lo común.

—¿Qué no ves? —dijo uno de ellos.

—Exacto —respondió Asur, con una voz cargada de un tono enigmático.

La confusión se apoderó de los soldados.

—No entiendo —dijo otro.

—¿Cómo es posible que hayamos llegado a la aldea sin toparnos con algún vigía rebelde? —les explicó Asur.

Samara, comprendiendo la lógica de Asur, continuó la explicación para los demás con calma y firmeza.

—Los rebeldes tienen más experiencia que nosotros. Sabrían que deben enviar vigías a los bosques para alertar de cualquier ataque.

—¿Qué significa eso? —preguntó un soldado, su voz temblando.

—Significa que ya sabían que veníamos —contestó Samara.

Los soldados se miraron unos a otros, el miedo reflejado en sus rostros. Asur, con una sonrisa visiblemente emocionada, retomó su posición de avance.

—Nos están esperando —dijo, y se adentró en los viñedos, seguido por sus camaradas, ahora más preocupados que nunca.

El escuadrón se adentró en los viñedos, con el murmullo de las hojas bajo sus sandalias. No avanzaron demasiado hasta que un olor extraño se filtró en el aire, mezclándose con el dulce aroma de las uvas. Algunos soldados se detuvieron, frunciendo el ceño. La oficial Senek, indiferente al rumor, continuó con paso firme, pues ella no había percibido nada. Se dio la vuelta, su rostro tenso.

—¿Por qué no avanzan? —preguntó.

Varios soldados hablaron al mismo tiempo.

—Huele a algo agrio y desagradable, oficial —dijo uno.

Senek intentó percibir el olor, pero no pudo. Muchos de sus hombres tampoco, y la tensión comenzó a crecer.

—No hay olor, solo tienen miedo —dijo uno, acusando a los que se habían detenido.

En el flanco donde estaban Asur y Dagón, ambos habían percibido el olor. No era fuerte ni apestoso, solo peculiar.

—Este olor me parece familiar —murmuró Dagón.

—A mí también —respondió Asur.

Asur se adentró un poco más en los viñedos, usando la punta de su lanza para buscar algo que estuviera escondido entre las plantas. Al golpear una de ellas, unas gotas cayeron. A simple vista parecían rocío, pero al acercarse, Asur notó que el líquido era espeso. Dagón, que lo había seguido, lo recogió con sus dedos y lo olfateó.

—Es grasa —dijo.

—¿Estás seguro? —preguntó Asur.

Dagón asintió, le acercó el dedo a Asur y este reconoció el olor. Ambos retrocedieron con sus camaradas.

—Parece que las plantas están rociadas con grasa —les explicó Asur.

Samara miró hacia el interior del viñedo, su rostro mostrando preocupación. Sus compañeros, sin entender, la miraron a ella, buscando una explicación.

—La grasa en los viñedos solo puede significar que el enemigo tiene planeado incendiar las plantaciones —explicó Samara.

—Pero, ¿cómo podrían hacer eso? —preguntó un soldado con voz temblorosa.

—Quizás tienen soldados con antorchas esperando para iniciar el fuego —respondió otro.

Samara pensó por un momento. —O tal vez tengan arqueros.

El miedo se apoderó de quienes habían oído esto, pues la idea de que el enemigo tuviese arqueros, una ventaja que no podían contrarrestar fácilmente, los aterrorizó.

Mientras tanto, Senek seguía lidiando con las discusiones de quienes decían oler algo y de quienes los acusaban de tener miedo. Finalmente, la oficial ordenó a todos que continuaran con la marcha.

—Quienes no pueden continuar, quédense. Los que puedan, síganme —dijo, pidiendo a todos estar alerta de aquel olor.

En ese momento, Samara llegó a la posición de la oficial.

—Oficial, tengo información valiosa —dijo.

Senek, con respeto a la experiencia de Samara, la dejó hablar.

—Encontramos grasa impregnada en las plantaciones —explicó Samara.

Senek se quedó sin palabras. Miró la extensa plantación, se negaba a creer que los rebeldes sacrificaran los recursos de la aldea solo por vencer a un escuadrón.

—¿Estás segura? —preguntó Senek, su voz apenas un susurro.

—Sí, oficial —respondió Samara.

Senek asintió, aún incrédula.

—Eso fue lo que descubrió Asur —dijo Samara.

El rostro de Senek se contorsionó de molestia al escuchar el nombre.

—¿Asur? ¿Y entonces debemos creer en lo que dijo haber descubierto ese niño arrogante? —escupió Senek.

Samara no supo qué responder.

