Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 42
- Inicio
- Todas las novelas
- Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia
- Capítulo 42 - Capítulo 42: Sombras de Autoridad
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 42: Sombras de Autoridad
Es una mañana bulliciosa en el campamento de Gilgag. Muravi, el estratega, supervisa el ajetreo en las tiendas de almacenamiento, asegurándose de que el escuadrón de refuerzo del oficial Arsap reciba todo lo necesario para su misión en la aldea de Bura.
Un momento después, la imponente figura de Gilgag entra en la zona de almacenamiento. Los soldados, al verlo, bajan la cabeza de inmediato en señal de respeto. Gilgag se acerca al escuadrón, sus ojos escrutando a cada soldado. Con una voz que resuena con autoridad, les dice:
—Se ven como verdaderos guerreros. Ojalá pudiera acompañarlos. Confío en ustedes para asegurar la aldea que sus camaradas tomaron con tanta ferocidad en la última batalla.
Los soldados, inspirados, levantan sus escudos y lanzas al cielo, exclamando “¡Sí!”.
Gilgag se acerca a Muravi, quien le informa de los suministros.
—Estamos enviando animales para que los soldados de Senek disfruten de un banquete por su victoria —explica Muravi—. También llevamos nuevas instrucciones y suministros suficientes para dos semanas. He enviado un escuadrón de cincuenta hombres para traer a los prisioneros a nuestro campamento para interrogarlos.
Gilgag asiente, satisfecho.
—¿Y qué hay de las demás misiones a otras aldeas?
—Livey se está encargando de eso —responde Muravi.
Mientras Gilgag se preocupaba por las grandes batallas, los soldados comunes se enfrentaban a sus propios demonios. Al otro extremo del campamento, sentado en el suelo bajo un toldo para protegerse del sol, Ditro tenía el brazo vendado y un aire pensativo. Meda se acercó con una sonrisa, se agachó y le preguntó:
—¿Todavía estás pensando en nuestra misión fallida?
—Más que en la misión —respondió Ditro, sin mirarla—, pienso en los jóvenes que murieron. Seis eran de mi aldea, y sus padres de seguro los están esperando.
Meda suspiró, su sonrisa se desvaneció. —No voy a decirte que no te culpes, porque sé que lo harás de todos modos.
Ditro desvió la mirada, la tristeza en sus ojos era palpable. Meda, al verlo así, recuperó su sonrisa.
—Tengo una noticia que, tal vez, te alegrará —dijo.
Ditro solo la miró, sin responder, y luego volvió a bajar la vista.
—¿Recuerdas al muchacho que estuviste entrenando? ¿El de los ojos de sol?
—Lo recuerdo. Es el único que he entrenado —dijo Ditro, levantando la vista—. Por favor, no me digas que murió.
Meda frunció el ceño. —¿Por qué sonreiría por algo así?
—Porque eres una vieja loca —bromeó Ditro.
Meda se levantó, fingiendo molestia. —Pues me voy. Quédate con las ganas.
—¡Es una broma! —dijo Ditro, riendo.
—Lo sé, tonto —dijo ella, con una sonrisa sincera—. Te quedarás en las mismas.
—¿Qué ibas a decirme del muchacho? ¿Cómo se llamaba?
—Asur —dijo Meda.
—Sí, ese Asur. ¿Qué pasó con él?
—Hablé con el mensajero de su escuadrón, el de la oficial Senek. Dijo que Asur ideó un ataque sorpresa y así ganaron la batalla en la aldea de Bura.
Ditro pareció incrédulo.
—¿El mismo Asur que conocemos?
—Sí, debe ser él. Nadie más en el escuadrón de Senek se llama así.
Ditro se quedó pensativo, mirando al frente.
—Pues, bien por él. Fue buena suerte —dijo con resignación en su voz.
Meda le dio un golpe con la palma en la cabeza calva.
