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Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 50

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Capítulo 50: Eslabones de Poder

El sol comenzaba a asomar en el horizonte, y el campamento despertaba en un coro de sonidos matinales. El canto de los pájaros se alzaba sobre el murmullo de los soldados que se preparaban para su día. Las mujeres de servicio, con sus cuencos en mano, se dirigieron a las tiendas de cocina. Sin embargo, al llegar, se detuvieron. Una serie de gemidos bajos y respiraciones agitadas provenían del interior. Todas reconocieron la actividad, pero ninguna dijo nada, sabiendo que solo un oficial sería tan atrevido como para profanar ese lugar.

En el interior, los sonidos eran intensos. La pareja, unida como lobos en el acto, disfrutaba del placer desde antes de la salida del sol. Sus armaduras de bronce y cuero reposaban en el suelo, y sus ropajes estaban removidos hasta sus cinturas, revelando el joven pero firme abdomen de él y los jugosos senos de ella, que él cubría con sus manos.

—¡Asur! —dijo ella, recibiéndolo desde atrás, repitiendo solo su nombre cada vez que los gemidos cesaban.

Él movía sus caderas con brutalidad y lentitud, una combinación que prolongaba el acto y aumentaba el placer de Samara.

—Samara, la asesina de gigantes —dijo él, justo en el momento de embestir por última vez.

Ella pudo sentirlo, la espesura que salía de Asur pegándose al interior de su vientre, una sensación que extrañaría ahora que no tenían un lugar privado para ellos.

De la nada, una voz femenina les habló desde afuera: —¿Ya habían terminado?

Asur la reconoció de inmediato como Meda. Samara se dio cuenta de los rayos del sol que entraban por una abertura; ya todos debían haber despertado. Los nervios la invadieron. Se despegó de Asur, subió su vestido y, con prisa, comenzó a equipar su armadura. Asur, relajado y divertido por el nerviosismo de Samara, hizo lo mismo a un ritmo mucho más lento.

Samara terminó de vestirse, tomó su lanza y salió sin decir una palabra. Afuera, vio a muchas mujeres que la miraban con curiosidad, y algunas sonreían al reconocerla. Avergonzada, Samara se abrió paso entre ellas y se fue.

Asur salió un momento después, todavía ajustándose su armadura de cuero. Las miradas de las mujeres eran idénticas a las que habían dirigido a Samara, pero Asur les devolvió la sonrisa. De forma coqueta, preguntó: —¿Quién de ustedes sigue?

Las mujeres bajaron la mirada, sonrojadas por su atrevimiento. Meda, que estaba presente, le dijo con su voz experimentada: —Deberías encontrar un mejor lugar para hacer eso, Asur.

—¿Usted me puede ayudar con eso, Meda? —respondió Asur.

Meda estaba a punto de responder, pero Asur se distrajo al notar a Nanshe entre las mujeres. Le mostró una sonrisa pícara, como si una idea acabara de invadir su mente. Asur extendió la mano hacia el rostro de Nanshe, pero al instante, un soldado lo llamó a lo lejos.

Asur se acercó al soldado, quien, con un respeto recién adquirido, le informó: —El Coronel Superior Gilgag lo manda llamar.

Asur asintió, volviendo a mirar a las mujeres. Se dirigió a Meda con tono educado: —Pronto la visitaré, anciana sabia.

Luego miró a Nanshe, quien le devolvió la mirada con miedo. Asur le guiñó un ojo antes de irse y, a todas las mujeres que lo veían, les dijo: —¡La oferta sigue en pie!

Más adelante, la luz de la mañana bañaba el centro del campamento. Asur siguió al soldado hasta la gran tienda de mando. Gilgag, sin siquiera mirarlo, dio la orden de entrada con un gruñido profundo.

Asur entró, inclinó la cabeza con respeto y preguntó de forma educada: —¿Cuál es la razón de mi llamada, coronel?

Gilgag lo miró fugazmente. —Espera desde donde estás, muchacho.

El coronel, Muravi y Livey estaban de pie junto a la mesa, inclinados sobre el gran mapa desplegado. Asur se quedó en silencio, escuchando la conversación que se desarrollaba como si él no existiera.

—Las aldeas tomadas por los rebeldes fueron totalmente abandonadas por los aldeanos —señaló Muravi en el mapa.

—Era de esperarse —respondió Gilgag—. Pero al no tener adónde ir, probablemente se convertirán en bandidos para sobrevivir.

—No deberíamos preocuparnos por eso —aseguró Livey—. Son temas que la gobernadora Mirial deberá resolver.

