Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 8
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- Capítulo 8 - 8 Golpes De Gloria
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8: Golpes De Gloria 8: Golpes De Gloria Una mañana, en la mansión de Sour, cuando el sol apenas se asomaba, los esclavos estaban sentados en el jardín trasero, donde comían sus grandes pedazos de pan, acompañado de un té de hierbas, lo habitual para comenzar su rutina diaria.
Como de costumbre, Asur se encontraba junto a ellos comiendo silenciosamente, esperando el momento para ir con la señorita Esther.
—Miren a Asur —dijo un esclavo, que señalaba a Asur con su mentón—.
Ha crecido mucho en estos meses, ¿verdad?
Los esclavos voltearon a ver a Asur y empezaron a asentir uno por uno.
—Es verdad —afirmó un segundo esclavo—.
Dime, Asur, ¿cuántos años tienes ya?
—Estúpido, ¿cómo va a saber?
—dijo un tercer esclavo, dirigiéndose al segundo esclavo—.
Si ni tú sabes cuántos años tienes.
El segundo esclavo asintió, riendo avergonzado, y luego lo siguieron los otros esclavos en burla hacia él.
—Ya tengo nueve —aclaró Asur, aún comiendo tranquilamente.
Los otros esclavos quedaron en silencio por la respuesta de Asur, preguntándose si decía la verdad o si solo se inventó un número al azar.
Un momento más tarde, Asur se dirigió con Esther, llevando consigo una bandeja con jugo de frutas, pan dulce y galletas con miel.
—Señorita, estoy aquí —dijo Asur antes de entrar.
Esther le abrió la puerta y lo dejó entrar a su habitación.
—Bien, Asur, deja eso ahí, hay que continuar con tus lecciones —dijo Esther muy impaciente, sosteniendo un papiro grande.
Asur se sentó en el lugar de siempre, esperando las instrucciones de Esther.
—Bien, Asur, primero repasemos lo de la última vez —dijo Esther, abriendo el papiro que sostenía—.
¿De qué hablamos la última vez?
—El valor del oro y la plata —respondió Asur—.
Una moneda de oro equivale a quince monedas de plata, porque el oro es más escaso que la plata.
—Bien, Asur —dijo Esther mientras fingía un aplauso—.
Ahora, solo tenemos que esperar.
Cuando Asur iba a preguntar sobre lo que iban a esperar, se oyó que alguien tocó la puerta.
Esther hizo una seña a Asur para que fuera a atender, y cuando este abrió la puerta, vio a Lireya cargando una caja con varios papiros dentro.
Ella se los entregó a Asur y le dijo a Esther: —«Señorita, aquí está lo que pidió.»— Esther le hizo una seña con la mano para que se retirase.
Cuando Lireya lo hizo, Asur preguntó qué era eso y Esther le respondió que eran para seguir estudiando.
—Asur, ya sabes lectura y escritura —dijo Esther sonriendo orgullosa—.
Ahora es momento de aprender algo más.
Esther sacó un papiro de la caja y se lo entregó a Asur.
Al abrirlo, él leyó el título del papiro en voz alta: —«Historia de la Reina Cicim.»— Esto llamó la atención de Asur, quien no podía esperar para leer el contenido del mismo.
—¿Te interesa, verdad?
—preguntó Esther de forma capciosa—.
Son de mi padre, los guarda en un armario de su habitación, nunca me deja leerlos, dice que cuando tenga un maestro me los dará, pero como no está aquí, los leeremos todos.
Asur estaba en silencio, casi sin prestar atención a lo que decía Esther, porque ya había comenzado a leer; ella, al darse cuenta de que Asur no la escuchaba, se acostó en su cama y se puso a leer otro papiro, dejando a Asur en lo suyo.
Él empezó a leer en paz lo que decía el papiro, sumergiéndose en sus antiguas palabras.
“La reina Cicim, la fundadora, la guerrera, la primera; la última princesa del Imperio Mircel y la primera reina de Cicim.
