Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 6
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- Capítulo 6 - 6 Los Primeros Maestros
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6: Los Primeros Maestros 6: Los Primeros Maestros Tras seis meses desde la llegada del nuevo gobernador a la provincia de Barclei, la ciudad de Miles había experimentado un cambio significativo en su día a día debido a la notable presencia de soldados en sus calles.
Esta situación, en los primeros días, preocupó a la población con rumores de una posible invasión al Imperio Siam, una nación aliada del reino de Cicim ubicada al otro lado de la frontera norte de Barclei.
Estos rumores fueron desmentidos rápidamente por el séquito del Príncipe, quienes informaron que la presencia militar se debía a la necesidad de afrontar las incursiones de bandidos, los mismos que estaban siendo perseguidos por el Imperio Siam.
Con seis meses de presencia militar, los habitantes de la ciudad y la provincia en general ya se habían acostumbrado a su nueva normalidad.
Los soldados patrullaban día y noche, no solo como guarnición, sino también como mediadores de conflictos y capturando criminales.
En la mansión de Sour, el ambiente los primeros días fue muy ajetreado.
La llegada de los soldados trajo consigo una avalancha de pedidos de armas y armaduras de cuero y bronce, algo muy beneficioso para Sour, que ganó oro y plata a montones.
Sin embargo, para sus artesanos, esos días fueron un verdadero desafío.
Pasado ese frenesí inicial, los pedidos se centraron en su mayoría en prendas, muebles y utensilios básicos para las familias de esos mismos soldados.
En ese tiempo, Asur continuó con sus clases secretas con Esther.
Debido a su previo entendimiento de palabras básicas, no le fue muy difícil aprender, y para entonces ya habían cambiado de enfoque.
Esther comenzó a enseñarle aritmética; como Asur ya sabía sumar, enseñarle lo demás era, irónicamente, un juego de niños.
Por otro lado, Cilior, tan maravillado con el desfile que presenció, le pidió a su padre una espada y un maestro que le enseñara a luchar.
Sour, en un inicio, se negó, pues él nunca fue partidario de las armas o la violencia en general, aunque no dudaba en venderlas a quien las quisiera.
Después de varios días de insistencia por parte de Cilior, Sour no tuvo más remedio que ceder.
Le impuso la condición de que primero debía practicar con una de madera y, solo cuando la dominara, le daría una real.
Cilior, a regañadientes, aceptó, y Sour le asignó como instructor a Osel, quien fue soldado antes de ser esclavo, pero fue capturado en una batalla de su reino natal y hecho esclavo.
En esos seis meses, Cilior se dedicó a entrenar con espadas de madera, esperando el día en que pudiera usar una de verdad.
A menudo, Asur estaba presente en sus entrenamientos, cargando agua o jugo para Cilior cuando quisiera descansar, pero a la vez, prestaba atención a las enseñanzas de Osel, observando los movimientos que hacía para aplicarlos cuando tenía oportunidad, a veces con ramas de árboles o con pedazos de madera.
Osel, quien sabía que Asur también quería aprender, le aconsejaba a Cilior que entrenara con Asur para así practicar con alguien de su tamaño.
Pero Cilior, desde un inicio, se negaba, rechazando la idea de enseñar algo al esclavo.
Repetía que Asur era solo un esclavo, sin derecho a los privilegios de un hijo de Sour.
Esto a Asur no le molestaba; comprendía la verdad en esas palabras y no se molestaba en discutir.
Por otro lado, en el palacio gubernamental, el Príncipe Murem pasó los primeros seis meses atendiendo las quejas de los líderes locales, la mayor parte relacionadas con infraestructura: problemas con caminos, puentes y muros.
Esta provincia era, como ya le habían dicho, la más tranquila del reino; era fértil, rica, y los pocos problemas de seguridad ya los había resuelto al traer un ejército.
Fue ahí donde empezó a entender lo que Ralaz le decía constantemente: no tenía nada de qué preocuparse.