Muravi frunció el ceño. —El riesgo real es que decidan unirse a los rebeldes para sobrevivir.

Livey se burló. —Los aldeanos no lo harían. Están en esa situación precisamente por la ocupación rebelde.

—Cuando el hambre es superior —afirmó Gilgag con voz de sabiduría—, es superior a cualquier rencor que las personas puedan tener.

Los tres continuaron la conversación sobre los aldeanos desplazados, ignorando por completo la presencia de Asur, quien, por su parte, escuchaba atentamente cada palabra. Recordaba su propia experiencia en Bura, donde vio a muchos aldeanos liberados marcharse, abandonando sus hogares y cultivos.

Los líderes cambiaron de tema, pasando a discutir las incursiones de sus escuadrones a las posiciones rebeldes.

—Con la derrota en Bura y las masivas pérdidas en otros lados —dijo Gilgag, su voz ahora grave—, queda claro que nuestra idea de las escaramuzas e incursiones fue un total fracaso.

Gilgag quitó siete piezas de bronce que estaban posicionadas en el mapa, símbolos de los escuadrones perdidos.

—Ordena que llamen nuevamente a los escuadrones restantes de esos lugares, Livey —ordenó Gilgag—, antes de que los rebeldes realicen un ataque masivo como en Bura.

Livey asintió, pidió permiso para salir y de inmediato abandonó la tienda, pasando junto a Asur sin siquiera dirigirle la mirada.

Asur sintió cómo el silencio se apoderaba del espacio. Estaba recibiendo una lección. Al ver cómo Livey lo había ignorado por completo, entendió que estaba presenciando una demostración de poder. No se trataba de su tiempo o su opinión; se trataba de la autoridad de Gilgag. Asur sonrió. En lugar de resentirse, dio unos pasos de lado y se acomodó en un rincón con las manos a la espalda, adoptando la postura de un observador paciente.

Gilgag y Muravi lo notaron. Ambos lo miraron de reojo rápidamente, y luego lo ignoraron, retomando el tema de la noche anterior: la Ruta del Vino.

—Ningún espía ha podido siquiera acercarse sin ser notado —señaló Muravi sobre la línea defensiva rebelde.

—Deben estar ocultando algo demasiado grande para esforzarse tanto en la seguridad —aseguró Gilgag.

Asur, escuchando esto, recordó algo de Bura: desde la aldea, había visto un camino ancho y despejado, casi como un río a través del paisaje. Había llamado su atención precisamente por lo anormalmente limpio que estaba. Si los rebeldes escondían algo grande, pensó, también debía ser difícil de mover, lo que justificaría la necesidad de una ruta tan despejada.

Mientras tanto, en el campamento rebelde. Aunque la atmósfera era similar a la de los campamentos leales —los soldados entrenaban, conversaban y cumplían sus funciones diarias—, aquí el aire vibraba con una confianza más relajada y audaz.

Entre las tiendas de cuero, la coronel Sila caminaba lentamente, tejiendo su larga y oscura cabellera en una trenza apretada. Acompañada por sus escoltas, se dirigía a las afueras del campamento, dentro del vasto Valle Vacío, con una creciente preocupación.

Llegó a la orilla del campo abierto. Una unidad de cincuenta jinetes maniobraba con una precisión impresionante para la región. Al frente de ellos estaba el general Román, vestido con una armadura de cuero remachado con bronce. Su fina espada cortaba el aire en movimientos fluidos diseñados para el combate contra la infantería. El aroma a cuero, sudor de caballo y polvo recién levantado llenaba el ambiente.

Román notó la presencia de Sila. Su rostro, enmarcado por el esfuerzo, le indicó que algo no andaba bien; solo podía tratarse de la misión en Bura. Román continuó practicando con su unidad por un instante más, disfrutando del golpe seco de su espada, antes de detener todo.

—¡Agua a los caballos y descansen hasta la otra ronda! —ordenó.

Se acercó a Sila, todavía montado. La altura del animal lo hacía más imponente. —¿Qué pasa para que tú misma te presentes y no un mensajero? —preguntó con un tono relajado, pero sus ojos exigían la verdad.

Sila levantó la mirada, el rostro enjuto. Con un suspiro, soltó la noticia. —Recibí a un mensajero de Bura hace un momento.

Román desvió la mirada, el fastidio se dibujaba en sus facciones. Creía saber lo que venía.

—La oficial Zagara capturó la aldea —dijo Sila, sin emoción.