De piel brillante como la miel, ojos dorados como el sol y pelo oscuro como la noche, era una perfecta hija de Mircel.
La hija del Emperador Marzam, del ya decadente Imperio Mircel; creció con todos los lujos, con todas las oportunidades y con toda la brillantez de una líder.
Fue educada y entrenada bajo la tutoría del general Barclei; aprendió a hacer la guerra, a administrar un reino y a respetar a los dioses.
Ella era la más capaz, aunque nunca fuera la heredera al trono.
Su hermano mayor, Siam, de igual talento y brillantez, fue el elegido para heredar el trono del Imperio y ella fue nombrada general a sus jóvenes 20 años.
La relación con su hermano, como príncipe y princesa, siempre fue una de apoyo mutuo; él le daba la confianza que merecía y ella la lealtad que le debía.
Pero las diferencias de ideas eran una constante entre ellos.
Cicim creía que debían devolver al Imperio Mircel a su antigua gloria; Siam creía que lo mejor era evitar conflictos y aceptar la idea de que el Imperio ya no existía.
Esa diferencia de ideas causó tensión entre ellos y empeoró cuando Siam, con 24 años, ascendió al trono del Imperio y, como primera acción oficial, disolvió el Imperio Mircel, cambiando su nombre a ser el reino de Siam y su propio título de Emperador a rey, con el discurso de que era ridículo llamarse imperio cuando eran igual o más débiles que las naciones vecinas.
Cicim, molesta por esto, llamó a sus leales y juntos se apoderaron de las dos provincias al sur del Imperio.
Esto dividió a lo último que quedaba del Imperio en dos reinos: Siam y Mircel, nombrado así por la reina que quería preservar la existencia del imperio.
Siam nunca hizo nada para afrontar la rebeldía de su hermana, pues sentía un profundo amor fraternal por ella que no le permitía levantar armas contra ella.
Cicim tampoco intentó expandirse hacia el territorio de su hermano; al contrario, durante años luchó y venció batallas en desventajas numéricas solo para defender su pequeño reino.
15 años de reinado pasaron con la reina Cicim.
En ese tiempo, se dio cuenta de que su sueño de devolver al Imperio Mircel a la gloria estaba cada vez más lejos, pues su nación estaba rodeada de enemigos y ella estaba envejeciendo.
Decidió que si ella no podría reconstruir el imperio, sus descendientes tendrían que hacerlo.
Por esto impuso la ley militar sobre la corona: todos los príncipes y princesas deberán entrenar desde niños y quien anhele el trono deberá mostrar su valía en el campo de batalla.
Una ley que aplicó de inmediato, enviando a sus propios hijos al frente de batalla, donde vio a su primogénito y a su segundo hijo morir por lanza y espada.
En su año 17 de reinado, llegó la noticia de la muerte del rey Siam, un hecho por el que lloró durante 15 días, pues, a pesar de su lejanía, él era su hermano.
El reinado de Cicim continuó siendo uno de los más difíciles y gloriosos para el reino, pues a pesar de ser de los más pequeños y tener que sobrevivir al ataque de sus vecinos, ese pequeño reino sobrevivió, gracias a su primera reina.
Cicim, la primera, falleció a los 53 años por vejez, luego de reinar y sobrevivir 30 años.
Dejó el trono a su hijo y general, Cirem, quien, como tributo a su madre, cambió el nombre del reino de Mircel a Cicim, prometiendo que ese sería el imperio que él y sus descendientes construirían.” Cuando Asur terminó de leer, quedó fascinado e intrigado por la historia, rápidamente tomó otro papiro y comenzó a leer.
—Asur, ¡espera!
—dijo Esther, que lo veía desde la cama.
—¿Pasa algo, señorita?
—preguntó Asur mientras intentaba seguir leyendo.
Esther se acercó, le quitó el papiro y le dijo: —«Ya es hora de que vayas con Cilior.»— Recién en ese momento, Asur notó el ruido de choques de madera provenientes del jardín.
Cilior ya estaba entrenando con su espada afuera.
