Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 46
- Inicio
- Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia
- Capítulo 46 - Capítulo 46: Lecciones Por Aprender
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 46: Lecciones Por Aprender
El aire en la cabaña de Bura era gélido, impregnado del olor a tierra húmeda y humo rancio de una lámpara de aceite que titilaba en el centro de la mesa. Asur y Senek se enfrentaban desde lados opuestos de la mesa de roble astillado, sus miradas cruzadas en un duelo silencioso y malicioso: los ojos dorados de Asur, fríos y calculadores, contra los de Senek, ardiendo con desprecio, su cicatriz en la mejilla tensándose como una herida fresca. Al extremo de la mesa, Arsap jugaba con su barba entrecana, sus dedos nudosos enrollando mechones mientras su mente giraba en torno a la información recibida.
—Quinientos rebeldes… cien arqueros entre ellos… —murmuró Arsap para sí mismo, su voz grave resonando en el espacio confinado—. Y un gigante los lidera.
Asur, con una calma que rayaba en la insolencia, asintió, su voz cortante como el filo de una lanza.
—Así es. Su misión es tomar la aldea rápido. Rodearla con su número, atacar desde todos los frentes.
Senek soltó una risa amarga, su mano golpeando la mesa con un ruido sordo, haciendo temblar la lámpara.
—¿Y eso lo sabes por tus espías capturados? —dijo con tono despectivo, escupiendo las palabras—. Información de un hombre roto. No es confiable.
Asur ladeó la cabeza, su sonrisa depredadora asomando, un destello en sus ojos que hacía que el aire pareciera aún más frío.
—¿Qué dudas, Senek? —replicó, imitando su mordacidad—. ¿Los arqueros? ¿El gigante? ¿O mi método para sacar la verdad?
Senek entrecerró los ojos, su rostro enrojeciendo, los puños apretados hasta que los nudillos crujieron.
—El espía podría mentir para asustarnos, para bajar nuestra moral —espetó, alzando la voz—. Pero claro, un niño como tú no lo entendería.
Asur se inclinó hacia adelante, su sonrisa ensanchándose, fría y afilada, mientras alzaba la voz en respuesta.
—¿Un niño? —retó, su tono vibrando con sarcasmo—. Dime, señorita marchemos de frente hacia una trampa incendiaria, ¿tú sí entiendes la guerra?
Senek se levantó a medias, su silla raspando el suelo de tierra, pero un golpe seco los detuvo. Arsap había estrellado su puño contra la mesa.
—¡Basta! —rugió, su voz como un trueno en la cabaña—. No sé qué pasa entre ustedes: un pasado, deseos reprimidos… ¡Me importa una mierda! —Señaló a Senek con un dedo tembloroso—. Eres oficial, actúa como tal. Separa emociones del deber. —Luego miró a Asur, perforante—. Y tú, muchacho, respeta a tus superiores. Si quieres ordenar, primero obedece.
El silencio volvió, pesado e incómodo, como una manta de plomo. Senek respiraba agitada; Asur, inmóvil, mantuvo su mirada fija, su expresión ahora una máscara de calma inquietante. Arsap exhaló, recostándose.
—Ahora —dijo, firme—, hablemos de esos arqueros y el gigante. ¿Cómo los detenemos?
El aire en la cabaña se aligeró apenas, aunque el olor a tierra húmeda seguía. La lámpara de arcilla parpadeaba, proyectando sombras que danzaban sobre las paredes de adobe. Asur, sentado con una calma desafiante, rompió el silencio tras la pregunta de Arsap.
—Yo planeaba luchar en los bosques de alrededor —dijo, los ojos dorados brillando bajo la luz tenue—. Los árboles cortan la visión de los arqueros, nos protegen de sus flechas. Las zanjas y troncos caídos los obligan a avanzar en líneas cortas, quitándoles la ventaja numérica.
Arsap, con los brazos cruzados, alzó una ceja, una chispa de orgullo cruzando su mirada curtida. Senek, en cambio, apretó los puños, su cicatriz tensándose mientras su voz cortaba como un cuchillo.
—¿Y planeaste eso sin consultarme? —espetó, su pendiente destellando al inclinarse—. Soy la oficial al mando.
Asur inclinó la cabeza, su sonrisa asomando: —La última vez que sugerí algo, me ignoraste solo porque era yo. —Hizo una pausa, su tono mordaz—. Y nos llevaste directo a una trampa.
