Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 47
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Capítulo 47: Una Montaña de bronce
Los primeros rayos del sol se colaron entre las ramas, golpeando el rostro de Samara. Con un gemido de disgusto, se cubrió la cara con la mano. Estaba sentada contra un árbol, sus músculos tensos por el frío de la noche. Se estiró, el cuerpo protestando, y escuchó un ruido a su lado. Era un forcejeo rítmico, un jadeo contenido. Al abrir los ojos, vio a Asur, la espalda sudorosa, tirando de la empuñadura de su lanza, que estaba clavada en la pared de barro de una cabaña. La incrustó con tanta fuerza que Samara supo, con una mezcla de admiración y aprensión, que él la había lanzado con todo su ser. Sus ojeras y la palidez de su piel eran testigos de una vigilia incansable. Samara se levantó, sacudió la tierra de su vestido y se acercó, la mirada llena de incredulidad.
Asur logró, por fin, extraer el arma con un chasquido sordo. Se giró para seguir con su macabro entrenamiento, pero se topó con Samara. Ella estaba frente a él, las manos en la cintura.
—No has dormido en toda la noche, ¿verdad? —preguntó, la voz cargada de reproche.
—No podía perder el tiempo —respondió él, indiferente, volviendo a su rutina—. Debo dominar la técnica.
—Pero te agotas antes de empezar la batalla —replicó ella, irritada.
Asur sonrió. —La adrenalina y la emoción me mantendrán despierto —dijo, antes de moverse a otro punto—. Debo perfeccionar esto.
—Pierdes el tiempo —Samara se interpuso, bloqueando su camino—. A muchos les toma meses. Déjalo, yo me encargaré. Mi habilidad es suficiente para lo que necesitas.
Asur soltó una carcajada, una risa grave y resonante. —Ese era el plan —dijo, la obviedad en su tono—. Yo solo soy apoyo. Eres la más hábil de todos aquí. Yo no podría derribar a un gigante, no solo. Pero tú… tú sí tienes una oportunidad.
Las palabras la detuvieron en seco. Una parte de ella que había creído que Asur solo la veía como un objeto empezó a derrumbarse. Su voz, tan natural, tan llena de admiración genuina, la hizo recordar al muchacho que la miraba con respeto, el único que no babeaba por su cuerpo, el que la llamaba “instructora”.
Asur, sin embargo, se tambaleó. El peso del sueño le quemaba los ojos y le nublaba la mente. Miró a su alrededor, su visión borrosa, y vio un gran recipiente de arcilla en el interior de una choza. Caminó hacia él, entró, y se salpicó el rostro con agua fría. Se sintió renovado, pero al instante, percibió una presencia detrás de él. Samara.
—¿Quieres un poco? —preguntó.
Al girarse, Samara lo agarró del cuello con una mano y lo empujó contra la pared. Él no se resistió, el shock era demasiado para su cuerpo exhausto. La otra mano de Samara se movió lentamente hacia su entrepierna, sus dedos palpando su erección. Un jadeo de placer se le escapó. Samara la frotó, su voz un susurro grave.
—Relajarse, ¿eh? —dijo, su tono cargado de significado—. Yo también necesito liberar estrés, Asur. Y tú eres perfecto para eso.
Asur sonrió y asintió, las palabras atrapadas en su garganta por el placer. Samara levantó su pierna y la apoyó contra la pared, guiando la erección de Asur hacia su entrada. Con una embestida rápida, un gemido agudo de ella y un gruñido grave de él llenaron el espacio confinado. Ella movió sus caderas, los movimientos lentos y poderosos mientras su mano libre se apoyaba en la pared. Asur intentó agarrar sus pechos, incluso a través de la armadura, pero ella le golpeó las manos con brusquedad.
—No —le dijo, deteniendo sus embestidas por un instante—. Este momento es mío.
Asur la miró y sonrió. Levantó las manos en señal de rendición, un destello de diversión en sus ojos dorados. Se había convertido en el objeto, y eso le intrigaba. Samara reanudó su movimiento, sus embestidas se volvieron más profundas y fuertes, un acto de posesión donde solo el placer importaba. Sus cuerpos, aún vestidos y separados por la armadura de Asur, no se besaron ni se acariciaron. Solo se unieron en lo necesario para la complacencia.