—¿Me escuchaste? ¡Dije que ideó un ataque sorpresa! ¡No fue suerte!
Ditro se frotó la cabeza, mientras Meda le explicaba los detalles de la estrategia de Asur, desobedeciendo las órdenes de su superior. Ditro escuchó con atención, y al final, dijo:
—Parece que fue muy estratégico, pero no debió desobedecer a su superior.
Meda le contradijo:
—Hizo lo necesario para evitarle un destino trágico a sus camaradas.
Ditro se quedó callado, recordando la trampa en la que su propio escuadrón y su oficial habían perecido. La culpa se reflejaba en su rostro. Meda se dio cuenta de su error y, antes de que pudiera decir algo, una voz fuerte y clara llamó:
—¡Escuadrón, atención!
Ambos se giraron y vieron al teniente Livey parado en medio de los toldos, esperando a que todos se reunieran a su alrededor.
Livey, con una postura rígida y una voz firme, informó a los soldados que debido a las bajas y la pérdida de su líder de escuadrón, todos se reagruparían con otros escuadrones sin líder para formar una nueva unidad de 220 soldados: 200 combatientes y 20 de servicio. Los soldados asintieron, ya familiarizados con ese protocolo.
Meda miró a Livey y, con voz serena y respetuosa, preguntó si podían conocer a su nuevo oficial. Livey suspiró.
—Aún no tenemos un oficial nombrado para ustedes. Los soldados más antiguos ya tienen sus propios escuadrones formados, así que todavía tenemos que elegir.
Los soldados susurraron entre ellos, debatiéndose quién podría ser su nuevo líder. Ditro dio un paso al frente.
—¿Cuánto tardarán en nombrar un nuevo oficial, teniente? —preguntó Ditro—. Necesitamos a alguien a quien informar sobre las actividades del día. Y si tenemos que reagruparnos, necesitamos a alguien para el conteo y para informar sobre los nuevos integrantes.
Livey lo miró con detenimiento.
—¿Tu nombre?
—Ditro —respondió, con un toque de vacilación.
Livey pareció reconocer el nombre. Lo analizó con la mirada.
—¿Tienes algún tipo de experiencia militar?
Ditro dudó en responder, pero Meda, sin vacilar, alzó la voz.
—¡Ditro fue oficial del ejército del general Oren en su juventud!
Ditro le dio un golpe rápido y suave en el hombro, y Meda le devolvió la mirada con ojos traviesos. Livey reaccionó al instante.
—Debí suponer que tenías experiencia. Se nota por tu buena condición para tu edad.
—Eso fue hace mucho tiempo —murmuró Ditro, bajando la mirada.
Livey lo interrumpió.
—¿Estás dispuesto a tomar la responsabilidad de un escuadrón?
—No creo que mis camaradas me vean como un líder —respondió Ditro, dudando.
Sin embargo, muchos de sus compañeros empezaron a apoyarlo. “¡Deberías aceptar!”, “¡Sabemos que serías un buen líder!”, le dijeron. Meda le sonrió a Ditro y le susurró: “Tus compañeros ya te apoyan y te respetan”. Livey observó la escena, notando que los soldados aceptaban la idea de Ditro dirigiéndolos. Su decisión estaba tomada.
—Acepto —dijo Ditro, al ver el apoyo de sus camaradas.
Livey volvió a interrumpirlo.
—Iba a dejarte a cargo temporalmente hasta encontrar un oficial. Pero viendo el apoyo de tus camaradas, estoy dispuesto a nombrarte oficial.
Ditro dudó una vez más, pero asintió.
—Acepto, siempre y cuando me den tiempo antes de enviarme a una nueva misión.
—Entonces te daré tiempo —dijo Livey—. Tu escuadrón solo hará guardia. Pero primero, debes llegar a los 220 soldados.
—Gracias, teniente —dijo Ditro.