—Te creía más lista —dijo Senek, con desdén—. ¿Cómo te dejas convencer por alguien tan inexperto, con aires de grandeza, como ese liberto?

—Oficial, el olor es de verdad —intentó explicar Samara.

Senek la interrumpió, su voz se elevó.

—Si Asur también dijo lo del olor, entonces debe ser falso. No quiero oír más. Vuelve a tu posición y no detengas más el avance.

Samara obedeció, y la marcha fue retomada.

La línea avanzaba, pero Asur se mantuvo de pie. Sus pensamientos eran un torbellino, y sus ojos se movían rápidamente, analizando el entorno. Algunos soldados de su patrulla se quedaron a su lado, esperando a que se moviera. De repente, Asur miró hacia su derecha y comenzó a caminar, alejándose de la línea principal.

—¿Adónde vas? —le preguntó un compañero.

Asur continuó su marcha, sin voltear la cabeza.

—Quien quiera seguirme, que lo haga bajo su propio riesgo —respondió con voz tranquila.

Todos entendieron que Asur estaba desobedeciendo las órdenes de Senek, pero aun así decidieron seguirlo. Otras patrullas del flanco derecho se dieron cuenta de lo que estaba sucediendo. Algunos, con una mezcla de curiosidad y miedo, se unieron a ellos, mientras que la mayoría, por miedo a las represalias, se mantuvo en la línea. Senek y el resto del escuadrón no se dieron cuenta del cambio, demasiado concentrados en su avance.

Asur se adentró nuevamente en el bosque, se detuvo y miró a quienes lo habían seguido.

—¿Qué estás haciendo? ¿Estás huyendo? —le preguntó uno de los soldados.

Asur sonrió. Contó a todos los que lo habían seguido. Eran treinta y dos.

—No estoy huyendo —respondió—. Debemos rodear la aldea para evitar la obvia trampa, y, principalmente, a los arqueros.

—No es seguro que un escuadrón de cien rebeldes cuente con arqueros —intervino Samara.

—Aun así, no podemos arriesgarnos —dijo Asur, con firmeza.

Un soldado, nervioso, le recordó a Asur que la oficial Senek los castigaría.

—Yo asumiré toda la culpa —respondió Asur.

Luego, les pidió que se dividieran en equipos de tres y que cubrieran la mayor cantidad de terreno sin alejarse demasiado. Asur formó equipo con Dagón y Samara.

—Si ven algún vestigio de los soldados enemigos, avisen de inmediato —ordenó.

Con una nueva formación, comenzaron a avanzar por el bosque para rodear la aldea.

Mientras tanto, el escuadrón de Senek avanzó más en la plantación. El dulce aroma de las frutas maduras fue desplazado por un olor acre y grasiento, ahora perceptible para todos. A medida que el hedor se intensificaba, la idea de Samara se aferraba a la mente de Senek.

En un momento, los soldados empezaron a notar un líquido que bañaba las plantas, sintiendo su espesura bajo sus sandalias. La misma Senek pisó un charco de líquido, y a través de su calzado, supo que no era agua. En ese momento, uno de sus soldados señaló hacia el frente.

—¡Enemigos allá! —gritó.

Senek no vio nada, hasta que más soldados señalaron, no al frente, sino más arriba. Miró hacia las primeras casas que se podían ver y notó a varios soldados rebeldes sobre los tejados. Sus figuras eran borrosas, pero el arma que portaban era inconfundible. Su corazón se aceleró.

—¡Escudos arriba! —gritó.

Todos obedecieron. En ese momento, unas pocas flechas cayeron sobre ellos, nada letal, solo una advertencia. Los rebeldes no estaban atacando, estaban jugando, como si fueran cazadores que acorralaban a su presa. Senek, mirando el charco de grasa que había pisado, sintió que el miedo se apoderaba de ella. Pensó en lo que debía hacer.

De repente, el ataque se detuvo. La calma antes de la tormenta. Un segundo después, una sola flecha encendida cayó, no sobre los escudos, sino más adelante, en un pequeño charco de grasa. Los corazones de los soldados latieron rápidamente antes de que una llama intensa se levantara del suelo, impactando en los rostros de quienes no tenían escudos. Las flechas encendidas empezaron a llover sobre ellos, y el fuego, avivado por la grasa, se extendió rápidamente.