Román volvió rápidamente la mirada. Una amplia sonrisa cruzó su rostro. Miró a los otros jinetes y preguntó: —¿Escucharon eso?

Los jinetes asintieron, sonriendo junto al general. Visiblemente alegre, Román dijo a Sila: —Me hubiera sentido decepcionado de ti y tus soldados si hubieran perdido, teniendo al gigante y a los cien arqueros que te presté.

Sila lo miró a los ojos, exhalando lentamente antes de hablar con una voz cortante. —Perdimos a la mitad de los arqueros. —Hizo una pausa, la sonrisa de Román se desvanecía—. Y el gigante está muerto.

La impresión fue palpable. Los jinetes dejaron de dar agua a sus animales y miraron a Sila. Román solo mostró incredulidad, el esfuerzo de su práctica anterior borrado por el shock.

Sila, elevando la voz para asegurarse de que todos escucharan, comenzó a explicar: —Las tropas de Gilgag se dividieron en tres frentes. Colocaron obstáculos alrededor de la aldea y enfrentaron a los arqueros con hondas y piedras.

—¿Hondas? —Román interrumpió, confundido, repitiendo la palabra como si fuera un insulto—. ¿No es esa una herramienta que utilizan los plebeyos en el campo?

Sila miró a uno de sus escoltas, quien se acercó y mostró una honda de cuero enrollada. —Eso es precisamente —dijo Sila.

Román miró la honda. Lentamente, una risa burlona comenzó a crecer, mirando a los otros jinetes para que lo acompañaran. Ellos, forzando, lo hicieron.

—¿Cómo sería posible —dijo Román entre carcajadas— vencer a un escuadrón de cien arqueros de élite con arcos de gran calidad, utilizando una herramienta de plebeyos campesinos?

Sila, visiblemente incómoda, solo pudo decir: —Eso fue lo que me contaron.

Román paró su risa de forma abrupta. Con molestia, su rostro se ensombreció. —¿Qué me dirás ahora? ¿Que el gigante fue vencido con un rastrillo?

Sila lo miró de frente. —El gigante fue decapitado. Me disculpo por perder algo tan valioso.

Román, en lugar de enojarse, rió por un momento más, luego miró hacia el horizonte donde estaría el campamento de Murem. Creyendo tener una epifanía, abrió bien los ojos.

—Claro, eso es lo que Murem ha estado haciendo desde un inicio —dijo, y empezó a moverse con su caballo alrededor de sus soldados, la tierra bajo los cascos levantando una fina nube de polvo.

Explicó a su unidad: —Primero, Murem reclutó pueblerinos, y ahora está usando armas de pueblerinos para confundirnos. Es una muestra de su debilidad y desesperación.

Le dio unas palmadas en el cuello a su caballo. —Tal vez el próximo paso de Murem sea crear una caballería con bueyes y cabras —dijo, soltando unas fuertes carcajadas, imitadas por sus jinetes.

Sila pensó que aquello no podía ser del todo cierto, pero tal vez la deducción de Román no estaba muy lejos de la verdad.

Román volvió hacia ella, mirándola de frente. —Informa a esa oficial, como se llame, que debe mantener el control en la aldea y sus alrededores durante al menos quince días hasta la llegada de nuestros refuerzos.

Sin esperar respuesta, ordenó a su unidad volver al entrenamiento, y Sila simplemente se retiró con una sutil sonrisa de satisfacción.

La tienda de Murem era un oasis de tranquilidad. El príncipe estaba sentado con los codos sobre la mesa de mapas, leyendo los papiros que un mensajero había traído. Mirial aguardaba a su lado, observando las expresiones del rostro de su sobrino: primero la aceptación, luego el disgusto, y finalmente una profunda preocupación.

Al terminar de leer, Murem suspiró con resignación. Miró a Mirial, sus ojos pesados. —Los otros frentes están igual que nosotros: en un punto muerto.

—¿A qué te refieres, Príncipe? —preguntó Mirial.

—En el frente Sur, en Egia, Kingo aún no se recupera de su enfrentamiento con Irena. Matmum aprovechó para atacar su posición, pero los líderes rebeldes que acompañan a Kingo tomaron el mando y mantuvieron una defensa férrea en la segunda batalla. Matmum se vio obligado a retirarse y acampar en una colina cercana a la ciudad donde está el ejército de Kingo.

Mirial asintió, abriendo los ojos con sorpresa ante el recordatorio. —Kingo sigue herido por enfrentarse a Irena.

Murem dejó escapar una risa corta y sin humor. —Irena era una mujer letal.