Senek abrió la boca para protestar, pero un carraspeo ruidoso de Arsap la detuvo. El oficial se inclinó hacia adelante, su armadura de cuero crujiendo.
—Buen plan, Asur —dijo, su voz grave—. Pero en el bosque, corremos el riesgo de flechas incendiarias.
Asur negó con la cabeza, su sonrisa intacta: —Solo nosotros podemos incendiar el bosque. Es la temporada húmeda; no hay hierba seca ni ramas quebradizas. Un incendio necesita grasa o paja traída de fuera. Los rebeldes no pueden hacer eso sin que los veamos. Sus flechas solo provocarían llamas pequeñas, fáciles de apagar con un pisotón.
Senek frunció el ceño, sus dedos tamborileando la mesa. Recordó el olor acre de la grasa en los viñedos, el crujir de la paja seca bajo las flechas rebeldes. Su mirada bajó, derrotada por un instante.
Arsap, con una sonrisa torcida, dio una palmada en la mesa: —Chico listo —dijo, mirando a Asur con aprobación, mientras Senek apretaba los labios.
Arsap se puso serio: —Pero tenías menos de cien soldados contra quinientos. ¿Cómo ibas a enfrentar esa diferencia?
Asur, sin dudar, deslizó una mano a su cintura y sacó una honda de cuero gastada, sosteniéndola en alto.
—Con esto —dijo, su voz vibrante—. Anulamos sus arcos, y usamos nuestra propia arma a distancia.
Arsap tomó la honda, frunciendo el ceño, y soltó una risa burlona: —¿Una herramienta de campesinos contra arcos militares? ¿En serio?
Asur rió, imitando su tono: —¿Y por qué no? La mayoría de los soldados aquí eran campesinos —se inclinó hacia adelante, su voz ganando intensidad—. Hombres y mujeres de este escuadrón crecieron en aldeas, usando hondas desde niños para proteger cultivos y rebaños, ahuyentar zorros, cazar jabalíes y hasta aves en vuelo. Los arqueros necesitan posturas firmes, espacio para tensar. Nuestros honderos disparan agachados, acostados, con precisión. En el bosque, las zanjas estorbarán sus arcos; nosotros tendremos movilidad.
Arsap giró la honda en sus manos, su mirada cambiando, como si viera el arma por primera vez.
—Entiendo… Zanjas para frenarlos, árboles para cegarlos, y honderos para golpearlos —Miró a Asur, una chispa de respeto en sus ojos.
Senek, con la mandíbula tensa, no dijo nada, su silencio más elocuente que cualquier grito. El aire se llenó de una calma tensa, como antes de una tormenta.
—Buen plan, chico —dijo Arsap, su voz grave—. ¿Cuántos soldados tenían antes de mi llegada?
Senek, con el ceño fruncido, respondió rápido: —Noventa y seis combatientes y cuarenta y ocho heridos.
Arsap asintió: —Con mis doscientos, son doscientos noventa y seis. Pelearemos en el bosque, siguiendo el plan. Senek, tú al flanco izquierdo con parte de tu escuadrón y el mío; yo, al derecho de la misma manera.
Senek, dudosa, alzó la voz: —¿Y el tercer grupo?
—El gigante liderará la vanguardia con escoltas —dijo Arsap, mirando a Asur—. ¿Qué plan tenías para él?
Asur dudó, su sonrisa desvaneciéndose: —Con solo noventa y seis soldados, pensé en aturdirlo con piedras.
Senek rió con desprecio: —¿Piedras? Sus escoltas masacrarán a tus honderos. Necesitas una unidad especial.
Arsap frunció el ceño, pensativo, y luego miró a Asur: —Si lideras esa unidad contra el gigante, hablaré de tu mérito al Coronel Superior.
Senek se levantó, furiosa: —¡No lo merece! Es un…
—Acepto —cortó Asur, su voz calma, una sonrisa fría en los labios.
Arsap señaló a Senek: —Siéntate. Necesitamos hablar sobre la cohesión de mañana —Luego miró a Asur—. Busca voluntarios para enfrentar al gigante, ve.
Asur asintió y salió, la puerta crujiendo tras él. Senek, con los puños apretados, miró la mesa. Arsap observó la puerta, curioso y confiado.