Asur y sus seguidores, que ya habían llegado a la parte trasera de la aldea, pudieron escuchar los gritos de sus camaradas y ver el denso humo que se elevaba de las plantaciones. Algunos se sintieron aliviados de no estar en el campo de batalla, otros se preocuparon por sus amigos, pero Asur solo podía pensar en una forma de contrarrestar a los arqueros enemigos. A simple vista, se dio cuenta de que eran alrededor de veinte, lo suficiente para ser un problema grave. Asur pensó en subir a los tejados y enfrentar a los arqueros cuerpo a cuerpo, pero lo descartó de inmediato, pues se darían cuenta de su movimiento. Samara lo vio muy serio y pensativo, deduciendo que su mente trabajaba en el problema de los arqueros.

—¿Cuál es el plan? —preguntó uno de los soldados.

—Tenemos que buscar una forma de enfrentarnos a los arqueros —respondió Asur.

—Deberíamos subir a enfrentarlos —sugirió uno de los soldados.

—Sería muy arriesgado —dijo Samara, negando con la cabeza.

—La única forma es enfrentarlos a distancia, con algo —dijo Asur, pensativo.

—Podríamos arrojar las lanzas —dijo otro soldado.

La idea hizo que los ojos de Asur se iluminaran. El soldado, al ver el interés en el rostro de Asur, continuó.

—Me han dicho que las lanzas se pueden arrojar. Se les llama jabalinas.

Asur se mantuvo pensativo, y Samara, negando con la cabeza, dijo: —Arrojar una lanza no es algo sencillo, y todos tenemos una sola. Si la arrojamos, quedaríamos desarmados.

En ese momento, una idea cruzó por la mente de Asur.

—Entonces deberíamos buscar más lanzas —dijo.

Samara y los demás lo miraron confundidos.

—Los rebeldes deben tener algún depósito o almacén en la aldea. Si llegamos ahí, seguro encontraremos más lanzas —explicó Asur.

Los soldados asintieron, y Samara, aunque dudando, dijo: —Aun así, necesitaríamos practicar antes de arrojarlas.

—Entonces les daremos una clase rápida —dijo Asur, con una sonrisa en el rostro.

Samara, sabiendo que era su mejor opción, decidió aceptar el plan de usar las lanzas. Finalmente, Asur y sus seguidores salieron del bosque y se adentraron en la aldea, cubriéndose entre las casas mientras buscaban un almacén.

Las plantaciones ardían en llamas, con el fuego crepitando y las columnas de humo elevándose hacia el cielo. El fuego no causaba tantas bajas como se esperaba, pero el pánico que generaba era un arma letal. Los soldados, desorientados por el caos, bajaban sus escudos para protegerse de las llamas, lo que los hacía vulnerables a las flechas que llovían sobre ellos. Estas flechas eran la verdadera amenaza, provocando la mayoría de las bajas.

Senek, con su escudo cubriendo su cabeza, intentaba ordenar a sus hombres que mantuvieran la línea, pero los gritos de sus soldados heridos y el caos general la hicieron darse cuenta de que no tenían otra opción. Tenían que salir de la plantación. Con voz firme, dio la orden de avanzar, corriendo con los escudos arriba, y el escuadrón la siguió, dejando atrás a los heridos en el fuego.

Una vez dentro de la aldea, Senek ordenó a sus hombres que retomaran la formación, a pesar de los proyectiles que seguían cayendo sobre ellos. De repente, una voz femenina y grave retumbó en el aire: —¡A ellos!—.

Y los soldados rebeldes, que habían estado escondidos, salieron de atrás y de adentro de las casas, rodeando al escuadrón de Senek. Atrapados entre el fuego y el enemigo, la oficial ordenó la ofensiva, dando inicio a la verdadera batalla por la aldea.

Asur y sus seguidores se movieron con cautela por la aldea, siguiendo de cerca el ruido de la batalla. Encontraron una casa de piedra custodiada por cuatro soldados rebeldes. A juzgar por la cantidad de guardias, Asur intuyó que habían dado con el almacén.

Escondido detrás de otra casa, uno de los soldados se adelantó, impaciente.

—¡Esto será fácil, somos más de treinta! —murmuró, listo para atacar.

Asur lo detuvo. —Mira el pecho de ese.

El soldado vio que uno de los guardias tenía un cuerno colgado.

—Probablemente lo usa para pedir ayuda —dijo Asur, señalando el cuerno.

El soldado asintió. —Entonces, ¿cómo nos acercamos sin que lo toque?

Asur se volvió hacia Samara, que estaba un poco más atrás.

—¿Puedes arrojar tu lanza desde aquí y darle al guardia del cuerno?

Samara asintió. Se movió al frente, colocándose de perfil. Sostuvo la lanza con firmeza, su mano izquierda en el mango y la derecha más arriba, cerca del centro de gravedad. Sus músculos se tensaron, el arma se volvió una extensión de su brazo. Su cuerpo se preparó para el lanzamiento.

