Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 41
- Inicio
- Todas las novelas
- Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia
- Capítulo 41 - Capítulo 41: Armadura Leal
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 41: Armadura Leal
En la penumbra de la habitación, el aire se sentía espeso, cargado con el olor de la intimidad y el oxido de sus armaduras. Asur y Samara estaban sentados en lados opuestos de la cama, terminando de vestirse en un silencio cómodo. Asur abrochó la última correa de su vieja armadura de cuero y enfundó la nueva espada de la oficial rebelde. Samara, por su parte, se sacudía el vestido, intentando aliviar el peso de lo ocurrido.
Ella rompió el silencio con un tono de broma, pero con un deje de queja en la voz: —Fuiste demasiado brusco. Me dolerán los pechos toda la noche.
Asur soltó una carcajada suave mientras se ponía de pie. —¿Estás segura de que soy yo? —inquirió, su voz llena de complicidad—. Tal vez solo sea tu armadura incómoda. Llevas usándola desde que empezó la guerra.
El comentario la sorprendió. —¿Cómo lo supiste? —preguntó Samara, con los ojos bien abiertos.
Asur sonrió. —Aunque me contaste que la mandaste a moldear para tu busto, noté que siempre te mueves con incomodidad. A veces te tocas los hombros o el pecho, como si estuvieras acomodando algo. Obviamente, era tu armadura rozando tus senos.
Samara sonrió, sacudiendo la cabeza. —No debería sorprenderme. —Se tomó un momento, su mirada perdida en un recuerdo fugaz—. Es muy caro hacer que la moldearan así, sabes. Para que fuera lisa por fuera, sin indicar que una mujer la usa, pero con espacio suficiente para mi cuerpo.
Asur asintió, su voz llena de un conocimiento compartido. —Sé lo costoso que es pedir a un artesano que moldee una armadura para que se ajuste perfectamente a tu cuerpo.
Samara tomó su vieja armadura, pero cuando iba a ponérsela, Asur la detuvo. Con un gesto, le entregó la armadura de bronce de la oficial rebelde que sus compañeros le habían dado.
—Usa esta mejor —le dijo Asur—. Cuando la revisé, me di cuenta de que fue hecha para el cuerpo de una mujer. No puedo usarla. Tiene un espacio interior para un busto grande, así que podría ajustarse mejor que tu antigua armadura.
Samara lo miró, confundida por el inesperado obsequio. Lo arrojó sobre la cama y lo miró con evidente molestia.
—No soy una prostituta. No tienes por qué pagarme por lo que pasó en esta cama —replicó con un tono frío.
Asur soltó una carcajada llena de sarcasmo. —Si fueras una prostituta, serías la más cara del reino. Esa armadura de bronce cuesta lo suficiente como para contratar a cuarenta prostitutas por siete días.
El comentario no hizo gracia a Samara.
—Aun así, siento que me estás pagando —dijo, su voz una mezcla de enojo y frustración.
Asur la miró con calma. Dejó la armadura de bronce en la cama y se dirigió a la puerta. —Si te estuviera pagando, tendría que hacerlo cada vez que nos acostemos —dijo, la ironía en su voz—. Y no tengo dinero para eso.
La lógica de sus palabras hizo que Samara dejara de lado su molestia.
—¿Qué te hace creer que lo haremos de nuevo? —preguntó ella, ahora con un tono serio.
Asur abrió la puerta, con una sonrisa juguetona y erótica en el rostro. —Tus gemidos son la prueba —dijo, antes de salir.
Un instante después, abrió la puerta de nuevo. —Y lo haremos muchas veces —añadió, antes de desaparecer.
Samara soltó una carcajada, una carcajada genuina que no intentó ocultar. Se levantó de la cama, mirando su vieja armadura de cuero y la de bronce. Se debatió por un momento. Finalmente, tomó la armadura de bronce, aceptando el regalo de Asur.
Mientras tanto, en el campamento de la entrada oeste del Valle Vacío, un aire de desazón flotaba entre las tiendas. Las tropas rebeldes, con los ojos llenos de miedo y fatiga, observaban en silencio la llegada de los supervivientes de las batallas en las aldeas. Las filas de soldados heridos, algunos cojeando, otros con los rostros cubiertos de hollín y sangre, eran un recordatorio brutal del alto costo de su lucha. La preocupación se extendía como una plaga entre aquellos que se habían unido por lealtad a sus líderes y en nombre de la Diosa de la Guerra.
Una sorda duda se instalaba en sus corazones: “¿Estamos haciendo lo correcto?”. Muchos se debatían, recordando que ellos eran los soldados de Cicim, juramentados para proteger a su nación, no para luchar contra ella. Sin embargo, esas dudas se disipaban tan rápido como surgían. La confianza regresaba a sus mentes al ver a sus líderes, quienes también combatían a su lado, manchándose las manos con el polvo y la sangre de la batalla. Ellos eran quienes les proveían armas, los entrenaban sin descanso y los recompensaban por sus victorias. Su fe no estaba en la nación, sino en sus líderes, en la lealtad que les habían prometido y en la creencia de que sus decisiones los llevarían a la victoria.