Asur vio de reojo los papiros, luego se inclinó y se retiró de la habitación.
Mientras iba con Cilior, pensaba en lo que acababa de leer, la historia de la reina Cicim.
Muchas cosas le llamaron la atención: la apariencia descrita de la reina le recordaba a alguien, su habilidad para la guerra le sorprendía y su decisión de enviar a sus hijos a la guerra le parecía interesante, pero también había una duda, que querían decir con devolver la gloria al imperio; ¡Gloria!
¿Que era eso?
Al llegar al jardín, se quedó parado viendo la agresividad con la que entrenaba Cilior.
Una y otra vez, golpeaba el muñeco de madera como si intentara romperlo, sin importar el dolor que pudiera estar sintiendo en las manos.
Su torso desnudo exponía su cuerpo levemente marcado, producto del entrenamiento que estuvo llevando, algo sorprendente para un joven de doce años.
—Ya estoy aquí, joven —anunció Asur.
Cilior volteó a verlo con ojos de indiferencia; no estaba contento de seguir entrenando con él, pues en los cuatro meses que llevaban practicando, Asur aprendió a adaptarse.
Ahora su estilo de combate era de esquivar, bloquear y atacar solo cuando fuera seguro; aún no lograba golpear a Cilior, pero era suficiente como para aguantar más tiempo.
Esto a Cilior ya no le parecía divertido; sus momentos de ver caer a Asur se convirtieron en momentos de tensión, donde no sabía de qué manera atacar.
Una vez más los dos estaban en guardia.
Cilior sostenía a una mano su espada de madera con la punta hacia el frente, y Asur, con las dos manos en su espada, la punta del lado izquierdo de arriba y el filo hacia el frente.
Como siempre, fue Cilior quien comenzó, atacando a Asur con puñaladas y golpes de todos lados mientras Asur aplicaba su técnica de esquivo, bloqueo y desplazamiento.
Durante los primeros días de sus prácticas, Asur intentaba ganarle a Cilior enfrentándose de frente a él, en duelos de fuerza, algo malo para él, porque Cilior, al ser mayor, era más grande y, por ende, más fuerte.
Un poco tarde comprendió que estaba haciendo las cosas mal.
Pensó en cuáles eran sus cualidades y llegó a la conclusión de que su tamaño le permitía ser más ágil y de esa forma ideó su técnica: su agilidad le permitía esquivar y desplazarse a los lados para reducir la fuerza del impacto en su espada cuando bloqueaba.
En esa práctica, con cada segundo que pasaba, Cilior perdía más los estribos, molesto por cómo Asur se movía sin dejarlo acertar sus golpes como debería.
—¿Por qué huyes, esclavo?
—preguntó Cilior cada vez más irritado—.
¿¡No vas a pelear de verdad, cobarde!?
Asur se mantuvo callado, sin sentir interés en lo que le decía.
Ante esta actitud, Cilior se sintió ofendido; sabía que Asur no le prestaba atención, que estaba siendo indiferente como siempre.
—¡Maldito esclavo!
—exclamó Cilior esta vez con ira—.
¿Crees que eres mejor en todo?
¿Crees que por entrenar eres más que un simple esclavo?
¿Crees que eres mejor que yo?
Los golpes de Cilior cada vez eran más agresivos, pero a la vez más lentos.
Los que Asur podía bloquear le causaban dolor en las manos, pero aun así, él empezaba a ver una oportunidad de ataque.
—¡Recuerda que no eres nada!
—repetía Cilior mientras golpeaba lleno de ira—.
¡No eres un noble!
¡No eres una persona!
¡No eres el hijo de mi padre…!
Al decir esto, Cilior detuvo sus golpes por un mínimo instante, lo que Asur aprovechó para acertar un golpe con la punta de su espada.
Cilior cayó hacia atrás al perder el equilibrio con el impacto.
Al momento de caer, entendió que Asur le había ganado ese duelo y, cuando levantó la vista, vio a Asur respirando pesado, con su espada apuntando hacia él y con una sonrisa genuina en el rostro.