—Deben atacar en cuanto yo les diga —dijo.

Los soldados asintieron en silencio. Samara, con la precisión de un halcón, arrojó su lanza. El arma voló por el aire hasta impactar en el abdomen de su objetivo.

—¡Ahora! —gritó.

Asur y los demás salieron de su escondite. Los enemigos, confundidos al ver a su compañero caer, no reaccionaron a tiempo. Uno de ellos recibió un golpe con el hacha de Dagón. Los otros dos se alinearon para defenderse, lanzando gritos de: —¡Nos atacan! ¡Nos atacan!”. Finalmente Asur y los demás desarmaron a los dos para luego noquearlos.

Decidieron entrar en la casa. Samara, que iba en la primera línea, cruzó la puerta y de inmediato recibió una pedrada en el pecho izquierdo, cayendo hacia atrás. El resto de los soldados se pusieron en guardia. Dentro de la casa, un grupo de personas, visiblemente aterrorizadas, estaban acurrucadas en un rincón.

Por otro lado, el fuego rugía en las plantaciones. Senek y su escuadrón luchaban en un combate igualado contra los rebeldes. Las flechas enemigas seguían cayendo, y la confusión y el miedo se apoderaban de los soldados de Senek.

Mientras tanto, en la casa que habían asaltado, el grupo de Asur se encontró con personas aterrorizadas. Un hombre mayor se interpuso para proteger a un muchacho, con los brazos extendidos.

—Por favor, perdónelo —suplicó el anciano—. Mi nieto pensó que eran enemigos y arrojó la piedra.

Asur miró a sus camaradas. —Bajen las armas —dijo.

Luego, se dirigió al anciano. —¿Quiénes son ustedes?

—Somos los aldeanos —respondió el anciano, su voz temblorosa—. Nos encerraron aquí porque nos opusimos a quemar nuestros cultivos.

Asur miró a su alrededor. Vio mujeres, niños y ancianos. Asumió que los hombres habían sido asesinados o llevados al frente. Volteó para ver a Samara, que se levantaba del suelo con el pecho adolorido.

—¿Quién arrojó esa piedra? —preguntó ella, con voz entrecortada—. ¿Quién tiene tanta fuerza?

Asur se dio cuenta de que, a pesar de su armadura, el impacto había dolido. Miró al muchacho que el anciano protegía y se acercó lentamente. El anciano lo miró, y un extraño temor lo hizo bajar la cabeza.

Asur se acercó y vio algo en la mano del muchacho, algo que ya había visto antes.

—¿Eso es una honda? —preguntó.

—Sí —respondió el anciano—. Perdone a mi nieto por usarla sin ver a quién le disparaba.

Asur se quedó pensativo un instante, su mente trabajando a mil por hora. Luego, se volteó hacia sus camaradas, su voz llena de emoción.

—¡Hondas! —exclamó.

Los soldados lo miraron confundidos. Algunos asintieron, reconociendo el arma.

—Las conocemos, las usamos en nuestras aldeas para cazar y espantar depredadores —dijo uno de ellos.

En ese momento, Samara entendió lo que Asur estaba pensando.

—¡Consigan una honda! —ordenó.

Asur se dirigió al muchacho, con una sonrisa en el rostro. —Entrégame tu honda —le pidió.

El muchacho lo hizo sin decir una palabra. Los demás soldados también tomaron las hondas que estaban esparcidas por el lugar.

—Lo mejor es que se queden encerrados —aconsejó Asur a los aldeanos, pensando que solo estorbarían.

Los aldeanos lo miraron con alivio, creyendo que se estaba preocupando por ellos.

Asur cerró la puerta de la casa. Él y sus camaradas, ahora armados con hondas, salieron de la casa para ayudar al resto del escuadrón.

La aldea de Bura se había convertido en un infierno. El sonido metálico de las espadas y los escudos chocando, los gritos de dolor y de furia llenaban el aire. El olor a humo, a sangre fresca y a heces de los animales muertos lo invadía todo, haciendo que los soldados de ambos bandos lucharan por respirar. A pesar del caos, el escuadrón de Senek, con su superioridad numérica, lograba mantener a raya a los rebeldes.

Desde atrás, la líder rebelde observaba la escena, sus ojos claros reflejaban la sorpresa. No esperaba que los leales aguantaran tanto. Su pelo corto se movía con la brisa, y su espada y escudo estaban listos. Vio cómo los leales, con sus números, atacaban de tres en tres a sus soldados. Se alegró de tener una unidad de arqueros. En su mente, agradecía a su comandante por haberlos enviado justo a tiempo. Sabía que la victoria era cuestión de tiempo.