En el centro de la tienda de mando, sobre un mapa de batalla rudimentario pero detallado, un grupo de figuras de madera y bronce marcaba el curso de la guerra. Sentados en sillas que imitaban tronos, los seis líderes rebeldes discutían la reciente contraofensiva de los leales al rey. A la izquierda de Román, el general de la rebelión, se encontraban el Coronel Superior Parat, la capitán Tasania y el capitán Zuif. A su derecha, la Coronel Sila y el Coronel Gesez esperaban su turno para hablar.
—Así que perdimos la aldea de Bura —dijo la Coronel Sila, su voz era un murmullo cortante.
—Sí —respondió Román, con un tono de indiferencia que la irritó.
—Pero, ¿cómo es eso posible? —preguntó Parat, su voz llena de frustración—. Dijiste que enviaste una unidad de arqueros.
Gesez asintió, añadiendo con una voz grave: —A menos que los leales también tuvieran arqueros, no tenían forma de contrarrestar a esa unidad.
Román se encogió de hombros. —No lo entiendo —dijo, restándole importancia al asunto—. Los soldados plebeyos que regresaron solo pudieron ver a los arqueros muertos, pero no a quien los atacó.
La Coronel Sila se volvió hacia Román, con los ojos entrecerrados. —Debemos castigar a la oficial a cargo de esa aldea. No es la primera vez que falla. Ya lo hizo en la batalla del Valle Vacío.
—Ninguno de los que regresó sabe dónde está su oficial —dijo Román, su desinterés era palpable—. Aparentemente los abandonó.
—No se puede esperar menos de una mujer de su clase —dijo Sila, mirando de reojo a la capitán Tasania, la cual había venido de origen humilde. Tasania mantuvo la compostura y no dijo nada.
El capitán Zuif tomó una figura cuadrada de madera y la colocó sobre el dibujo de unas casas en el mapa. —Entonces debemos buscar la forma de recuperar esa aldea y todas las que hemos estado perdiendo en las últimas semanas.
Parat señaló un camino marcado con figuras de bronce. —Debemos tener el control de todas las aldeas, colinas y bosques alrededor de la ruta del vino. Si quieremos mantener en secreto la llegada de nuestra arma secreta —dijo, mirando directamente a Román.
Román deslizó un dedo por la ruta de vino en el mapa, su mirada evaluando la situación.
—En total, han tomado seis aldeas, dos campamentos en bosques y una colina —dijo, la calma en su voz contrastando con la creciente frustración de sus aliados—. Aún tenemos la mayor parte de la ruta bajo nuestro control.
—¿Y hasta cuándo? —preguntó la capitán Tasania, su voz llena de un pragmatismo que sonaba a reproche.
Román, Sila y Gesez la miraron con un desdén apenas disimulado. Ignorándolos, Tasania continuó:
—Los escuadrones de Gilgag no dejarán de atacar. Es probable que estén atacando otra de nuestras posiciones ahora mismo.
Parat, intrigado, comentó: —Eso es lo que me sorprende. Gilgag nunca fue el tipo de líder que toma la iniciativa. Siempre espera una orden de más arriba.
Sila, con su voz cortante, respondió: —Seguro lo sigue siendo. Lo más probable es que solo esté obedeciendo una orden del príncipe Murem.
Gesez asintió. —Es la estrategia del príncipe. Él usa a Gilgag para desgastarnos y guarda sus fuerzas para un golpe decisivo.
—Si es así, entonces deberíamos preocuparnos por las aldeas que estamos perdiendo —señaló el capitán Zuif.
—No hay necesidad de preocuparse —dijo Sila, una sonrisa burlona asomando en sus labios—. Como dijo Román, solo hemos perdido en seis aldeas, dos bosques y una colina. Hemos ganado la mayoría de las batallas en otras posiciones, y esas derrotas solo fueron suerte por parte de los leales.
Román y Gesez compartieron una risa orgullosa.
—Sila tiene razón —añadió Gesez—. Obviamente el ejército barato de reclutas y plebeyos de Gilgag no ha tenido grandes victorias, solo golpes de suerte.
—Quizás sí deberíamos preocuparnos por la derrota en Bura —dijo Tasania, su voz se había vuelto más firme—. Había arqueros, una amenaza muy grande para cualquier escuadrón de infantería, y aun así perdieron.
Román la miró con frialdad. —Para que un grupo de arqueros sea letal, debe ser inalcanzable para la infantería enemiga. Y para eso, la infantería aliada debe saber cómo contener a los enemigos. Si la infantería falla, los arqueros quedarán expuestos. —Román se refería a los soldados plebeyos que protegían la aldea—. Eso demuestra la calidad de esos soldados y la oficial que enviamos.
