Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 43
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Capítulo 43: Epifanía de Lunático
La oscuridad de la noche cubría Bura. Habían pasado ya tres días desde que Asur despertó y cinco desde que la aldea fue capturada. Esa noche, la patrulla de Asur estaba de guardia. El aire era fresco, y el silencio de las calles era solo roto por el suave sonido de las sandalias contra el suelo y el murmullo de las conversaciones.
Caminaban con sus armaduras de cuero y, en el caso de Samara, la de bronce que Asur le había regalado. La mayoría de los soldados llevaban lanzas y escudos, mientras que Asur llevaba su espada atada a su cadera y Dagón empuñaba su hacha. Todos conservaban las hondas que habían usado en la batalla. Iban en dirección a relevar a otra patrulla que los esperaba en las afueras de la aldea.
Los soldados conversaban en voz baja, quejándose del frío, elogiando la rica cena y bromeando sobre los ruidosos búhos de la noche. Asur y Samara iban al frente, con un tema de conversación más personal.
—¿Cómo están las cosas entre tú y la oficial Senek? —preguntó Samara, su voz baja.
—No hemos hablado desde que desperté —respondió Asur, con un tono neutro.
Samara frunció el ceño con una mueca de angustia. —Deberías intentar llevarte mejor con ella. Es tu oficial.
—No tengo interés en ser amigo de la oficial Senek —dijo Asur, sin un rastro de emoción.
Samara suspiró. —No tienes por qué ser su amigo. Solo tienes que ser un soldado obediente y nada más.
Dos de los camaradas de Asur, que caminaban detrás de ellos, los interrumpieron. —Ya es imposible que Asur se lleve bien con la oficial Senek —dijo uno de ellos.
—Senek tiene mucho odio por Asur —afirmó el otro—. Se puso furiosa en cuanto escuchó su nombre.
Samara se volteó para mirarlos, sin detenerse. —¿Cuándo fue eso? ¿De qué están hablando?
Uno de los soldados le contó a Samara sobre el jabalí que cazaron. Explicó que querían cocinarlo, pero Senek no se los permitió al escuchar que le darían una porción a Asur. —Incluso nos amenazó con su espada —añadió el otro.
Samara no quiso creerlo. —La oficial Senek no es el tipo de líder que pierde los estribos, y mucho menos por algo tan trivial como el nombre de un soldado —dijo, con voz incrédula.
Sin dejar de mirar al frente, Asur dijo: —Te olvidas de algo sobre Senek.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Debes recordar cuando Senek ignoró tu advertencia sobre la grasa en las plantaciones, solo porque yo fui quien lo descubrió.
Samara se quedó en silencio, sin tener respuesta. Pensó que tal vez los camaradas de Asur tenían razón.
Finalmente, llegaron a su destino, una pendiente a unos metros de la aldea donde la otra patrulla los esperaba. Después de un breve relevo, Asur y Samara comenzaron a escanear el área.
—Deberíamos dividirnos para cubrir más terreno —dijo Asur, sin dejar de mirar la oscuridad—. No tiene sentido amontonarnos en un solo lugar.
—Pensé lo mismo —dijo Samara.
Se dividieron en tres grupos: cinco se quedaron en la pendiente, incluido Asur y Dagon; tres, con Samara, se dirigieron a una pendiente más oculta; y los dos restantes subieron a los tejados para tener una mejor vista.
Se habían acomodado en la pendiente, los soldados sentados en el suelo mientras Asur y Dagón escudriñaban el horizonte. La brisa de la noche era fría. Asur, con la mente activa, reflexionaba sobre lo que había logrado. Había destacado y conseguido reconocimiento, con recompensas tangibles como la espada que le habían regalado sus camaradas y el aún mejor trofeo: el cuerpo de Samara. Se preguntaba qué debía hacer ahora.
—¿En qué piensas tanto, Asur? —dijo uno de los soldados, su voz rompiendo el silencio—. ¿Acaso lamentas no poder hacer esta noche lo que haces con Samara todas las noches?
Los otros soltaron risitas cómplices. Asur los miró de reojo, sus ojos brillando a la luz de la luna. El soldado que había hablado, al ver la intensidad de su mirada, borró la sonrisa de su rostro. Inconscientemente, inclinó la cabeza. —Perdone, no quise ser entrometido.
Una sonrisa genuina se dibujó en los labios de Asur, feliz por el respeto que ahora imponía. Dagon, al ver la sonrisa, asumió que era por el comentario del soldado. Se echó a reír, y el resto de los soldados lo siguieron, sintiéndose aliviados.
Asur no se sentía ofendido. Solo había mirado al soldado para ver su reacción. Ahora, dándose la vuelta para unirse a ellos, se sentó junto al soldado. —Efectivamente, pensaba en eso —respondió con una sonrisa, compartiendo sus risas—. No sé cómo pasaré toda una noche sin los gemidos de Samara.
—Eres muy afortunado, Asur —dijo otro soldado.
—No es afortunado —aclaró un tercero—, solo es inteligente y fuerte, eso es lo que buscan las mujeres.
