Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 49
- Inicio
- Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia
- Capítulo 49 - Capítulo 49: Ecos de Bura
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 49: Ecos de Bura
El sol se escondía lentamente tras el horizonte, tiñendo el cielo con tonos carmesí y anaranjados. En un extremo del vasto campamento del coronel Gilgag, la tranquilidad de la tarde reinaba. El aire, denso y cálido, olía a carne asada y al pan de centeno que se cocinaba sobre las brasas. Los soldados, sentados en grupos dispersos, devoraban sus raciones de guiso de lentejas y sorgo, sus murmullos y el tintineo de sus cuencos de barro resonaban en el crepúsculo.
De pronto, un centinela alzó su mano, la señal que detuvo toda conversación. En la polvorienta distancia, un pequeño grupo de soldados se acercaba, sus figuras apenas siluetas contra la luz menguante. A medida que se aproximaban, el rechinar de varias carretas de madera rompió el silencio, atrayendo las miradas curiosas de los hombres y mujeres que se asomaban desde la entrada del campamento.
Cuando el grupo finalmente entró, todos notaron de inmediato su estado. Eran apenas ochenta soldados, cubiertos de polvo y con el rostro macilento, pero la mayoría solo tenía heridas superficiales, vendajes improvisados y arañazos. Sin embargo, no era su condición lo que llamaba la atención, sino las carretas, cargadas hasta el borde con escudos de bronce, lanzas, espadas y montones de armaduras de cuero endurecido. Era una cantidad de botín que solo podía significar una cosa: una victoria.
Un oficial de la guardia, un hombre robusto con una barba descuidada, se acercó a la vanguardia del grupo. Sus ojos se fijaron en la armadura de bronce pulido de Samara, que refulgía incluso en la penumbra. Asumiendo que era ella la oficial al mando, le preguntó en un tono directo:
—¿Cuál es tu nombre? ¿De dónde vienen? —Soy Samara, oficial —dijo ella, su voz cansada pero firme—. Venimos de la aldea de Bura. Somos soldados de la oficial Senek y el oficial Arsap.
El oficial frunció el ceño. —Y, ¿dónde están sus oficiales?
Samara, sin dudar, respondió: —El oficial Arsap murió en combate. La oficial Senek está desaparecida.
El oficial la miró de pies a cabeza, procesando la información. —Muy bien. Vaya con el teniente Livey, él debe ser informado de lo sucedido. Sígame.
Hizo un gesto con la mano para que ella lo siguiera, y Samara asintió. Se giró para ver a Asur, que hablaba con Dagón y otros de sus camaradas, mientras sus manos se movían con la pasión de alguien que cuenta una gran hazaña. Samara le llamó. Asur volteó, vio la dirección a la que ella se dirigía, y con una última indicación a sus hombres, asintió y la siguió sin decir una palabra.
—¿De verdad son ustedes los de la aldea de Bura? —preguntó una soldado del campamento, acercándose, con los ojos brillando de expectación.
Uno de los recién llegados, un joven con la nariz vendada, asintió con fervor. —Sí, somos nosotros.
El campamento se agitó con un murmullo de asombro y una curiosidad intensificada. Otro soldado, con el guiso aún en su cuenco, se atrevió a preguntar: —¿Entonces el joven de ojos dorados está entre ustedes?
Los recién llegados cruzaron miradas y estallaron en una carcajada colectiva, un sonido ronco y alegre tras días de tensión. Dagón, que permanecía en silencio, solo sonrió levemente antes de responder con su voz profunda: —Asur el de ojos dorados se acaba de ir, detrás de la oficial.
Varios voltearon a ver hacia donde Asur se había marchado, sintiendo una punzada de haber perdido un espectáculo. Los curiosos se agolparon, soltando una avalancha de preguntas.
—Si escucharon que gracias a él lograron tomar Bura y derrotar a los arqueros, entonces es cierto —afirmó el joven de la nariz vendada.
Los del campamento asintieron sonrientes.
—¿Es tan habilidoso como dicen? —¿Es cierto que nadie puede tocarlo? —¿Tan listo como un erudito? —¿Y es verdad que era un esclavo?
Los recién llegados se jactaron, sus voces subiendo de tono. —¡Todo es verdad! ¡Y aún hay más!
—¡Digan, digan! —pidieron los del campamento.
