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Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 7

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7: Planes Astutos 7: Planes Astutos En el palacio, al mediodía, un banquete se celebraba en honor del Coronel Gilgag, quien había vuelto de una campaña antí-bandidos, donde obtuvo un gran éxito al capturar a varios.

En la sala del trono, tres mesas estaban acomodadas en forma cuadrada, dejando vacío el lado que daba a la entrada.

En la mesa de la izquierda se sentaban los tenientes y oficiales que fueron en la campaña junto a Gilgag; en la de la derecha, aquellos que pertenecían al ejército personal del príncipe, un total de ocho militares en cada mesa.

En la mesa principal estaban los principales funcionarios de la provincia sentados junto al príncipe, quien estaba en el centro de la misma.

Sobre las mesas se servían distintas carnes: pollo, pato, cerdo, res y cordero, además de jugos, vino y cerveza para el disfrute.

En la mesa de los funcionarios, algunos de ellos se burlaban con susurros por los intentos fallidos de usar los utensilios correspondientes por parte de unos pocos militares.

—¡Disfruten, soldados!

—exclamó el príncipe, interrumpiendo los susurros—.

Esto es por su éxito.

El príncipe vio de reojo a los funcionarios que murmuraban, asegurándose de que se hubieran callado.

—¡Hablen, soldados!

¿Cómo les fue?

—preguntó el príncipe a los presentes—.

¿Tuvieron muchos problemas?

¿Cuántas bajas hubo?

Ansiosos por responder, los oficiales intentaron hablar todos a la vez, causando un pequeño escándalo.

—Todo fue bastante fácil —dijo un teniente de nombre Wilfer—.

La mayoría de los bandidos se rindieron en cuanto vieron al Coronel Gilgag.

—Sí, el Coronel Gilgag los asustó tanto, que ellos mismos venían a entregarse —comentó otra teniente de nombre Serena.

El príncipe no dudaba de la veracidad de estas declaraciones, pues sabía que Gilgag era capaz de causar esa reacción con su presencia, incluso en soldados entrenados.

La vista del príncipe se dirigió a Gilgag, quien estaba sentado en la mesa de la izquierda junto a sus oficiales, en una silla hecha especialmente para su tamaño, que más que una silla parecía una carreta a la que le habían quitado las ruedas.

Gilgag estaba distraído, sumido en sus pensamientos mientras comía un gran pedazo de carne con cuchillo.

—¡Gilgag!

—llamó el príncipe en voz alta—.

¡Estás muy callado!

¿Acaso algo te preocupa?

Gilgag limpió su boca con un pañuelo y luego respondió: —«Lo siento, Alteza, solo pensaba.»— —¿No le prestaba atención a su príncipe?

—preguntó un funcionario con tono molesto—.

Esa es una gran falta de respeto.

Gilgag miró al funcionario con ojos apacibles, apenado al saber que tenía razón.

El funcionario confundió la mirada de Gilgag, pensó que lo había molestado y bajó la cabeza temeroso.

—No hay necesidad de regaños —dijo el príncipe y le preguntó a Gilgag—: Dime, ¿pensabas en algo relacionado con tu campaña?

Gilgag asintió cortésmente para luego responder: —«Yo pensaba…

En los pueblos saqueados por los bandidos.»— Los presentes dejaron de comer y dirigieron la vista hacia Gilgag para escuchar más de lo que quería decir.

—Atrapamos a los bandidos, pero los pueblos que atacaron están en la miseria —afirmó Gilgag con suma preocupación.

—No te preocupes, Gilgag —dijo el príncipe con tono apacible—.

Ya iniciamos un proyecto para financiar a los pueblos afectados, podrán replantar sus campos y volver a sus vidas.

Todos en la sala empezaron a murmurar positivamente ante la iniciativa y preocupación del príncipe, pero Gilgag continuaba con su rostro preocupado.

—Pero…

—dijo Gilgag dudoso—.

Esa financiación, ¿es solo para los pueblos reconocidos por el reino?

El príncipe supo de inmediato lo que en verdad preocupaba a Gilgag: los pueblos reconocidos por el reino eran aquellos que obedecían las leyes del rey y pagaban tributo a este, lo que era garantía de apoyo económico y militar contra desastres naturales y bandidos.