El soldado que estaba al lado de Asur se unió a la conversación, su voz era más seria. —Samara es una mujer impresionante. —Miró a Asur y luego, con la voz más baja—. Discúlpame, pero debo decir que ella tiene unas caderas hipnóticas y unos muslos de ensueño.
—No me molesta —respondió Asur con una sonrisa genuina—. Dicen la verdad. Esas cosas son precisamente las que me gustan de ella.
Viendo la confianza de Asur, uno de los soldados aprovechó la oportunidad para preguntar: —¿Sus pechos son tan grandes como parecen?
—Yo también tengo curiosidad —dijo otro—, siempre lleva su armadura.
Dagón intervino. —No pueden preguntar eso sobre una mujer frente a su pareja. Podrían molestarlo.
Los soldados se pusieron nerviosos, dándose cuenta de su atrevimiento. Uno se disculpó, pero Asur lo interrumpió rápidamente. —¿De dónde sacan que Samara es mi pareja?
Dagón respondió. —Todos lo asumimos. Ustedes duermen juntos todas las noches.
Asur se rió, su risa resonó en la noche. —Samara y yo no somos pareja ni nada parecido. Solo disfrutamos el uno del otro.
Dagón y los demás lo miraron confundidos por un momento. Finalmente, uno dijo: —Tal vez Samara piense distinto.
—Samara es una mujer inteligente y madura —respondió Asur, con un tono seguro—. Seguramente sabe que no hay nada entre nosotros.
Uno de los soldados, en tono de broma, dijo: —Entonces, intentaré conquistar a Samara.
Asur contribuyó a la broma, deseándole suerte. —Espero que no te rompa un brazo.
Los soldados se rieron. —Mejor no —dijo el soldado—. Samara es de temer.
El resto de los soldados, incluido Dagon, asintieron. Esto le recordó a Asur algo que había querido saber pero no había tenido la oportunidad de preguntar.
Asur miró de reojo a Dagon, que estaba concentrado en el horizonte. En su mente, revivió el momento de hacía unos días en el que Dagón se había sentido incómodo cuando le preguntó por su primera baja en la batalla. La imagen de sus manos nerviosas, sus palabras incómodas y la tristeza en sus ojos regresó. Para Asur, esa actitud parecía arrepentimiento, y le generaba una curiosidad que no podía ignorar. Sabía que esta vez no había nadie que lo interrumpiera, y se acercó a Dagón con la intención de interrogarlo.
Se paró a su lado y miró el mismo punto que él, la oscuridad que los rodeaba.
—¿Recuerdas de lo que estábamos hablando cuando desperté? —le preguntó Asur con calma.
Dagón hizo memoria, y un destello de incomodidad cruzó por sus ojos. Miró a Asur.
—Preferiría dejar eso de lado —respondió, su voz apenas un susurro.
—¿Por qué?
Dagón no respondió. Se dio la vuelta y se sentó de nuevo junto a sus compañeros. Asur lo siguió y se sentó también, dándose cuenta de que Dagón no le diría nada directamente. Sin embargo, su mente calculadora pensó que quizás si creaba un ambiente de confianza en el que todos se sintieran cómodos, Dagón también se atrevería a hablar.
Asur se dirigió a todo el grupo, su voz tranquila y sincera.
—No tuve tiempo de agradecerles por haberme seguido en mi plan —dijo—. Yo solo no hubiera podido hacer nada.
Sus camaradas sonrieron, sus rostros brillando con una mezcla de orgullo y alivio. —Nosotros deberíamos agradecerte —dijo uno—. De no ser por ti, hubiéramos caído en la emboscada como los demás.
—Y en la posición en la que estábamos —añadió otro—, hubiéramos muerto por el fuego de las plantaciones.
—Nadie murió por el fuego —lo corrigió el soldado que había bromeado sobre Samara—. Se quemaron las piernas, los brazos y la cara, pero los que murieron fue por las flechas o las lanzas.
Todos asintieron en silencio, y un silencio pensativo se apoderó del ambiente. Asur los observaba pacientemente, adivinando lo que pasaba por sus mentes. Sus rostros se volvieron nostálgicos, y sus párpados se movieron rápidamente, como si estuvieran reviviendo los momentos de la batalla.
Uno de los soldados rompió el silencio. —Me pregunto cómo se sintieron nuestros camaradas cuando cayeron en esa trampa del fuego.
—Debieron estar aterrados —respondió otro—, sus gritos se escuchaban desde muy lejos.
—Debieron estar más asustados por las flechas —afirmó un tercero—, debió ser aterrador no saber si cubrirse del enemigo que tenían de frente o del que tenían encima.
Asur sonrió. —¿Y ustedes no sintieron miedo? —les preguntó sin rodeos.
Todos asintieron. —Claro que sí, estábamos muy nerviosos al seguirte —respondió uno—. Afortunadamente, teníamos a alguien tan valiente como tú, que pudo pensar en un plan a pesar del miedo.
Todos asintieron con la cabeza, de acuerdo con esta afirmación.
