Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior

Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 51

  1. Inicio
  2. Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia
  3. Capítulo 51 - Capítulo 51: Carencia de Miedo
Anterior
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 51: Carencia de Miedo

El campamento de Gilgag vibraba con el bullicio del mediodía. El aire era pesado, lleno del olor a sudor, leña y comida grasienta. En una sección específica, una larga fila de soldados se extendía hasta perderse, cargando prendas, monedas de plata o diversos artículos.

El teniente Livey se acercó, acompañado por Ditro, el espadachín que acababa de ser nombrado oficial. Ambos observaron por un rato cómo los soldados intercambiaban sus bienes bajo un toldo, cerca de una carreta llena de armas. Livey se acercó a investigar, reconociendo al joven Asur entre quienes controlaban las carretas.

—Asur, ¿qué estáis haciendo aquí? —preguntó Livey.

Asur lo miró, inclinó levemente la cabeza, y fue seguido por los demás soldados que también notaron la presencia del teniente.

—Solo intercambiamos nuestro botín obtenido en Bura por algunos artículos más necesarios, Teniente —respondió Asur.

Livey vio cómo colocaban las prendas, calzados y piezas de plata en otra carreta, organizada por los soldados de Asur.

Asur, sin embargo, miraba por encima del hombro de Livey. El rostro conocido de Ditro se presentaba junto a un pequeño grupo de soldados que lo seguían.

Livey notó la mirada distraída de Asur, volteó hacia Ditro y preguntó a Asur: —¿Ya lo conocías?

—Ditro fue mi maestro por unos días antes de ir a la misión de Bura —respondió Asur.

Ditro sonrió levemente al ver a Asur y asintió hacia Livey.

Livey, con el rostro serio, dijo: —Entonces no tendrá problema en acoplarse a su nuevo oficial. —Señaló a Ditro.

Los soldados que aún hacían el intercambio se detuvieron al escuchar esto y voltearon a mirar a Ditro con miradas analíticas. Un silencio confuso se apoderó brevemente del ambiente.

Asur, con una sonrisa de labios, rompió el silencio. —No, Teniente. No tendremos ningún problema con nuestro nuevo oficial. —Inclinó la cabeza hacia Ditro, siendo seguido por el resto de sus soldados, quienes imitaron el gesto.

Livey asintió, tocó el hombro de Ditro y le ordenó: —Organice a su escuadrón y preséntese a ellos.

Una vez que Livey se marchó, Asur le dedicó una sonrisa de labios a Ditro. —Ahora ya no tendrá que hacerse pasar por oficial, maestro.

Ditro fingió seriedad. —Algo me dice que tú tampoco, recluta.

Ambos rieron por un momento ante el sutil juego de poder.

Asur preguntó: —¿Cómo fue que lo nombraron oficial?

Ditro se encogió de hombros. —Por mi experiencia, el apoyo de mis camaradas… y la falta de oficiales vivos. Lideraba unos cuantos hasta que el teniente me ordenó tomar el mando del escuadrón recién llegado de Bura.

Asur volteó a mirar al resto de soldados, que continuaban con su labor. —Arsap me hubiera recomendado a mí si no hubiera muerto.

Ditro sonrió. —Por los rumores, no parece que vayas a ser un soldado raso por mucho tiempo.

Antes de que Asur pudiera responder, la voz de Dagon los interrumpió. —¿Asur, podemos hablar un momento?

Asur lo miró y le dijo: —Podemos hablar aquí, frente a tu nuevo oficial.

Dagon miró a Ditro. Su rostro estaba demacrado, con ojeras profundas y los ojos inyectados en sangre, el claro indicio de quien no había dormido en días. Ditro notó de inmediato la apariencia desganada del joven.

Dagon le dijo a Asur: —Unos hombres a lo lejos no dejan de mirarnos desde hace un rato.

Asur miró hacia ese lugar, reconociendo de inmediato a los hombres de Karrion, quienes disimulaban que solo estaban parados cubriéndose del sol. Asur tranquilamente le dijo a Dagon que no se preocupara, pues solo eran unos envidiosos.

Asur dio unos pasos hacia aquellos hombres y, sin voltear, le dijo a Ditro: —Hable con Dagon para saber todos los detalles sobre el escuadrón. —Luego continuó caminando hacia los criminales, quienes, al notarlo, se alejaron en dirección opuesta.

Dagon intentó seguir a Asur, pero Ditro lo detuvo tocándolo en el hombro.

Dagon se apartó y se puso en guardia de inmediato, levantando su hacha. Miró a Ditro con los párpados enloquecidos y la respiración temblorosa.

Ditro levantó las manos. —Por favor, muchacho. Baja tu hacha. Estás poniendo nerviosos a otros.