—Yo gané esta vez, joven —dijo Asur con la respiración entrecortada y con una alegría que se notaba en su rostro.
Al estar en una posición tan humillante, sentado en el suelo con Asur parado apuntando hacia él, Cilior sintió una ira incontenible.
Se levantó, se abalanzó sobre Asur, quien cayó de espaldas al suelo y empezó a golpearlo sin decir una palabra.
Esto tomó por sorpresa a Asur, pero este no hizo el intento de defenderse, ya fuera por su rol como esclavo o por la sorpresa; él recibió cada golpe, sin siquiera pedir ayuda.
Golpe tras golpe, Cilior no se contenía; él mismo no sabía si quería matarlo, solo estaba sacando toda la ira que sentía.
Unos golpes después, Asur ya no se movía.
Respiraba y sus ojos aún estaban abiertos, pero su rostro no mostraba reacción alguna.
Cilior, al verlo, se detuvo por sí solo, se quitó de encima, tomó un vaso de jugo y le dijo: —«Ya puedes irte»— Asur se levantó como pudo, botó un poco de sangre de su boca, miró a Cilior con los ojos morados e hinchados, lagrimeando por la nariz rota, inclinó la cabeza y con sus labios partidos dijo: —«Con permiso, joven»— Se retiró hacia la cocina, dejando a Cilior solo mientras bebía su jugo.
Con esa apariencia llegó a la cocina, donde la primera en reaccionar fue Yara, seguida de otras esclavas allí.
—¡Asur!
¡Niño!
¿¡Qué te pasó!?
—gritó Yara completamente alterada.
—¡Gané el duelo de hoy!
—respondió Asur con tranquilidad y sonrió, mostrando sus dientes rojos.
Yara no entendió lo que quería decir, pero dejó sus preguntas a un lado para primero atender su rostro.
Cuando Asur explicó lo que pasó, Yara no podía creer lo que escuchaba, al igual que el resto de esclavas en la cocina.
No tardó mucho hasta que todos en la mansión se enteraron de lo sucedido, incluida Esther, quien primero fue a ver a Asur, pero al ver su rostro a lo lejos no pudo soportar la rabia y fue directamente con su hermano para encararlo.
Lo encontró en el mismo patio donde entrenaba.
La sangre de Asur aún estaba en el suelo, viéndose como un gran charco.
Al acercarse, Esther escuchó a Cilior sollozar; luego vio cómo de sus ojos brotaban lágrimas que él intentaba ocultar.
Ella entendió que esto era algo más que violencia: algo hirió a Cilior y por eso reaccionó así.
—¿Por qué?
—preguntó Esther con su rabia contenida.
—Él me ganó —respondió Cilior con la voz entrecortada—.
En todo.
—¿Por eso lo golpeaste?
—preguntó Esther aún con su ira contenida.
Cilior asintió, dejando sus lágrimas salir, pensando en cómo su hermana se preocupaba tanto por el esclavo.
Esther, sin saber qué más decir, miró la sangre de Asur en el suelo y dijo: —«Papá se enojará cuando se entere»— Cilior asintió aún con más lágrimas en los ojos.
Esther se fue, dejando en paz a Cilior.
Al día siguiente, una fuerte tensión se cernía sobre Cilior en la mansión: todas las esclavas del servicio lo miraban con un aire de desprecio, casi molestia hacia él.
Por su parte, Asur contaba de manera tranquila lo ocurrido cada vez que alguien le preguntaba.
A diferencia de lo que algunos creían, Asur no le guardaba rencor a Cilior por lo ocurrido; no le importaba el porqué de su reacción.
Él solo podía recordar la sensación de vencerlo, no por algo personal hacia Cilior, sino más bien por el hecho de haber superado un desafío, por haber superado algo que en un inicio le resultaba imposible.
Esa sensación que no entendía lo hizo pasar toda la noche pensando en lo que podía ser, y esa mañana llegó a una conclusión: eso era lo que llamaban ¡Gloria!
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