La risa ahogada de Asur fue más un gesto de burla que de emoción, pero los soldados no lo entendieron. Al escuchar la palabra “valiente”, un recuerdo invadió la mente de Asur: una lección de su pasado, la diferencia entre valentía y locura.
Uno de sus camaradas, al notar el estado pensativo de Asur, le preguntó cómo se sentía.
—¿Qué? —preguntó Asur, saliendo de sus pensamientos.
Al ver su distracción, el soldado asumió que estaba lidiando con el trauma de la batalla. Su camarada, un hombre mucho mayor, con la edad para ser su padre, lo miró de frente: —No tienes por qué ocultar tu miedo, muchacho. Si yo, que soy un adulto, tuve que soportarlo, no me imagino lo que tuvo que aguantar un muchacho como tú.
Otro soldado añadió que ellos sabían lo que era el olor a sangre y los gritos, las inseguridades sobre las propias habilidades y la desconfianza en las decisiones de un líder. Asur notó que sus camaradas creían que él compartía el mismo trauma que ellos.
Decidió aprovechar el momento para preguntar—¿Cómo fue su miedo? —preguntó—. ¿Cómo lo describirían?
Un aire de decepción se apoderó de sus camaradas, pues creían que Asur seguía ocultando su propio temor. En ese momento, Dagon, que había estado en silencio todo el tiempo, se atrevió a hablar.
—El miedo en combate es como estar en una habitación completamente oscura —explicó Dagon, su voz apenas un susurro—. No ves nada, no oyes nada, no comprendes nada. La única forma de salir es con la suerte de que alguien más abra la puerta.
La mente de Asur visualizó la descripción de Dagon. No sintió nada hasta que escuchó las palabras “no comprender nada” y “alguien más abra la puerta”. Esas palabras le hicieron sentir un atisbo de algo incómodo en su interior que no podía reconocer.
La tensión se apoderó del ambiente, pues la mayoría se identificaba con esa situación. Un soldado golpeó amistosamente el hombro de Asur, rompiendo la tensión.
—Seguro que tú no te sentiste así —dijo—. Tienes la habilidad y la confianza para depender de ti mismo.
Todos volvieron a su estado de relajación anterior, y otro camarada añadió: —Aún así, Asur debe tener algún tipo de temor que logra superar con su valentía.
Al oír esa palabra nuevamente, el recuerdo de su pasado se hizo aún más claro en Asur.
—Mi valentía es, más bien, locura —dijo.
Sus camaradas lo miraron con genuina curiosidad, y uno de ellos preguntó: —¿Cuál es la diferencia?
En ese instante, Asur concluyó que, tal vez, la mayoría de la gente no conocía la diferencia entre ambas. Otro recuerdo invadió su mente: la historia de Meda sobre los Valan, un apodo dado por el pueblo a los valientes que tenía un significado oculto.
Al atar los cabos, tuvo una epifanía: la gente no conocía la diferencia entre un valiente y un lunático. Los “Valan” se veían a sí mismos como algo más que valientes, y el verdadero significado era algo que solo unos pocos sabían, se repetía a sí mismo.
—Valiente es quien supera el miedo —respondió Asur, todavía inmerso en su epifanía—. Lunático es quien…
Antes de que pudiera terminar, una piedra cayó cerca de sus pies, rompiendo el silencio. Todos los soldados se pusieron en alerta.
En la penumbra de la noche, mientras sus camaradas alzaban sus escudos hacia el bosque, Asur, aún sentado, dirigió su mirada hacia la aldea. La piedra había caído desde los tejados, no desde los árboles, y Asur se dio cuenta al instante. Sus dos camaradas de patrulla estaban acostados boca abajo. Uno de ellos le hacía señas con la mano. Asur dedujo que habían visto algo y, de inmediato, le dijo a sus camaradas que bajaran sus armas y se sentaran.
—¿Por qué, Asur? —preguntó Dagon.
—Siéntense —repitió Asur, en voz baja, pero con un tono de autoridad que no dejaba lugar a dudas.
Los soldados se sentaron al instante, aún empuñando sus lanzas y escudos. Asur les explicó que la piedra fue lanzada por su camarada en el tejado, quien lo estaba llamando. Les dijo que no voltearan a verlo al mismo tiempo, y que se mantuvieran en alerta mientras él hablaba con su camarada. Ellos asintieron, y Asur caminó tranquilamente hacia la sombra de una casa. Su camarada descendió del tejado y hablaron en la oscuridad.
—¿Qué pasa? —preguntó Asur.
—Hay dos personas ocultas entre las malezas al final del sendero del bosque —respondió el soldado.
—¿Estás seguro?
—Sí. Vi sus figuras claramente gracias a la luz de la luna.
Asur pensó un instante. —¿Llevaban armadura, armas o pudiste ver si eran hombres o mujeres?
—Están muy lejos, solo se veían como sombras.
Asur asintió, deduciendo que, si la luz de la luna solo mostraba sombras, debían estar muy lejos.
—¿Qué debemos hacer? —preguntó el soldado.
—Ve y avísale a la oficial Senek.