Dagon miró a sus camaradas, quienes tenían sus manos en las empuñaduras de sus armas, aunque sin desenfundar. Dagon bajó su hacha, se acercó a Ditro y le pidió: —No me vuelva a tocar de imprevisto.

Sus camaradas volvieron a lo que hacían.

—No lo haré —le dijo Ditro—, hasta que superes tu temor.

Dagon lo miró confundido. —No sé de qué está hablando, oficial.

Ditro suspiró, se le acercó y le susurró: —Estoy hablando de la razón por la que no duermes en las noches.

Dagon desvió la mirada, tratando de buscar una excusa. —No duermo por cuidar la carreta de botín del escuadrón.

Ditro preguntó con un tono de sarcasmo: —¿No hay más soldados en tu escuadrón para vigilar la carreta, o es que Asur te está sobreexplotando?

Dagon negó con la cabeza y trató de cambiar de tema, diciendo: —Hay setenta y un soldados en el escuadrón, incluyendo a Asur, y muchos ya están bien armados debido al botín obtenido.

Ditro asintió. —Eso es algo bueno. ¿Están todos aquí?

—No. Algunos están con Samara en los campos de entrenamiento.

—Si no tienes nada que hacer, por favor ve a traerlos para presentarnos antes de la comida.

—Sí, oficial —respondió Dagon.

Antes de que se fuera, Ditro lo detuvo, y muy cerca de su oído le dijo: —No tienes por qué pasar por esto solo. Yo también fui joven y pasé por eso en mis primeras campañas. Te puedo ayudar.

Dagon lo miró nervioso por un momento, luego se fue pensando en lo que Ditro le dijo.

Por otro lado, Asur caminó lentamente por la dirección en la que habían huido los hombres de Karrion. Aunque hacía mucho que los había perdido de vista, siguió dando pasos tranquilos, buscando algo que llamara su atención. La confirmación de que lo vigilaban y planeaban algo le llenaba de una apacible certidumbre.

Su mirada encontró entonces a Nanshe. La joven caminaba con un cuenco lleno de cereales, o quizá una gacha espesa, con dirección a la tienda de las cocineras. Sus pasos eran apresurados, casi como si quisiera correr, sin notar la mirada de Asur a lo lejos. Asur no entendió el porqué de su apuro hasta que vio cómo algunos hombres y mujeres le dirigían frases al pasar.

“Visítame más tarde, blanquita, nos divertiremos.” “¿Quieres conocer un hombre de verdad?” “Me gusta tu vestido, ¿puedes quitártelo?” “Tus labios se verían bien junto a los míos.” “Mira mis músculos, puedo cargarte como a ese cuenco.” “Oye, ven aquí, podemos pasarla bien.”

Asur escuchó cada una de estas frases, sintiendo una extraña y creciente sensación en su pecho, una que solo se aliviaba al imaginar cómo le cortaría la lengua a todos. Mientras imaginaba, decidió seguir a Nanshe lentamente, escuchando más y más de las cosas que le decían y cómo ella parecía simplemente ignorar cada palabra.

Nanshe entró a la tienda de cocina, un espacio cerrado donde el aire era espeso por el vapor y el aroma a especias y legumbres cocidas. Allí comenzó a triturar granos de trigo tostado en un mortero de piedra para la harina de la cena.

Asur entró unos momentos después, se quedó mirando el cabello rubio casi blanco de ella desde la entrada, y luego se acercó lentamente, un paso a la vez. El tap-tap-tap del mortero ahogaba cualquier otro sonido. Nanshe no se percató de nada, continuaba con su actividad, concentrada en el esfuerzo.

Asur, sin darse cuenta, empezó a contener la respiración, volviéndose aún más silencioso. Cuando estaba a solo unos pasos de ella, las voces de tres hombres que entraban interrumpieron todo.

—Está aquí —dijo uno. —La vi hace un momento. —Está sola. —Podemos aprovechar y…

Una vez dentro, se detuvieron al ver que Asur estaba ahí. Nanshe volteó al instante, y sus ojos azules se encontraron de cerca con los dorados del joven. Ella sintió una punzada de miedo, percibiendo la mirada indescifrable de un depredador que la veía con una mezcla extraña de fastidio y apacibilidad.

Asur giró el rostro hacia aquellos hombres, quienes vieron la mirada de lo que parecía un tigre enojado por la intromisión en su territorio.

Uno de los hombres dio un paso, tratando de justificarse. —Solo queríamos hablar con la muchacha.

Pero el otro lo detuvo y lo jaló hacia atrás, le dijo algo al oído a su amigo, y los tres salieron de inmediato, el silencio repentino de sus pasos rompiendo la tensión. Nanshe vio cómo esos hombres se iban sin razón aparente, y una parte de ella sintió alivio al entender lo que ellos buscaban. Luego, su miedo regresó al recordar que Asur aún estaba frente a ella.