Meda le sonrió orgullosamente. “Ahora sí puedes hacer lo mejor para los jóvenes”, le dijo. Ditro le devolvió la sonrisa con un suspiro tenso, revelando el nerviosismo de su nuevo cargo.
Mientras Ditro, con renuencia, aceptaba el liderazgo, a kilómetros de allí, la oficial Senek luchaba por mantener el control de su propio escuadrón. En la aldea de Bura, el aire se tornó dorado a medida que el sol se ponía, tiñendo las nubes con tonos rojizos. Fuera de las casas, un gran toldo proyectaba una sombra alargada sobre el terreno. Debajo de él, nueve mujeres se movían con rapidez entre cuatro mesas repletas de ingredientes: dátiles, verduras, granos y un puñado de condimentos en pequeños sacos de lino. El aroma de la comida ya cocinada se mezclaba con el de la leña ardiendo en una gran fogata cercana, donde vasijas llenas de agua burbujeaban al calor. Cada mujer se enfocaba en una tarea diferente: una limpiaba los dátiles, otra molía los granos y una tercera cortaba las verduras.
Senek llegó al lugar, con una presencia tranquila pero decidida. Vestida con una falda que llegaba a sus rodillas y una armadura de cuero, su sola presencia hizo que las mujeres asintieran al notar su llegada.
—¿Todo va bien? —preguntó Senek con una voz relajada pero segura.
La mujer más anciana, con las manos arrugadas y cubiertas de harina, respondió sin alzar la mirada: —Sí, oficial. Todo está normal. Tendremos la cena lista.
Senek asintió y miró las ollas. —Todo debe estar listo cuando oscurezca.
—Sí, oficial —dijo la anciana, asintiendo.
Senek escudriñó los recipientes y sacos de ingredientes, su mirada profesional evaluando las cantidades usadas y las que aún quedaban. Luego, las miró a todas, su expresión suavizándose.
—¿Cómo han estado?
Las mujeres respondieron al unísono, algunas riendo.
—Hemos estado ocupadas en nuestras labores diarias, oficial, pero no tiene nada de qué preocuparse.
Senek sonrió.
—Si tienen algún problema, no duden en acudir a mí.
—¡Gracias, oficial! —dijeron las mujeres a modo de coro divertido.
Senek se echó a reír con ellas, apreciando su ingenio. Pero su risa se desvaneció al notar a Nanshe, que le daba la espalda y estaba completamente concentrada en su trabajo. Senek se acercó, la sonrisa regresando a su rostro mientras la miraba a la cara.
—¿Todo está bien contigo?
La sonrisa se borró de su rostro. Había reconocido de inmediato la evasión de Nanshe.
—¿Te pasó algo?
Nanshe se puso nerviosa y desvió la mirada. —Solo unos hombres me ofrecieron cosas a cambio de que yo hiciera algo con ellos —susurró.
La molestia de Senek era evidente. —¿Cuándo pasó eso? ¿Por qué no me lo dijiste?
—No importa. Fue algo que ya pasó —respondió Nanshe, mirándola a los ojos.
—Sí importa —dijo Senek con firmeza, repitiendo sus preguntas.
—Ocurrió durante la marcha a la aldea —dijo Nanshe con una voz más baja—. No quería molestarte. Ya tienes demasiadas cosas de las que ocuparte.
Senek protesto, frustrada. —Tienes que decírmelo cuando esas cosas pasen. Esos hombres deben ser castigados, y no sabes lo que podría pasarte si ignoras esas cosas.
Mientras las otras mujeres escuchaban la conversación sin detener sus labores, una de ellas intervino: —También debería mencionar lo que pasó la mañana antes de la batalla.
Senek la miró, preocupada. —¿Qué pasó?
Nanshe dudó por un momento.
—La mañana antes de la batalla, una de las soldados me tocó en mi entrepierna mientras dormía.
—¿Estás segura de que era una mujer? —preguntó Senek.