Tasania, al ver la sonrisa de victoria en los rostros de Román, Sila y Gesez, se limitó a sonreír y desvió la mirada.
Finalmente, Román se puso de pie, su voz resonando con autoridad.
—Cada uno de ustedes enviará los escuadrones que considere necesarios para recuperar las posiciones perdidas. Tienen un mes para hacerlo, porque la capitán Mireli llegará con nuestra arma definitiva. Entonces, podremos avanzar hacia nuestro objetivo.
Los líderes asintieron, y la reunión terminó.
En el corazón del campamento que se alzaba frente al Valle Vacío, el Príncipe Murem esperaba en su tienda de mando, una estructura espaciosa decorada con estandartes y mapas. Vestido con una túnica azulada, bordada con hilos dorados que asomaban bajo su armadura de bronce, parecía la encarnación de la realeza. La lona se apartó, y una mujer de pelo castaño, ojos oscuros y piel clara, entró en la tienda. Era la gobernadora Mirial, ataviada con un vestido de lino de color tierra, simple en su confección pero adornado con discretos bordados florales en las mangas que le daban un aire de sencillez y elegancia.
Mirial, con un gesto de reverencia que la obligó a arquear la espalda y doblar las rodillas, inclinó la cabeza.
—Mi príncipe, es un honor estar frente a usted —dijo con una voz suave y respetuosa.
Murem, sentado en un trono improvisado, se levantó con gracia y se acercó a ella.
—El placer es mío, Mirial. Me alegra verte de nuevo —respondió, su voz cordial y genuina.
Una sonrisa iluminó el rostro de la gobernadora.
—Le agradezco que haya venido a proteger nuestra provincia —dijo.
Murem le devolvió la sonrisa.
—No podía dejar solos a los súbditos del rey. Es mi deber protegerlos.
—Es por eso que esta provincia siempre se mantendrá fiel a la corona. Le brindaremos los recursos que necesite —aseguró Mirial.
—Se lo agradezco —respondió Murem, antes de girarse hacia las sirvientas que acompañaban a la gobernadora—. Por favor, déjennos solos.
Las sirvientas obedecieron, abandonando la tienda y dejando a Murem y Mirial solos en la tranquilidad de la tienda de mando.
Murem caminó hacia una mesa en un rincón de la tienda. —Ya puedes dejar las formalidades, tía —dijo, mientras servía dos copas de vino.
Mirial sonrió. —Si eso es lo que ordenas, mi príncipe, así se hará.
Murem se acercó, le entregó una de las copas y le dijo: —Me han contado que reuniste un ejército junto al capitán Jafir. Y que enfrentaron a los rebeldes por varios días.
Mirial bebió un trago y respondió con modestia: —En realidad, no los enfrentamos. Solo cubrimos la evacuación de los aldeanos. Mi ejército y yo no teníamos la capacidad para enfrentarnos a los rebeldes en una batalla abierta.
Murem sonrió. —Aun así, lo hiciste bien. Y por eso ahora estoy aquí con más de cien mil hombres.
Atrevidamente, Mirial le pellizcó las mejillas. —Me agrada ver que mi hermana crió a un hombre que piensa en su pueblo.
Murem, fingiendo solemnidad, le dijo: —Sabes que podría hacerte ejecutar por eso.
—Pero tú mismo ordenaste dejar a un lado las formalidades —respondió ella, con un brillo juguetón en los ojos.
Ambos se rieron con complicidad, y luego la conversación tomó un giro más serio.
—Dime —comenzó Mirial, su voz más suave—. ¿Qué sabes de mi sobrino, el príncipe Tecem?
Murem ya esperaba la pregunta.
—Tecem está aguantando un asedio en su ciudad. El general rebelde Pasur, un experto en asedios, es quien lo tiene atrapado.
El rostro de Mirial se llenó de preocupación. Ella sabía que Tecem solo tenía unas pocas tropas con él.
—No te preocupes —dijo Murem, intentando calmarla—. Te diré algo que no le he dicho a nadie. La Coronel Serena reunió un ejército de ocho mil al enterarse de la rebelión y se unió al frente a favor de la corona.
—¿Y qué tiene que ver eso con Tecem? —preguntó Mirial.
—Ella estaba en una ciudad cercana a la de Tecem, por eso marchó para ayudarlo. Según los informes, ella está acampando en una colina cercana y realiza ataques furtivos cada vez que Pasur lanza un asalto.
Mirial se alegró. —Al menos no está solo.
Murem terminó su copa de vino y se sirvió otra, mientras Mirial lo miraba pensativa.
—¿Por qué no has contado esa información a los otros líderes? —preguntó.
Murem se detuvo. —No quiero crear resentimiento en algunos.