Mirial sonrió ligeramente. —No por nada pudo domar al coloso Gilgag —susurró.

Murem continuó el informe. —En el Frente Centro, en los límites de Haragil y Satom, Oren tomó posiciones en colinas elevadas mientras espera el avance de Yem, quien, al igual que Román, no ha realizado ningún movimiento. Mientras tanto, en la ciudad-príncipe Haragil, Pasur ha iniciado los asaltos que Tecem ha logrado resistir, gracias a la intervención de la coronel Serena. Ella acampó con diez mil soldados en un bosque cerca de Pasur y ha realizado cargas constantes contra sus tropas durante los asaltos a la ciudad.

Mirial se levantó de su silla, pensativa, y comenzó a caminar lentamente por la tienda. —Al parecer, Yem planeó muy bien su rebelión. Kingo siempre fue un militar de ataque, por eso Yem lo envió junto a líderes enfocados en la defensa para equilibrar a su ejército. Y enviar a Pasur, el erudito experto en asedios, para tomar una ciudad importante fue algo muy bien pensado, aunque tal vez no contaban con la presencia de Serena.

Continuó caminando, su rostro fruncido. —Lo que no entiendo es por qué, teniendo la superioridad numérica, Yem no se enfrenta al general Oren.

Murem fingió aclararse la garganta. Mirial lo notó y detuvo su andar, entendiendo el punto de su sobrino: Murem estaba haciendo exactamente lo mismo al no atacar a Román.

En ese instante, un sirviente se detuvo en la entrada de la tienda. —Príncipe Murem, ¿puedo pasar?

El sirviente, visiblemente nervioso, se inclinó ante Murem y Mirial. —Príncipe Murem —dijo, presentándose como el encargado de su montura.

—¿Le pasa algo a Sello? —preguntó Murem con una preocupación que no había mostrado por la situación en el Frente Norte—. ¿Está enfermo o herido?

El sirviente negó rápidamente. —El caballo está en perfectas condiciones, Príncipe. El problema es que parece estar deprimido.

Mirial inquirió, con incredulidad: —¿Es eso realmente un problema grave?

—Sí, Gobernadora. El caballo puede dejar de comer y enfermarse si se deprime.

El sirviente explicó que, debido a la orden del príncipe de que nadie más que él montase a Sello, el caballo permanecía atado dentro del campamento, mientras los otros salían a correr con sus jinetes.

—Entonces, sáquenlo sin jinete —sugirió Mirial.

Murem la corrigió con un tono firme. —Debido a la campaña, es peligroso dejar a un caballo correr sin jinete. Podrían perderse o ser atacados en los campos fuera del campamento. Sería una gran pérdida si eso pasara, aún más tratándose de Sello.

Murem miró un instante al sirviente. —Prepáralo. Lo montaré más tarde.

El sirviente obedeció y se fue rápidamente.

Mirial miró a Murem, asimilando la obstinación. —Entiendo que el caballo es propiedad de Siram, pero, ¿es por eso que no dejas que nadie lo monte?

Murem asintió. —Siram me lo hizo prometer antes de que partiera. Solo tres personas han montado a Sello en toda su vida: yo, Siram, y su amiga, la joven Esther.

—Un caballo muy exclusivo —susurró Mirial.

—Y costoso. Fue precisamente la joven Esther quien se lo regaló a Siram en su cumpleaños.

Mirial mostró sorpresa. —¡Un regalo muy original y valioso! Lo vi de lejos hace unos días; por su altura y la pureza de su color, supe al instante que su valor era comparable al de mantener a diez o quince soldados de élite durante un año. ¿De qué familia es esa joven para poder dar un regalo así?

Murem rió, aclarando el malentendido: —Sello fue regalado siendo un pony, tía. En ese momento, quizás costaba una o dos monedas de oro. En cuanto a la joven… Esther es la hija de Sour, el comerciante.

Mirial reconoció el nombre al instante. —¿Hablas del comerciante plebeyo más rico del reino?

Murem asintió de forma relajada.

—¿Cómo fue que Deibra permitió una amistad entre Siram y la hija de un plebeyo? —inquirió Mirial.

Murem negó con la cabeza mostrando confusión: —Tampoco lo sé. Tal vez se deba a que Siram ya es mayor y puede tomar sus propias decisiones. O quizás mi madre, Deibra, quería hacer una alianza con Sour.

Mirial soltó una risa burlesca, la idea la divertía. —Deibra es muy reservada con sus amistades. Nunca se rebajaría al nivel de un plebeyo, por más rico que sea.