Una de las mujeres recién llegadas, una lancera bajita, acercó su rostro a la conversación. —Derrotó y capturó espías de élite él solo.
—Y —añadió el soldado vendado—, terminaron tan asustados que le dijeron todo lo que sabían a Asur. ¡Solo a él!
El asombro se apoderó de los soldados del campamento, y una voz incrédula se alzó: —¿Y de qué les sirvió eso? ¿Información de dos tipos?
—¡De mucho! —respondió la lancera—. Gracias a eso, Asur supo que un enorme ejército se acercaba a atacarnos. Y en lugar de esperar, como la oficial Senek, él organizó la defensa por su cuenta. ¡Arriesgándose al castigo!
Otro soldado exageró, su mano dibujando una gran curva en el aire. —¡El ejército enemigo era enorme! ¡Tal vez eran mil soldados, y más de cien arqueros, además de un colosal gigante!
El grupo del campamento se impresionó aún más. El incrédulo se irguió. —¡Eso es imposible! ¡Mil soldados, y un gigante! Tal vez era un hombre alto y ya.
Dagón, impasible, se acercó a aquel hombre. Su gran altura se hizo imponente. —Te aseguro que no lo era. Incluso un hombre alto como yo, —dijo, señalándose a sí mismo—, se veía como un simple niño a su lado.
La mujer que había hablado antes elevó la apuesta: —¡Aquel gigante era dos veces más grande que el Coronel Superior Gilgag!
La afirmación provocó una ola de escepticismo e incredulidad.
—¡Eso es imposible! —gritó un soldado. —¡Nadie sobreviviría a una bestia como esa!
—Sobrevivimos —dijo la recién llegada, con una sonrisa oscura—, porque teníamos a una bestia superior.
Y con el escenario montado, comenzaron a relatar el clímax: el plan de Asur con las piedras, el hostigamiento a distancia, y la audaz maniobra de Asur distrayendo a la criatura arrojando su lanza, permitiendo que la guerrera Samara pudiera asestar el golpe mortal.
Los soldados del campamento escucharon hipnotizados cada detalle de la batalla en Bura. El relato terminó, y por un momento un silencio impresionado llenó el aire.
—Es impresionante —dijo uno de los del campamento—. Que ganaran teniendo que enfrentar a un gigante y a tantos arqueros.
Los recién llegados bajaron la cabeza al unísono, el entusiasmo apagándose en sus rostros. Después de un silencio lleno de dudas, Dagón levantó la voz, su tono grave rompiendo la euforia.
—Realmente no ganamos —dijo en voz baja—. Tuvimos que retirarnos porque los otros frentes fueron derrotados.
La confusión empezó a calar en todos los presentes. El asombro se convirtió en un nudo de preguntas sin respuesta. El triunfo se había esfumado en un instante.
Más adelante en el centro del campamento, una tienda más grande que el resto se alzaba, marcada por estandartes de cuero grueso. El oficial se detuvo ante la entrada, donde un guardia fornido montaba guardia.
—Vengo a informar al teniente Livey. Traigo soldados recién llegados de Bura —informó el oficial.
El guardia asintió y miró a los tres. —¿Entrarán los tres?
El oficial, solo entonces, se percató de Asur de pie junto a Samara. —¿Y tú, muchacho?
—Él es quien lideró al grupo que llegó —respondió Samara con una seriedad inquebrantable.
Tanto el oficial como el guardia intercambiaron una mirada de escepticismo palpable. El oficial clavó sus ojos en Asur, notando el contraste entre su rostro juvenil y la expresión de sus ojos.
—¿Eres tú el joven de los ojos dorados del que todos hablan? —preguntó.
Asur respondió con una calma desconcertante. —Tal vez lo sea.
El oficial se encogió de hombros, la incredulidad aún presente, pero cediendo ante la necesidad del informe. —Entrarán los tres.
Una vez dentro, el aire se hizo pesado. El silencio no era vacío, sino denso con el peso de la autoridad. Gilgag, colosal y con su barba poblada, estaba de pie junto a una gran mesa de madera, con los ojos fijos en un mapa desplegado. Muravi, el estratega, estaba a su derecha, sosteniendo un ábaco de bronce con cuentas de hueso, una herramienta de conteo vital para el inventario de las tropas. A su izquierda, Livey miraba unas tablillas de arcilla con inscripciones, levantando la vista solo de reojo.