Asur volvió la mirada hacia Nanshe. Ella desvió la mirada con temor. Asur sonrió ante la ironía de ser la persona a la que ella más le temía, a pesar de todos los demás.

Nanshe giró de vuelta a su labor sobre la mesa y le preguntó: —¿Buscas algo?

Asur vio una mesa libre justo al lado de la que estaba Nanshe, fue hacia ella, se subió de un salto y se recostó, apoyándose en un codo. —Solo iba a cumplir mi promesa de visitarte todos los días. —Con una sonrisa y tono coqueto, Asur se disculpó por no haberlo hecho en todos los días que estuvieron en Bura.

Nanshe no respondió. Continuó su labor, aunque lo miraba de reojo.

Asur continuó: —¿Qué es lo que preparas para la comida del mediodía?

—No es para el mediodía, es para la cena —le respondió Nanshe, aclarando que la comida del mediodía ya estaba lista y que él debería ir a recibir su ración.

—¿Podrías hacerme algo especial? —preguntó Asur.

Nanshe desvió la mirada, su respiración agitada por el temor de estar a solas con él.

Asur le dijo que no lo haría gratis. —Tengo un par de cosas que podrías usar. —Mencionó lo conseguido en el intercambio del botín, como vestidos y calzados, señalando los pies de Nanshe. Ella llevaba unas sandalias de cuerda trenzada gastadas por el uso, casi deshechas.

Nanshe, de forma inconsciente, frotó sus pies entre ellos, deteniéndose un momento de su labor.

Asur continuó: —Si no quieres, incluso te puedo dar un par de monedas de plata que también conseguí.

Nanshe volvió a su labor, negando con la cabeza.

Asur, con tono juguetón, suplicó: —Por favor, prepárame un gran pedazo de carne. Te pagaré por los recursos gastados.

Nanshe dijo que no podía, que no tenía tiempo libre para eso.

Asur aumentó la oferta: —Te puedo pagar por tu tiempo. Te ofrezco dos vestidos y unas nuevas sandalias.

Nanshe negó con la cabeza y dijo que no podía hacerlo.

Asur aumentó la oferta una vez más: —Una moneda de plata más y una estatuilla de alguna de las Diosas.

Nanshe se detuvo. Su respiración era agitada mientras miraba fijamente hacia el frente.

Asur se bajó de la mesa y dio un paso. —Te puedo dar una estatuilla de la diosa Lujuria para que le agradezcas por tu belleza. —Dio otro paso. —Tal vez quieras una estatuilla de Sabía para agradecerle por ser asignada a la cocina y no al frente de batalla. —Dio otro paso más, quedando justo frente a ella. —Tal vez prefieras una estatuilla de Guerra para pedirle protección contra los tipos que te acosan.

Nanshe lo sintió muy cerca de ella y se alejó un poco de lado mientras temblaba por la cercanía.

Asur continuó acercándose, respirando sobre su cuello. —O podría hacerlo yo.

Nanshe no volteó a verlo, sus ojos queriendo soltar lágrimas al imaginar lo que podría pasarle en ese instante. Asur notó el miedo de Nanshe. Se alejó de inmediato, volviendo a su actitud juguetona.

—Si tú quieres, podemos intercambiar favores. Me preparas un buen plato con carne y especias, mientras yo me encargo de protegerte de… tus acosadores.

Nanshe se calmó al sentir que se alejaba y, con la respiración agitada, le preguntó: —¿Por qué harías eso?

—Es un negocio —respondió Asur—. Tú necesitas algo y yo quiero algo. Así es como funciona el mundo, con negocios.

Nanshe bajó la mirada, replicando con voz suave: —No necesito nada.

—¿Estás segura? —preguntó Asur—. ¿Qué hubieras hecho contra esos tres hombres que ingresaron a la tienda un momento atrás?

Nanshe alzó la barbilla y respondió: —He pasado por eso muchas veces antes.

Asur se sorprendió por esta respuesta y le preguntó con frío interés: —¿Es que simplemente dejas que los hombres te hagan lo que quieran?

Nanshe bajó la mirada, avergonzada.

Asur insistió, la voz teñida de un frío interés: —¿Es que simplemente soportas que otros te hagan lo que quieran?

Nanshe levantó la mirada y, al borde de las lágrimas, le respondió: —Si preguntas si he sido violada, no, aún nadie lo ha logrado. Pero sí fui tocada por algunos.

Asur asintió mientras se acercaba. —¿En verdad no quieres que me encargue de protegerte o de castigar a quienes te tocaron?

Nanshe, con lágrimas en las mejillas, volvió a su labor. Asur intentó insistir, pero la voz de Meda lo interrumpió.

