Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 48
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Capítulo 48: Actos Sin Honor
El enorme cuerpo del gigante cayó hacia atrás con un estruendo que hizo temblar el suelo, levantando una nube de polvo que lo envolvió todo. La batalla, que hasta ese momento había sido un torrente de ruidos y gritos, se detuvo. Rebeldes y leales se quedaron en silencio, atónitos. Los rebeldes no podían comprender lo que había pasado; el gigante, su fuerza imbatible, había sido derribado en un solo parpadeo.
La figura de Asur, inmóvil en el borde de la nube de polvo, rompió la pausa. Sin una sola palabra, blandió su espada y corrió hacia adelante, sobrepasando a la infantería rebelde que solo podía mirar sin reaccionar. Su objetivo: los arqueros, la segunda gran amenaza.
Asur era un borrón en el humo y la tierra. Sus ojos dorados brillaban con un resplandor antinatural, como los de una bestia que disfruta de la matanza. Para los rebeldes, su figura era la de un demonio de la guerra, un ser incapaz de sentir lástima o cansancio. El shock y el terror los congeló en su lugar. Un arquero levantó su arco, pero el arma fue destrozada por un corte rápido de la espada de Asur antes de que pudiera tensar la cuerda. Con otra estocada, la garganta del arquero fue abierta. Los demás arqueros rebeldes, en pánico, intentaron retroceder, pero la voz de Asur resonó con una orden tajante: —¡Honderos!—.
Fue la señal. Los voluntarios de la guarnición se despertaron del letargo y empezaron a disparar. El sonido de las piedras impactando contra los cuerpos de los rebeldes se unió a los gritos de terror. Samara tomó una lanza de un compañero caído y siguió a Asur. Su lanza se movía con fluidez y gracia, un arma mortal que sometía todo a su paso. Los demás soldados de la guarnición se unieron a la masacre, su moral elevada por la victoria.
Dagón, cojeando por una herida en la pierna, se apartó del combate, observando cómo sus camaradas masacraban a los rebeldes desorganizados. La falta de liderazgo de los rebeldes los había condenado. Tropezaban con las zanjas, con los escombros de las barricadas que ellos mismos habían derribado, y con los cuerpos de sus propios camaradas. Su única meta era escapar de la pesadilla.
Asur, con una sonrisa en el rostro, no mostró piedad. —¡Mátenlos a todos! ¡No dejen a nadie con vida! —gritó con voz ronca.
Los soldados leales siguieron la orden sin dudarlo, pero Samara se detuvo un instante. Un destello de duda cruzó por sus ojos. La masacre ya no era una batalla, sino una cacería sin honor. Pero su vacilación fue breve; lo vio a la distancia, el joven de ojos dorados que había escogido seguir, ya se encontraba dirigiendo la matanza.
Mientras tanto, otra situación se vivía en los frentes de los bosques. Al principio, la carga de Senek parecía un éxito. Con la espada desenvainada, cortaba y apuñalaba a los rebeldes que se interponían en su camino, su grito de guerra resonaba sobre el clamor de la batalla. Sus soldados, aunque inseguros, luchaban con valentía, empujando a los rebeldes hacia atrás con cada choque. Pero la ventaja del factor sorpresa fue efímera. Como una trampa que se cierra, los rebeldes comenzaron a rodearlos. Al mismo tiempo, los arqueros rebeldes, que habían sido obligados a luchar con la espada, se retiraron a una distancia segura.
El sonido de las flechas zumbando en el aire reemplazó el del acero chocando. Los soldados de Senek comenzaron a caer uno a uno. Desesperados, algunos de los soldados bajaron sus armas, esperando clemencia. La respuesta de los rebeldes fue inmediata y sangrienta: no había honor en la rendición. Los leales caían sin piedad, sus cuerpos perforados por flechas y lanzas.