Asur, Samara y el oficial inclinaron sus cabezas en señal de respeto.
—Coronel Gilgag, tenientes —dijo el oficial, aún con la mirada baja—. Soy Nifar. Les informo que ha llegado un grupo de soldados desde la aldea de Bura.
Gilgag, sin levantar la vista del mapa, habló con su voz profunda. —Asumo que la pareja —dijo, refiriéndose a Asur y Samara—, son parte de ese grupo.
—Parecen ser los líderes del grupo que llegó —continuó Nifar—. Y al parecer el oficial Arsap murió, y la oficial Senek desapareció.
Livey, que hasta entonces había estado concentrado en sus tablillas, dejó de escribir de golpe. Alzó la vista, claramente sorprendido, y miró al oficial, luego a Samara y finalmente a Asur.
—¿Qué fue lo que pasó? —preguntó Livey, con una urgencia que no pudo disimular.
Asur levantó la mirada. Sus ojos dorados se encontraron primero con Livey, luego con Muravi y finalmente se fijaron en Gilgag.
—Todo es cierto —dijo Asur, con una voz que, aunque joven, resonaba con seguridad.
Gilgag lo reconoció al instante: era el joven exesclavo que se había topado en la fogata. Muravi, sosteniendo el ábaco, lo reconoció por los persistentes rumores sobre el soldado de ojos dorados. Livey también lo identificó por las historias que circulaban.
—La aldea recibió un ataque rebelde —continuó Asur, sin romper el contacto visual—. Quinientos soldados, cien arqueros y un gigante.
Livey repitió el número con incredulidad. —Quinientos soldados, ¿dices?
—¿Cien arqueros y un gigante? —hizo eco Muravi al unísono con Livey. Ambos se miraron. —Imposible.
Livey sacudió la cabeza. —Es ilógico que los rebeldes usaran tantos soldados solo por una aldea.
Muravi, el estratega, intervino con profesionalismo. —Tal vez parecían muchos por alguna táctica de envolvimiento. Es imposible contar al enemigo en medio de la batalla.
—No los contamos durante la batalla —interrumpió Asur, con una voz tranquila y segura.
Samara y Nifar, aún con la cabeza gacha, abrieron los ojos, una mezcla de sorpresa y profunda preocupación por la impertinencia de Asur. Él no solo estaba hablando sin permiso; estaba corrigiendo a un estratega.
Asur continuó, impasible. —Fueron dos espías que capturamos quienes confesaron esa información.
El atrevimiento, combinado con la seguridad en sus palabras, provocó una risa sorda y contenida en Gilgag. Livey y Muravi, sin embargo, se inclinaron con una curiosidad repentina.
—Tu nombre… ¿Es Asur, verdad? —dijo Gilgag, su voz profunda y resonante.
Asur asintió.
Gilgag lo midió con la mirada. —Eres el muchacho de los rumores, ¿el que acabó con los arqueros rebeldes al tomar Bura y derrotó a la oficial rebelde?
—Sí —dijo Asur, y nada más.
Los presentes se sintieron visiblemente confundidos por la respuesta, tan directa, carente de orgullo o emoción. Gilgag, sin embargo, solo sonrió sutilmente.
—Comienza con tu informe desde el principio, muchacho —ordenó Gilgag. Luego, con un tono más íntimo, aclaró—: Un mensajero ya nos contó sobre esto, pero quiero saber la perspectiva del joven que desobedeció a su oficial al mando, actuó por su cuenta y le dio la victoria a su escuadrón.
Asur asintió y comenzó de nuevo. Relató cómo, al poco tiempo de llegar, empezaron a detectar grasa en los cultivos, y cómo dedujo que era una trampa incendiaria. Contó cómo informó a Senek, solo para ser ignorado. Explicó que decidió rodear la aldea con aquellos que quisieron seguirlo y cómo encontró aldeanos que tenían ondas que usaron para emboscar y vencer a los arqueros.
Livey interrumpió, claramente dudoso. —¿Vencer a arqueros con ondas? ¿Cómo es eso posible?
Antes de que Asur contestara, Muravi intervino, más reflexivo. —Tal vez fue posible por el origen campesino de los soldados. Las ondas son herramientas de cacería aldeanas. Probablemente, los soldados las usaron por costumbre y precisión.