—Sí. Me susurró al oído que me calmara. También pude sentir su busto —respondió Nanshe.
Senek, más calmada, preguntó: —¿Logró abusar de ti?
—No. Todos empezaron a levantarse y ella se fue —respondió Nanshe.
—¿Quién era esa mujer y quiénes eran los hombres que te ofrecieron cosas?
Nanshe respondió que no importaba quiénes eran.
—Sí importa. Deben ser castigados —insistió Senek.
Nanshe la miró con lástima. —No sé el nombre de ninguno. No los volví a ver después de la batalla.
Senek se quedó pensativa, y supo al instante que probablemente habían muerto. Puso su mano en la espalda de Nanshe y, acercándose, la frotó suavemente.
—Nanshe, la próxima vez que algo así suceda, por favor dímelo. No me cuesta nada castigar a esos acosadores.
Nanshe no respondió. En ese momento, otra de las cocineras llegó acompañada de dos soldados, quienes llevaban sobre sus hombros una rama gruesa de la que colgaba un jabalí atado de las patas.
La mujer que había llegado con los soldados se movió con agilidad, haciendo un hueco en una de las mesas. Con un esfuerzo gruñido, los dos soldados colocaron al animal sobre la madera. Era un jabalí joven, sus patas atadas, su pelaje oscuro salpicado de sangre. Los soldados se irguieron, con los pechos inflados por la victoria, y asintieron a Senek con una sonrisa, llamándola “oficial”.
Senek, con un atisbo de sorpresa en el rostro, examinó la presa.
—Parece que es un jabalí joven. —Su voz era mesurada, casi casual—. ¿Quién fue el que lo cazó?
—Nosotros, oficial —confirmó uno. El otro asintió con una sonrisa radiante.
La mujer de la cocina, con los ojos brillando de emoción, se puso a un lado de la mesa.
—Yo lo prepararé, a cambio de una porción. —Se inclinó hacia el jabalí, su voz bajando a un murmullo de emoción—. Pero, claro, primero prepararé la parte con más carne para Asur.
Un escalofrío de molestia recorrió a Senek. Los soldados sonrieron, orgullosos.
—Sí, uno de los muslos. Eso es lo que le enviaremos.
Al escuchar el nombre del liberto, una punzada de irritación cruzó el rostro de Senek. En su mente, se preguntaba por qué razón le darían la mejor porción.
—¿Qué tiene que ver Asur con esto? —preguntó, su tono endureciéndose.
Uno de los soldados, visiblemente nervioso, se aclaró la garganta.
—Solo queremos llevarnos bien con él, oficial.
—Además —añadió el otro, con una convicción que no le había visto antes—, se lo merece por lo que hizo en la batalla.
Al oír el nombre de Asur, las cocineras, conscientes de la tensión entre ambos, se detuvieron un momento, intercambiando miradas nerviosas. Vieron la aparente calma de Senek y, con cautela, regresaron a sus labores.
Senek se mantuvo en silencio, sus ojos recorriendo a los dos soldados. La calma que mostraba era tensa, una máscara. Se preguntaba qué era lo que los había llevado a pensar que ese liberto era digno de tal honor. Se acercó a ellos, sus ojos fijos, su voz baja y cargada de un tono capcioso.
—¿Qué es lo que Asur hizo realmente en la batalla?
Los soldados se miraron. Uno trató de responder, pero Senek se adelantó, su voz era un látigo.
—Les diré lo que hizo Asur. No hizo más que causar desorden en el escuadrón, desobedecer protocolos, actuar por su cuenta y arriesgar a todos con su arrogancia y la creencia de que es mejor que los demás.
A pesar de su intento por intimidarlos, los soldados alzaron la mirada hacia ella con un atisbo de desafío. Uno respondió: —Eso no es lo que nosotros vimos.