El soldado miró a Asur, confundido. No entendía por qué, si se llevaban tan mal, Asur querría informarle. Asur notó su confusión y, entendiendo la razón, le dijo con voz firme:
—Ve rápido. Es nuestro deber como guardias y vigías informar de cualquier presencia enemiga.
El soldado entendió y se fue a informar a Senek. Asur le hizo una seña al otro vigía del tejado para que estuviera atento y luego regresó con su patrulla. Se sentó junto a sus camaradas y les explicó la situación.
—Entonces, como guardias, debemos ir a espantarlos, si solo son dos —dijo uno de los soldados.
Otro asintió en apoyo. Asur les dijo que no podían simplemente espantarlos.
—Probablemente son exploradores y ya tienen información sobre nosotros. No podemos simplemente dejarlos ir.
—Entonces vamos a capturarlos —dijo el mismo soldado.
—Ese es el plan —dijo Asur—. Pero no podemos ir de frente. Nos verían y huirían al instante.
Asur explicó que era mejor que ellos se quedaran en su posición mientras él, Samara, y las dos que están con ella, van sigilosamente hacia los espías.
—¿Por qué solo cuatro? —preguntó uno.
—Probablemente no saben dónde están Samara y las demás —dijo Asur—. Así que será un ataque sorpresa.
Sus camaradas entendieron y asintieron. Antes de irse, Asur les dijo que llamaran la atención del enemigo.
—¿De qué manera? —preguntaron.
—Bailen, finjan discutir o pelear. No dejen de moverse en sus lugares para que el enemigo se concentre en averiguar qué están haciendo.
Los soldados asintieron, sin entender del todo el plan. Asur se levantó y se fue a buscar a Samara.
Al acercarse, Asur vio a Samara y a las otras dos camaradas en una pendiente, al lado de un sendero estrecho, rodeado por árboles que devoraban la luz de la luna. Samara lo vio primero y se acercó.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
Asur le explicó la situación y su plan. Samara asintió con la cabeza. —¿Cómo sabes que no estamos siendo vigiladas? Y, ¿cómo sabes que son espías rebeldes y no simples bandidos?
—La posición de ustedes es tan oscura que ni yo pude verlas antes de que me vieras —respondió Asur, con calma—. Y no estoy seguro de que sean espías, pero aunque sean bandidos, no tenemos nada que perder al atacarlos.
Samara y las otras dos camaradas asintieron, entendiendo la lógica de Asur. Tomaron sus lanzas, escudos y hondas, y se movieron por el sendero oscuro, adentrándose en el bosque.
Mientras tanto, en lo profundo de las malezas al final del sendero, un hombre vestido con una armadura de cuero ligera y una tela cubriendo su cabeza, se encontraba haciendo sus necesidades. Llevaba una espada corta y dagas. Terminando su labor, soltó un suspiro de satisfacción y se acomodó para volver a su labor. Entonces, escuchó un ruido entre las sombras. Se agachó para investigar, pero lo último que vio fue una piedra que impactó entre sus cejas, lanzándolo hacia atrás, inconsciente.
Asur, Samara y las otras dos salieron de entre los árboles. Asur y Samara se agacharon para revisar al sujeto, y las otras dos se mantuvieron vigilantes.
—Es un soldado rebelde —confirmó Asur. Tomó las dagas, la espada y un amuleto de bronce del hombre.
Samara revisó si el hombre respiraba. —Está muerto —le dijo a Asur—. No debiste lanzar la piedra.
—Estaba muy lejos y se iba a ir —respondió Asur, con indiferencia—. Además, hay otro espía.
Samara notó su indiferencia al haber quitado una vida. Lo ignoró. —Debemos encontrar al otro y capturarlo vivo para averiguar lo que sabe.
Los cuatro volvieron a la oscuridad.
Rápidamente, se encontraron con otros dos espías. Ellos se escondían detrás de un tronco caído, observando a los guardias en la aldea. Estaban debatiendo sobre los extraños movimientos de los guardias. No se percataron de que Asur y su grupo se acercaban sin hacer ruido.
Antes de salir de la oscuridad, Asur detuvo al grupo. —Ustedes dos se quedarán aquí —dijo, dirigiéndose a sus camaradas.
Samara no entendió al principio, pero luego vio el nerviosismo en sus compañeras. Pensó que tal vez Asur se preocupaba por ellas.
—Quédense atrás para no estorbarnos. Tengan sus hondas preparadas por si acaso —dijo Asur.
Las dos asintieron con una sonrisa, creyendo lo mismo que Samara, y se agacharon detrás de sus escudos, con una piedra lista en sus hondas.
Entonces, Asur y Samara avanzaron. Él por la izquierda y ella por la derecha. Los espías, concentrados en la aldea, solo se percataron de ellos cuando escucharon unos pasos detrás de sus espaldas. Desenfundaron sus espadas, voltearon y desviaron las estocadas. Asur y Samara se sorprendieron por la velocidad. En cuestión de segundos, cada uno se enfrascó en un duelo a muerte contra su oponente.