Al salir, la puerta de madera crujió tras Asur, quien se encontró con un mar de sombras bajo la luz del día. Los soldados de los escuadrones de Senek y Arsap se amontonaban entre los árboles y las casas de adobe, sus rostros iluminados por la luz que se filtraba entre las ramas. Algunos lo miraron con preocupación, otros con ansiedad, la mayoría expectantes, sus murmullos como el zumbido de un enjambre. El aire olía a polvo y sudor, mezclado con el dulzor de los viñedos cercanos.
Asur alzó la voz, clara y cortante, silenciando el murmullo: —Los oficiales Arsap y Senek les informarán la estrategia. Pero ahora necesito voluntarios. Un grupo especial que esté dispuesto a enfrentar al gigante rebelde.
Un silencio tenso siguió, roto por susurros: —¿Un gigante? Es una locura —dijo un soldado, su escudo temblando. —Soy valiente, pero no tanto —murmuró otro. —¿Quién querría pelear con eso? —Las voces se alzaron, un coro de duda que pesaba en el aire.
Asur, con los ojos dorados brillando, alzó la voz de nuevo, su tono firme, casi desafiante.
—No rogaré. No convenceré a quien no puede. Quiero a los que no teman, a los que saben que pueden hacerlo.
Dagón, en primera fila, su hacha al hombro, dio un paso adelante. —¿Tú no temes, Asur?
Asur ladeó la cabeza, su sonrisa depredadora destellando.
—No sé qué es el miedo —dijo, su voz calma pero afilada—. Así que no, no temo.
Los murmullos estallaron de nuevo, divididos: —Es un creído —susurró un soldado, apretando su lanza—. Se cree mejor que todos.
Pero otros replicaron: —Es valiente —Ha hecho cosas impresionantes para ser tan joven. —Siempre hace estas cosas.
Asur alzó la voz, cortando el ruido: —Los que estén dispuestos a pelear conmigo contra el gigante, síganme para trazar nuestro plan.
Sin mirar atrás, se abrió paso entre la multitud, su túnica gris ondeando. Los soldados dudaron, sus botas clavadas en el polvo. Dagón, mirando su hacha, dio un paso, luego otro, el primero en seguirlo. Un soldado lo imitó, luego otro, y pronto un puñado más se unió, sus pasos resonando en la tierra seca. Otros se quedaron, sus rostros marcados por la desconfianza.
Asur caminó por la aldea, sin saber si alguien lo seguía. Al pasar por un pozo, vio a Nanshe, forcejeando con un recipiente de arcilla lleno de agua. Su cabello rubio brillaba bajo la luz, pero su rostro estaba tenso. Asur se detuvo, recordando su promesa rota de visitarla cada día. Sus ojos se encontraron; Nanshe palideció, sus manos temblando. Miró a los lados, confundida, luego al recipiente, como recordando su tarea, y se alejó rápido hacia el lado opuesto.
Asur sonrió, divertido por su reacción, y dio un paso para seguirla.
—¡Asur! —Una voz lo detuvo, se giró y vio a Dagón al frente de un grupo de soldados, sus rostros decididos, armas al hombro. Asur asintió, su sonrisa ensanchándose, y miró hacia donde Nanshe se había ido, ahora solo un borrón entre las casas. “Después”, pensó.
Caminó hacia un tronco caído, se sentó, y con un gesto invitó a los soldados a acercarse. Ellos se sentaron en el suelo o en troncos cercanos, el polvo alzándose bajo sus botas. Asur los contó: cuarenta y cuatro.
El aire olía a tierra seca y leña quemada, el crujir de las botas en el polvo mezclándose con los murmullos ansiosos. Algunos soldados eran de su patrulla; otros, sorprendentemente, del escuadrón de Arsap, sus rostros marcados por una mezcla de confianza y duda.
—No esperaba tantos dispuestos a enfrentar un gigante —dijo Asur, su voz clara, con un dejo de admiración fingida.
Un soldado, con una lanza al hombro, respondió: —Es tu confianza, Asur. Nos hace creer que tienes un plan.
Dagón, al frente, sonrió con entusiasmo: —¡Él siempre tiene un plan!
Asur los escrutó, sus ojos dorados brillando.
—¿Cómo lo haremos? —preguntó un soldado, nervioso.
Otro murmuró: —Todos a la vez, supongo.
Dagón alzó su hacha: —¿Tal vez cuerdas? Como al cazar animales grandes.