La voz de Senek se hizo más profunda, más intensa, mientras trataba de hacerlos temblar. Pero no lo hicieron. El otro soldado, aunque sus manos temblaban ligeramente, se mantuvo firme.
—Asur demostró ser muy valiente y listo para su edad. De no ser por él, hubiéramos sido derrotados. Incluso logró la hazaña de ser el primero en penetrar las líneas enemigas en la batalla del Valle Vacío.
Senek no supo cómo responder. El atrevimiento de ambos soldados, que a pesar de su miedo, la desafiaban abiertamente, la hizo sentir que perdía autoridad. “Todo por ese liberto”, pensó con rabia.
Enderezándose, se mantuvo firme. —Llévense su animal. Las cocineras están muy ocupadas.
—Pero la mujer ya había aceptado —rezongó uno de los soldados.
—No puede simplemente impedirnos cocinar lo que cazamos —dijo el otro, la indignación en su voz.
—No les estoy prohibiendo cocinarlo —respondió Senek con furia—. Solo que no lo harán aquí ni con los ingredientes que son parte de los suministros.
El primer soldado rezongó de nuevo.
—¿Acaso es porque queremos darle una porción a Asur?
Una hipótesis llegó a la mente de Senek. Se trataba de algo más que simple admiración. Eran títeres. No actuaban por su cuenta, sino que Asur los había enviado. La ira de Senek creció. Con voz autoritaria, casi un grito, les ordenó:
—¡Largo de una vez! O los castigaré, les quitaré su jabalí y los dejaré sin comer por dos días.
Sus dedos se posaron sobre la empuñadura de su espada, una amenaza silenciosa. Los soldados la miraron con claro desprecio. Sin decir una palabra más, tomaron el jabalí y se marcharon, con las cocineras observando en silencio.
Todas volvieron a sus labores, el ambiente ahora más pesado que antes. Senek observó a los soldados alejarse con el jabalí, la furia aún ardiendo en su interior. Se giró hacia las mujeres, el rostro tenso y preocupado.
Una de las cocineras se atrevió a hablar. —Oficial, ¿está usted bien?
Senek asintió, su mirada perdida. —Esos soldados… su actitud. No es la primera vez que veo algo así. ¿Por qué el ejército es tan caótico? —preguntó, más para sí misma que para ellas.
Las cocineras se encogieron de hombros, sin saber qué decir. Nanshe, que había estado observando a Senek con curiosidad, se acercó tímidamente. Con una voz suave, preguntó:
—Oficial, ¿Hay algo que le preocupa?
Senek vio la inocencia en los ojos de Nanshe y sintió la necesidad de sincerarse.
—Sí —confesó, bajando la voz—. Siempre fui una oficial encargada del entrenamiento o de la guardia en los campamentos con líderes de mayor rango. Esta es la primera vez que tengo una misión en solitario. No es como me lo imaginaba. Es… mucho más difícil de lo que parece.
Las cocineras, con una nueva empatía, se movieron más cerca de ella. Senek miró a Nanshe de nuevo.
—Ese muchacho, Asur… —comenzó Senek, su voz cargada de frustración—. La gente lo ve como un héroe. Pero su actitud… él no me inspira confianza. Siento que sus acciones, por muy exitosas que sean, son muy arriesgadas.
Nanshe sintió un escalofrío al escuchar el nombre de Asur. Aunque hace mucho no se encontraban, su miedo hacia él permanecía en su interior. Senek no lo notó, demasiado absorta en sus propias preocupaciones.
—¿Cree que él no es lo que parece, oficial? —preguntó Nanshe, sin alzar la mirada.
Senek no lo dudó.
—No sé qué es lo que es —murmuró, la voz apenas un suspiro—. Pero sí sé que no es algo que yo entienda.
Al oír esto, las mujeres se quedaron en silencio. El sol se había puesto por completo. Las llamas de la fogata eran ahora la única fuente de luz, sus sombras danzando sobre el rostro pensativo de Senek.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com