—¿Algunos? —insistió Mirial.
—El capitán Wilfer —respondió Murem, y Mirial, con un gesto, le pidió que continuara—. Wilfer y Serena fueron nombrados capitanes al mismo tiempo. Y mientras él sigue siendo capitán, ella ya es coronel y todo parece indicar que será ascendida a Coronel Superior para que pueda reclutar más soldados.
Mirial entendió de inmediato.
—¿Y tú temes que Wilfer se sienta menospreciado? —preguntó.
—En parte sí. Pero me temo más que Wilfer sienta rencor porque una plebeya como Serena ascienda más rápido que él, que es de familia noble.
Mirial asintió, su preocupación palpable.
—Entonces temes que Wilfer caiga en el discurso de los rebeldes —dijo.
—Muchos de los líderes rebeldes son nobles que se sienten desplazados por el rey. Buscan en Yem, el príncipe rebelde, los privilegios que creen merecer.
—Pero, ¿qué te hace creer que Wilfer podría caer en ese discurso? Él ha demostrado ser leal, tanto cuando era tu soldado como ahora, que es líder de su propio ejército.
Murem la miró fijamente. —La gente puede cambiar. También lo hicieron todos esos líderes rebeldes. Juraron lealtad al rey, comieron en su mesa y lucharon por él en la guerra contra Kipom, hace años.
Mirial se acercó a Murem, tomando las copas vacías y colocándolas sobre la mesa del rincón.
—Debes aprender a confiar en tus aliados —le dijo, con una voz suave pero firme—, o ellos terminarán sintiéndose verdaderamente menospreciados.
—Me cuesta confiar —respondió Murem, mirando el vacío—. Incluso Gilgag, a quien consideraba el más leal, ha estado actuando por su cuenta, enviando ataques a posiciones enemigas sin consultarme.
Mirial hizo una pausa, tomó el rostro de Murem entre sus palmas.
—No necesariamente te están desobedeciendo o traicionando. —Su voz era más suave ahora—. Aún eres joven, pero ya debes saber los límites de tu poder. Debes entender cómo funciona el sistema en el que vivimos.
—Explícame —dijo Murem, con una voz incierta.
—En nuestro sistema, los títulos solo te dan autoridad sobre el papel. El verdadero poder está en a cuántos y a quiénes puedes convencer de que te sigan, te sirvan y te respeten.
—Lo entiendo. Mi propio padre me lo dijo un par de veces —respondió Murem, con un dejo de amargura en la voz—. Pero parece que solo eran palabras, porque él mismo no supo aplicarlo para evitar que sus leales lo traicionaran.
Mirial lo miró a los ojos.
—Por más que hagas las cosas bien, siempre habrá un problema —le dijo con sabiduría—. Un pastor se asegura de que su rebaño no se enferme, un agricultor cuida que sus cosecha no se eche a perder, y un rey se asegura de que su reino no se corrompa. Pero en algún momento habrá una oveja enferma, una mala hierba, un corrupto, un hostigador o un rebelde. Por eso el pastor siempre está listo para tratar a la oveja, el agricultor para apartar la hierba y el rey para responder a la amenaza.
—Entonces, ¿dónde está lo que mi padre tenía listo para los rebeldes? —preguntó Murem, con un deje de inseguridad en la voz.
Mirial señaló con su dedo fuera de la tienda.
—Ahí afuera hay cien mil personas —hizo una pausa y se corrigió a sí misma—, cien mil plebeyos listos para pelear por el rey que les dio tanto. Ese mismo rey que los nobles rechazan.
Murem soltó una risa sin ganas.
—Esos plebeyos están aquí por un decreto mío. Están aquí obligados.
Mirial rió también, pero la suya era una risa genuina.
—En serio, eres muy joven. Pero no te preocupes, tu tía estará contigo. Te enseñaré a ver más allá de tus ojos.
—No entiendo —dijo Murem, su rostro reflejando su confusión.
Con una voz femenina pero dominante, Mirial continuó: —Si esas personas solo estuvieran aquí obedeciendo un decreto, cualquiera podría emitir un decreto similar. Incluso los rebeldes podrían hacerlo, y todo el mundo tendría un ejército gigantesco. Pero no es así. Esos más de cien mil soldados están ahí afuera armados. Podrían entrar, cortarte el cuello y volver a sus casas. En lugar de eso, están obedeciendo cada orden sin resistir.
—¿Sabes por qué? —preguntó, con una mirada penetrante.
Murem dudó.
—¿Porque son leales al rey?
Mirial asintió, se acercó a él y lo tomó de los hombros.
—Esa es la armadura que el rey preparó contra los rebeldes: la lealtad del pueblo. Es algo que debes ganarte mientras aún eres un príncipe, porque cuando seas rey, tendrás la mejor armadura y el arma que todo gobernante necesita para reinar por años.