Asur ladeó la cabeza, su tono capcioso: —¿Las cuerdas funcionan con un grupo? El gigante no viene solo; tendrá veinte, tal vez treinta escoltas —hizo una pausa, dejando que el peso de sus palabras calara—. El gigante no es solo un combatiente. Es una herramienta para bajar la moral. No necesita luchar; sus escoltas matan mientras los enemigos tiemblan.
—Entonces, ¿solo enfrentaremos a los escoltas? —preguntó un soldado aparentemente aliviado.
—Que no necesite luchar no significa que no lo hará —respondió Asur con seriedad—. Si lo acorralamos o sus escoltas caen, atacará, he ahí el problema.
—¿Cómo peleamos con ambos? —preguntó otro, la voz temblorosa.
Asur sacó la honda de su cintura, sosteniéndola con orgullo.
—No lo haremos —dijo, su sonrisa afilada—. Los mantendremos bajo una lluvia de piedras —se agachó, tomando una piedra puntiaguda, y trazó un círculo en la tierra—. Atacamos con piedras al gigante y sus escoltas. Cuando carguen, retrocedemos. Veintidós disparan, veintidós retroceden, alternando para agotarlos. No pueden avanzar si las piedras no paran.
—¿Y si nos alcanzan? —preguntó Dagón, frunciendo el ceño.
—Los escoltas serán lentos al proteger al gigante y marchar en formación —respondió Asur—. Si uno se separa, concentramos las piedras en él. Nadie nos alcanzará si hacemos esto bien.
Los soldados asintieron, un murmullo de alivio extendiéndose.
—¡Sin cuerpo a cuerpo! —dijo uno, riendo.
—Como cazar un oso —añadió Dagón—. Lo aturdes hasta que cae.
—¡Exacto! —dijo Asur sonriendo—. Practiquen su tiro con honda. Recojan piedras. Todas las que encuentren.
Los voluntarios, animados, se dispersaron, el sonido de sus pasos resonando. Dagón iba con ellos, pero Asur lo detuvo.
—¿Sabes dónde está Samara? —preguntó.
—Entrada este de la aldea, creo —respondió Dagón, ajustando su hacha.
—Ve a practicar —dijo Asur, su mirada fija en la distancia—. Tengo algo más que hacer.
Más tarde, Asur se adentró en el juego de sombras y luz del anochecer mientras se acercaba a la entrada este de la aldea, donde la encontró, en medio de su entrenamiento. Samara se movía con la gracia salvaje de un lobo en su caza, su lanza convertida en una extensión de su voluntad. Sus caderas se balanceaban, y su vestido se aferraba a sus curvas, ondeando en cada giro.
Asur se detuvo, su mirada fija en la forma en que el vestido de Samara se movía. Se acercó sin hacer ruido. Su sonrisa, esa que ocultaba tanto como revelaba, se ensanchó.
—No sabes lo que me provocas —susurró, su voz ronca con un deseo que no se molestaba en ocultar.
Samara se detuvo, un escalofrío que no era de frío le recorrió la espalda. No necesitaba girarse para saber que él la estaba devorando con la mirada, ni para sentir el peso de su lujuria. Una punzada de decepción le apretó el pecho. Él, el muchacho que la había admirado por su habilidad, era, al final, igual que todos los demás.
Finalmente, giró el rostro. La mirada de Asur no tenía disimulo. Lentamente la mirada de Asur subió por su cuerpo hasta encontrarse con una mirada gélida y una boca apretada en una línea fina que rompió el encanto. Asur, notando el cambio, se acercó, la voz seria y grave.
—¿Te has enterado de los nuevos planes?
Samara lo siguió mirando, inmóvil. Su silencio era una pregunta, una exigencia que Asur, por una vez, parecía no entender. Ella seguía esperando la disculpa, una señal de arrepentimiento. Asur, sin embargo, ignoró la demanda implícita y siguió hablando, su voz convertida en la de un estratega.
—Tendremos una unidad especial para el gigante. Yo la lideraré. Esa es la primera parte del plan, pero hay algo más… algo que necesito de ti.
—¿Es todo? —preguntó ella, la lanza en su mano apretada con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
El rostro de Asur se contrajo al notar su tono, pero antes de que pudiera responder, ella continuó, sin alzar la voz, pero con una rabia contenida que hacía que cada palabra fuera una daga.
—¿Desde cuándo eres mi jefe? ¿Desde cuándo llegas y pides algo de mí como si fuera tu…, propiedad?