Sin embargo, los pueblos no reconocidos por el reino mantenían su independencia, pero a costo de tener que enfrentarse solos a bandidos y militares del propio reino.

—¿Cómo pregunta eso?

—dijo otro funcionario en la mesa del príncipe—.

Claro que el proyecto es solo para quienes pagan tributo al rey.

Al oír esto, Gilgag miró al príncipe esperando una respuesta diferente, pero al ver que no decía nada, asumió que el funcionario tenía la razón.

—Con permiso, Alteza, voy a continuar con mis alimentos —dijo Gilgag con asimilación y un poco de decepción.

El príncipe hizo una seña con la mano, dándole permiso a Gilgag y a todos los presentes para continuar.

Luego del banquete, los oficiales y funcionarios se retiraron, despidiéndose gradualmente del príncipe.

El último en querer retirarse fue Gilgag, quien se acercó a despedirse junto a sus dos oficiales principales, Wilfer y Serena.

—Mis oficiales y yo nos retiramos, Alteza —dijo Gilgag mientras los tres bajaban la cabeza.

El príncipe hizo una seña con la mano y, rápidamente, los esclavos levantaron la mesa frente a él.

Con el camino despejado, se acercó lentamente a Gilgag.

—¡Amigo mío!

—dijo el príncipe al llegar a Gilgag—.

No tienes que preocuparte.

La diferencia de tamaño era tal que, de cerca, el príncipe tenía que mirar hacia arriba, estirando el cuello como si estuviera viendo el techo, solo para ver el rostro de Gilgag; este mismo tenía que hacer lo contrario, para ver al príncipe de cerca, miraba hacia abajo doblando el cuello como si estuviera viendo el piso.

—La gente de esos pueblos también será ayudada —afirmó el príncipe con una sonrisa reconfortante—.

Ralaz se está encargando de eso.

—¿Ralaz, qué?

—preguntó Gilgag confundido.

—Ralaz está ahora con los líderes de los pueblos no reconocidos —explicó el príncipe viendo el rostro de Gilgag—.

Él les está ofreciendo ayuda económica a cambio de su anexión al reino.

El rostro de Gilgag pasó de seriedad a confusión y finalmente a tranquilidad.

Una parte suya sabía que el príncipe no dejaría a esos pueblos a su suerte.

—¡Usted es magnífico, Alteza!

—exclamó Gilgag con una sonrisa enorme—.

¡Sabía que haría lo mejor!

Junto a él, sus oficiales también sonrieron al verlo tan aliviado.

—Y esa no es la única buena noticia —aclaró el príncipe, esta vez viendo a los oficiales—.

Tengo algo para ustedes.

El príncipe Murem hizo un gesto con la cabeza a un par de eunucos, y estos le trajeron una caja con dos papiros dentro.

Ambos oficiales cruzaron miradas, confundidos por lo que podía significar esto.

El príncipe tomó los papiros y se los entregó a ambos mientras decía: —«Yo, Murem; príncipe, gobernador y general, nombro a Wilfer y Serena como capitanes del reino de Cicim.»— Al oír estas palabras, los dos oficiales se inclinaron sobre una rodilla y recitaron: —«Yo prometo fidelidad al reino, al rey y al príncipe Murem, quien me nombró.»— Seguido de esto, ambos abrieron los papiros y vieron los dos sellos del príncipe Murem, el de gobernador y el de general, lo que confirmaba su nombramiento oficial.

Esto los puso muy contentos, pero mantuvieron la compostura frente al príncipe.

—Pueden irse, vayan a celebrar sus nuevos títulos —ordenó el príncipe con una sonrisa apacible.

Ambos se retiraron sonriendo, casi sin contener su emoción, mientras Gilgag les mostraba los puños con el pulgar arriba y también sonriendo.

El príncipe Murem y Gilgag siguieron conversando un momento sobre los nuevos nombramientos; ambos estaban de acuerdo en que se lo merecían.

Unos días más tarde, en la mansión de Sour, las luchas de práctica entre Cilior y Asur continuaban como de costumbre, con Asur recibiendo una paliza en cada duelo.

—¡Otra vez gané!

—dijo Cilior después de tumbar a Asur con un par de golpes—.

Esto es divertido; verte caer nunca me aburre, esclavo.

Asur estaba en el suelo agotado, sudoroso, con moretones en todo el cuerpo y, extrañamente, sonriente.

Desde hacía un tiempo, algo en esta rutina de fracasos por vencer a Cilior lo había estado emocionando; él mismo no entendía qué era lo que le gustaba tanto, solo sabía que era emocionante y divertido.

—¿Estás bien, Asur?

—preguntó Osel, que observó todo el combate.

—Sí, solo lo intentaré de nuevo —dijo Asur mientras se levantaba con esfuerzo.

—¡Déjalo!

Si quiere morir golpeado, es su problema —dijo Cilior, poniéndose en guardia—.

Ahora ven otra vez, esclavo.

Justo en el momento en que Asur iba a atacar, el amo Sour los detuvo a lo lejos.

—¡Hey, dejen eso un momento!

—gritó Sour a lo lejos—.

Tengo un invitado y no quiero ruido.

Cilior pospuso su entrenamiento obedeciendo a su padre y le preguntó a Osel si sabía quién era el invitado.

—Creo que es una capitán recién nombrada —respondió Osel—.

Se llama Serena, creo.

—¿Y qué hace aquí?

—preguntó Cilior con curiosidad.

—Si es recién nombrada, debe buscar financiamiento —respondió Osel con dudas—.

Ya sabe, para reclutar su ejército.

Cilior se quedó callado y no volvió a preguntar nada, pero Asur, quien escuchaba desde atrás, sintió curiosidad por la reunión de su amo y la capitana.

Aprovechando que Cilior y Osel conversaban a gusto, olvidándose de él, Asur se marchó por el pasillo y fue al jardín delantero de la mansión, donde Sour y su invitada, Serena, conversaban mientras comían unos bocadillos.

Él intentó acercarse, pero de la nada alguien lo agarró de la ropa y, al voltear, vio el rostro molesto de Lireya.

—¿A dónde vas?

—preguntó ella con tono serio—.

El amo está en una reunión; no te acerques.

Asur vio que Lireya cargaba una bandeja con una jarra y dos vasos, percatándose de que ella les estaba sirviendo al amo y a su invitada.

—¿Quieres que te ayude?

—preguntó Asur, señalando la bandeja—.

Puedo ayudarte a servir al amo.

Lireya sabía las intenciones curiosas de Asur, pero, aunque quisiera ayudarlo, le dijo que no podía por su aspecto sucio y desaliñado.

—Pero puedo hacerlo igualmente —dijo Asur, suplicante.

—Asur, el amo está con alguien importante; si te acercas con ese aspecto, se enojará mucho —le explicó Lireya.

Luego ella siguió su camino y les sirvió las bebidas a su amo y a la invitada.

Asur se quedó parado pensando en una forma de acercarse para escuchar, pues su curiosidad le era insostenible.

Un momento después, Lireya volvió a la cocina, pero en el camino tomó a Asur de la mano y se lo llevó con ella.

Una vez en el lugar, se agachó para estar de frente con él y le dijo: —«Escucha, Asur, sé que tienes curiosidad, pero no puedes quedarte ahí viendo.»— —Solo permite que me acerque —dijo Asur con tono infantil.

—¿Qué tanto quieres saber, Asur?

—preguntó Lireya frustrada—.

Son cosas de adultos.

Él no respondió, solo se quedó mirándola de forma apacible mientras ella esperaba una respuesta.

—Ah…

Bien, Asur, escucha —dijo Lireya mientras pensaba qué decir—.

Si te vas a otro lado y me dejas hacer mi trabajo, yo te diré de qué estaban hablando.

—¿En serio lo harás?

—preguntó Asur emocionado.

—Lo haré después, ahora vete —dijo Lireya mientras se levantaba a preparar más bocadillos.

Asur creyó en ella y se marchó a seguir con su rutina diaria, aguantando su curiosidad por saber lo que Sour y la capitana hablaban.

Unos momentos después, Lireya volvió a servir a su amo mientras prestaba más atención a la conversación.

—Ya le dije, señora —dijo Sour mientras comía una galleta—.

No tengo intenciones de financiar a ningún ejército por ahora.

—Solo escuche lo que tengo que decir —dijo la capitán Serena con tono serio—.

Es un buen negocio para usted.

—Ya sé cómo es ese negocio —dijo Sour, relajado en su silla y aún comiendo su galleta—.

Yo le doy recursos, usted recluta y yo espero a que usted me traiga sus recompensas o lo saqueado de las batallas.

—Entonces sabe que es un buen negocio —afirmó Serena con aparente arrogancia—.

Le podría devolver hasta seis veces el valor de lo que me entregue.

—Sí…

—dijo Sour tranquilo mientras tomaba otra galleta—.

¡Podría!

Serena se quedó callada, frustrada al entender lo que Sour quería decir.

—Conozco los riesgos de financiar un ejército —afirmó Sour, seguido de un sorbo a su bebida—.

Si usted fracasa como militar, yo no ganaré ni recuperaré nada.

—Pero si tengo éxito —dijo Serena, viendo directamente a Sour—.

Usted ganará demasiado sin hacer nada.

—Sigue siendo arriesgado —dijo Sour mientras seguía comiendo calmadamente.

Serena, ante la negativa de Sour, se levantó de su asiento y se dispuso a marcharse.

Cuando Sour vio esto, se sorprendió, se detuvo de comer y exclamó: —«¿Eso es todo?

¿Se rinde así nada más?»— Serena volteó al escuchar a Sour y respondió indignada: —«Usted ya dijo que no.»— —Pero si la dejé entrar a mi casa aun sabiendo lo que quería —dijo Sour mientras hacía una pausa para beber—.

Es por algo.

Seguido de esto, Sour señaló la silla de Serena, indicándole que se sentara y luego explicó: —«Dije que no a su propuesta porque yo tengo una mejor.»— La curiosidad de Serena despertó y escuchó a Sour, esta vez comiendo ella los bocadillos.

—Quiero que usted reclute a su ejército en la provincia de Ziza —dijo Sour con tono serio—.

Y que lo haga parecer urgente.

—La provincia de Ziza está tan al norte como Barclei —afirmó Serena, extrañada por la petición—.

Yo quiero reclutar en el suroeste del reino para hacer expediciones en las fronteras de ahí.

—Marchar con un ejército de Ziza hacia el suroeste le tomará un mes —aclaró Sour, mostrando el dedo índice y luego añadiendo otros cinco dedos—.

Yo le daré recursos para seis meses.

Serena se sorprendió al escuchar esto, pues ella solo había pedido recursos para dos meses de campaña.

Rápidamente supo que había algo más que Sour quería.

—¿Y por qué Ziza?

—preguntó Serena con tono relajado.

—Si usted recluta en Ziza, los campesinos buscarán unirse a usted —dijo Sour tranquilamente para luego sonreír de manera pícara—.

Para eso ellos venderán sus tierras y, como es urgente, lo darán a precio regalado.

—Y usted será el comprador de todos, ¿verdad?

—afirmó Serena, ya comprendiendo la intención de Sour.

Él asintió con su sonrisa pícara y luego extendió la mano a Serena, quien extendió la suya, sellando el trato entre ambos.

Luego siguieron hablando sobre los detalles; acordaron que Sour iría con ella a Ziza para asegurar la compra de las tierras de los reclutas.

Además, aclararon que Serena igual debería devolver tres veces los recursos de Sour, pero sin límite de tiempo.

Todo esto ante la presencia de Lireya, que prestó atención a cada palabra dicha en la reunión.

Esa misma noche, durante la cena de los esclavos, Asur estaba sentado comiendo mientras esperaba que Lireya se sentara y le contara todo.

Lireya notó las miradas de Asur hacia ella y le hizo gracia que este estuviera tan emocionado por esto.

—Bueno, Asur, una promesa es una promesa —dijo Lireya mientras sentaba a Asur en sus piernas.

Ella le contó todo lo que se había dicho en la reunión con lujo de detalles.

Una vez más, Asur sintió admiración al escuchar la habilidad de su amo, aprendiendo inconscientemente de él.

Unas semanas más tarde, la Capitana Serena y Sour, junto a sus esclavos más leales, entre ellos Osel y Leo, emprendieron un viaje hacia la provincia de Ziza.

Dejando a Esther y Cilior a cargo de la mansión, Asur también se quedó a seguir con su rutina de aprendizaje y entrenamiento.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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