Murem sonrió.
—Gracias, tía —dijo, la confianza regresando a su voz.
—Tenemos trabajo que hacer, príncipe —dijo ella, devolviéndole la sonrisa.
Es una mañana bulliciosa en el campamento de Gilgag. Muravi, el estratega, supervisa el ajetreo en las tiendas de almacenamiento, asegurándose de que el escuadrón de refuerzo del oficial Arsap reciba todo lo necesario para su misión en la aldea de Bura.
Un momento después, la imponente figura de Gilgag entra en la zona de almacenamiento. Los soldados, al verlo, bajan la cabeza de inmediato en señal de respeto. Gilgag se acerca al escuadrón, sus ojos escrutando a cada soldado. Con una voz que resuena con autoridad, les dice:
—Se ven como verdaderos guerreros. Ojalá pudiera acompañarlos. Confío en ustedes para asegurar la aldea que sus camaradas tomaron con tanta ferocidad en la última batalla.
Los soldados, inspirados, levantan sus escudos y lanzas al cielo, exclamando “¡Sí!”.
Gilgag se acerca a Muravi, quien le informa de los suministros.
—Estamos enviando animales para que los soldados de Senek disfruten de un banquete por su victoria —explica Muravi—. También llevamos nuevas instrucciones y suministros suficientes para dos semanas. He enviado un escuadrón de cincuenta hombres para traer a los prisioneros a nuestro campamento para interrogarlos.
Gilgag asiente, satisfecho.
—¿Y qué hay de las demás misiones a otras aldeas?
—Livey se está encargando de eso —responde Muravi.
Mientras Gilgag se preocupaba por las grandes batallas, los soldados comunes se enfrentaban a sus propios demonios. Al otro extremo del campamento, sentado en el suelo bajo un toldo para protegerse del sol, Ditro tenía el brazo vendado y un aire pensativo. Meda se acercó con una sonrisa, se agachó y le preguntó:
—¿Todavía estás pensando en nuestra misión fallida?
—Más que en la misión —respondió Ditro, sin mirarla—, pienso en los jóvenes que murieron. Seis eran de mi aldea, y sus padres de seguro los están esperando.
Meda suspiró, su sonrisa se desvaneció. —No voy a decirte que no te culpes, porque sé que lo harás de todos modos.
Ditro desvió la mirada, la tristeza en sus ojos era palpable. Meda, al verlo así, recuperó su sonrisa.
—Tengo una noticia que, tal vez, te alegrará —dijo.
Ditro solo la miró, sin responder, y luego volvió a bajar la vista.
—¿Recuerdas al muchacho que estuviste entrenando? ¿El de los ojos de sol?
—Lo recuerdo. Es el único que he entrenado —dijo Ditro, levantando la vista—. Por favor, no me digas que murió.
Meda frunció el ceño. —¿Por qué sonreiría por algo así?
—Porque eres una vieja loca —bromeó Ditro.
Meda se levantó, fingiendo molestia. —Pues me voy. Quédate con las ganas.
—¡Es una broma! —dijo Ditro, riendo.
—Lo sé, tonto —dijo ella, con una sonrisa sincera—. Te quedarás en las mismas.
—¿Qué ibas a decirme del muchacho? ¿Cómo se llamaba?
—Asur —dijo Meda.
—Sí, ese Asur. ¿Qué pasó con él?
—Hablé con el mensajero de su escuadrón, el de la oficial Senek. Dijo que Asur ideó un ataque sorpresa y así ganaron la batalla en la aldea de Bura.
Ditro pareció incrédulo.
—¿El mismo Asur que conocemos?
—Sí, debe ser él. Nadie más en el escuadrón de Senek se llama así.
Ditro se quedó pensativo, mirando al frente.
—Pues, bien por él. Fue buena suerte —dijo con resignación en su voz.
Meda le dio un golpe con la palma en la cabeza calva.
—¿Me escuchaste? ¡Dije que ideó un ataque sorpresa! ¡No fue suerte!
Ditro se frotó la cabeza, mientras Meda le explicaba los detalles de la estrategia de Asur, desobedeciendo las órdenes de su superior. Ditro escuchó con atención, y al final, dijo:
—Parece que fue muy estratégico, pero no debió desobedecer a su superior.
Meda le contradijo:
—Hizo lo necesario para evitarle un destino trágico a sus camaradas.
Ditro se quedó callado, recordando la trampa en la que su propio escuadrón y su oficial habían perecido. La culpa se reflejaba en su rostro. Meda se dio cuenta de su error y, antes de que pudiera decir algo, una voz fuerte y clara llamó:
—¡Escuadrón, atención!
Ambos se giraron y vieron al teniente Livey parado en medio de los toldos, esperando a que todos se reunieran a su alrededor.