En uno de esos días, la mansión de Sour se encontraba sumida en la rutina: los esclavos en sus deberes, Sour haciendo cuentas, Cilior con su entrenamiento y Esther junto a Asur leyendo algo sobre las leyes de la nación.
Intentaban concentrarse, pero los ruidos de Cilior entrenando afuera, golpeando su espada con la de Osel, no se los permitía.
—¡Ese maldito!
—exclamó Esther con evidente frustración—.
¿Por qué entrena tanto?
Mi padre nunca le dará una espada real.
Asur la vio, envolvió el rollo que estaban leyendo y le dijo: —«Mejor sigamos otro día»—.
Ella mostró su frustración e hizo una seña para que Asur se marchara.
Él se levantó, pero antes de irse preguntó con una expresión de genuina incertidumbre: —«Señorita, ¿por qué me enseña?»—.
—Pues…, hicimos un pacto —dijo Esther, sorprendida por la repentina pregunta.
—Pero, ¿por qué?
—preguntó de nuevo Asur—.
El pacto no le sirve de nada.
—Me sirve porque te tengo de mi lado —respondió Esther, aún más confundida.
—Sí, de su lado, un esclavo —afirmó Asur mientras se volvía a sentar—.
No es como si pudiera hacer algo con lo que me enseña.
—La educación siempre es útil —respondió Esther, casi molesta.
—Pero soy un esclavo —respondió Asur con una frustración palpable en su voz—.
No sería mejor si aprendo una vocación más útil para mi posición, como labrar la tierra, criar animales o trabajar los metales.
Asur seguía hablando de lo que debería estar aprendiendo, mientras Esther no sabía qué responder.
Entendía muy bien lo que Asur quería decir; aunque ella le enseñara a leer y hacer cálculos matemáticos, él era un esclavo, no podría usar ese conocimiento para algo más fuera de la mansión.
—Escucha, Asur —dijo Esther con firmeza—.
Te enseño esto porque creo que puedes ser útil para mí.
No sé de qué forma, pero lo sé, y ya.
Asur bajó la mirada, pensando que esa era la respuesta más simple que pudo haber recibido.
Luego escuchó por un momento los ruidos provenientes de afuera; Cilior seguía entrenando con su espada.
En ese momento, una idea destelló en su mente.
—¡Señorita!
—gritó, asustando a Esther—.
Ya sé de qué forma podré serle útil.
—¡¿Qué?!
—preguntó Esther en voz baja—.
¿Cómo?
¡Dime!
—Aprendiendo a luchar con espadas —dijo con emoción—.
Si aprendo eso, puedo ser su escolta, defenderla de quien sea, como Osel con su padre.
—Pero, Asur —dijo Esther, confundida—.
Lo que me interesa es tu mente, no tus músculos.
—Pero…
no está de más tener ambos —comentó Asur con menos emoción y más seguridad en sus palabras.
Esther lo pensó por un momento y se dio cuenta de que Asur tenía razón: él ya era inteligente y tener fuerza lo haría aún más útil.
—Pero no le puedo pedir a mi padre que te permita entrenar —explicó Esther con tono frustrado—.
Si a duras penas le dio permiso a Cilior.
—Convenza a Cilior de que me deje entrenar con él —le dijo Asur.
—Como si me fuera a hacer caso —dijo Esther, aún más frustrada.
Asur pensó, y en un momento, recordó la forma en que su amo apelaba al orgullo de la gente; si debía convencer a Cilior, debía ser como lo haría su amo: apelando a su ego.
Luego de conversar su plan por un momento, ambos salieron de la habitación de Esther hacia el patio donde entrenaba Cilior, bajo un techo de madera y paja.
—Oye, Cilior —llamó Esther con tono molesto—.
¿Me ayudas con algo?
Cilior se sorprendió de que su hermana le hablara tan de repente y para pedirle ayuda.
—¿Qué quieres?
—preguntó Cilior, indiferente—.
¿No tienes al esclavo ese para que te ayude?
—Es con él con quien necesito ayuda —respondió Esther, aparentemente molesta con Asur.
