Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 39
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Capítulo 39: Sonrisa Sangrienta
La aldea de Bura se había convertido en un infierno. El sonido metálico de las espadas y los escudos chocando, los gritos de dolor y de furia llenaban el aire. El olor a humo, a sangre fresca y a heces de los animales muertos lo invadía todo, haciendo que los soldados de ambos bandos lucharan por respirar. A pesar del caos, el escuadrón de Senek, con su superioridad numérica, lograba mantener a raya a los rebeldes.
Desde atrás, la líder rebelde observaba la escena, sus ojos claros reflejaban la sorpresa. No esperaba que los leales aguantaran tanto. Su pelo corto se movía con la brisa, y su espada y escudo estaban listos. Vio cómo los leales, con sus números, atacaban de tres en tres a sus soldados. Se alegró de tener una unidad de arqueros. En su mente, agradecía a su comandante por haberlos enviado justo a tiempo. Sabía que la victoria era cuestión de tiempo.
Por su parte, Senek había guardado su lanza para desenfundar su espada. Luchaba con todo lo que tenía, moviéndose de un lado a otro para evitar las flechas que llovían sobre ellos. Gritaba a sus soldados que no dejaran de moverse, que no se detuvieran, que siguieran luchando.
La oficial rebelde observó la armadura y las armas de Senek, deduciendo que debía ser la oficial al mando. Con una seña, captó la atención de un arquero sobre un tejado. Con un gesto, señaló a Senek. El arquero se preparó para disparar.
De repente, una piedra golpeó el hombro del arquero. Perdiendo el equilibrio, el hombre cayó del tejado, impactando su rostro contra el suelo. El sonido sordo del impacto retumbó entre los gritos. La oficial rebelde vio cómo el arquero se desangraba por la boca, muriendo lentamente, su cuello roto. Confundida, alzó la mirada hacia el tejado, sin saber qué había pasado.
El resto de los arqueros se miraron unos a otros, sorprendidos por la caída de su compañero. Vieron la piedra rebotar en el suelo y, de inmediato, comenzaron a buscar el origen del ataque desde las alturas. Pero no vieron nada hasta que una ráfaga de piedras voló hacia ellos. No sabían de dónde venían. Las piedras aparecían a una velocidad imperceptible para el ojo humano, ocultas por los rayos del sol y el humo que llegaba de la plantación.
Abajo, en el combate, los soldados de ambos bandos notaron que las flechas habían cesado. Rebeldes y leales se preguntaron qué estaba pasando mientras continuaban la lucha, visiblemente cansados. La oficial rebelde miró hacia su retaguardia, con sus escoltas ya en posición de defensa. Deducía que, o los aldeanos se habían vuelto en su contra, o la oficial enemiga había sido lo suficientemente astuta como para preparar un ataque sorpresa.
Los arqueros, en su desesperación, intentaban visualizar a sus atacantes. Uno de ellos, con la respiración entrecortada, logró ver a una figura escondiéndose tras unos barriles. Otro señaló a alguien agachado cerca de un pozo de agua. Poco a poco, los arqueros fueron descubriendo a los responsables de las piedras, pero para ese momento, más de la mitad ya había sido neutralizada. Algunos recibieron golpes en la cabeza, quedando aturdidos o noqueados; otros, en su intento por esquivar las piedras, cayeron de los tejados y se rompieron un brazo o una pierna. Solo quedaban unos pocos para responder al ataque.
Los arqueros restantes entraron en pánico. Intentaban disparar sus flechas, pero sus enemigos no dejaban de moverse, y cuando lograban fijar a un objetivo, más piedras llegaban desde otro punto. Al ver la cantidad de arqueros que quedaban, la oficial rebelde ordenó a sus escoltas que arrojaran sus escudos a los tejados para que los arqueros pudieran protegerse. Los escoltas obedecieron de inmediato, lanzando pesados escudos de a dos en dos. Los últimos siete arqueros los recibieron y los usaron agachados para cubrirse de las piedras.
Un escolta que había lanzado su escudo y se dirigía hacia su oficial de repente recibió una pedrada en el cráneo. Cayó al suelo, sus ojos se tornaron rojos. La oficial rebelde vio cómo caía a su lado, y un instante después, más piedras comenzaron a llover sobre ella y sus escoltas. Utilizaron los últimos dos escudos que tenían para cubrir a su oficial, mientras se ponían detrás de ella.
En ese momento, la oficial vio a un grupo de soldados acercándose por detrás de una casa, todos cubiertos con sus escudos. Pero lo que más llamó su atención fue quien parecía liderarlos: un joven de piel bronceada con ojos que brillaban como el sol y una expresión escalofriante, con una sonrisa divertida y una mirada depredadora. Alguien a quien reconoció de inmediato como aquel que la hirió y humilló en la batalla del Valle Vacío. El soldado sonriente.