Livey, con una postura rígida y una voz firme, informó a los soldados que debido a las bajas y la pérdida de su líder de escuadrón, todos se reagruparían con otros escuadrones sin líder para formar una nueva unidad de 220 soldados: 200 combatientes y 20 de servicio. Los soldados asintieron, ya familiarizados con ese protocolo.
Meda miró a Livey y, con voz serena y respetuosa, preguntó si podían conocer a su nuevo oficial. Livey suspiró.
—Aún no tenemos un oficial nombrado para ustedes. Los soldados más antiguos ya tienen sus propios escuadrones formados, así que todavía tenemos que elegir.
Los soldados susurraron entre ellos, debatiéndose quién podría ser su nuevo líder. Ditro dio un paso al frente.
—¿Cuánto tardarán en nombrar un nuevo oficial, teniente? —preguntó Ditro—. Necesitamos a alguien a quien informar sobre las actividades del día. Y si tenemos que reagruparnos, necesitamos a alguien para el conteo y para informar sobre los nuevos integrantes.
Livey lo miró con detenimiento.
—¿Tu nombre?
—Ditro —respondió, con un toque de vacilación.
Livey pareció reconocer el nombre. Lo analizó con la mirada.
—¿Tienes algún tipo de experiencia militar?
Ditro dudó en responder, pero Meda, sin vacilar, alzó la voz.
—¡Ditro fue oficial del ejército del general Oren en su juventud!
Ditro le dio un golpe rápido y suave en el hombro, y Meda le devolvió la mirada con ojos traviesos. Livey reaccionó al instante.
—Debí suponer que tenías experiencia. Se nota por tu buena condición para tu edad.
—Eso fue hace mucho tiempo —murmuró Ditro, bajando la mirada.
Livey lo interrumpió.
—¿Estás dispuesto a tomar la responsabilidad de un escuadrón?
—No creo que mis camaradas me vean como un líder —respondió Ditro, dudando.
Sin embargo, muchos de sus compañeros empezaron a apoyarlo. “¡Deberías aceptar!”, “¡Sabemos que serías un buen líder!”, le dijeron. Meda le sonrió a Ditro y le susurró: “Tus compañeros ya te apoyan y te respetan”. Livey observó la escena, notando que los soldados aceptaban la idea de Ditro dirigiéndolos. Su decisión estaba tomada.
—Acepto —dijo Ditro, al ver el apoyo de sus camaradas.
Livey volvió a interrumpirlo.
—Iba a dejarte a cargo temporalmente hasta encontrar un oficial. Pero viendo el apoyo de tus camaradas, estoy dispuesto a nombrarte oficial.
Ditro dudó una vez más, pero asintió.
—Acepto, siempre y cuando me den tiempo antes de enviarme a una nueva misión.
—Entonces te daré tiempo —dijo Livey—. Tu escuadrón solo hará guardia. Pero primero, debes llegar a los 220 soldados.
—Gracias, teniente —dijo Ditro.
Meda le sonrió orgullosamente. “Ahora sí puedes hacer lo mejor para los jóvenes”, le dijo. Ditro le devolvió la sonrisa con un suspiro tenso, revelando el nerviosismo de su nuevo cargo.
Mientras Ditro, con renuencia, aceptaba el liderazgo, a kilómetros de allí, la oficial Senek luchaba por mantener el control de su propio escuadrón. En la aldea de Bura, el aire se tornó dorado a medida que el sol se ponía, tiñendo las nubes con tonos rojizos. Fuera de las casas, un gran toldo proyectaba una sombra alargada sobre el terreno. Debajo de él, nueve mujeres se movían con rapidez entre cuatro mesas repletas de ingredientes: dátiles, verduras, granos y un puñado de condimentos en pequeños sacos de lino. El aroma de la comida ya cocinada se mezclaba con el de la leña ardiendo en una gran fogata cercana, donde vasijas llenas de agua burbujeaban al calor. Cada mujer se enfocaba en una tarea diferente: una limpiaba los dátiles, otra molía los granos y una tercera cortaba las verduras.
Senek llegó al lugar, con una presencia tranquila pero decidida. Vestida con una falda que llegaba a sus rodillas y una armadura de cuero, su sola presencia hizo que las mujeres asintieran al notar su llegada.
—¿Todo va bien? —preguntó Senek con una voz relajada pero segura.
La mujer más anciana, con las manos arrugadas y cubiertas de harina, respondió sin alzar la mirada: —Sí, oficial. Todo está normal. Tendremos la cena lista.
Senek asintió y miró las ollas. —Todo debe estar listo cuando oscurezca.
—Sí, oficial —dijo la anciana, asintiendo.
Senek escudriñó los recipientes y sacos de ingredientes, su mirada profesional evaluando las cantidades usadas y las que aún quedaban. Luego, las miró a todas, su expresión suavizándose.
—¿Cómo han estado?
Las mujeres respondieron al unísono, algunas riendo.