Por su parte, Senek había guardado su lanza para desenfundar su espada. Luchaba con todo lo que tenía, moviéndose de un lado a otro para evitar las flechas que llovían sobre ellos. Gritaba a sus soldados que no dejaran de moverse, que no se detuvieran, que siguieran luchando.

La oficial rebelde observó la armadura y las armas de Senek, deduciendo que debía ser la oficial al mando. Con una seña, captó la atención de un arquero sobre un tejado. Con un gesto, señaló a Senek. El arquero se preparó para disparar.

De repente, una piedra golpeó el hombro del arquero. Perdiendo el equilibrio, el hombre cayó del tejado, impactando su rostro contra el suelo. El sonido sordo del impacto retumbó entre los gritos. La oficial rebelde vio cómo el arquero se desangraba por la boca, muriendo lentamente, su cuello roto. Confundida, alzó la mirada hacia el tejado, sin saber qué había pasado.

El resto de los arqueros se miraron unos a otros, sorprendidos por la caída de su compañero. Vieron la piedra rebotar en el suelo y, de inmediato, comenzaron a buscar el origen del ataque desde las alturas. Pero no vieron nada hasta que una ráfaga de piedras voló hacia ellos. No sabían de dónde venían. Las piedras aparecían a una velocidad imperceptible para el ojo humano, ocultas por los rayos del sol y el humo que llegaba de la plantación.

Abajo, en el combate, los soldados de ambos bandos notaron que las flechas habían cesado. Rebeldes y leales se preguntaron qué estaba pasando mientras continuaban la lucha, visiblemente cansados. La oficial rebelde miró hacia su retaguardia, con sus escoltas ya en posición de defensa. Deducía que, o los aldeanos se habían vuelto en su contra, o la oficial enemiga había sido lo suficientemente astuta como para preparar un ataque sorpresa.

Los arqueros, en su desesperación, intentaban visualizar a sus atacantes. Uno de ellos, con la respiración entrecortada, logró ver a una figura escondiéndose tras unos barriles. Otro señaló a alguien agachado cerca de un pozo de agua. Poco a poco, los arqueros fueron descubriendo a los responsables de las piedras, pero para ese momento, más de la mitad ya había sido neutralizada. Algunos recibieron golpes en la cabeza, quedando aturdidos o noqueados; otros, en su intento por esquivar las piedras, cayeron de los tejados y se rompieron un brazo o una pierna. Solo quedaban unos pocos para responder al ataque.

Los arqueros restantes entraron en pánico. Intentaban disparar sus flechas, pero sus enemigos no dejaban de moverse, y cuando lograban fijar a un objetivo, más piedras llegaban desde otro punto. Al ver la cantidad de arqueros que quedaban, la oficial rebelde ordenó a sus escoltas que arrojaran sus escudos a los tejados para que los arqueros pudieran protegerse. Los escoltas obedecieron de inmediato, lanzando pesados escudos de a dos en dos. Los últimos siete arqueros los recibieron y los usaron agachados para cubrirse de las piedras.

Un escolta que había lanzado su escudo y se dirigía hacia su oficial de repente recibió una pedrada en el cráneo. Cayó al suelo, sus ojos se tornaron rojos. La oficial rebelde vio cómo caía a su lado, y un instante después, más piedras comenzaron a llover sobre ella y sus escoltas. Utilizaron los últimos dos escudos que tenían para cubrir a su oficial, mientras se ponían detrás de ella.

En ese momento, la oficial vio a un grupo de soldados acercándose por detrás de una casa, todos cubiertos con sus escudos. Pero lo que más llamó su atención fue quien parecía liderarlos: un joven de piel bronceada con ojos que brillaban como el sol y una expresión escalofriante, con una sonrisa divertida y una mirada depredadora. Alguien a quien reconoció de inmediato como aquel que la hirió y humilló en la batalla del Valle Vacío. El soldado sonriente.

Asur y sus seguidores se mostraron al enemigo. Avanzaron lentamente, saliendo de entre las casas. Su presencia era una bofetada para la moral de los rebeldes. Todos se movían en una formación disciplinada, cubriéndose con sus escudos. Con cada paso, una ráfaga de piedras salía volando de sus hondas, dirigiéndose a los arqueros y a los soldados rebeldes. Se detenían, recargaban sus hondas y se cubrían, antes de continuar con su avance.

