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Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 45

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Capítulo 45: Tecnicismos

El campamento del Príncipe Murem vibraba con una energía distinta. Aunque la guerra asolaba la provincia de Ziza, aquí reinaba una calma tensa. El sol de la mañana bañaba los campos de entrenamiento, donde el sonido metálico de las espadas y el crujido de las lanzas al perforar los maniquíes se mezclaba con el zumbido de los arcos. Este campamento no solo entrenaba a sus soldados en combate cuerpo a cuerpo, sino que también daba un lugar de prestigio a las unidades de arqueros, cuyas flechas volaban sobre las cabezas de los reclutas. En un claro cercano, jinetes de élite practicaban la equitación, moviéndose como un solo ser en cargas de formación que levantaban nubes de polvo. La camaradería había reemplazado el miedo inicial. Los soldados bromeaban mientras afilaban sus armas o reparaban sus armaduras de cuero. Las mujeres y los hombres, que en un principio se veían como extraños, ahora compartían historias y risas alrededor de las hogueras. Ya no eran solo reclutas, sino una familia de guerreros.

La tienda de mando de Murem se alzaba majestuosa en el centro del campamento. Dentro, el Príncipe se encontraba solo, sentado en su trono de mando. Su casco, adornado con figuras de plata que simulaban una corona, descansaba a un lado. Su cabello, un rubio radiante, caía sobre su frente. Sus ojos verdes observaban detenidamente el papiro que sostenía en sus manos, mientras sus dedos, adornados con anillos de oro, sostenían con firmeza el rollo. Estaba absorto en los detalles más recientes del frente norte, un informe que él mismo había redactado para su padre, el Rey Musem.

Al terminar de leer el papiro, con un gesto calculado, mojó la punta de su pluma de junco en un pequeño tintero de arcilla. El aroma salado de la tinta, hecha de hollín y agua, se esparció por el aire. Se detuvo para corregir una frase, y volvió a enrollar el papiro mientras la tinta aún estaba húmeda.

—Comandante, la gobernadora Mirial está aquí —interrumpió la voz de un soldado.

Murem no levantó la vista del documento. Con el ceño fruncido, contestó en un tono que no admitía debate.

—Que pase.

Mirial entró en la tienda. Su vestimenta era simple, pero elegante: un vestido color canela que llegaba hasta sus tobillos, ligeramente holgado, cubriendo su cuerpo hasta los hombros. Brazaletes de cuero en sus muñecas sostenían pequeños amuletos de bronce que tintineaban suavemente con cada paso. Su cabello oscuro estaba recogido en un moño prolijo, adornado por unos sencillos pendientes de gemas.

—Mi Príncipe —dijo, deteniéndose ante la mesa.

Murem dejó de escribir y la miró a los ojos. Con una media sonrisa, bajó la guardia.

—Sin formalidades, tía.

—¿Llego en un mal momento?

—Ya estoy por terminar. Y, de hecho, me gustaría que lo revisaras antes de enviarlo —dijo Murem, con un tono de voz serio, regresando su mirada al papiro, concentrándose.

Mirial tomó una silla de madera y la arrastró suavemente hasta un lado de la mesa. Se sentó en silencio, observando a su sobrino. Una sonrisa de orgullo se formó en sus labios, y sus ojos brillaron al ver la madurez con la que él manejaba sus deberes, tan lejos de ser el niño que había conocido.

Finalmente, Murem dejó su pluma de junco a un lado. Tomó el papiro abierto y se lo pasó a su tía. Mirial lo tomó con cuidado y comenzó a leer en silencio, mientras su sobrino la miraba con expectación, esperando su opinión.

Mirial movió lentamente sus ojos por el papiro, leyendo las palabras de su sobrino, que explicaban por qué no atacaba directamente a los rebeldes. La razón más clara era la diferencia entre la calidad de sus reclutas y la de los militares rebeldes.

—Mi príncipe —dijo Mirial, bajando el papiro—, esta primera parte es muy buena. Demuestras una gran capacidad de observación y un juicio excelente.

—¿No parece una justificación de cobardía? —preguntó Murem, con una sombra de inseguridad en su voz.

Mirial soltó una suave risa.

—Los más brutos e inexpertos de la corte lo verán así —contestó con voz serena—. Pero los más sabios y capacitados entenderán que un líder capaz sabe cuándo no debe arriesgarlo todo. La prudencia no es cobardía, es sabiduría.

Murem asintió, aunque la convicción no parecía haber alcanzado por completo sus ojos. Mirial volvió a concentrarse en el papiro.

Sus ojos recorrían la descripción detallada de las misiones de cada líder y cómo los rebeldes se habían mantenido en un solo lugar sin intentar alguna ofensiva. Las cifras sobre los ejércitos de Wilfer y Gilgag, y luego la impactante cantidad de sus propias tropas: 120,000. Al leer sobre el nuevo enfoque en el entrenamiento, las tácticas de asedio y la creación de unidades de jabalineros, la sonrisa en el rostro de Mirial se hizo aún más amplia.