La tranquilidad de la noche se hizo añicos, reemplazada por el estruendo metálico de espadas contra escudos. Lo que debía ser una captura rutinaria se convirtió en un duelo caótico. Los dos espías, a pesar de sus espadas cortas, eran asombrosamente rápidos. Sus ataques eran como picotazos de un ave, veloces y directos, sin dar a Asur y Samara espacio para respirar o responder. Se movían en una danza mortal, desviando las lanzas con hábiles cortes a la madera.
Asur y Samara se vieron forzados a una postura defensiva, usando sus escudos para desviar los ataques y retrocediendo cada vez que la distancia se acortaba. Después de unos momentos, cada duelo encontró su ritmo. Samara cambió a la ofensiva. Sus ataques eran potentes y agresivos, buscando las piernas y brazos de su oponente. El espía los esquivaba con la habilidad de un veterano. Samara, golpeando por encima del escudo, se desplazaba hacia la izquierda, intentando exponer a su oponente a la oscuridad donde se ocultaban sus camaradas. Pero el espía, astuto y con gran experiencia, se desplazaba hacia la derecha, manteniendo siempre su espalda protegida y de frente a Samara.
Mientras tanto, Asur se mantenía a la defensiva. Sus estocadas eran desviadas con facilidad por el espía, quien aprovechaba cada oportunidad para intentar cortar sus brazos y piernas. Para Asur, era obvio que su oponente solo estaba jugando con él. El espía no le permitía moverse a los lados, demostrando una velocidad superior. Dejaba que Asur atacara, solo para aprovechar la apertura y contraatacar. Asur sabía que ese espía tenía el control del duelo, era muy superior a los enemigos que había enfrentado antes, y eso lo irritaba.
Samara notó que su oponente no se exponía como ella buscaba. Pensó que tal vez el espía sabía de la presencia de sus compañeras. Ató las pistas sobre la habilidad y la perspicacia de los enemigos, deduciendo que no eran simples espías, sino guerreros de élite.
Asur, frustrado, atacó con más ferocidad, apuntando al cuello y a la cabeza. Sus músculos se sentían agotados, mientras que su oponente permanecía tan relajado como si estuviera paseando. De repente, Asur intentó una estocada al pecho de su oponente. El espía se movió con una velocidad cegadora. Asur apenas tuvo tiempo de reaccionar, levantando su escudo para bloquear el potente golpe que lo hizo caer. El costado de su cadera golpeó el suelo, y el impacto le provocó un dolor agudo al chocar contra el amuleto que traía colgado.
Asur se arrancó el amuleto y lo arrojó a un lado. Se preparó para defenderse desde el suelo, pero su oponente ya no le prestaba atención. El espía miraba con furia el lugar donde el amuleto había caído.
—¡Blasfemo! ¡Irrespetuoso! —le gritó el espía a Asur.
Se arrodilló, tomó el amuleto, y al ver que estaba agrietado, su rostro se llenó de ira. Miró a Asur, que ya estaba de pie, y le escupió en la cara.
—¡¿Cómo te atreves a tratar así a los dioses?!
El espía se levantó y atacó. Asur arrojó su lanza y desenfundó su espada. El espía, con un movimiento rápido, cortó el costado derecho de Asur, en el pecho, haciéndolo retroceder por el dolor. Luego, lanzó una puñalada que Asur bloqueó con su escudo, pero la fuerza del impacto lo agrietó y lo hizo caer una vez más.
El espía estaba a punto de acabar con Asur, pero en ese momento, una piedra rozó su cráneo y cayó aturdido. En su furia, se había olvidado de la oscuridad del bosque, donde estaban las camaradas de Asur. Asur aprovechó la oportunidad para, con la poca fuerza que le quedaba, cortarle dos dedos de su mano. El espía gritó de dolor, llamando la atención de su camarada que, hasta entonces, luchaba de forma pareja con Samara.
Samara aprovechó el momento. Su lanza rozó el rostro del espía, y le perforó un ojo. Luego, realizó una estocada que el espía, distraído, desvió incorrectamente hacia su pierna. Samara enterró su lanza en el muslo del espía y la giró. El espía, aturdido, le cortó la muñeca a Samara muy cerca de la mano. Con un último movimiento, intentó apuñalarla en el pecho. Samara se deslizó hacia un lado, y la espada apenas se deslizó sobre su armadura, pero la hizo caer al suelo. El espía, finalmente, sucumbió a sus heridas y se desmayó.
Las dos camaradas de Asur y Samara salieron de sus escondites. Se acercaron a Asur, que estaba apoyado contra un árbol con sangre en el brazo, y a Samara, que se levantaba y envolvía un trozo de tela en su muñeca. A sus pies yacía el espía de Asur, aturdido por la pedrada y desangrándose por los dedos cortados, y el de Samara, inconsciente, con una lanza en el muslo.
Samara las vio. —Revisen el brazo de Asur —les ordenó.
Ellas lo hicieron, y le preguntaron a Asur si estaba bien. Él no respondió. Su mirada de ira y cansancio estaba fija en su oponente, que aún con los dedos mutilados, sostenía con fuerza el amuleto contra su pecho.