Mientras tanto, Senek se había dado cuenta de que los arqueros habían dejado de disparar. Alzó la vista hacia los tejados. Ahora eran menos, y algunos se desangraban. Una piedra rebotó cerca de sus pies, y Senek miró hacia el interior de la aldea. Un grupo de soldados rebeldes había volteado sus escudos en dirección opuesta a la batalla, y los arqueros apuntaban hacia el mismo lugar. Tanto el escuadrón de Senek como los rebeldes se dieron cuenta de estos acontecimientos, pero continuaron con su lucha, recibiendo algunas piedras que solo rebotaban en sus cuerpos, pues no iban dirigidas a ellos.

La oficial rebelde, al ver que los honderos se tomaban un tiempo para recargar, vio su oportunidad.

—¡Corran hacia el enemigo cuando yo les diga! —le ordenó a sus escoltas.

Un segundo después, Asur y sus seguidores recargaron sus hondas, y la oficial rebelde gritó: —¡Ahora!

Asur los vio cargar hacia ellos y siguiendo su plan también gritó: —¡Ahora! —Y sus seguidores arrojaron sus bolsas de piedras a sus atacantes.

Los rebeldes se detuvieron en seco. Ahora, Asur, Samara, Dagón y el resto de los honderos atacaron, iniciando el combate cuerpo a cuerpo.

El choque entre ambos bandos fue un torbellino de metal y gritos. Samara, con la furia de una leona, intentó atacar a la oficial rebelde, pero esta, con la agilidad de un gato, la esquivó, yendo directamente hacia Asur. La oficial intentó apuñalar su abdomen con su espada, pero Asur se desplazó a un lado, sorprendido por la velocidad de su oponente. Mantuvo su distancia, iniciando un tenso duelo de lanza contra espada. Alrededor de ellos, los soldados de ambos bandos se enzarzaron en un caótico combate.

Los siete arqueros que quedaban, aprovechando que los honderos no disparaban, dejaron caer sus pesados escudos de madera y se prepararon para un último ataque. Justo cuando el primero se levantó y apuntó a un objetivo, una piedra impactó con fuerza entre sus cejas. Con un sonido sordo, el arquero se desplomó. Un grupo de honderos, que se habían escondido en las casas aledañas, comenzó a disparar contra los arqueros restantes. Asur había dividido a los 32 soldados que lo siguieron: 20 lo acompañaban en el combate cuerpo a cuerpo, y 12, los de mayor precisión, habían recibido la orden de acabar con los últimos arqueros.

Los honderos no fallaron. Con una precisión brutal, los últimos siete arqueros cayeron, las piedras impactando directamente en sus cráneos. La oficial rebelde, sin embargo, no se dio cuenta de lo que estaba sucediendo. Estaba demasiado concentrada en su combate con Asur.

Asur y sus seguidores comenzaron a retroceder, aparentando ser superados por la ferocidad y experiencia de la oficial rebelde y sus escoltas. La oficial, al verlos retroceder, aceleró su ataque, sin saber que esto era exactamente lo que Asur quería. En la entrada de la aldea, donde la batalla principal se desarrollaba, los soldados rebeldes comenzaron a flaquear. El hecho de que los arqueros yacieran muertos o heridos les afectó la moral, y el pánico se apoderó de ellos cuando no pudieron encontrar a su oficial al mando.

La batalla dio un vuelco inesperado. A pesar de que el escuadrón de Senek había sufrido muchas bajas por el fuego, las flechas y el combate, eran los rebeldes quienes retrocedían. La oficial Senek no podía creer lo que estaba sucediendo. La victoria estaba al alcance de sus manos, pero no tenía idea de cómo o por qué.

Mientras tanto, el grupo de Asur había sufrido algunas bajas. Los escoltas de la oficial rebelde, al ver que los honderos estaban desorientados, se lanzaron al ataque. A pesar de esto, Asur se mantuvo en un duelo agresivo con la oficial rebelde. Se sentía familiar, como si ya hubiera tenido un combate así. La oficial lo mantenía a la defensiva, sin darle una oportunidad de atacar.

El aire de la aldea, espeso por el humo y la sangre, se llenó con el sonido de las espadas y los escudos chocando. El grupo de Asur y los escoltas de la oficial rebelde se enzarzaron en una lucha pareja. A pesar de su superioridad numérica de dos contra uno, la experiencia de los escoltas les permitía mantener a raya a sus oponentes.