Se detuvo en la lectura y miró a Murem.

—Tu informe es detallado y a la vez directo —dijo, admirada—. Demuestra la buena preparación que tienes en los estudios.

Murem asintió con una ligera sonrisa de orgullo, sintiéndose satisfecho por la aprobación de su tía.

—¿Qué crees que pensarían los miembros de la corte al leer esta información? —preguntó Murem.

Mirial pensó por un momento.

—Primero, podrían sentirse intimidados. Cuando un ejército en campaña se mantiene mucho tiempo inactivo, es porque planea algo decisivo para la guerra. Entenderán que los rebeldes son una fuerza a temer.

—Ya había pensado en eso. También me hace sentir intimidado a mí —admitió Murem, bajando la mirada.

—Ese es otro rasgo importante de un buen líder —dijo Mirial, su voz, calmada pero firme—. Entender al enemigo te da miedo. No entenderlo te matará.

Murem asintió de nuevo. Con un suspiro, preguntó:

—¿Qué más podrían pensar?

—Después de la intimidación, podrían sentirse aliviados al saber que estás entrenando y organizando a tu ejército en diversas áreas y unidades. Se darán cuenta de que no has perdido el tiempo.

—Es lo único que puedo hacer en este momento —dijo Murem, con la voz apagada.

—Y lo estás haciendo muy bien —afirmó Mirial, la calidez en sus ojos reflejando la seguridad que quería transmitirle.

Mirial volvió a leer. La suave curva de sus labios se desvaneció al llegar a la sección sobre la misión de Gilgag. Sus ojos se movieron con lentitud por el texto, notando la clara hostilidad que se había deslizado en cada palabra del informe de su sobrino. Murem había descrito a Gilgag como el comandante con la mayor participación en la campaña, relatando su papel como vanguardia y cómo, a pesar de ello, se había alejado de sus deberes por la muerte de su esposa, para volver tres semanas después con una actitud atrevida. Con una precisión fría, Murem detallaba las ofensivas de Gilgag en bosques, aldeas y colinas, calificando sus victorias como “menores” y sus intentos como “fracasos”.

Mirial se detuvo. Sus ojos, ahora severos, se despegaron del papiro y se encontraron con los de Murem. Un ceño fruncido de desaprobación se dibujó en su frente.

Murem, que había estado observándola con la tensión de un estudiante esperando su nota, sabía la respuesta, pero aun así preguntó:

—¿Qué está mal en el informe?

—Las acciones de Gilgag —dijo Mirial en un tono serio y firme—, parecen las acusaciones de un juez hacia un criminal.

Murem dudó un momento, bajando la mirada.

—Agradezco tu consejo del otro día, pero, para mí, las acciones de Gilgag fueron una desobediencia directa a mi mando de Comandante Supremo.

—Gilgag, “el hombre más leal del rey”, nunca cometería un acto de desobediencia —replicó Mirial con una certeza que no admitía debate. Y antes de que Murem pudiera responder, continuó—: La orden específica que le diste fue que impidiera las incursiones rebeldes hacia el norte de la provincia. Nunca le dijiste explícitamente que no pudiera realizar sus propias incursiones.

—Sí, pero les informé a todos que el objetivo era evitar la confrontación a menos que los rebeldes atacaran —aclaró Murem.

—Sí, les informaste —asintió Mirial, dejando que sus palabras flotaran en el aire.

Murem se quedó en silencio, un gesto de comprensión apareció en su rostro. La idea de que sus palabras pudieran ser una sugerencia y no una orden directa lo golpeó.

Mirial se levantó de su silla, rodeó la mesa de forma lenta y se colocó a la espalda de Murem.

—Si la orden no fue clara —dijo, su voz más suave, pero igual de contundente—, si no fue dicha explícitamente, los líderes tienen la autonomía para tomar tus palabras como una sugerencia.

Murem volteó en su trono, enfrentándola.

—Eso es un tecnicismo —dijo, su voz sonando con una mezcla de frustración e incredulidad.

—Mi príncipe, casi todo en la política se basa en tecnicismos —contestó Mirial, bajando la mirada para verlo a los ojos—. Y tú tienes que aprender a lidiar con eso.

—Eso debería ser tomado como una afrenta o una burla a las leyes.

—Así es como funciona el poder —respondió Mirial—. Tu propio decreto de reclutamiento forzoso por familias fue burlado. Familias con más de cincuenta miembros, hermanos o con un abuelo en común, se agruparon por generaciones y terminaron enviando a una sola persona.