—Detente, Asur. ¿No ves que la pobre está asustada?

Asur volteó hacia Meda, viendo en ella una expresión seria que solo una vez le había presenciado. Volvió la mirada hacia Nanshe, quien limpiaba las lágrimas de sus mejillas para retomar su labor.

Asur caminó hacia Meda, se detuvo a su lado y le dijo: —Solo le ofrecí protegerla a cambio de un plato especial. —Luego se marchó.

Meda se acercó a Nanshe, quien fingía que no pasaba nada mientras aplastaba los granos con brusquedad sobre el mortero. Meda lo notó. La miró por un momento hasta que detuvo sus manos, se le acercó y le dijo: —Mi niña, no tienes por qué estar asustada. Sé que has pasado por mucho y que tienes que soportar cosas a diario de las que nadie puede protegerte, pero ese muchacho te ofrece algo que nadie más ha hecho y que yo no puedo.

Meda abrazó con fuerza a Nanshe desde un lado y continuó: —Sé que Asur puede ser algo agresivo, pero es un muchacho, y creo que tú le gustas, no como los otros hombres que te buscan. Él lo hace de una forma distinta. No creo que él te vea como los demás.

Las palabras de Meda hicieron que el miedo de Nanshe se intensificara y ella regresara a las lágrimas.

Meda la sintió llorar. La abrazó con más fuerza, tratando de calmarla. —Todo estará bien. Yo puedo dar fe de que Asur es el más indicado para cuidarte.

Nanshe se soltó un poco de los brazos de Meda, la miró a los ojos y sollozó: —Me asusta.

Meda se mostró confundida, el ceño fruncido. Preguntó: —¿Qué?

Nanshe le dijo con la voz quebrada que Asur era un tipo malo, alguien que disfruta de hacer daño.

Meda, preocupada y confundida, inquirió: —¿Asur te ha hecho algo que deba saber?

Nanshe negó con la cabeza y se secó las lágrimas.

Meda tomó un cuenco de arcilla, sirvió agua de un recipiente y se lo dio a Nanshe para beber. Nanshe tomó el agua y se lavó la cara. Ambas se miraron en un silencio incómodo, Meda esperando que le dijera la razón de su miedo, y Nanshe pensando en qué decirle.

Nanshe, finalmente, preguntó a Meda: —¿Conoce muy bien a Asur?

Meda contestó: —Solo he hablado con él un par de veces. Es un muchacho curioso, atrevido y… valiente.

Nanshe susurró para sí misma que tal vez valiente no fuera la palabra correcta.

Meda la miró, fingió no haberla escuchado y le preguntó de nuevo: —¿Me dirás por qué le temes a Asur?

Nanshe dijo que era algo sobre ella más que sobre Asur.

Meda suplicó: —Por favor, cuéntamelo. Tal vez así entienda tu miedo y pueda apoyarte, haciendo que Asur se aleje de ti.

Nanshe asintió. Ya más calmada, empezó a contar cuando fue la primera vez que vio a Asur…

—El día de la batalla en el Valle Vacío, yo fui puesta como tamborilera —dijo Nanshe—, para transmitir las órdenes de los altos mandos hacia los soldados.

Meda asintió. —Eso ya lo sabía, mi niña.

Nanshe continuó, contando cómo desde su posición pudo ver lo que pasaba en el frente. Describió cómo las personas caían muertas, cómo perdían extremidades y se arrastraban al ser heridos. Sus manos empezaron a temblar al recordar el horror.

Meda la sostuvo, frotándole la mano. —Yo también estuve ahí, mi niña. Sé lo que era eso.

Nanshe se calmó un poco. —Pero lo peor era escuchar los gritos de todos ahí y ver los rostros que, aunque borrosos por la distancia, se mostraban con miedo. Incluso muchos de aquellos que me acosan ahora, en esa batalla, estaban asustados o al menos se veían algo temerosos.

Meda le frotó la mano. —Eso es normal. Todo el que tenga alma sentiría aunque sea un poco de miedo en esa situación.

Nanshe le dio la espalda, susurrando: —Y por eso él me asusta.

Meda, entendiendo que se refería a Asur, preguntó confundida: —¿Por qué exactamente?

Nanshe la miró y dijo: —Él no tenía miedo.

Meda sonrió por la confusión. —¿A qué te refieres, niña?

Nanshe continuó: —Mientras los demás parecían asustados, o fingían valentía como hombres, mujeres, oficiales, soldados e incluso los gigantes de esa batalla… Asur solo sonreía. Se movía como si estuviera en un juego, como si morir no le asustara. Y aún peor, como si el acto de matar no le preocupara. —Volteó de nuevo hacia Meda, la miró a los ojos con profundo temor y dijo con voz temblorosa: —Él… él no… Él no tenía miedo.