Pero los seguidores de Asur no eran soldados comunes. Aplicaban las lecciones de sus entrenamientos, atacando a un solo enemigo en parejas o tríos. Intercalaban sus movimientos, moviéndose con una fluidez que recordaba el entrenamiento de Samara. Mientras uno de ellos se defendía, manteniendo la distancia y el control, su compañero aplicaba la estocada de puño para lanzar ataques rápidos y potentes con su lanza, golpeando y retirando el arma con una ferocidad inesperada.

Dagón, con su hacha de guerra, luchaba con una brutalidad calculada. Su gran figura se movía con agilidad, y su hacha volaba, buscando el cuello o la cabeza de su oponente. No perdía tiempo en las piernas o los brazos, concentrando sus ataques en los puntos más vulnerables. Su oponente, un hombre fornido y con experiencia, se mantenía a raya, bloqueando los golpes de Dagón con su escudo y su espada.

Samara, sin un oponente claro, se mantenía atrás, sus ojos moviéndose rápidamente, observando a todos. Cuando un escolta presionaba demasiado a uno de sus camaradas, ella se lanzaba hacia adelante y, con la estocada de puño, lo alejaba. Su lanza era una extensión de su brazo, un golpe rápido y certero que no dejaba al enemigo acercarse.

El sonido del acero al chocar contra el cuero se unió al fragor de la batalla. Asur y la oficial continuaban su duelo, un baile mortal que los alejaba del resto del combate. La oficial, con cada estocada, se daba cuenta de que el muchacho era mejor de lo que parecía. A pesar de sus intentos por abrumarlo, Asur lograba esquivar y bloquear todos sus ataques con una combinación de escudo y lanza. Sin embargo, Asur sentía el cansancio, su escudo se sentía pesado y le restaba velocidad. Su oponente era tan buena espadachín como Ditro, o tal vez mejor.

Una parte de Asur quería dejarse llevar por la adrenalina, arrojar el escudo y lanzarse a la ofensiva, incluso si eso significaba la muerte. Pero otra parte de él sabía que era superior. Deshacerse de su escudo lo pondría vulnerable. Mientras pensaba en esto y la veía intentar acortar la distancia, un recuerdo llegó a su mente, como un rayo de luz. Ya la había visto antes. Era la espadachín del Valle Vacío, aquella que no dejaba de hablarle de su sonrisa y que rompió la punta de su lanza. A la que solo derrotó porque ella se acercó demasiado, molesta por su sonrisa.

Una idea se formó en su mente: usar el mismo truco. Una sonrisa se dibujó en su rostro mientras se defendía. La oficial lo notó y se dio cuenta de que Asur la había recordado y estaba intentando usar el mismo truco de aquella vez.

—No te va a funcionar —dijo, mientras golpeaba la lanza de Asur.

—Ya está funcionando —le respondió Asur, con una voz calmada y juguetona—. Te estás comportando exactamente como aquella vez.

La oficial lanzó un giro para sobrepasar la lanza de Asur. Estuvo a centímetros del escudo, con su espada pasando por encima, tratando de cortar el cuello de Asur. Él se desplazó a un lado, haciendo que el único corte fuera el de la tela que sostenía su cabello.

—Tú también te estás comportando igual que aquella vez —dijo la oficial, mientras retrocedía—. Defendiéndote sin atacar, como un niño cobarde.

Pero Asur no le prestó atención. Al sentir el filo de la espada a centímetros de él, la adrenalina se disparó. La emoción de estar tan cerca de la muerte lo hizo tomar una decisión. Arrojó su escudo a un lado y tomó la lanza con ambas manos. Con una velocidad brutal, aplicó la estocada de puño una y otra vez.

La oficial, sorprendida por el cambio repentino, retrocedía, esquivando y bloqueando. Miraba a su atacante: con el pelo suelto, que le hacía sombra al rostro, sus ojos dorados brillaban, y su sonrisa era aún más escalofriante. Era la imagen de una bestia.

Ella logró reponerse de la sorpresa y, aprovechando la falta de un escudo en Asur, acortó la distancia de la lanza. Al ver esto, Asur, instintivamente, arrojó la lanza y desenfundó su espada, chocándola con la de su oponente justo antes de recibir su ataque. Así, ambos continuaron su duelo, ahora de espada contra espada.

El fragor de la batalla en la entrada de la aldea comenzaba a disiparse. Los sonidos del metal chocando se apagaban, reemplazados por los quejidos de los heridos y el jadeo de los agotados. Los rebeldes ya no tenían razón para seguir luchando. Los arqueros habían caído y su oficial no estaba a la vista. Asumieron lo más fácil: su líder los había abandonado. Los que aún tenían fuerzas dejaron caer sus armas y huyeron, mientras que otros suplicaban piedad, con sus cuerpos al borde del colapso.