Murem lo pensó por un instante, sabía que su tía tenía razón. Un recuerdo fugaz llegó a su mente, un informe que mencionaba a un hombre rico que entregó a su esclavo como recluta porque el decreto no especificaba que el miembro fuese de la familia.

Mirial volvió a sentarse, tomó el papiro y continuó su lectura en silencio.

—Entonces —dijo Murem, con un tono más bajo, como un niño que ha aceptado su error—, ¿debo rehacer el informe?

Mirial levantó la mirada del papiro y lo miró fijamente.

—Eso sería lo mejor —dijo, con voz firme—. A menos que quieras ser visto como un príncipe inseguro que no confía en el más leal de sus aliados.

Murem asintió. Bajó la mirada con vergüenza, su postura encorvada, como la de un niño que acaba de ser regañado por un adulto.

Mirial regresó la mirada al papiro, y sus ojos se posaron en una sección que señalaba la ubicación más importante recuperada por los escuadrones de Gilgag. Un relato llamó su atención, un rumor que Murem, para su sorpresa, había añadido: “la desobediencia de un soldado otorgó la victoria sobre esta ubicación. La Aldea de Bura y el soldado de los ojos dorados”.

Por otro lado, lejos de las preocupaciones de la corte, en la polvorienta aldea de Bura, la guerra era un trabajo manual.

Soldados y aldeanos, bajo un sol abrasador, trabajaban sin descanso. Sus palas removían la tierra, creando una red de zanjas que se extendían como cicatrices por el perímetro del bosque. Otros colocaban troncos afilados y espinas como obstáculos. Asur, impasible, dirigía las labores. Sus ojos dorados, atentos, señalaban los puntos estratégicos donde se debían cavar más zanjas. Los soldados, al verlo, obedecían con la disciplina de quienes confían en las órdenes de su líder.

Una sombra de furia se acercó a paso rápido. Era la oficial Senek, acompañada por tres soldados. Su figura era una flecha de ira. Los soldados la vieron y, con un silencio expectante, detuvieron sus labores. Las palas cayeron con un ruido sordo. Asur observó su llegada con una indiferencia helada, sabiendo perfectamente lo que le esperaba.

Senek se detuvo frente a él. Sin decir una sola palabra, su puño se estrelló contra la mejilla de Asur con una fuerza devastadora. El sonido fue seco y brutal. Asur se tambaleó por el impacto. El aturdimiento duró solo un instante, y para asombro de todos, una sonrisa burlona se dibujó en sus labios.

Senek levantó su puño de nuevo, pero Asur no se inmutó. La mirada fría en sus ojos la detuvo. Bajó el puño y, con la voz ahogada por la rabia, comenzó a gritar.

—¡Estoy harta de ti, Asur! ¿Acaso crees que este ejército es tu patio de juegos? Siempre actúas por tu cuenta, desobedeciendo mis órdenes y poniendo a todos en peligro.

Asur la miró con una expresión de inocencia fingida.

—¿Qué fue lo que hice ahora, oficial?

—¡Qué hiciste! —explotó Senek, señalando con el dedo en dirección a la aldea— ¡Cómo te atreves a interrogar a los espías sin mi autorización! ¡Pasaste por encima de mi autoridad! ¡Otra vez!

El silencio de Asur fue su primera victoria. Senek, interpretando la quietud como sumisión, vio una oportunidad para desenmascararlo frente a los soldados. Se pavoneó, una sonrisa arrogante extendiéndose por su rostro.

—Y eso no es todo —gritó, su voz resonando en el aire polvoriento—. Uno de los espías me dijo que este… embustero usó el nombre de la diosa para amenazarlo y le hizo una promesa que se negó a cumplir.

Los soldados se miraron entre sí, los murmullos de asombro extendiéndose entre ellos. La admiración por Asur se mezclaba ahora con la confusión. ¿Podría ser cierto? ¿Podría ser tan descarado? Senek, sintiendo que tenía el control, se burló:

—Este soldado que admiran no es más que un irrespetuoso. Un embustero que juega con los dioses para conseguir lo que quiere.

Asur observó cómo su reputación, construida con esfuerzo, pendía de un hilo. Una vez más, su imagen pública se arriesgaba a cambiar. Con seriedad y la voz en alto, contestó.

—Efectivamente, hice todo eso. Pero no como la oficial lo dice.

Explicó que interrogó a los espías de inmediato porque era la prioridad. ¿Qué sentido tenía esperar hasta la mañana cuando, con el enemigo cerca, la información era vital?

—Los espías estaban heridos en ese momento —gritó Senek, enfurecida—. ¡Pasé toda la noche planeando un interrogatorio!

—Y por eso mismo debió interrogarlos de inmediato —respondió Asur, con una calma que la exasperaba—. Un espía herido puede morir. ¿No lo pensó? ¿Y si hubiesen estado muertos en la mañana, oficial?