Meda negó con la cabeza y le dijo: —Eso no es posible, mi niña. Asur tal vez se comportó tan valiente que parecía no tener miedo.

Nanshe mostró un rostro de tristeza, las comisuras de sus labios inclinadas hacia abajo. Dijo: —Yo también creí haber visto mal, pues estaba muy lejos. Pero luego de la batalla, cuando todos regresaron al campamento, pude confirmar que todos sufrían las consecuencias de la batalla. Los más jóvenes temblaban al recordar, los expertos bebían para olvidar, otros fingían dormir para soltar lágrimas.

Nanshe hizo una pausa, volvió a mirar a Meda y terminó: —Pero él, ese chico, el mismo que no dejó de sonreír en la batalla, simplemente estaba ahí, acostado en el suelo bajo su toldo, tan relajado como si hubiera sido un día normal, tranquilo sin importarle que sus camaradas más cercanos hubieran muerto.

Meda quedó en silencio. Recordó la vez que vio a Asur después de la batalla en el Valle Vacío. En ese momento no se había dado cuenta, pero ahora que Nanshe lo mencionaba, Asur no parecía tener ningún tipo de secuelas tras lo que fue su primera batalla.

Nanshe, con un dolor en el pecho y las manos temblorosas por el recuerdo, tomó el cuenco que tenía y dijo que debía traer más granos. Salió de la tienda.

Meda no intentó detenerla. Su mente exploraba una posibilidad. Ya antes había escuchado de gente que no sentía miedo en absoluto, gente cuyo accionar podía ser confundido con valentía, gente que en el pasado fue adorada y reconocida como la cúspide de la grandeza: Valan.

La noche era fría y húmeda. La luna estaba cubierta por nubes que anunciaban un aguacero. En una tienda simple, recién levantada en el campamento, los sonidos de pieles chocando y jadeos acompañaban el coro de las ranas y los búhos del exterior en una sincronía casi perfecta.

En el interior, Asur yacía sobre Samara, acostados sobre una cama improvisada de paja cubierta por una capa de cuero. Sus cuerpos desnudos se entrelazaban por brazos y piernas, frotándose torso y caderas. Ambos movían sus caderas hacia el otro, provocando que el resonar del impacto pareciera una serie de golpes. Sus movimientos se aceleraron hasta sus límites, llegando al clímax al unísono. Él descargó hasta la última gota de su flujo en ella.

Se quedaron por un instante enredados como la maleza, empapados en sudor y recuperando el aliento. Un momento después, Asur se quitó de encima y se recostó a su lado. Ambos miraron el telar de la tienda que los cubría de la luna.

Samara rompió el silencio. Se rio mientras sus manos bajaban a su vagina. Le dijo: —Deberías dejar de hacer eso.

Aún mirando hacia arriba, Asur preguntó: —¿A qué te refieres?

Samara llevó dos de sus dedos desde su vagina hasta la mejilla de Asur y lo manchó con el flujo que escurría. Dijo con una sonrisa: —Me refiero a eso.

Asur se rio y empezó a limpiarse el rostro. Samara, con tono juguetón, le advirtió: —Aunque yo sea mayor, sigo siendo una mujer fértil. No creo que estés preparado para esa responsabilidad.

Asur asintió. Dijo: —No había pensado en eso. En verdad sería un problema incapacitar así a una gran guerrera.

Samara suspiró mientras continuaba limpiando su vagina. Ambos quedaron en un silencio tenue, acompañado por el sonido de las ranas y lechuzas del exterior. Samara terminó, se sentó a un lado de Asur y empezó a mirarlo mientras este yacía acostado tranquilamente, a punto de sucumbir al sueño.

La mente de Samara se llenó de preguntas. En sus años de experiencia, ella había visto todo tipo de cosas en las batallas: muerte, mutilación y desangramiento. Pero todo eran consecuencias directas del combate, actos que de alguna forma podían ser considerados daño colateral. Sin embargo, nunca había visto algo como lo que presenció en Bura. El acto premeditado de amputar partes y exhibir cadáveres como en una carnicería era, para ella, algo que iba más allá del deber militar. Lo peor era saber que todo fue hecho y ordenado por aquel joven que en ese momento descansaba sin ninguna señal de remordimiento o trauma, mientras a ella le había costado conciliar el sueño en las últimas noches, debido al recuerdo de los cuerpos colgados y las voces de los jóvenes pidiendo clemencia.

Asur sintió la mirada de Samara y preguntó: —¿Qué pasa? ¿Quieres decirme algo?

Samara se acostó a su lado, giró hacia él y preguntó: —¿Recuerdas la masacre en Bura?

Asur, con tono apacible, respondió: —Sí.