—¿De qué hablas? —preguntó Asur, un ceño fruncido en su frente—. ¿No creo entender lo que dices?
Una risa amarga y hueca escapó de los labios de Samara.
—No, lo entiendes muy bien —dijo, su mirada fría y dura—. ¿Lo que necesitas de mí es desahogo sexual? Debe ser eso, porque para ti soy solo un cuerpo. Un cuerpo para relajarte cuando la guerra te presiona.
Asur miró la lanza en su mano. Con un brillo calculador en los ojos.
—¿Al igual que esa noche? —Samara lo cortó, sin darle tiempo—. ¿Solo vas a tomar lo que quieres y ya?
Asur asintió con una lentitud exasperante. Comprendió el problema, pero su mente no lo procesaba como un error moral, sino como un obstáculo a superar.
—¿Entonces qué debo hacer para enmendarlo? —preguntó, su voz carente de emoción.
—Quizás podrías empezar por una disculpa. Y decir que te arrepientes.
Asur sonrió de lado. —Lo siento. Y me arrepiento.
—No eres sincero —dijo Samara, su voz una cuerda tensa—. ¿Es que no te arrepientes de lo que hiciste?
La sonrisa de Asur se borró. —No tengo por qué arrepentirme. Comprendo que tú también querías hacerlo.
Una furia repentina encendió los ojos de Samara. —¡No lo sabes! ¡Me tomaste por la fuerza!
Asur soltó una risa grave y burlona. Ante la mirada furiosa de ella, levantó su mano, guiándola hacia su busto. Pero antes de que sus dedos lo rozaran, Samara, con la velocidad de una serpiente, le agarró la muñeca. En un movimiento rápido y feroz, lo inmovilizó y le estiró el brazo detrás de la espalda.
—No puedes simplemente tocarme cuando quieras —gruñó.
Asur, con la cara hundida en la tierra, soltó un par de carcajadas. —¿Cómo pude tomarte por la fuerza si es evidente que eres más fuerte que yo?
Samara lo miró desde arriba, con su brazo sometido, y no supo qué responder. Su agarre sobre la muñeca de Asur se aflojó un poco, su mente en un torbellino.
—No tienes por qué negarlo —Asur continuó, su voz aún teñida de diversión—. Tú también lo deseabas.
Samara miró al cielo, soltó un suspiro pesado y asintió con un tono melancólico, derrotado. —Tienes razón —dijo, la rabia desinflándose en resignación—. Mi cuerpo me traicionó. Dejó que terminaras… porque lo deseaba. Pero debiste detenerte cuando dije que no era el lugar adecuado. —Hizo una pausa y su voz se quebró en un tono más suave, casi de reproche—. Si hubieras respetado mi ‘no’, podríamos haber esperado. Hubiéramos interrogado a los espías juntos, y el resto de la noche… nos hubiéramos apareado como animales, si eso es lo que querías. Pero tenías que imponerte, como si mi opinión no importara.
Aún con el dolor agudo en el brazo, Asur no se inmutó. —No me arrepiento de lo que hice —declaró con voz firme—. Porque gracias a eso… aprendí algo valioso: a respetar el “no” de una mujer. Me alegra haber aprendido esa lección contigo. Mejor que con una joven de mi edad, a quien seguramente habría herido de por vida.
Samara soltó su brazo al oírlo. Se llevó las manos a la cara, la mente procesando sus palabras. Pensó en la juventud de Asur, en su falta de experiencia en esos temas. Y, por un instante, se vio a sí misma como la que había obrado mal, como la que debía enseñar en lugar de reprochar. Él tenía razón: era mejor con ella que con una joven. Su recuerdo del hijo que tenía la misma edad de Asur, le apretó el corazón.
Asur, aún sentado en la tierra, sintió su hombro doler, pero lo ignoró. Vio a Samara agachada, con la cabeza gacha.
—Ya hemos perdido tiempo valioso. Te necesito para mi plan. Necesito a la guerrera. La vida de doscientos noventa y seis soldados depende de eso.
Samara se puso de pie, su mirada en el cielo nocturno. Tomó su lanza del suelo y miró a Asur a los ojos. —¿Qué necesitas?
—Necesito aprender una técnica —dijo con la seguridad de quien sabe que no hay otro camino—. Algo que solo tú puedes enseñarme.
Samara asintió lentamente, una pequeña sonrisa melancólica asomando. En su mente se dijo: “al menos, también le sirvo para la guerra”.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com