Senek, rodeada y con la sangre salpicando su rostro, finalmente se dio cuenta de que su audaz ataque era una derrota brutal. La confianza en sus ojos se desvaneció, reemplazada por la preocupación. Sin pensarlo dos veces, se dio la vuelta y se lanzó a huir en dirección opuesta a la aldea. —¡Síganme! ¡Reagrupémonos! —gritó, pero su voz se perdió en el estruendo.
Nadie la siguió. Los soldados, que habían dudado en cargar, ahora huían en todas direcciones, con el único objetivo de salvar sus vidas. La derrota de Senek se selló cuando ella misma fue alcanzada por una flecha, su caída fue aprovechada por un rebelde que le enterró una lanza por la espalda, atravesando su cuerpo contra el suelo, finalizando con la defensa en ese frente.
Por su parte, Arsap luchaba con la disciplina de un verdadero estratega. Sus soldados se movían como una sola entidad, manteniendo su formación a pesar del caos. Su grupo era una roca inamovible frente al mar de rebeldes. Al ver su tenacidad, Zagara, la astuta estratega, decidió no avanzar, sino retroceder lentamente de forma imperceptible. La batalla se movió por entre los árboles, con los rebeldes esquivando troncos y matorrales para mantener la pelea, atrayendo a los soldados de Arsap a una zona más despejada. Arsap, confiado en su fuerza y en la aparente retirada del enemigo, no dudó en avanzar, pensando en vencer para luego ir en ayuda de la aldea.
Su confianza se hizo pedazos cuando un grito de guerra resonó en su flanco. Eran los refuerzos de Zagara, unos cincuenta soldados que respondían al llamado del cuerno. Los soldados de Arsap se encontraron atrapados entre dos frentes, con los rebeldes de Zagara presionando desde el frente y los refuerzos atacando sus costados. A pesar de la sorpresa, la experiencia de Arsap lo hizo reaccionar de inmediato. —¡Retrocedan! ¡A la aldea, ahora! —gritó con la esperanza de evitar el cerco.
La reacción de los rebeldes fue brutal. Atacaron con renovado vigor. Arsap se abrió paso entre la masacre, su espada cortando y apuñalando, pero el número lo superó. Tres lanzas se alzaron a la vez y se clavaron en su pecho y estómago. Su sangre brotó, y cayó de rodillas, el rostro retorcido por el dolor y la amargura de su derrota.
Sin un líder que los guiara, los soldados de Arsap perdieron toda cohesión. Unos pocos lucharon hasta la muerte, pero la mayoría arrojó sus armas y huyeron despavoridos hacia la aldea, con la esperanza de encontrar refugio. Zagara los vio correr y, con un rostro de alivio, ordenó a sus refuerzos que los persiguieran, pero que no se adentraran en la aldea todavía. Luego, ella y sus hombres se quedaron atrás para descansar antes de volver a avanzar contra la aldea.
Por otro lado, fuera de la aldea, los rebeldes corrían por el camino principal, desesperados. Su formación rota se había convertido en una masa de hombres y mujeres en pánico. Algunos tropezaban con los cuerpos caídos de sus camaradas, mientras otros se desviaban frenéticamente hacia la densa vegetación del bosque.
A la cabeza de la persecución iba Asur, una figura implacable, con la piel bronceada salpicada de sangre. Su espada se movía como un látigo, sus cortes eran limpios, directos al cuello. No había gritos de dolor, solo el sonido de un último aliento. Una y otra vez, su arma se hundía en la carne, dejando un rastro de cuerpos sin vida a su paso. Detrás de él, sus soldados, contagiados por su frenesí, imitaban cada uno de sus movimientos, matando sin piedad. El aire se llenó del hedor de la sangre y el sudor.
Solo Samara, con su lanza en la mano, se movía de forma diferente. Sus estocadas eran precisas, apuntando a los brazos y las piernas, dejando a los rebeldes heridos en el suelo. Mientras esquivaba un cuerpo, se encontró con un muchacho rebelde, herido, que suplicaba con los ojos llenos de lágrimas.