Un silencio se apoderó de todos. Los soldados cruzaron miradas, un sentimiento de desaprobación hacia su superior creciendo en sus rostros.

—Mientras usted planeaba, yo los interrogué en poco tiempo y usé la noche para planear algo con la información que obtuve —continuó Asur, y con la mirada señaló los trabajos que se estaban llevando a cabo.

El rostro de Senek estaba rojo de rabia, y la mirada de los soldados se posó sobre los hoyos y los troncos que, hasta ese momento, habían ignorado. Ellos ya no trabajaban para la oficial, trabajaban para el plan de Asur.

—Nunca utilicé el nombre de la diosa para mentir —continuó Asur—. Solo dije la verdad sobre ella. La diosa Guerra valora la sangre. El espía le negó la sangre que ella deseaba. Por su parte, la promesa que le hice fue la de una muerte digna. Nunca especifiqué el cuándo. Era un tecnicismo, pero era la única forma de conseguir la información.

Los soldados murmuraron, la balanza de la opinión se inclinaba claramente a favor de Asur. La lógica de sus palabras era irrefutable. La rabia de Senek explotó.

—¡Ya no soportaré más tu arrogancia y tu desobediencia! —gritó, su voz temblando.

Se volvió hacia sus soldados.

—¡Arresten a Asur! ¡Debe ser castigado!

La tensión se hizo palpable. Los soldados presentes apretaron sus lanzas, sus ojos se encontraron. Sabían que, si Senek intentaba algo, ellos usarían la fuerza para defender a Asur.

Justo cuando Senek estaba a punto de dar la orden final, una figura se acercó a toda velocidad. Era Samara, que corría hacia ellos.

—¡Oficial! —gritó, sin aliento, a la espalda de Senek—. El oficial Arsap ha llegado con su escuadrón. Ya está en la aldea y se dirige hacia aquí.

El oficial Arsap llegó justo después de Samara. Un hombre robusto, de pelo y barba gris ceniza, se movía con una postura rígida, y sus ojos, enmarcados por intensas ojeras, transmitían una autoridad silenciosa. Junto a él, un grupo de treinta soldados se detuvieron unos pasos atrás.

Senek se acercó de inmediato, con una mezcla de nerviosismo y respeto.

—Oficial Arsap, no esperábamos su llegada.

Arsap la miró fijamente por un instante, luego sus ojos recorrieron a los soldados de Senek, notando la tensión y el conflicto en el ambiente. Volvió a ver a Senek y, con una voz ronca y grave, le dijo:

—Fui enviado por el Coronel Superior Gilgag. Recibimos su informe, y sabíamos que tenía menos de cien soldados para proteger la aldea. Por eso estoy aquí.

Senek se sonrojó de vergüenza. Arsap ignoró su incomodidad y su mirada se posó en las zanjas y los troncos que los soldados de Senek estaban cavando.

—¿Qué están haciendo? ¿Hay algo que deba saber?

Senek miró a sus soldados, pero ellos también parecían estar en un estado de confusión. Con desdén, miró a Asur, preguntándose qué estaría tramando.

Arsap, al ver la reacción de la oficial, caminó hacia los soldados. Sus ojos se posaron en Asur, reconociendo en él al joven de los rumores. Asur le devolvió la mirada con la misma frialdad inexpresiva.

Senek, desesperada por recuperar su autoridad, se interpuso entre ambos.

—Oficial, estaba a punto de impartir un castigo.

—Continúe —respondió Arsap sin voltear a verla—. Yo solo quiero saber si este es el muchacho de los ojos dorados del que hablan los rumores.

—Es precisamente a él a quien debo castigar —aclaró Senek, nerviosa, y le contó los motivos de su castigo.

Asur, con gran indiferencia, asintió, confirmando la historia de Senek. Arsap pensó por un momento.

—No estoy aquí para desautorizarla. Haga lo que tenga que hacer, pero primero dígame qué tengo que saber sobre los trabajos que están haciendo.

Senek bajó la mirada, visiblemente avergonzada.

—No… no lo sé —susurró, con la voz casi inaudible.

Arsap se sorprendió.

—¿Cómo es posible que no sepa nada siendo la oficial al mando? —la furia en sus ojos era evidente, Senek no respondió. Arsap dirigió su mirada hacia todos los soldados y preguntó en voz alta—: ¿Qué era lo que estaban haciendo?

Todos los soldados miraron a Asur. Arsap lo notó y su mirada se posó sobre Asur, sus ojos se encontraron.

—Estábamos preparando el terreno para el ataque de un escuadrón rebelde el día de mañana.

Tanto Arsap como Senek se quedaron congelados por un instante, asombrados por la información. Asur continuó, su voz era fuerte y clara.

—Mañana un escuadrón llegará a atacar la aldea, cuatrocientos de infantería y cien arqueros, un total de quinientos soldados, liderados por un gigante.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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