Samara se acercó a Asur y le preguntó si estaba bien. Asur, en lugar de responder, le dijo: —Debemos regresar a la aldea.
Samara asintió. Miró a sus dos camaradas, que ya habían desarmado a los espías. —Una de ustedes, vaya por más soldados que los ayuden a cargar a los espías.
La soldado obedeció, corriendo por el sendero.
Más tarde, Asur y Samara llegaron a la aldea. En la entrada, la oficial Senek los esperaba con más soldados y el rostro visiblemente inconforme. Antes de llegar, Asur le dijo a Samara: —Debes decir que el plan fue tuyo y que yo solo te seguí.
Samara lo miró extrañada. —¿Temes ser castigado por Senek?
—Soportaría cualquier castigo. Pero quiero comprobar algo sobre ella —respondió Asur.
Finalmente, llegaron a la aldea. Senek se acercó a Asur con los puños cerrados y el rostro lleno de molestia. —¿Qué es lo que intentas? ¿Por qué siempre tienes que actuar por tu cuenta?
Asur, fingiendo ignorancia, respondió: —No sé de qué me acusa, oficial. Yo solo obedecía órdenes.
Senek no parecía entender. Samara intervino, asegurando que ella había planeado la captura de los espías. Senek la miró con incredulidad, luego a Asur, y finalmente a Samara, como si esperara una explicación.
—Yo pensé en capturar a los espías, oficial. Creía que teníamos el factor sorpresa de nuestro lado y estaba convencida de que podíamos hacerlo —explicó Samara.
—¿Y por qué llevaste a Asur contigo?
—Es un soldado hábil en comparación con los demás de nuestra patrulla. Me pareció una buena opción.
Senek sospechó. —El vigía que me contó sobre los espías dijo que Asur lo había enviado.
—Yo cumplí con mi deber de informar a mis superiores, usted como mi oficial de escuadrón, y Samara como mi líder de patrulla —interrumpió Asur—. Fue ahí cuando Samara me ordenó ir a capturar a los espías.
Samara aceptó su papel en la mentira. —Tomé una decisión imprudente y peligrosa, por lo que estoy dispuesta a recibir el castigo merecido.
Senek miró el estado de Samara, su herida en la muñeca y las cortadas en su rostro. Luego la herida en el brazo de Asur y la abertura en la armadura de su pecho. Con un tono tranquilo, dijo: —Está bien. Por esta vez lo dejaré pasar. Además, gracias a la iniciativa de Samara, ahora tenemos a dos espías capturados.
Senek se volteó hacia los demás soldados. —Lleven a los prisioneros a una de las casas abandonadas. Vigílenlos y atiendan sus heridas. Serán interrogados en la mañana.
Los soldados obedecieron, llevándose a los espías. Los camaradas de la patrulla se acercaron a Asur y Samara, curiosos.
—¿Qué pasó? ¿Por qué Asur dijo que Samara tuvo la idea?
Samara les contó cómo fue el duelo. Asur, por su parte, dijo que solo quería comprobar algo sobre Senek. —Debo ir a que me revisen el brazo, y Samara su muñeca —dijo.
Se fueron, dejando a sus camaradas solos a hacer el resto de la guardia.
La curiosidad de Asur lo consumía. Desviándose del camino a la enfermería, siguió a los soldados que llevaban a los espías. Samara, al verlo, lo siguió. —¿Qué estás haciendo? —le preguntó en voz baja.
—Quiero interrogar a los espías —respondió Asur, mientras ambos se movían entre las sombras.
—Lo haremos mañana.
—Senek lo hará mañana, y dudo que me deje ser parte del interrogatorio. Además, me parece poco práctico.
—¿Por qué?
—Si hay espías, debe haber un ejército cerca —dijo Asur, mirándola—. ¿No pensaste en eso? Al igual que Senek, parece.
Samara se dio cuenta de que tenía razón y lo siguió en silencio. Al llegar a la casa donde encerraban a los espías, se escondieron en las sombras. Vieron cómo Senek y los médicos ingresaban.
—Debemos esperar a que Senek se vaya —dijo Samara—. No nos dejará entrar.
Asur asintió, pensando que podrían convencer a los soldados que vigilaban la casa, ya que muchos de ellos lo admiraban.
Mientras esperaban, Samara se movió para tener una mejor vista. Se inclinó, apoyando sus caderas contra Asur. Él se dio cuenta de su figura y, recordando que ese día no habían tenido uno de sus encuentros, se excitó de inmediato. Se agachó, la tomó de las caderas y, con su miembro ya erecto, se frotó contra ella.
Samara sintió el agarre. Reconoció sus intenciones, pero en lugar de responder, intentó seguir la conversación.
—¿Qué haremos para que los espías hablen? —preguntó, moviéndose un poco, intentando quitar las manos de Asur.
Él no se detuvo, ignorando su negativa. Con un movimiento rápido, la penetró y ella quedó boquiabierta. No podía creer que Asur la hubiera tomado ignorando su negativa. La confusión se convirtió en una molestia furiosa que usó para contener los gemidos. Su cuerpo la estaba traicionando, liberando sus fluidos y erizando su piel.