—Baja la cabeza y quédate en el suelo —le ordenó Samara, bajando su arma un instante.
Un segundo después, un soldado leal le enterró un hacha en las costillas del muchacho rebelde. Su cuerpo se sacudió, y luego se quedó quieto para siempre. Samara se tensó y lo miró, furiosa, pero el soldado ni siquiera la vio. Pasó de largo, gritando como una bestia y siguiendo a Asur.
La persecución continuó hasta que los rebeldes, en un último intento por sobrevivir, se dispersaron por completo en los bosques. Asur, cubierto de sangre, se detuvo, exhausto, su respiración agitada. Los soldados, consumidos por la adrenalina, querían continuar.
—¡Hay que seguir! —gritó uno.
—¡Vamos por ellos! —exclamó otro.
—¡Alto! —la voz de Asur resonó. Su tono era seco y seguro—. Es suficiente.
Todos se detuvieron y lo miraron.
—Dividirnos es una estupidez. No tenemos idea de cuántos hay en los bosques, o si tienen refuerzos. Si los perseguimos, nos encontraremos solos y vulnerables. No vale la pena. Ahora, ¡regresemos a la aldea!
La decepción se dibujó en los rostros de los soldados, pero nadie lo cuestionó. Con la cabeza en alto, un soldado lanzó un grito de victoria y el resto de la tropa lo siguió. “¡Victoria! ¡Victoria!”, resonó en el aire, mientras Asur tomaba un arco y un puñado de flechas del cuerpo de un rebelde caído.
—¡Ahora, recojan todo lo que puedan en el camino de regreso! ¡Armas y equipo! ¡Todo es nuestro! —ordenó con una sonrisa.
Los soldados obedecieron. Con Asur a la cabeza, se movieron de regreso por el camino principal, recogiendo todo lo que podían de los cuerpos caídos. Sus rostros, antes llenos de euforia, ahora tenían una expresión concentrada. Asur, sin dejar de caminar, miró a su alrededor. Vio a unos cuantos rebeldes heridos, algunos de los que habían suplicado por sus vidas, y se detuvo.
—Mátenlos —ordenó con voz fría.
Samara, que había estado de pie, inmóvil en el centro del camino, levantó la cabeza. La furia en sus ojos aún era palpable. Asur la ignoró y continuó su camino. Ella lo alcanzó y caminó a su lado.
—Uno de los soldados mató a un muchacho rebelde que se rindió —dijo Samara, su voz baja.
—Sí, al igual que todos —respondió Asur, encogiéndose de hombros.
—Estaba suplicando. Iba a dejarlo vivir. No debió haberlo matado.
Asur la miró a los ojos, con su rostro serio: —Sí, debió —dijo con total frialdad—. No tenemos los recursos para prisioneros. Y dejarlo atrás solo sería una molestia para otros que vendrían después. Era lo mejor.
Samara no dijo nada, pero sus ojos oscuros mirando hacia otro lado, demostraban que no estaba de acuerdo.
Al entrar en la aldea, los soldados, que aún se sentían victoriosos, se arrodillaron junto a sus camaradas caídos, susurrándoles que lo habían logrado. Los heridos, como Dagón, cojeaban y pedían ayuda a los que pasaban a su lado. Asur, sin un rastro de emoción, dio las primeras órdenes.
—¡Revisen a los heridos! ¡Separen a los que pueden sobrevivir de los que no! —gritó con autoridad.
Luego, se dirigió directamente al cuerpo del gigante. Una docena de rebeldes muertos rodeaban el cadáver, que estaba en el centro de un río de sangre. Asur se agachó y comenzó a despojar al gigante de su armadura, aunque con dificultad por su tamaño. Sus soldados se acercaron, sonriendo, y un par de ellos lo llamaron:
—¡Asur, el asesino de gigantes!
Asur sonrió. Se puso de pie, con la mirada aún en el cuerpo: —No fui yo.