Asur asintió, corroborando la teoría de Muravi. —Muchos en mi escuadrón tienen una puntería perfecta al usar la onda.
Livey asintió, aunque el escepticismo aún cruzaba su rostro. Un militar de carrera como él nunca se imaginaría usando una herramienta del campo como arma. Sonrió, descartando la idea de ver a un soldado con un rastrillo o una guadaña en el campo de batalla.
Asur continuó. Relató la captura de los espías rebeldes en los alrededores de la aldea. Hizo una pausa, recordando su método de interrogación, pensó en las reacciones que podrían tener al escuchar su accionar. Analizó rápidamente su entorno, dándose cuenta que los líderes no tenían amuletos visibles y no había estatuillas en tienda de mando. Decidió hablar y relató cómo usó el nombre de la diosa, afirmando el castigo que vendría sobre el espía por sus insultos. Omitió cuidadosamente la promesa de muerte rápida. Su relato era una astuta mezcla de verdad y omisión.
Asur relató entonces su estrategia para enfrentar la desventaja numérica y de calidad: el uso de zanjas y troncos como obstáculos y los árboles para cegar a los arqueros. Al terminar, Muravi alzó la voz con un tono de admiración genuina, repitiendo: —Usar zanjas y troncos como obstáculos… ¡y árboles para cegar a los arqueros!
Livey asintió vigorosamente. —E incluso volvió a utilizar las ondas contra los arqueros.
Gilgag observó la emoción en Livey y Muravi, sabiendo que la estrategia no era para menos. Sin embargo, todos ya conocían el resultado.
—Entonces, ¿cómo fue que perdieron ante tan buena estrategia? —preguntó Gilgag directamente.
Livey se adelantó a Asur. —Probablemente se debió al gigante. Este debió ser demasiado para el escuadrón.
Asur lo miró directamente a los ojos y, con un tono desafiante que recorrió la tienda, aseguró: —El gigante está muerto.
Livey sintió el desafío en la aclaración de Asur. Antes de que pudiera replicar, Gilgag se adelantó con una curiosidad repentina. —¿Cómo fue que mataron al gigante?
Asur desvió la mirada hacia Samara y declaró: —Ella lo mató. Luego, mirando de nuevo a Gilgag, explicó: —Samara es una experta lancera casi de élite. Ella arrojó su lanza con tal precisión que perforó el cuello del gigante y lo mató.
Todas las miradas se centraron en Samara, que aún mantenía la cabeza baja. No supo qué decir ante la presentación de Asur. No fue necesario, pues Gilgag sonrió con una mueca de diversión.
—Al parecer, ese escuadrón está lleno de talentos. Y aun así fueron derrotados.
Asur, sin esperar preguntas, continuó relatando cómo, al tumbar al gigante, los rebeldes cayeron en picada y él junto a sus camaradas los persiguieron. Los presentes lo miraron con expectación, preguntándose cómo diablos habían perdido.
—Al volver —dijo Asur—, nos enteramos de que en los frentes del bosque Arsap murió y sus tropas volvieron. También que nuestra oficial Senek al otro lado fue derrotada y huyó.
Asur terminó su informe, su voz ahora más grave. —Debido al agotamiento y a los refuerzos rebeldes que se acercaban, no estábamos en condiciones de mantener la defensa y nos vimos obligados a retirarnos. Omitió la forma en que evitó ser perseguido por los rebeldes.
Gilgag, procesando la información, asintió. —Entonces, tú no perdiste. Solo realizaste una retirada táctica para evitar una derrota inminente.
Asur asintió levemente. Tras un momento de silencio reflexivo, Gilgag ordenó: —Pueden retirarse.
Muravi, que había estado contando mentalmente, preguntó: —¿Cuántos volvieron?
—Somos setenta y uno, incluyéndonos a Samara y a mí —respondió Asur—. También volvimos con carretas llenas de equipo que logramos arrebatar a los rebeldes antes de retirarnos.
Gilgag sonrió. —Pueden quedarse con lo que hayan tomado. Sería injusto quitarles lo que consiguieron.
Livey se apresuró a dar la orden final. —Nifar, encárgate de acomodar a los recién llegados. Luego se les nombrará un nuevo oficial.