Samara esperó algo más de él, pero al no obtener nada, preguntó: —¿Es que no te afecta recordarlo?

Asur, curioso, preguntó: —¿Por qué debería afectarme?

Samara, sorprendida y un poco indignada, replicó: —¡Porque fue una carnicería! ¡Algo salvaje que solo se escucha en los cuentos de terror para niños!

Asur notó en ella algún tipo de aparente trauma y, con una sonrisa irónica, preguntó: —Y a ti, ¿por qué te afecta si eres una guerrera experimentada?

Samara respondió: —Aun así, esa fue la primera vez que vi algo de ese estilo.

—¿A qué estilo te refieres? —preguntó Asur.

Samara respondió una vez más: —Me refiero a la barbarie de mutilar cadáveres y exhibirlos como si fueran animales o como si sus memorias no importasen.

Asur se confundió. Preguntó: —¿Por qué te preocupa eso? ¿Acaso no sabes dónde estamos o lo que estamos haciendo?

Samara, alterada, preguntó: —¿Qué es lo que tú crees que estamos haciendo?

Asur, con simpleza, respondió: —Guerra.

Samara lo miró, intentando entenderlo. Asur notó la confusión, soltó una risa leve y explicó: —Estamos en la guerra, algo donde la gente va a matar o morir, a perder miembros o amputarlos, a herir o ser heridos. ¿Cómo es que tú, siendo tan experimentada, aún no sabes eso?

Samara contestó: —Eso no es totalmente así. La guerra tiene un propósito, un fin más allá de solo matarse. Es la búsqueda de un objetivo, la defensa de un ideal o creencia.

Asur frunció el ceño al no entender por qué Samara pensaba así. Suspiró un momento y le preguntó: —¿Cómo llegaste a esa conclusión, o es que alguien te lo dijo?

Samara se levantó y empezó a vestirse. Respondió: —Es algo que todo el mundo sabe.

Asur solo replicó: —¿Todo el mundo? —preguntándose a sí mismo la verdad de esa afirmación.

De la nada, un ruido desde afuera los alertó a ambos. Una voz masculina y rasposa se dejó oír llamando el nombre de Asur.

Samara, ya vestida, salió de la tienda. Vio a unos pasos la figura corpulenta de Karrion parado junto a un grupo de ocho soldados, todos ellos con el aire áspero de los matones. Samara pensó en quedarse. Sin embargo, al ver que todos los soldados del escuadrón empezaban a levantarse bajo sus toldos, supo que Asur estaría seguro y se marchó en silencio hacia la oscuridad del campamento.

Karrion la vio irse y continuó con su llamado.

—¡Asur! ¡Muchacho!

Dagon, que estaba en uno de los toldos, se levantó de un salto y se acercó a los visitantes.

—¿Qué buscan aquí? —preguntó Dagon, con la voz áspera por el sueño interrumpido.

Viret, notando el tono agresivo del joven, replicó: —Baja el tono de tu voz. No sabes con quién te metes.

—Y ustedes no saben dónde se meten —respondió Dagon sin una pizca de miedo.

Karrion y sus hombres sintieron las miradas fijas de todos los soldados a su alrededor, quienes observaban la escena desde sus toldos.

—Solo queremos conversar algo con Asur, nada más —dijo Karrion, adelantándose un paso hacia Dagon.

—¿Por eso enviaste a tus hombres a vigilarnos en los últimos días? —inquirió Dagon con tono agresivo.

Antes de que Karrion respondiera, Asur salió de su tienda vestido únicamente con la túnica gris. Con una actitud relajada, se acercó a los visitantes.

—Eres la última persona que esperaba ver aquí, Karrion.

Karrion lo miró. Supo que la actitud serena y esa túnica eran la forma de pavonearse de Asur.

—Estoy buscando hacer negocios —dijo Karrion.

Asur hizo un gesto de curiosidad y sorpresa. —¿Qué negocios podríamos hacer tú y yo?

Karrion miró hacia todos lados. Sus ojos se detuvieron en los soldados que seguían observando. —Es algo un poco privado.

Asur miró a los soldados sentados o acostados. —Pasa, pero solo tú.

—¿Crees que es una buena idea, Asur? —intercedió Dagon con el ceño fruncido.

—No pasa nada —respondió Asur con una sonrisa tensa—. Karrion es un viejo socio.

Asur entró en la tienda. Karrion lo siguió.

Adentro, Asur lo miró de frente. —¿Cuál es el negocio?

Karrion miró la pequeña tienda, solo una cama improvisada y una carreta con las ganancias del botín. Pero, aún más impresionante, fijó su mirada en la enorme armadura de bronce.

—Es la armadura de un gigante que mi escuadrón enfrentó en Bura —dijo Asur, notando su mirada.