—¿Eh? —dijo un soldado confundido.
Asur miró a sus soldados, y luego a Samara, que estaba de pie cerca de una choza, mirando a todos los heridos.
—La lanza que mató al gigante es de Samara. Ella le dio en el cuello y la punta salió por el otro lado.
El asombro se reflejó en los rostros de los soldados.
—Yo fallé mi tiro —continuó Asur, con la voz calma, como si hablara del clima—. Mi lanza rozó el brazo del gigante y mató al arquero, quien creo era un oficial —afirmó al ver el cuerpo del arquero que él derribó—. Soy el asesino de oficiales. Dos en dos batallas, ¿quién lo diría, no?
Samara, indiferente, se agachó para sentir los latidos de sus camaradas heridos. Los ojos de los leales la siguieron con confusión. Asur lo notó.
—¿Qué les pasa? —preguntó Asur retóricamente—. ¿Dudan que la mejor del escuadrón lo haya hecho?
El desconcierto en el rostro de los soldados se convirtió en admiración.
—¡Samara, la asesina de gigantes! —gritaron al unísono.
Los gritos llenaron el aire, y los soldados la vitorearon. Samara, que hasta ese momento se había mostrado indiferente, mostró un brillo de orgullo en su mirada.
Asur sonrió de nuevo: —Ahora que su ‘asesina de gigantes’ ha recuperado su brillo, ¿pueden ayudarme a alzar a esta montaña?
Unos cuantos se acercaron a ayudar. Entre todos lograron despojar al gigante de su armadura. Todos los soldados restantes se unieron a la masacre, desarmando y desvistiendo a los rebeldes muertos, y rematando a los que aún respiraban.
El botín se apilaba en carretas vacías, llenando el aire con el brillo opaco del metal y el olor del cuero. De repente, el sonido del ajetreo se detuvo. Los soldados dejaron de moverse, con las cabezas levantadas, mirando hacia el bosque. Unos arbustos se agitaban y unas ramas se rompían.
Un grupo de soldados salió corriendo del bosque, desarmados y con los rostros cubiertos de sudor y rasguños. Asur y los soldados levantaron sus armas, listos para el combate, pero el gesto se detuvo. Aquellos no eran enemigos. Eran sus camaradas del flanco de Arsap. Los recién llegados se tambaleaban, y un par de ellos cayeron de rodillas.
—¡Agua! ¡Por favor, necesitamos agua! —gritó uno con voz ronca.
Los soldados de Asur dejaron caer sus armas y corrieron a ayudarlos. Uno de los recién llegados, un hombre joven con el rostro pálido, empezó a hablar, sus palabras entrecortadas.
—Nos… nos emboscaron. nos guiaron a una trampa. Nos… nos flanquearon.
Los soldados de Asur, que hasta ese momento habían estado exultantes, se miraron entre ellos. La euforia se disolvió en un mar de confusión.
—¡El oficial Arsap! ¿Dónde está? —gritó un soldado.
—Muerto —dijo el hombre. Su voz era apenas un susurro—. Lo mataron con tres lanzas.
El shock se extendió por la aldea. Asur, que hasta ese momento se había mantenido indiferente, frunció el ceño, su molestia palpable.
—¿Cómo pudieron perder si no tuvieron que lidiar con el gigante? —gritó un soldado, la indignación evidente en su voz.
Los recién llegados miraron alrededor. Vieron las carretas llenas de botín, la inmensa cantidad de cadáveres de rebeldes, y el cuerpo del gigante, desnudo y pálido, como una montaña caída.
—¿Ustedes hicieron todo esto? —dijo uno, atónito.
—Sí —respondió otro, con orgullo—. Con nuestro líder y la guerrera Samara. Ella mató al gigante.
Asur interrumpió: —¿¡Cuántos eran sus refuerzos!? ¿Eran muchos?
Los de Arsap intercambiaron miradas nerviosas: —No sabemos —dijo uno—. Cincuenta o cien, tal vez.