El escuadrón de Senek se dio cuenta de que habían ganado, pero la victoria era un misterio. Nadie sabía cómo o porqué los arqueros habían caído. Aunque cansados y cubiertos de heridas y sangre, decidieron adentrarse en la aldea en busca de respuestas. Senek ordenó a sus soldados no perseguir a los que huían, sino capturar a los que se rendían. Ella y unos cuantos se movieron entre las casas hasta que escucharon el sonido de lanzas chocando.

Se dirigieron al lugar, encontrando a un pequeño grupo de sus soldados luchando contra los rebeldes. Intervinieron de inmediato, capturando a los rebeldes. Senek los miró y, con visible sorpresa, los reconoció. Eran miembros de su escuadrón, incluyendo a Samara. Los soldados se desplomaron en el suelo, agotados por el duro combate bajo el sol.

—¿Cómo es que están aquí? —preguntó Senek, su voz entrecortada por la sorpresa—. ¿Qué fue lo que hicieron?

En un rincón de la aldea, ocultos por la pared de una casa y el follaje del bosque, Asur y la oficial rebelde continuaban su duelo de espadas. Ambos habían perdido todo contacto visual con sus camaradas, aislados en su propia burbuja de violencia. La oficial se enfrentaba a un adversario completamente nuevo. Asur atacaba con una fuerza y velocidad que parecía imposible después de un combate tan largo. El cansancio se había desvanecido en él, dejando solo un instinto puro. Los movimientos de Asur eran difíciles de predecir; su mente analítica se había apagado por completo, dejando solo a una fiera que atacaba desde todos los ángulos. La oficial rebelde intentaba contratacar, pero cada movimiento la hacía más vulnerable. La presión ahora estaba sobre ella.

Sin embargo, en un momento de suerte, Asur intentó un golpe desde arriba al mismo tiempo que ella intentaba atacar su abdomen. Ninguno de los dos lo vio venir. La espada de la oficial acertó sobre la armadura de cuero de Asur, atravesándola y rozando parte de su piel. Un dolor agudo se extendió por su abdomen, tan intenso que sintió como si su estómago se fuera a abrir. Asur cayó de rodillas, luego se sentó en el suelo, la respiración entrecortada.

La oficial lo vio caer y, sin dudar, se preparó para apuñalarlo. Pero en ese instante, tres de sus propios soldados, heridos y desarmados, corrieron a lo lejos.

Asur, aprovechando su distracción, sujetó su mano con la espada e intentó apuñalarla desde el suelo. Ella lo sujetó también, y Asur la jaló hacia él, haciéndola caer. Ambos comenzaron un forcejeo, levantando polvo con sus pies. Asur, con el dolor en su abdomen, logró ponerse encima de ella.

Ella luchaba, intentando liberarse, pero Asur la tenía sujeta. Él usó su frente para golpear la nariz de su rival una y otra vez. El sonido sordo de cada impacto resonaba. Ella comenzó a sangrar por la nariz rota, y le escupió en el ojo, pero Asur no se detuvo. Cegado por la saliva, siguió golpeando la nariz y la boca de la oficial con su frente, como una bestia salvaje.

Una serie de golpes consecutivos hicieron que la oficial perdiera fuerza en su agarre. Cuando Asur lo sintió, sin pensarlo, levantó su brazo y puso su espada en forma de puñal. Mirando a los ojos de la oficial con una sonrisa, enterró la espada en su cuello. La oficial, aturdida por los golpes y con el rostro cubierto de sangre, tardó en sentir el filo de la espada atravesando su cuello. Cuando lo hizo, una ráfaga de adrenalina la despertó, solo para ver los ojos dorados de su asesino. Unos ojos que brillaban más a medida que su visión se volvía borrosa.

Asur sintió cómo el cuerpo de su oponente se desinflaba lentamente. Sus ojos se tornaron de un blanco azulado, y el aire que exhalaba chocó contra su rostro.

Asur se levantó, sintiendo el dolor en su abdomen. Una mancha roja se extendía en su ropa, y sabía que pronto iba a colapsar. Se sentó cerca del cuerpo que acababa de matar, esperando a que alguien lo encontrara.

Mientras su vista se tornaba borrosa, pensó en lo que acababa de hacer. Era la primera vez que quitaba una vida con sus propias manos, pero nada en él se sentía diferente. No sentía nada de lo que tal vez debería sentir. Era como si no hubiera hecho nada de lo que tuviera que arrepentirse. Y con esa idea cerró sus ojos al colapsar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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