Asur y sus seguidores se mostraron al enemigo. Avanzaron lentamente, saliendo de entre las casas. Su presencia era una bofetada para la moral de los rebeldes. Todos se movían en una formación disciplinada, cubriéndose con sus escudos. Con cada paso, una ráfaga de piedras salía volando de sus hondas, dirigiéndose a los arqueros y a los soldados rebeldes. Se detenían, recargaban sus hondas y se cubrían, antes de continuar con su avance.
Mientras tanto, Senek se había dado cuenta de que los arqueros habían dejado de disparar. Alzó la vista hacia los tejados. Ahora eran menos, y algunos se desangraban. Una piedra rebotó cerca de sus pies, y Senek miró hacia el interior de la aldea. Un grupo de soldados rebeldes había volteado sus escudos en dirección opuesta a la batalla, y los arqueros apuntaban hacia el mismo lugar. Tanto el escuadrón de Senek como los rebeldes se dieron cuenta de estos acontecimientos, pero continuaron con su lucha, recibiendo algunas piedras que solo rebotaban en sus cuerpos, pues no iban dirigidas a ellos.
La oficial rebelde, al ver que los honderos se tomaban un tiempo para recargar, vio su oportunidad.
—¡Corran hacia el enemigo cuando yo les diga! —le ordenó a sus escoltas.
Un segundo después, Asur y sus seguidores recargaron sus hondas, y la oficial rebelde gritó: —¡Ahora!
Asur los vio cargar hacia ellos y siguiendo su plan también gritó: —¡Ahora! —Y sus seguidores arrojaron sus bolsas de piedras a sus atacantes.
Los rebeldes se detuvieron en seco. Ahora, Asur, Samara, Dagón y el resto de los honderos atacaron, iniciando el combate cuerpo a cuerpo.
El choque entre ambos bandos fue un torbellino de metal y gritos. Samara, con la furia de una leona, intentó atacar a la oficial rebelde, pero esta, con la agilidad de un gato, la esquivó, yendo directamente hacia Asur. La oficial intentó apuñalar su abdomen con su espada, pero Asur se desplazó a un lado, sorprendido por la velocidad de su oponente. Mantuvo su distancia, iniciando un tenso duelo de lanza contra espada. Alrededor de ellos, los soldados de ambos bandos se enzarzaron en un caótico combate.
Los siete arqueros que quedaban, aprovechando que los honderos no disparaban, dejaron caer sus pesados escudos de madera y se prepararon para un último ataque. Justo cuando el primero se levantó y apuntó a un objetivo, una piedra impactó con fuerza entre sus cejas. Con un sonido sordo, el arquero se desplomó. Un grupo de honderos, que se habían escondido en las casas aledañas, comenzó a disparar contra los arqueros restantes. Asur había dividido a los 32 soldados que lo siguieron: 20 lo acompañaban en el combate cuerpo a cuerpo, y 12, los de mayor precisión, habían recibido la orden de acabar con los últimos arqueros.
Los honderos no fallaron. Con una precisión brutal, los últimos siete arqueros cayeron, las piedras impactando directamente en sus cráneos. La oficial rebelde, sin embargo, no se dio cuenta de lo que estaba sucediendo. Estaba demasiado concentrada en su combate con Asur.
Asur y sus seguidores comenzaron a retroceder, aparentando ser superados por la ferocidad y experiencia de la oficial rebelde y sus escoltas. La oficial, al verlos retroceder, aceleró su ataque, sin saber que esto era exactamente lo que Asur quería. En la entrada de la aldea, donde la batalla principal se desarrollaba, los soldados rebeldes comenzaron a flaquear. El hecho de que los arqueros yacieran muertos o heridos les afectó la moral, y el pánico se apoderó de ellos cuando no pudieron encontrar a su oficial al mando.
La batalla dio un vuelco inesperado. A pesar de que el escuadrón de Senek había sufrido muchas bajas por el fuego, las flechas y el combate, eran los rebeldes quienes retrocedían. La oficial Senek no podía creer lo que estaba sucediendo. La victoria estaba al alcance de sus manos, pero no tenía idea de cómo o por qué.
Mientras tanto, el grupo de Asur había sufrido algunas bajas. Los escoltas de la oficial rebelde, al ver que los honderos estaban desorientados, se lanzaron al ataque. A pesar de esto, Asur se mantuvo en un duelo agresivo con la oficial rebelde. Se sentía familiar, como si ya hubiera tenido un combate así. La oficial lo mantenía a la defensiva, sin darle una oportunidad de atacar.