—Hemos estado ocupadas en nuestras labores diarias, oficial, pero no tiene nada de qué preocuparse.
Senek sonrió.
—Si tienen algún problema, no duden en acudir a mí.
—¡Gracias, oficial! —dijeron las mujeres a modo de coro divertido.
Senek se echó a reír con ellas, apreciando su ingenio. Pero su risa se desvaneció al notar a Nanshe, que le daba la espalda y estaba completamente concentrada en su trabajo. Senek se acercó, la sonrisa regresando a su rostro mientras la miraba a la cara.
—¿Todo está bien contigo?
La sonrisa se borró de su rostro. Había reconocido de inmediato la evasión de Nanshe.
—¿Te pasó algo?
Nanshe se puso nerviosa y desvió la mirada. —Solo unos hombres me ofrecieron cosas a cambio de que yo hiciera algo con ellos —susurró.
La molestia de Senek era evidente. —¿Cuándo pasó eso? ¿Por qué no me lo dijiste?
—No importa. Fue algo que ya pasó —respondió Nanshe, mirándola a los ojos.
—Sí importa —dijo Senek con firmeza, repitiendo sus preguntas.
—Ocurrió durante la marcha a la aldea —dijo Nanshe con una voz más baja—. No quería molestarte. Ya tienes demasiadas cosas de las que ocuparte.
Senek protesto, frustrada. —Tienes que decírmelo cuando esas cosas pasen. Esos hombres deben ser castigados, y no sabes lo que podría pasarte si ignoras esas cosas.
Mientras las otras mujeres escuchaban la conversación sin detener sus labores, una de ellas intervino: —También debería mencionar lo que pasó la mañana antes de la batalla.
Senek la miró, preocupada. —¿Qué pasó?
Nanshe dudó por un momento.
—La mañana antes de la batalla, una de las soldados me tocó en mi entrepierna mientras dormía.
—¿Estás segura de que era una mujer? —preguntó Senek.
—Sí. Me susurró al oído que me calmara. También pude sentir su busto —respondió Nanshe.
Senek, más calmada, preguntó: —¿Logró abusar de ti?
—No. Todos empezaron a levantarse y ella se fue —respondió Nanshe.
—¿Quién era esa mujer y quiénes eran los hombres que te ofrecieron cosas?
Nanshe respondió que no importaba quiénes eran.
—Sí importa. Deben ser castigados —insistió Senek.
Nanshe la miró con lástima. —No sé el nombre de ninguno. No los volví a ver después de la batalla.
Senek se quedó pensativa, y supo al instante que probablemente habían muerto. Puso su mano en la espalda de Nanshe y, acercándose, la frotó suavemente.
—Nanshe, la próxima vez que algo así suceda, por favor dímelo. No me cuesta nada castigar a esos acosadores.
Nanshe no respondió. En ese momento, otra de las cocineras llegó acompañada de dos soldados, quienes llevaban sobre sus hombros una rama gruesa de la que colgaba un jabalí atado de las patas.
La mujer que había llegado con los soldados se movió con agilidad, haciendo un hueco en una de las mesas. Con un esfuerzo gruñido, los dos soldados colocaron al animal sobre la madera. Era un jabalí joven, sus patas atadas, su pelaje oscuro salpicado de sangre. Los soldados se irguieron, con los pechos inflados por la victoria, y asintieron a Senek con una sonrisa, llamándola “oficial”.
Senek, con un atisbo de sorpresa en el rostro, examinó la presa.
—Parece que es un jabalí joven. —Su voz era mesurada, casi casual—. ¿Quién fue el que lo cazó?
—Nosotros, oficial —confirmó uno. El otro asintió con una sonrisa radiante.
La mujer de la cocina, con los ojos brillando de emoción, se puso a un lado de la mesa.
—Yo lo prepararé, a cambio de una porción. —Se inclinó hacia el jabalí, su voz bajando a un murmullo de emoción—. Pero, claro, primero prepararé la parte con más carne para Asur.
Un escalofrío de molestia recorrió a Senek. Los soldados sonrieron, orgullosos.
—Sí, uno de los muslos. Eso es lo que le enviaremos.
Al escuchar el nombre del liberto, una punzada de irritación cruzó el rostro de Senek. En su mente, se preguntaba por qué razón le darían la mejor porción.
—¿Qué tiene que ver Asur con esto? —preguntó, su tono endureciéndose.
Uno de los soldados, visiblemente nervioso, se aclaró la garganta.
—Solo queremos llevarnos bien con él, oficial.
—Además —añadió el otro, con una convicción que no le había visto antes—, se lo merece por lo que hizo en la batalla.
Al oír el nombre de Asur, las cocineras, conscientes de la tensión entre ambos, se detuvieron un momento, intercambiando miradas nerviosas. Vieron la aparente calma de Senek y, con cautela, regresaron a sus labores.