Finalmente, Nifar, Samara y Asur se retiraron, inclinando la cabeza ante los líderes. Un silencio pensativo se instaló entre los líderes. Gilgag fue el primero en romperlo, mirando a sus consejeros.
—¿Qué opinan? —preguntó.
Livey, con la mirada aún fija en la abertura de la tienda, habló con una voz cargada de asombro. —Es un muchacho atrevido, coronel. Muy atrevido.
Muravi se acercó al mapa. —Tal vez solo sea demasiado confiado o no conozca el protocolo militar. Podemos dejar pasar su actitud por ahora.
—También parece ser muy listo —dijo Livey, volviendo a su pragmatismo—. ¿Creen que fue honesto con todo lo que dijo?
—No había nada fuera de lugar en su relato —contestó Muravi, moviendo ligeramente su ábaco.
—Aun así, pudo adornar la historia para su beneficio —insistió Livey.
Muravi lo miró de reojo. —Aunque lo haya hecho, lo real es que Asur ha liderado un frente de batalla y una retirada táctica, y eso que todavía es muy joven.
Livey asintió. —Eso sí es de sorprender.
Muravi señaló una marca borrosa en su muñeca. —Le preguntó a Livey—: ¿Asur es el esclavo que fue entregado por su amo en la ciudad de Miles?
Livey asintió de nuevo. —Tal vez sea él. No hay ningún otro liberto con ese perfil en el campamento.
La risa grave y profunda de Gilgag interrumpió la conversación, resonando en la tienda mientras miraba a ambos. Muravi y Livey se miraron, confundidos por su gracia. Gilgag se calmó un instante.
—Al parecer, ese muchacho los dejó muy impresionados —dijo, sonriendo con picardía—. Yo me refería a lo que opinan del informe de batalla, no a su persona.
Livey hizo una mueca de vergüenza y se disculpó por la confusión, mientras Muravi se mantuvo en silencio, tratando de no contagiarse de la risa de su cuñado. Gilgag terminó de reír, caminó hacia la salida y se asomó por la abertura de la tienda. Vio a Asur caminando con una seguridad evidente, observado por los soldados de alrededor y seguido por algunos.
—A mí también me impresionó la astucia y la seguridad de ese muchacho —dijo, sin dejar de mirar la figura de Asur—, y aún más por ser liberto y tan joven. ¿Qué edad creen que tenga?
—Debe tener unos veinte años —contestó Livey.
—Tal vez menos que eso —dijo Muravi, pensativo.
Gilgag volvió a pararse en su sitio. —Ahora, volvamos al informe. ¿Qué opinan ambos sobre la batalla?
Muravi se volvió hacia el mapa. —Coronel, los números rebeldes son inauditos. Enviar quinientos soldados, y cien de ellos arqueros, para tomar una aldea es demasiado.
Livey asintió. —Tan solo cien soldados ya serían una gran cantidad para la guarnición de una aldea.
Muravi señaló la Ruta del Vino en el mapa. —Eso es lo que se ha estado reportando por toda esta ruta.
Livey indicó la línea en el mapa.
—Es la ruta que utilizan los rebeldes para sus líneas de suministros. La tienen bien custodiada, ocupando aldeas, colinas y bosques.
—En un inicio parecía que temían ataques a sus caravanas —dijo Muravi—, pero últimamente han exagerado en enviar escuadrones.
Livey señaló una línea cerca del borde de la ruta. —Los rebeldes han ocupado tantas posiciones que han creado un muro impenetrable contra incursiones, incluso contra cualquier espía.
Gilgag miró hacia el frente, su mirada vacía como si viera más allá de las paredes de la tienda. —Hay algo más que los rebeldes buscan. No solo quieren proteger sus líneas de suministros, buscan esconder algo. Por eso tienen tan vigilada la ruta.
—Entonces quieren ocultar sus refuerzos —dijo Livey.
Muravi negó.
—Si solo fuera eso no les importaría que se enteraran. Más bien buscarían enseñarlo para bajar la moral de nuestras tropas.
Todos pensaron en silencio. Gilgag lo rompió, concluyendo: —No hay forma de saberlo a menos que obtengamos más detalles.
Muravi lo miró.
—¿Debemos llamar a ese joven otra vez?
Gilgag negó con la cabeza.
—No, debemos dejarlo descansar esta noche. Después podremos averiguar más sobre él.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com