El aire de la aldea, espeso por el humo y la sangre, se llenó con el sonido de las espadas y los escudos chocando. El grupo de Asur y los escoltas de la oficial rebelde se enzarzaron en una lucha pareja. A pesar de su superioridad numérica de dos contra uno, la experiencia de los escoltas les permitía mantener a raya a sus oponentes.
Pero los seguidores de Asur no eran soldados comunes. Aplicaban las lecciones de sus entrenamientos, atacando a un solo enemigo en parejas o tríos. Intercalaban sus movimientos, moviéndose con una fluidez que recordaba el entrenamiento de Samara. Mientras uno de ellos se defendía, manteniendo la distancia y el control, su compañero aplicaba la estocada de puño para lanzar ataques rápidos y potentes con su lanza, golpeando y retirando el arma con una ferocidad inesperada.
Dagón, con su hacha de guerra, luchaba con una brutalidad calculada. Su gran figura se movía con agilidad, y su hacha volaba, buscando el cuello o la cabeza de su oponente. No perdía tiempo en las piernas o los brazos, concentrando sus ataques en los puntos más vulnerables. Su oponente, un hombre fornido y con experiencia, se mantenía a raya, bloqueando los golpes de Dagón con su escudo y su espada.
Samara, sin un oponente claro, se mantenía atrás, sus ojos moviéndose rápidamente, observando a todos. Cuando un escolta presionaba demasiado a uno de sus camaradas, ella se lanzaba hacia adelante y, con la estocada de puño, lo alejaba. Su lanza era una extensión de su brazo, un golpe rápido y certero que no dejaba al enemigo acercarse.
El sonido del acero al chocar contra el cuero se unió al fragor de la batalla. Asur y la oficial continuaban su duelo, un baile mortal que los alejaba del resto del combate. La oficial, con cada estocada, se daba cuenta de que el muchacho era mejor de lo que parecía. A pesar de sus intentos por abrumarlo, Asur lograba esquivar y bloquear todos sus ataques con una combinación de escudo y lanza. Sin embargo, Asur sentía el cansancio, su escudo se sentía pesado y le restaba velocidad. Su oponente era tan buena espadachín como Ditro, o tal vez mejor.
Una parte de Asur quería dejarse llevar por la adrenalina, arrojar el escudo y lanzarse a la ofensiva, incluso si eso significaba la muerte. Pero otra parte de él sabía que era superior. Deshacerse de su escudo lo pondría vulnerable. Mientras pensaba en esto y la veía intentar acortar la distancia, un recuerdo llegó a su mente, como un rayo de luz. Ya la había visto antes. Era la espadachín del Valle Vacío, aquella que no dejaba de hablarle de su sonrisa y que rompió la punta de su lanza. A la que solo derrotó porque ella se acercó demasiado, molesta por su sonrisa.
Una idea se formó en su mente: usar el mismo truco. Una sonrisa se dibujó en su rostro mientras se defendía. La oficial lo notó y se dio cuenta de que Asur la había recordado y estaba intentando usar el mismo truco de aquella vez.
—No te va a funcionar —dijo, mientras golpeaba la lanza de Asur.
—Ya está funcionando —le respondió Asur, con una voz calmada y juguetona—. Te estás comportando exactamente como aquella vez.
La oficial lanzó un giro para sobrepasar la lanza de Asur. Estuvo a centímetros del escudo, con su espada pasando por encima, tratando de cortar el cuello de Asur. Él se desplazó a un lado, haciendo que el único corte fuera el de la tela que sostenía su cabello.
—Tú también te estás comportando igual que aquella vez —dijo la oficial, mientras retrocedía—. Defendiéndote sin atacar, como un niño cobarde.
Pero Asur no le prestó atención. Al sentir el filo de la espada a centímetros de él, la adrenalina se disparó. La emoción de estar tan cerca de la muerte lo hizo tomar una decisión. Arrojó su escudo a un lado y tomó la lanza con ambas manos. Con una velocidad brutal, aplicó la estocada de puño una y otra vez.
La oficial, sorprendida por el cambio repentino, retrocedía, esquivando y bloqueando. Miraba a su atacante: con el pelo suelto, que le hacía sombra al rostro, sus ojos dorados brillaban, y su sonrisa era aún más escalofriante. Era la imagen de una bestia.
Ella logró reponerse de la sorpresa y, aprovechando la falta de un escudo en Asur, acortó la distancia de la lanza. Al ver esto, Asur, instintivamente, arrojó la lanza y desenfundó su espada, chocándola con la de su oponente justo antes de recibir su ataque. Así, ambos continuaron su duelo, ahora de espada contra espada.
El fragor de la batalla en la entrada de la aldea comenzaba a disiparse. Los sonidos del metal chocando se apagaban, reemplazados por los quejidos de los heridos y el jadeo de los agotados. Los rebeldes ya no tenían razón para seguir luchando. Los arqueros habían caído y su oficial no estaba a la vista. Asumieron lo más fácil: su líder los había abandonado. Los que aún tenían fuerzas dejaron caer sus armas y huyeron, mientras que otros suplicaban piedad, con sus cuerpos al borde del colapso.