Senek se mantuvo en silencio, sus ojos recorriendo a los dos soldados. La calma que mostraba era tensa, una máscara. Se preguntaba qué era lo que los había llevado a pensar que ese liberto era digno de tal honor. Se acercó a ellos, sus ojos fijos, su voz baja y cargada de un tono capcioso.
—¿Qué es lo que Asur hizo realmente en la batalla?
Los soldados se miraron. Uno trató de responder, pero Senek se adelantó, su voz era un látigo.
—Les diré lo que hizo Asur. No hizo más que causar desorden en el escuadrón, desobedecer protocolos, actuar por su cuenta y arriesgar a todos con su arrogancia y la creencia de que es mejor que los demás.
A pesar de su intento por intimidarlos, los soldados alzaron la mirada hacia ella con un atisbo de desafío. Uno respondió: —Eso no es lo que nosotros vimos.
La voz de Senek se hizo más profunda, más intensa, mientras trataba de hacerlos temblar. Pero no lo hicieron. El otro soldado, aunque sus manos temblaban ligeramente, se mantuvo firme.
—Asur demostró ser muy valiente y listo para su edad. De no ser por él, hubiéramos sido derrotados. Incluso logró la hazaña de ser el primero en penetrar las líneas enemigas en la batalla del Valle Vacío.
Senek no supo cómo responder. El atrevimiento de ambos soldados, que a pesar de su miedo, la desafiaban abiertamente, la hizo sentir que perdía autoridad. “Todo por ese liberto”, pensó con rabia.
Enderezándose, se mantuvo firme. —Llévense su animal. Las cocineras están muy ocupadas.
—Pero la mujer ya había aceptado —rezongó uno de los soldados.
—No puede simplemente impedirnos cocinar lo que cazamos —dijo el otro, la indignación en su voz.
—No les estoy prohibiendo cocinarlo —respondió Senek con furia—. Solo que no lo harán aquí ni con los ingredientes que son parte de los suministros.
El primer soldado rezongó de nuevo.
—¿Acaso es porque queremos darle una porción a Asur?
Una hipótesis llegó a la mente de Senek. Se trataba de algo más que simple admiración. Eran títeres. No actuaban por su cuenta, sino que Asur los había enviado. La ira de Senek creció. Con voz autoritaria, casi un grito, les ordenó:
—¡Largo de una vez! O los castigaré, les quitaré su jabalí y los dejaré sin comer por dos días.
Sus dedos se posaron sobre la empuñadura de su espada, una amenaza silenciosa. Los soldados la miraron con claro desprecio. Sin decir una palabra más, tomaron el jabalí y se marcharon, con las cocineras observando en silencio.
Todas volvieron a sus labores, el ambiente ahora más pesado que antes. Senek observó a los soldados alejarse con el jabalí, la furia aún ardiendo en su interior. Se giró hacia las mujeres, el rostro tenso y preocupado.
Una de las cocineras se atrevió a hablar. —Oficial, ¿está usted bien?
Senek asintió, su mirada perdida. —Esos soldados… su actitud. No es la primera vez que veo algo así. ¿Por qué el ejército es tan caótico? —preguntó, más para sí misma que para ellas.
Las cocineras se encogieron de hombros, sin saber qué decir. Nanshe, que había estado observando a Senek con curiosidad, se acercó tímidamente. Con una voz suave, preguntó:
—Oficial, ¿Hay algo que le preocupa?
Senek vio la inocencia en los ojos de Nanshe y sintió la necesidad de sincerarse.
—Sí —confesó, bajando la voz—. Siempre fui una oficial encargada del entrenamiento o de la guardia en los campamentos con líderes de mayor rango. Esta es la primera vez que tengo una misión en solitario. No es como me lo imaginaba. Es… mucho más difícil de lo que parece.
Las cocineras, con una nueva empatía, se movieron más cerca de ella. Senek miró a Nanshe de nuevo.
—Ese muchacho, Asur… —comenzó Senek, su voz cargada de frustración—. La gente lo ve como un héroe. Pero su actitud… él no me inspira confianza. Siento que sus acciones, por muy exitosas que sean, son muy arriesgadas.
Nanshe sintió un escalofrío al escuchar el nombre de Asur. Aunque hace mucho no se encontraban, su miedo hacia él permanecía en su interior. Senek no lo notó, demasiado absorta en sus propias preocupaciones.
—¿Cree que él no es lo que parece, oficial? —preguntó Nanshe, sin alzar la mirada.
Senek no lo dudó.
—No sé qué es lo que es —murmuró, la voz apenas un suspiro—. Pero sí sé que no es algo que yo entienda.
Al oír esto, las mujeres se quedaron en silencio. El sol se había puesto por completo. Las llamas de la fogata eran ahora la única fuente de luz, sus sombras danzando sobre el rostro pensativo de Senek.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com