Murem suspiró. —No entiendo por qué.

—Porque así nos enseñaron nuestros padres a nosotras —dijo Mirial, señalando la rigidez de su crianza.

Murem la miró fijamente. —Pero tú no eres así.

—Aprendí a ver el valor de las personas sin importar su origen.

Murem abrió los ojos, una revelación cruzó su rostro. —Eso sonó como algo que diría mi padre.

—Gracias —contestó Mirial de forma juguetona—. Hago mi mejor esfuerzo para ser tan sabia como mi cuñado.

Ambos rieron por un momento ante la broma, aliviando la tensión del mapa.

Luego, Mirial lo miró con ojos compasivos, el tono de su voz se hizo suave. —¿Cómo está realmente la situación con tu padre?

Murem sonrió, extendiendo las manos para señalar la obviedad del mapa sobre la mesa. —Aquí tienes.

Mirial no cayó en la broma. Se puso seria, colocó su mano en la mejilla de Murem, y con los ojos fijos en los suyos, le dijo: —Sabes a lo que me refiero.

Murem sostuvo su mirada por un instante antes de confesar: —No he vuelto a ver al Rey desde la guerra contra Kipom hace cuatro años.

—Eso es normal, dados los deberes que debe cumplir. Yo misma, como gobernadora, llevo cinco años sin ver a mi hermana Deibra o a mi sobrina Siram. De no ser por la rebelión, tampoco me habría encontrado contigo.

—Si fuera así, lo creería —dijo Murem, la amargura en su voz era palpable—. Pero Matmum y Yacim gobiernan provincias más alejadas de la capital y, aún así, el Rey los invitó a cada uno de sus cumpleaños.

Mirial se quedó sin habla. Pensó un instante, luego preguntó: —¿Qué crees que significa esa actitud del Rey?

Murem desvió la mirada. —Los prefiere a ellos. Son unos “Perfectos hijos de Mircel.”

Mirial fingió una risa. —Matmum y Yacim no son unos “Perfectos hijos de Mircel.” Solo tienen algunos rasgos.

—Son suficientes para mi padre —sentenció Murem.

Mirial suspiró, el silencio regresó a la tienda. Murem, guiado por sus emociones, dijo con creciente molestia: —Incluso a pesar de ya haber gobernado una provincia y haber luchado en la guerra contra Kipom, el Rey aún no me da el título de Príncipe Heredero. Me hace pensar que ese puesto está reservado para alguien más.

—¿Es eso lo que te molesta? ¿No ocupar el trono? —preguntó Mirial con compasión.

—Aunque no fuera escogido, me gustaría sentir que al menos era una opción.

Mirial golpeó la mesa, su voz firme. —¡No vuelvas a decir eso! ¡Tú siempre serás una opción para el trono! ¡Es más, eres la primera opción!

—¿Y entonces por qué fui enviado a combatir en un frente de batalla, mientras Yacim se mantiene alejado y a salvo en su provincia? —preguntó Murem, alterado.

—Yacim tiene la misión de proteger a los nobles refugiados y custodiar las fronteras —le recordó Mirial.

—¡Tal vez esa es la excusa de mi padre para que Yacim sobreviva y ocupe el trono cuando yo fallezca en la guerra! —exclamó Murem.

Mirial se levantó, su tono se hizo firme, aunque sin alzar la voz. —Escucha bien lo que acabas de decir. —Le preguntó, con los ojos fijos en su sobrino—: ¿Entiendes lo que estás diciendo?

Murem se quedó en silencio, repitiendo sus propias palabras: “fallecer en la guerra.”

Mirial tambaleó la cabeza, como diciendo “¿Te das cuenta?” Luego le explicó con voz firme: —Si tú, Murem, el Comandante Supremo del frente norte, falleces, el ejército será derrotado. Los rebeldes avanzarán sin más oposición.

Rodeó la mesa, tomó a Murem de los hombros y, frotándoselos, lo enfrentó.

—Esa es la prueba de que el Rey te eligió como sucesor. Te dio el destino del trono en tus manos. Si tú fallas, Yem ocupará el trono, pero no por elección del Rey. Y si tú logras la victoria, no habrá duda de que eres el legítimo heredero. Por eso el sabio Rey te nombró a ti para liderar la defensa en el Norte.

Ambos se quedaron en silencio. El rostro de Mirial denotaba seguridad por sus palabras, y el de Murem, aunque aún dudoso, comenzaba a creer la versión de su tía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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