—Ya lo sé —asintió Karrion con seriedad—. Y es eso precisamente lo que busco.

—Lastimosamente, eso es mío —replicó Asur con tono sarcástico.

Karrion sonrió apenas. —Por eso estoy aquí, muchacho, queriendo hacer negocios contigo. —Explicó, bajando el tono de voz—. Tengo un par de contactos entre los oficiales y los jefes de herreros del campamento.

Asur empezó a entender lo que Karrion quería. —¿Entonces el negocio es fundir la armadura?

—Es lo único que puedes hacer si quieres alguna ganancia de eso —contestó Karrion. Se acercó a la armadura del gigante e intentó levantarla, pero era demasiado pesada. Explicó: —Una armadura de bronce completa para un hombre normal vale hasta setenta monedas de oro, pero una de ese peso y tamaño debe valer hasta ciento cincuenta monedas.

—Ya había llegado a esa conclusión —asintió Asur.

—¿Cuál era tu plan para esa armadura? —preguntó Karrion con sorna—. No hay nadie en el campamento que pueda comprarla.

—Hay una persona —respondió Asur con una sonrisa pícara.

Karrion se rio al saber a quién se refería. —No creo que seas tan loco como para ofrecer algo saqueado de un muerto a tu propio Coronel Superior.

—He hecho cosas más peligrosas —respondió Asur con seguridad.

Karrion calmó su risa y volvió a mirar la armadura. —Puedes intentarlo, pues al final es tu botín. Pero mi oferta siempre estará en pie.

—Dame más detalles sobre tu oferta —pidió Asur.

Karrion dijo que la armadura no servía a nadie como equipo, pero como bronce, era un tesoro de al menos cuarenta kilos.

—Eso puede ser bien vendido en piezas menores a los propios oficiales o a los mercaderes que pasan cerca del campamento —explicó Karrion, asegurando que un kilo de bronce podía venderse hasta en treinta monedas de plata.

—¿Por qué necesitaría tu ayuda? —preguntó Asur—. Podría hacerlo yo solo, pagando una comisión a los herreros.

—Podrías hacerlo —dijo Karrion con astucia—. Pero ¿qué harías después con las piezas de bronce? ¿A quién se las venderías?

Karrion vio el rostro de Asur sabiendo que este ya había comprendido. —Conozco nobles y oficiales que podrían querer el bronce para mejorar sus armaduras o adornarlas. Solo pido una comisión a cambio de mis contactos.

—Lo pensaré —respondió Asur.

Karrion asintió, miró una vez más la armadura y se dispuso a marcharse.

—Detente —lo detuvo Asur—. ¿Es alguna especie de trampa por el incidente anterior?

Karrion negó. Su rostro se volvió completamente serio. —A veces, cuando los intereses se alinean, los rencores deben quedar atrás.

A la mañana siguiente, Asur se presentó en la tienda de Gilgag acompañado por cinco de sus camaradas de escuadrón, quienes cargaban una carreta cubierta por una manta. El guardia de la entrada autorizó el ingreso de Asur, quien entró solo.

En el interior, Gilgag estaba en el suelo con el torso desnudo y sudoroso, terminando una serie de flexiones. Asur inclinó la cabeza.

—Mi Superior —dijo.

Gilgag terminó, se levantó. Su imponente figura, que intimidaría a cualquiera, apenas causó reacción en Asur. Gilgag empezó a secarse con una tela.

—¿Qué haces aquí? —preguntó.

—Quiero hablar sobre un negocio —dijo Asur, yendo directo al grano.

Gilgag se sorprendió al escucharlo. Lo miró con curiosidad. —Eres muy atrevido al venir con tu superior por algo así.

—Era mi única opción dentro del campamento —replicó Asur.

Gilgag miró por la entrada la carreta de afuera. —Ahora siento curiosidad por el producto. Enséñamelo.

Asur abrió la entrada de la tienda. Les pidió a sus camaradas que trajeran la armadura y tres de ellos entraron cargándola. Los guardias de Gilgag entraron también.

—Retírense —ordenó Gilgag, y todos se marcharon.

La armadura fue dejada sobre una mesa en un rincón. Gilgag se acercó a ella y la examinó con la mano.

—¿Cómo te atreves a intentar vender algo saqueado a tu propio líder de ejército? —preguntó.

—La armadura es del tamaño y peso para alguien como usted —respondió Asur con seguridad.

Gilgag levantó la armadura con aparente facilidad y empezó a equipársela. Asur vio cómo la armadura se ajustaba a Gilgag, aunque en la parte del abdomen parecía sobrar, recordando que el gigante en Bura había sido más obeso que fornido. Al terminar de ponérsela, Gilgag volteó hacia Asur.

—¿Es de su agrado? —preguntó Gilgag, haciendo sonar el metal—. ¿Parece una verdadera “máquina de guerra”?