Tras una seguidilla de embestidas, Samara terminó con un gemido que resonó en el aire, llamando la atención de un soldado afuera. Asur terminó con un gruñido ronco. Un soldado asomó la cabeza por el ventanal, miró hacia otro lado, y habló con voz urgente.
—¡Asur! ¡Los rebeldes fueron vistos! ¡Marchan hacia la aldea!
Asur y Samara se miraron en un silencio cargado de significado. Sus ojos dorados y oscuros se encontraron, y en esa mirada se transmitió una verdad tácita: el plan, la victoria, la vida de todos los soldados… dependía enteramente de ellos. Fuera de esa cabaña, el mundo se movía hacia la guerra.
A la orilla de un río, cuyas aguas apenas susurraban, el escuadrón rebelde cambiaba de forma. Su columna de marcha, que parecía una serpiente escamosa de metal, se desintegró en líneas de guerra, moviéndose con una disciplina sorprendente. Sus túnicas grises oscuras se fundían con el terreno, y sus armaduras de cuero y bronce emitían destellos opacos bajo la luz de la mañana. Eran quinientos, y sus armas, lanzas, espadas, hachas y martillos, parecían demasiado pesadas para sus movimientos ligeros.
Al frente de la transformación estaba Zagara, la estratega, su pelo rubio con canas, en un moño descuidado. Era una mujer de gran peso y altura, su figura imponente envuelta en una armadura de cuero. Recibió el informe del explorador, un hombre delgado que respiraba con dificultad.
—Barricadas y troncos por todos lados, oficial —dijo, la voz entrecortada—. Y solo un centenar de soldados. Es exactamente como dijeron los espías.
La mención de los espías capturados envió un escalofrío por la espalda de Zagara. Su mente se llenó de preguntas. ¿Cuánto habían revelado? Pero se tranquilizó con un pensamiento piadoso: sus hombres eran leales. Ninguno hablaría, ni bajo tortura, por miedo al castigo de la Diosa Guerra.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por un oficial arrogante. Era un arquero con una armadura de cuero ligera y un arco compuesto.
—Los hombres están listos, Zagara —dijo con impaciencia, sus ojos fijos en la aldea—. ¿Qué tanto piensas?
—Que si ya saben que venimos, tienen un plan —respondió Zagara, su voz un murmullo grave.
El arquero soltó una carcajada arrogante, frotando el cuerno de su arco. —Con más de cien de mis arqueros aquí, no hay nada que puedan hacer. Mientras tú y tus soldados nos protejan, nos encargaremos de aniquilarlos.
A pesar de su instinto, Zagara asintió, dudosa. El arquero señaló hacia una gran roca en un rincón. Ahí, una imponente figura se levantaba. Era un hombre con la forma de una montaña, de altura y anchura descomunales. Tenía un rostro de niño, sin barba, pero su cuerpo era una masa de carne y músculo. Su armadura de bronce, cuya coraza parecía un escudo enorme, brillaba bajo el sol. En su mano, un hacha con una cabeza del tamaño de la de un hombre.
Zagara lo miró, y le sonrió amablemente. El gigante le devolvió la sonrisa, sus dientes sucios y faltos de algunas piezas. Ella suspiró.
El arquero, sin notar la resignación de Zagara, dijo: —No es el mejor combatiente, pero solo su fuerza es suficiente para partir a un hombre a la mitad.
—No tendrá que pelear —dijo Zagara, su voz un eco vacío—. Mis soldados y tus arqueros lo protegerán.
Zagara repitió su estrategia: dos grupos se adentrarían en el bosque con cien de infantería y treinta arqueros cada uno, mientras el tercero, con el gigante y cuarenta arqueros, seguirían el sendero principal. Las órdenes se transmitieron. Un banderillero levantó un estandarte gris con seis círculos marrones, la señal para avanzar.
Mientras los dos primeros grupos se perdían entre la vegetación, el tercero marchó por el sendero. Zagara se detuvo un momento y se acercó a un cuarto pelotón que se quedaba atrás para cuidar los suministros. Le susurró algo al oído a uno de ellos, algo que hizo que sus ojos se agrandaran con sorpresa. Con un guiño, se marchó.
Los bosques se habían tragado a los soldados, ocultándolos entre matorrales y troncos caídos. La guarnición, ahora posicionada para la batalla, era un espectro invisible. En el flanco derecho, Arsap tenía ochenta de sus soldados y veintiocho del escuadrón de Senek, armados con lanzas, hachas y hondas. La tensión era inevitable, pero la confianza serena de Arsap los mantenía firmes. En el flanco izquierdo, ochenta soldados de Arsap y veintinueve de Senek estaban juntos, pero no cohesionados. La falta de confianza en su líder, Senek, era un manto pesado que los cubría a todos. En la aldea, los setenta y nueve voluntarios de Asur se dispersaron para cubrirse tras las casas y en los tejados.
El aire se llenó de la voz de Samara, tensa y seria, repitiendo el plan de Asur. Su seriedad contrastaba con la de Asur, quien se movía entre los soldados con una sonrisa tranquila. Indicaba las posiciones con mejor visión y les ordenaba a los del tejado “mantenerse boca abajo” para no ser un blanco fácil.
La confianza de Asur era contagiosa. Los soldados se sintieron más seguros. Una vez que todo estuvo en su lugar, Asur, Samara, Dagón y otros veintisiete formaron una primera línea, a unos metros de la entrada de la aldea, cubierta por barricadas y zanjas poco profundas.
Asur les habló a todos, su voz calmada y segura.
—Si mueren, siéntanse orgullosos —dijo con una sonrisa genuina—. Morirán peleando contra un gigante. La diosa guerra los bendecirá y renacerán como príncipes o princesas.
Los soldados soltaron una risa. Samara, que estaba a su lado, lo miró de reojo.
—¿De verdad te emociona esto?
Asur cambió el agarre de su lanza.
—Sí —contestó, su voz un susurro grave—. Estoy emocionado porque tú me levantaste el ánimo esta mañana —y, con un movimiento rápido, le dio un suave apretón en el trasero.
Samara se quedó helada de la sorpresa. Bajó la cabeza, una sonrisa sutil se dibujó en sus labios, y luego volvió a mirar al frente, con más seguridad en sus ojos.
En ese instante, uno de los soldados en el techo gritó.
—¡Enemigos acercándose! ¡Veo arqueros y al gigante!
Los rebeldes del camino principal vieron las barricadas y la línea de defensa. El oficial de arqueros sonrió y, con un gesto de su mano, ordenó “escudos arriba”. Sus soldados, igualmente confiados, levantaron sus escudos y avanzaron. Desde su altura, el gigante percibió un brillo sobre los tejados, pero lo ignoró, levantando su pesado escudo de bronce para imitar a los demás.
El oficial se acercó al gigante y, con voz arrogante, le recordó que era hora de actuar. El gigante asintió, tomó una bocanada de aire y soltó un grito de guerra que hizo temblar el suelo. Sus compañeros replicaron el grito y comenzaron a trotar hacia la aldea. El estruendo llegó a los bosques donde Zagara y sus soldados avanzaban con confianza. Los rebeldes en el bosque también gritaron, pero el entusiasmo se desvaneció cuando un grito diferente, de agonía y miedo, rompió el coro. Una de las soldados cayó en una zanja, su pierna rota, deteniendo en seco la marcha y revelando un primer error de confianza.
Mientras tanto, en el flanco izquierdo, la tropa de Senek había notado a los rebeldes, que marchaban con los escudos abajo y los arqueros sin flechas en sus arcos. Sin esperar a sus soldados o dar alguna orden, Senek se levantó de los matorrales y, con un grito de guerra, cargó directamente hacia los arqueros. Sus soldados en un inicio dudaron, pero finalmente la siguieron, comenzando el primer choque de la batalla.
En el frente de Arsap, la estratega Zagara y sus soldados continuaban en el duelo de proyectiles a ciegas, los rebeldes obstaculizados por los árboles y los leales por el temor de ser alcanzados por una flecha. Zagara pensó en retirarse, consciente de la desventaja. Observó cómo a sus arqueros se les acababan las flechas, y el pánico comenzó a crecer. En ese momento, su única esperanza era el refuerzo que había dejado con los suministros. Sabía que la llegada de ese pelotón era su última oportunidad. Tomó el cuerno que colgaba de su cuello y lo hizo sonar, un eco largo y vibrante que resonó por todo el bosque.
Arsap, en su posición, lo escuchó, sabía que eso podría ser un llamado a los refuerzos. Al ver que los rebeldes no retrocedían, supo que el tiempo se agotaba. Su única opción era atacar antes de ser aplastado. Zagara se levantó, su rostro un reflejo de su determinación.
—¡Carguen! —gritó.
Los rebeldes se levantaron y se lanzaron hacia sus enemigos, cayendo en algunas de las zanjas, pero la mayoría avanzando. Arsap respondió a la carga, y ambos escuadrones chocaron. El bosque se llenó del sonido del acero, los gritos de guerra y el olor penetrante de la sangre.
Mientras tanto, en la aldea, los rebeldes se reagruparon y avanzaron nuevamente con sus escudos arriba, regresando su confianza al ver retroceder al enemigo. Asur y sus voluntarios habían retrocedido. Aplicando la táctica de intercalar los tiros de honda, lograban mantenerse a salvo. Los rebeldes, confiados en su número, habían derribado las barricadas sin mayor esfuerzo. Ahora, estaban a un paso de ocupar la aldea. El gigante continuaba su show, gritando y golpeando paredes y troncos con su hacha.
El oficial arquero, en su arrogancia, subestimó el plan de los leales. Miró al gigante y le ordenó provocar a los leales, esperando que se rindieran.
El gigante obedeció, gritando a todo pulmón que sus enemigos eran unos campesinos, unos niños que jugaban a la guerra con piedras. La moral de los leales empezó a decaer. Asur, viendo la situación, supo que era el momento de actuar y devolverles la confianza. Los disparos de piedras cesaron. El oficial rebelde, viendo su oportunidad, ordenó a la infantería atacar.
—¡Ahora! —gritó.
Asur arrojó su honda, miró a Dagón y le dijo: —Dirige la contraofensiva, evita al gigante.
Dagón, nervioso, asintió y cargó como un caballo desbocado contra los rebeldes. Algunos de sus compañeros lo siguieron. El choque en la aldea fue brutal e inmediato. Dagón y los más valientes se lanzaron al combate cuerpo a cuerpo. La lucha era desigual, y en solo unos minutos la diferencia numérica y de equipamiento de los rebeldes se hizo evidente. Los leales caían uno tras otro, y la confianza rebelde se elevó al cielo, preparándose para su inevitable caída.
El gigante, rodeado por sus escoltas, repetía a todo pulmón las palabras del oficial arquero:
—¡Son solo unos campesinos! ¡Deberían volver a sus aldeas! ¡Usaré sus cuerpos como banderas!
Asur, inmóvil en un rincón, lo observaba. De reojo, vio a Samara en otro rincón, y en una secuencia paralela, ambos adoptaron la postura de lanzamiento. La técnica que Samara le había enseñado y que él había practicado toda la noche. Los brazos, torsos y piernas izquierdas de ambos se inclinaron hacia adelante mientras sus lados derechos permanecían atrás. Tomaron sus lanzas como un puñal, con la mano detrás del hombro y las puntas apuntando hacia su enorme objetivo.
—Profanaré el cuerpo de las soldados con mi hacha —gritó el gigante, meneando su hacha en el aire—. Voy a disfrutar haciéndol…
Se interrumpió. De repente, sintió un punzón agudo en el cuello, como si una abeja gigante lo hubiera picado. Al mismo tiempo, notó un leve corte en el músculo de su brazo derecho. Con la mirada aún fija en su brazo, vio al oficial arquero, desplomarse a su lado, con una lanza clavada en el estómago.
Confundido por lo que veía, el gigante giró la cabeza para mirar a su oficial caído. El punzón en su cuello se volvió más intenso, más doloroso. Aún así, llevó su mano izquierda, con la empuñadura de su hacha, a la parte de atrás de su cuello, sintiendo las astillas de un pedazo de madera unida a su piel. Dejó caer su hacha y su escudo. Todos a su alrededor empezaron a moverse más lento, al igual que el viento y las nubes.
Se movió lentamente, buscando el origen de su dolor, hasta que sus ojos vieron un asta larga y delgada que flotaba en el aire, sostenida por nada. Con sus manos, intentó agarrarla, pero al tocarla el dolor fue insoportable. Entonces, con la otra mano, palpó el lado opuesto de su cuello y, para su horror, sintió la punta afilada de una lanza saliendo por su piel.
Los ojos del gigante siguieron la longitud del asta hasta su extremo, que apuntaba directamente hacia unos brillantes ojos dorados a la distancia. Un joven, de pie en un rincón, lo miraba con una sonrisa. Lo último que vio antes de desplomarse hacia atrás tan rígido como un tronco, levantando una nube de polvo.
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