Con una rápida serie de embestidas, Asur terminó. Salió de ella, se acomodó la ropa, y con una sonrisa, tocó el hombro de Samara, como si quisiera decirle que lo había disfrutado.
Samara, en un rápido movimiento, lo sujetó de su brazo herido, haciendo que sangrara de nuevo. Empuñó su lanza y la acercó al cuello de Asur. Lo empujó contra la pared.
—Yo no soy un objeto. No soy algo que puedas tomar libremente —dijo con voz firme.
Un poco confuso por el arrebato y la agresividad de Samara, él le preguntó: —Si tanto te molestó, ¿por qué me dejaste continuar?
—Puede que seas inteligente, pero aún eres un muchacho. Te falta mucho por aprender y yo entiendo eso.
Lo miró con una mezcla de lástima y vergüenza, aunque más por ella que por él.
—Lo que acabas de hacerme, es una violación de mi voluntad. Si vuelves a hacer eso conmigo o con cualquier otra mujer… —advirtió Samara, bajando la lanza hasta los genitales de Asur—. Yo aplicaré la ley contra los violadores.
Asur pensó por un instante. Asintió con seriedad, y le prometió que no volvería a pasar.
—Recuerda siempre tomar en cuenta lo que quieren los demás. De lo contrario, tu categoría pasará de héroe… a escoria —concluyó Samara. Lo soltó, se movió a un lado y se limpió su feminidad con un pedazo de tela.
Asur la miró por un instante, curioso por su actitud, hasta que recordó su objetivo de esa noche. Miró hacia la casa, donde vio a Senek y a los médicos irse. Ahora, solo los soldados vigilaban a los prisioneros. —Es el momento de entrar —le dijo a Samara.
Aún molesta por lo ocurrido, Samara se fue del lugar sin decir una palabra. Asur entendió que realmente la había molestado y tendría que hacer esto solo. Pensó que tal vez era lo mejor.
Salió de las sombras y caminó hacia los soldados. Ellos lo reconocieron de inmediato. Uno de ellos dio unos pasos al frente.
—Los médicos se fueron por allá —le dijo, señalando la dirección.
—No estoy aquí por eso —contestó Asur.
El soldado miró su brazo, del que escurrían gotas de sangre. —¿Estás seguro? Tu herida se ve un poco profunda.
Asur notó su mirada. Se rio con una sonrisa amigable. —Agradezco tu preocupación, pero mi herida no es profunda. Solo está sangrando por un mal movimiento que hice.
El soldado asintió, aún sin estar del todo convencido.
—Entonces, ¿qué haces aquí? —preguntó.
—Quiero interrogar a los espías —explicó Asur.
—La oficial Senek lo hará por la mañana.
—¿Por qué esperar? Es mejor hacerlo ahora.
Los soldados que escuchaban la conversación aclararon que eran órdenes de la oficial y que no querían problemas. Asur pensó por un momento. —Tal vez Senek no entiende la gravedad del asunto.
Los soldados se sorprendieron por la directa acusación de Asur. Él les explicó que, si hay espías tan cerca de la aldea, es porque un ejército enemigo podría estar cerca. Esperar hasta mañana para saberlo, podría ser una mala decisión.
Los soldados parecieron comprender la lógica de Asur. Él fingió preocupación. —Tal vez estoy siendo muy paranoico. Quizás esos espías son solo unos de los tantos que hay en la provincia.
De esa forma, Asur implantó el temor en los soldados. Ya convencidos por sus palabras, le dijeron que podía entrar, pero que fuera rápido. Asur prometió asumir la responsabilidad si Senek se enteraba.
La luna proyectaba su fría luz sobre la habitación, iluminando un rincón donde uno de los espías se sentaba en el suelo. Sus manos sujetaban con fuerza el amuleto agrietado, y una de ellas estaba vendada. En el otro rincón, su compañero convaleciente yacía temblando, su respiración lenta e irregular.
Asur los analizó, sus ojos dorados recorriendo la escena. El espía religioso lo reconoció de inmediato.
—Serás castigado por la diosa por dañar su amuleto —escupió.
Asur sonrió burlonamente.
—Si alguien ha insultado a la diosa, ese eres tú —respondió, su voz tranquila y segura.
—Tú dañaste y tiraste su amuleto.
—Y tú le negaste a la diosa lo que más deseaba.
—Yo nunca haría tal cosa.
Asur hizo memoria, recordando todo lo que sabía sobre la diosa. Le recordó al espía que la diosa Guerra valora la sangre del enemigo por sobre todas las cosas, y que todo soldado devoto debe hacer que la sangre de sus enemigos corra para complacerla.
—Yo ya sabía eso —respondió el espía.
—Entonces explícame esto —dijo Asur, recordándole el duelo—. Tú tenías el control, me tiraste al suelo, pudiste matarme… pero en lugar de eso, priorizaste un simple amuleto.
El espía tartamudeó:
—Era… era el amuleto de la diosa.