—¿Qué hizo para que te enojes?
—preguntó Cilior, curioso.
—Me ganó en un juego de fuerza —respondió Esther con un enfado fingido—.
Y yo le dije que era porque soy mujer y él hombre; luego aseguró que él era muy fuerte, y por su impertinencia lo reté a que te venciera.
Osel, que estaba presente en el lugar, miró incrédulo a la señorita Esther.
Podía creer la parte de que Asur fuera así de impertinente, pero no que él haya participado en un juego infantil de fuerza; él sabía que Asur no era así.
—¿Entonces…, quieres que lo venza en un juego de fuerza?
—preguntó Cilior, confundido.
—¡No!
—exclamó Esther decidida—.
¡Quiero que lo venzas con tu espada!
—Ni hablar, él no tocará ninguna de mis espadas —respondió Cilior, cruzando los brazos.
—¿Qué, tienes miedo de que el esclavo te venza porque me venció a mí?
—preguntó Esther de forma burlona.
—¡Claro que no!
—exclamó Cilior.
—Entonces, enfrenta al esclavo.
Podrás vencerlo, es obvio, llevas cinco o seis meses entrenando —afirmó Esther mientras hacía poses de fuerza con los brazos.
Tras unas cuantas adulaciones y afirmaciones sobre la fuerza de Cilior, ella por fin logró convencerlo de enfrentarse a Asur.
—Toma una de las espadas que están ahí —dijo Cilior, indicando las espadas de madera tiradas sobre una mesa.
Asur escogió la que se veía en mejor estado, pero al tomarla, sintió cómo esta era más pesada de lo que creía.
Aun así, la tomó y se puso en una posición que había visto hacer a Osel.
Un momento después, el duelo comenzó; Cilior atacó primero, con un golpe desde arriba hacia el lado izquierdo de Asur, pero con unos buenos reflejos, Asur retrocedió y se movió un poco a la derecha e intentó devolver el ataque de abajo hacia arriba en el lado derecho de Cilior, pero este se adelantó y lo golpeó con su espada en el cuello, sin contenerse.
En solo unos segundos de duelo, Asur cayó al suelo aturdido por el golpe.
Osel se acercó para ver cómo estaba Asur.
Esther se quedó parada viendo estupefacta cómo Asur perdió con dos golpes mientras Cilior celebró gritando: —«¡Gané, le gané a Asur, ojalá papá lo hubiera visto!»—.
Esa celebración le pareció ridícula a Esther, pero llamó la atención de Asur, que volvió a sus sentidos en solo un momento.
Una sutil comprensión se dibujó en su rostro al escuchar la euforia de Cilior y la mención de su nombre, “Asur”.
—Usted es muy fuerte, no tuve oportunidad —dijo Asur con voz tranquila, poniéndose de pie.
—Soy mucho más fuerte que tú —afirmó Cilior, sonriendo con orgullo—.
En eso soy mejor que tú.
—Sí, su entrenamiento se nota —dijo Asur en un intento de halagar a Cilior—.
Pero creo que podría hacerlo mejor si me da otra oportunidad.
—Ya tuviste tu oportunidad, perdiste —dijo Cilior con tono de burla.
Ahí Esther comprendió lo que Asur estaba intentando.
No estaba segura de si él se dejó ganar o no, pero aun así le siguió la corriente.
—El esclavo te está retando, como lo hizo conmigo —afirmó Esther.
—¿Eso es verdad?
—preguntó Cilior, casi molesto y mirando a Asur—.
¿Me retas, esclavo impertinente?
—Si quiere verlo así —dijo Asur con su apacible tono—.
Tal vez lo esté retando.
Al ver la repentina provocación de Asur hacia Cilior y la aparente ayuda de Esther, Osel comprendió que esto era un truco orquestado por ambos para que Asur pudiera entrenar.
—Creo que esta es una oportunidad, joven Cilior —comentó Osel.
—¿De qué hablas?
—preguntó Cilior.
—Eh…, bueno —tartamudeó Osel mientras respondía—.
Digo que tal vez Asur le sirva para practicar con personas reales.
—Otra vez con eso, ¡ya te dije que no!
—respondió Cilior con tono molesto.
—Pero…, ¿no notó lo diferente que es pelear con alguien que puede defenderse?
—preguntó Osel de forma educada.
Cilior recordó cómo se sentía golpear a un muñeco de madera para entrenamiento y cómo se sintió golpear un cuerpo real, que pudo esquivar su primer ataque.
Lo pensó por un momento y luego preguntó: —«¿Qué sugieres, Osel?»—.
—Si Asur lo quiere retar, ¡acepte!
—sugirió Osel mientras miraba a Asur directo a los ojos—.
Que él intente vencerlo; igualmente, no lo logrará, y en el proceso usted podrá aprender a dominar una pelea.
—Pero aprendo contigo —dijo Cilior con molestia.
—Disculpe por lo que diré —dijo Osel bajando la cabeza—.
Pero yo estoy a otro nivel en comparación a usted.
Ya hemos intentado luchar y usted no puede alcanzarme porque soy más alto, fuerte y rápido; necesita entrenar más sus movimientos, pero no puede conmigo.
Cilior, a regañadientes, aceptó usar a Asur como muñeco de entrenamiento, con la seguridad de que él ganaría cada encuentro.
Y así fue; a partir de ese día, la rutina de Asur en la mansión volvió a cambiar: por la mañana, estudiaba lo que podía con Esther, por la tarde y, a veces, en la noche, entrenaba con Cilior, siendo derrotado una y otra vez, casi siempre con dos o tres golpes, dejando marcas en su cuerpo, pues Cilior nunca contenía su fuerza.
Tanto Osel como Esther pensaron que Cilior aprendería a controlarse con el tiempo, pero luego de tres semanas, los moretones y cicatrices de astillas en Asur no dejaban de aparecer, preocupando a los esclavos de la mansión e incluso a Esther, que tenía ganas de confrontar a Cilior, pero no lo hacía porque a Asur mismo no parecía importarle esto.
—¿Por qué sigue dejándote marcas?
—comentó Esther, mirando los brazos de Asur cuando estudiaban un papiro—.
Debe odiarte en serio.
Asur no respondió a las palabras de Esther; en cambio, se mantuvo sentado y concentrado en lo que estaba leyendo.
—No sé por qué te hace esto —exclamó Esther con un suspiro.
—¿En serio no sabe?
—preguntó Asur, mirándola de reojo.
—Eh…, ¿tú sabes?
—preguntó Esther, nerviosa por la respuesta.
—Creo que lo sé —respondió Asur, aún mirando el papiro.
El rostro de Esther pasó de ser uno de enojo a uno de preocupación.
—¿Entonces, eso es verdad?
—preguntó Esther un tanto temerosa—.
¿Eres el hijo de mi padre?
La preocupación de Esther se debía al rumor que escuchó de unos esclavos cuando Asur llegó a la mansión.
Según decían, Asur era hijo de Sour y de una prostituta en la ciudad natal de Asur, y según los esclavos, esa era la razón por la que Sour trajo a un niño pequeño y la razón de su cercanía.
Ese rumor también fue escuchado por Cilior, quien a diferencia de Esther, parecía creer que esto era cierto.
Asur siguió leyendo por un momento, aumentando la desesperación de Esther.
—No lo sé —respondió Asur tranquilamente.
—¿Cómo no lo sabes?
—preguntó ella impaciente.
—Alguien me dijo que podía ser y otro que no era posible —respondió Asur sin dejar de leer.
—¿Pero es posible?
—preguntó Esther nerviosa.
—Eso solo lo sabe mi madre —dijo él con tranquilidad.
Asur dejó de leer y vio a Esther a los ojos para de forma calmada decirle: —«¡Pero mi madre…
está muerta!»—.
Con esa respuesta se levantó, se despidió y salió de la habitación; se fue a seguir entrenando con Cilior, para así seguir aprendiendo a base de golpes y derrotas.
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