La molestia de Asur se transformó en una preocupación silenciosa. Si los rebeldes tenían tantos más, su posición era precaria. Dagón, con la pierna vendada, se sentó de golpe. Se esforzó por levantarse y señaló en la dirección del flanco de Senek.
—¡Escuchen! ¡Escuchen! —gritó con desesperación.
Los soldados se quedaron en silencio.
—No se oye nada —dijo uno.
—¡Exacto! —gritó Dagón—. ¡No se escucha nada! La batalla debió haber terminado.
La preocupación empezó a calar en todos. ¿Senek había vencido o había sido derrotada? Samara, con el rostro serio, se acercó a Asur y le habló en voz baja.
—Deberíamos enviar a unos cuantos exploradores, a lo lejos, a cada lado.
Asur asintió, su mente ya en movimiento: —¡Dos de los menos cansados! ¡Envíenlos ahora!
Los soldados de Asur, impulsados por un nuevo sentido de urgencia, se lanzaron a reparar las barricadas, mientras otros corrían a tomar las armas de los rebeldes caídos para dárselas a los soldados de Arsap.
—¡Hay que prepararse para otro ataque! ¡Tenemos la ventaja! —dijeron los de Asur.
Pero los de Arsap no se movían. Miraban con ojos temerosos las heridas y el agotamiento de sus propios cuerpos.
—Debemos retirarnos. Ya estamos muy heridos —dijo uno, la voz quebradiza.
—¡Asur puede guiarnos a la victoria! —gritó un soldado de Asur.
—Asur no es un oficial —dijo un hombre de Arsap con amargura.
—¡Miren a su alrededor! —replicaron los de Asur, con los ojos de su líder—. ¡Matamos a más de la mitad! ¡El gigante está muerto! ¿Qué más necesitan?
La discusión estalló entre ambos bandos. Asur miró a su alrededor. Sus soldados, aunque confiados, estaban agotados. Los hombres de Arsap eran un grupo de unos cuarenta, pero estaban asustados, lo que los hacía inútiles en la batalla. Su ejército era una bomba de tiempo. No sabían el número de enemigos, y la falta de información del flanco de Senek era una amenaza que no podía ignorar.
—Debemos retirarnos —le susurró Samara, tomando a Asur del hombro—. Si nos quedamos será una batalla improvisada, y para ganar una, se necesita una cohesión que no tenemos.
Asur la miró y asintió, su rostro una máscara de resignación. La lógica era irrefutable. Con un grito, Asur alzó su voz sobre el clamor.
—¡Preparen todo para una retirada! ¡Ahora!
La tropa de Asur lo miró confundida. La victoria y la euforia se desvanecieron.
—¿Por qué? ¡Podemos ganar! —gritó uno.
—¡Obedezcan! —respondió Asur con una dureza que no admitía réplicas.
El caos era el nuevo orden. Los soldados se movían sin rumbo fijo, buscando carretas para subir a los heridos, creando más confusión en su afán por huir. Asur los veía, notando la ineficiencia, la energía desperdiciada, y sintió una punzada de molestia, pero no dijo nada. Se limitó a ordenar a los soldados que fueran a avisar de la evacuación a los aldeanos y a los pocos no combatientes que quedaban, mientras otros cargaban las carretas con el equipo obtenido.
Justo cuando el caos parecía llegar a su punto más alto, los exploradores que habían sido enviados a verificar la batalla en el bosque regresaron. Con ellos, vino la noticia de que Senek y sus soldados habían sido perseguidos hacia el oeste y que los rebeldes que habían vencido a Arsap se estaban recuperando y reagrupando.
Un soldado de Arsap se acercó.
—No podemos llevar a los heridos y los suministros —dijo con la voz temblando—. Nos alcanzarán, están muy cerca.
La discusión estalló. Samara, que se apresuraba a cargar una carreta con heridos, se detuvo.
—¿Sugieres que los abandonemos? —preguntó con los ojos muy abiertos.
—¡Serán una carga! —replicaron los de Arsap, la desesperación palpable en sus voces.
—Entonces, si no podemos dejarlos y tampoco llegaremos lejos, solo podemos quedarnos y luchar—exclamó un camarada de Asur.
—No es una opción —dijo Samara con el rostro serio.
—¡Parece que nada es una opción para ti! —dijo un soldado de Arsap, su voz llena de resentimiento—. ¡No aceptas que abandonemos a los heridos, pero tampoco aceptas que tus camaradas quieran luchar! ¡Eres una problemática!
Samara dio un paso al frente, la furia brillando en su mirada, pero Asur la detuvo.
—Silencio —ordenó con voz grave, y luego miró a su alrededor, su mirada recorriendo los cuerpos de los rebeldes.
Los ojos de todos se clavaron en él. Asur desenvainó su espada, y sin una pizca de piedad, caminó hacia el cuerpo del gigante. Con un acto repentino y horroroso, le cortó el cuello. El sonido de los huesos y la carne siendo cortados hizo que un par de soldados vomitaran.
—¡Asur! ¡¿Por… por qué, por que hiciste eso?! —preguntó Samara, con la voz llena de sorpresa.
Asur levantó la cabeza del gigante, su rostro sereno, y la enseñó a todos. —Si no pueden luchar, ni podemos huir con los heridos, entonces tendremos que hacer que la persecución sea impensable.
Tomó la lanza más larga que encontró y hundió la punta de la cabeza del gigante en la punta, luego la clavó entre las enredaderas de la barricada. Los soldados lo miraban, horrorizados.
—¡Ahora! —dijo Asur, señalando a los cuerpos de los rebeldes muertos—. ¡Sáquenle los ojos, córtenle las manos, los pies, los genitales o la cabeza! ¡Que los rebeldes que lleguen sepan cómo podrían terminar si se atreven a seguirnos!
Los soldados se miraban unos a otros, nadie se atrevía a ser el primero en obedecer la orden. Asur, sin decir una palabra, se acercó a la carreta donde estaba el equipamiento del gigante y empezó a tirar de ella hacia la salida norte.
—Yo ya hice mi parte —dijo con voz dura—. ¡Ahora les toca a ustedes! ¡Cuelguen los cuerpos para que sea imposible de ignorar!
En un instante se escuchó el sonido del filo de dos espadas cortando carne. Dos soldados mutilaron las manos de un cadáver, lo arrojaron sobre un árbol y luego tomaron una carreta llena de suministros para seguir a Asur. Uno por uno, los demás soldados empezaron a mutilar a los muertos, arrojando cuerpos sin cabeza sobre los árboles y clavándolos a las paredes de las chozas.
Samara, con el rostro pálido y los ojos llenos de asco, tomó al herido Dagón y siguió a Asur, sin participar en el acto.
Más tarde, el sol estaba por ponerse. Zagara y el resto de su ejército llegaron en las sombras, moviéndose sigilosamente, con sus armas en la mano. La aldea parecía un pueblo fantasma.
—Tal vez el gigante y los demás terminaron su misión —susurró uno de los soldados.
Zagara, sintiendo un extraño escalofrío con cada paso, continuó avanzando. Un grito agudo de un hombre se escuchó, seguido por otro y por otro. Zagara miró hacia donde señalaban. Revelando el horror ante ella. Un mar de cuerpos mutilados, colgados de los árboles, enganchados en las enredaderas y clavados en los muros, como una carnicería humana.
En el caos de los gritos y el desorden de los rebeldes tratando de alejarse del horror, Zagara logró ver la silueta borrosa de los últimos leales que se marchaban. En ese instante, una rabia y un miedo profundo se apoderaron de ella, pero decidió no perseguir a aquellos que se marchaban. La estratega había visto su victoria, pero se preguntaba: ¿Qué clase de monstruo podría hacer esto?
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