—¿Qué valora más la diosa? —preguntó Asur, su voz implacable—. ¿Un amuleto o la sangre derramada en su honor? Pudiste haberme matado y luego recoger el amuleto. Sin duda la diosa perdonaría la grieta si hubiera recibido a cambio la sangre de un joven soldado.
El soldado absorbió la lógica de Asur. Dejó caer el amuleto de sus manos y se llevó las manos a la cabeza. Asur vio el amuleto caer y una risa burlona se escapó de sus labios.
—Sigues insultando a la diosa —dijo, la risa aún en su voz.
—¿Qué? —preguntó el espía, confundido y asustado.
—Cualquier oportunidad que tenías de ser perdonado, la perdiste cuando soltaste ese amuleto —explicó Asur.
En ese momento, el espía convaleciente comenzó a convulsionar y a vomitar. El espía religioso lo tomó como una señal de la ira de la diosa, un castigo que caía sobre su amigo. Con angustia, se disculpó con su amigo, culpándose por la situación. Levantó el amuleto, lo besó, y le rogó clemencia a la diosa.
Asur miró el estado del convaleciente con total indiferencia. Pero la desesperación del religioso no le pasó desapercibida. Decidió aprovechar la situación.
Se acercó al espía convaleciente con una sonrisa curiosa. Se agachó, deshizo el vendaje de los médicos, y una vez que la herida quedó expuesta, enterró dos de sus dedos en ella, haciendo círculos en la carne. El espía abrió un poco los ojos, soltando sonidos ahogados, tratando de gritar. Asur lo miró con una sonrisa, con la misma curiosidad con la que podría estudiar a un insecto.
El religioso no se dio cuenta de lo que pasaba, sumergido en sus peticiones de clemencia. Asur lo miró. —Es una lástima. Tu amigo morirá aquí mismo —dijo con un tono sarcástico.
El religioso lo miró con ojos llorosos y temerosos. —Aún más triste es pensar que no tendrá un defensor durante el juicio de Justo —continuó Asur.
—¿A qué te refieres? —preguntó el religioso.
—La diosa Guerra no defenderá a un soldado que muere por enfermedad y no en batalla —respondió Asur con calma, aún con los dedos dentro de la herida del otro espía.
El religioso lo miró con incredulidad. —Te equivocas. Si mi amigo muere, será por las heridas que le causó esa guerrera. Será una muerte por combate.
—Las heridas causaron la fiebre —dijo Asur, sin quitar la sonrisa de su rostro—, pero será la fiebre lo que lo matará.
—Eso no tiene sentido. Su muerte sería por las heridas.
Asur fingió pensar. —Es como la picadura de una serpiente. No mueres por los colmillos, ni por los agujeros que dejan. Mueres por el veneno.
El religioso se frotó la cabeza, confundido, asustado y nervioso. Asur vio su desesperación. Era el momento de obtener lo que buscaba.
Sacó una de las dagas del primer espía, la colocó sobre el cuello del convaleciente. —Puedo darle a tu amigo una muerte digna, a manos de un enemigo —propuso.
Con un profundo desconcierto, el espía religioso miró a Asur, que esperaba su respuesta. Asur, percibiendo su vacilación, le explicó que su amigo, de cualquier forma, moriría. Sin embargo, si su muerte era a manos de un enemigo en combate, la diosa Guerra lo aceptaría.
El espía tomó su amuleto. —No puedo hablar. Sería castigado por traición a mi ejército —dijo.
Asur fingió sorpresa. —Es increíble cómo te esfuerzas por menospreciar a la diosa.
El religioso lo miró con miedo, sin entender.
—¿Cómo es posible que temas más a los hombres que a la diosa? —añadió Asur en tono burlón—. Tu castigo será muy severo.
El espía se golpeó la cara, culpándose por su estupidez. Asur se divirtió con la escena. Tras un momento, decidió volver al punto. —¿Ya decidiste sobre tu amigo o lo dejarás a su suerte en el más allá?
El religioso, abatido, aceptó. Asur le pidió todos los detalles del ejército rebelde: qué tan cerca estaban, cuántos eran, qué unidades tenían, y cuáles eran sus planes. El espía, mientras tanto, le contó todo lo que sabía, con Asur escuchando atentamente, la daga cerca del cuello del convaleciente.
Finalmente, el espía terminó su relato. Asur, emocionado por lo que iba a pasar, se levantó con una sonrisa y guardó su daga. —¿A dónde vas? —le preguntó el religioso, con los ojos llenos de lágrimas. Asur no contestó, y se dirigió a la puerta. El espía le volvió a gritar.
Asur se detuvo, volteó a mirarlo y le dijo que no podía matarlo, ya que su oficial al mando tenía que interrogarlos a ambos. El espía se confundió, diciendo que su amigo moriría pronto por la fiebre, que no podía dejarlo así. Asur, dándole la espalda, se fue al decir: —Que la diosa lo proteja.
El religioso se quedó de rodillas, tomando la mano de su amigo, quien estaba a punto de dar su último suspiro.
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