El escuadrón de Senek se dio cuenta de que habían ganado, pero la victoria era un misterio. Nadie sabía cómo o porqué los arqueros habían caído. Aunque cansados y cubiertos de heridas y sangre, decidieron adentrarse en la aldea en busca de respuestas. Senek ordenó a sus soldados no perseguir a los que huían, sino capturar a los que se rendían. Ella y unos cuantos se movieron entre las casas hasta que escucharon el sonido de lanzas chocando.
Se dirigieron al lugar, encontrando a un pequeño grupo de sus soldados luchando contra los rebeldes. Intervinieron de inmediato, capturando a los rebeldes. Senek los miró y, con visible sorpresa, los reconoció. Eran miembros de su escuadrón, incluyendo a Samara. Los soldados se desplomaron en el suelo, agotados por el duro combate bajo el sol.
—¿Cómo es que están aquí? —preguntó Senek, su voz entrecortada por la sorpresa—. ¿Qué fue lo que hicieron?
En un rincón de la aldea, ocultos por la pared de una casa y el follaje del bosque, Asur y la oficial rebelde continuaban su duelo de espadas. Ambos habían perdido todo contacto visual con sus camaradas, aislados en su propia burbuja de violencia. La oficial se enfrentaba a un adversario completamente nuevo. Asur atacaba con una fuerza y velocidad que parecía imposible después de un combate tan largo. El cansancio se había desvanecido en él, dejando solo un instinto puro. Los movimientos de Asur eran difíciles de predecir; su mente analítica se había apagado por completo, dejando solo a una fiera que atacaba desde todos los ángulos. La oficial rebelde intentaba contratacar, pero cada movimiento la hacía más vulnerable. La presión ahora estaba sobre ella.
Sin embargo, en un momento de suerte, Asur intentó un golpe desde arriba al mismo tiempo que ella intentaba atacar su abdomen. Ninguno de los dos lo vio venir. La espada de la oficial acertó sobre la armadura de cuero de Asur, atravesándola y rozando parte de su piel. Un dolor agudo se extendió por su abdomen, tan intenso que sintió como si su estómago se fuera a abrir. Asur cayó de rodillas, luego se sentó en el suelo, la respiración entrecortada.
La oficial lo vio caer y, sin dudar, se preparó para apuñalarlo. Pero en ese instante, tres de sus propios soldados, heridos y desarmados, corrieron a lo lejos.
Asur, aprovechando su distracción, sujetó su mano con la espada e intentó apuñalarla desde el suelo. Ella lo sujetó también, y Asur la jaló hacia él, haciéndola caer. Ambos comenzaron un forcejeo, levantando polvo con sus pies. Asur, con el dolor en su abdomen, logró ponerse encima de ella.
Ella luchaba, intentando liberarse, pero Asur la tenía sujeta. Él usó su frente para golpear la nariz de su rival una y otra vez. El sonido sordo de cada impacto resonaba. Ella comenzó a sangrar por la nariz rota, y le escupió en el ojo, pero Asur no se detuvo. Cegado por la saliva, siguió golpeando la nariz y la boca de la oficial con su frente, como una bestia salvaje.
Una serie de golpes consecutivos hicieron que la oficial perdiera fuerza en su agarre. Cuando Asur lo sintió, sin pensarlo, levantó su brazo y puso su espada en forma de puñal. Mirando a los ojos de la oficial con una sonrisa, enterró la espada en su cuello. La oficial, aturdida por los golpes y con el rostro cubierto de sangre, tardó en sentir el filo de la espada atravesando su cuello. Cuando lo hizo, una ráfaga de adrenalina la despertó, solo para ver los ojos dorados de su asesino. Unos ojos que brillaban más a medida que su visión se volvía borrosa.
Asur sintió cómo el cuerpo de su oponente se desinflaba lentamente. Sus ojos se tornaron de un blanco azulado, y el aire que exhalaba chocó contra su rostro.
Asur se levantó, sintiendo el dolor en su abdomen. Una mancha roja se extendía en su ropa, y sabía que pronto iba a colapsar. Se sentó cerca del cuerpo que acababa de matar, esperando a que alguien lo encontrara.
Mientras su vista se tornaba borrosa, pensó en lo que acababa de hacer. Era la primera vez que quitaba una vida con sus propias manos, pero nada en él se sentía diferente. No sentía nada de lo que tal vez debería sentir. Era como si no hubiera hecho nada de lo que tuviera que arrepentirse. Y con esa idea cerró sus ojos al colapsar.
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