—Ciertamente se ve como una fuerza imparable —respondió Asur sin comprender.

Gilgag se dio cuenta de la falta de entendimiento de Asur, sonrió ante esto. Se dirigió a otra mesa, aún con la armadura puesta, recogió dos copas y sirvió vino en ellas. Bebió un sorbo y miró a Asur.

—Comprendo que por tu pasado de esclavo no hayas tenido mucho tiempo de escuchar rumores e historias.

Asur comprendió que trataba de decirle algo importante y se mantuvo en silencio. Gilgag le señaló la otra copa para que la tomara. Asur se acercó y recogió la copa mientras Gilgag continuaba hablando.

—Entregar u ofrecer un arma, carro o armadura de bronce a un gigante es visto por la sociedad como una muestra de respeto y reconocimiento —dijo Gilgag, bebiendo un sorbo—. Pero no para el gigante… sino para la Diosa.

Miró a Asur, quien solo sostenía la copa sin beber, y se acercó unos pasos. Su imponente figura creó una sombra oscura sobre Asur. Lo miró a los ojos y comenzó a inclinarse hacia él.

—Yo veo las armaduras de bronce de otra forma. No son una muestra de respeto, son unas cadenas —aseguró, alzando la voz y dando un par de golpes fuertes a la coraza sobre su pecho.

Sin una pizca de miedo, con Gilgag frente a frente levemente inclinado sobre él, Asur tomó el primer sorbo del vino, reaccionando más a la acidez en su garganta que a la intimidación de Gilgag. Gilgag notó esto y no pudo hacer más que reír con carcajadas graves, casi fingidas, por la curiosidad.

Gilgag caminó hacia la otra mesa, quitándose la armadura mientras hablaba.

—No puedo aceptarla. Si no te has dado cuenta, soy alguien que prefiere usar las armaduras de cuero.

En ese momento, Asur notó la armadura de cuero de Gilgag, puesta en un muñeco de entrenamiento detrás de la silla.

Gilgag explicó que, a diferencia de otros gigantes, él no solo era una masa de músculos que peleaba usando la fuerza bruta. Miró a Asur, quien lo miraba muy concentrado.

—Mi maestro, el rey Musem, me entrenó para usar técnicas en batalla —dijo Gilgag—. Y a pesar de mi fuerza y tamaño, prefiero ser ágil y rápido. Por eso uso una armadura de cuero en lugar de una de bronce, que podría comprar o mandar a hacer si quisiera.

—¿Es eso un no? —preguntó Asur.

—Sí —asintió Gilgag—. Será mejor que esperes a encontrar algún mercader que esté de paso y quiera comprarlo.

Asur dejó la copa a un lado y pidió permiso para que entraran sus camaradas. Gilgag asintió y Asur llamó para que se llevaran la armadura.

Antes de que Asur se fuera, un mensajero pidió entrar. Gilgag lo dejó pasar, y mientras Asur se alejaba, escuchó que el mensajero anunciaba:

—El Comandante Supremo Murem convoca a los líderes a una reunión.

Asur escuchó esto, deteniéndose por un segundo, pero tuvo que alejarse por las miradas de los guardias.

Esa misma tarde, Asur buscó a Karrion y aceptó la propuesta.

La armadura del gigante, con un peso de cincuenta y tres kilos de bronce, fue desmantelada. Karrion se encargó de contactar a un herrero de dudosa reputación, quien se llevó la coraza en piezas, recibiendo tres kilos de bronce en pago por sus servicios de fundición.

Bajo la tutela indirecta de Karrion, Asur recibió una clase acelerada de economía de guerra. El criminal le enseñó que, aunque el oro era más valioso, la moneda de plata era el verdadero motor del campamento y generaba menos preguntas.

Con el bronce fundido en lingotes manejables, Karrion comenzó a operar su red. A cambio de sus contactos y su silencio, Karrion recibió una comisión fija de cinco kilos de bronce.

El resto del metal se convirtió en la nueva fuente de riqueza de Asur. Siguiendo las instrucciones de Karrion, Asur contactó con oficiales y soldados de origen noble, aquellos que deseaban mejorar sus equipos sin pasar por los lentos canales oficiales. Cada kilo de bronce se vendía a cinco monedas de plata, un precio justo que garantizaba discreción.

Asur, quien ya había demostrado su habilidad para el saqueo en el frente, ahora probaba su aptitud para los negocios turbios. Aprendía a negociar en susurros y a medir la ambición de los nobles, asegurándose así de que el mercado negro de bronce siguiera activo bajo su control. El joven esclavo había encontrado en Karrion a un maestro, y en el metal saqueado, una forma de convertir la brutalidad de la guerra en poder silencioso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo