Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 9
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- Capítulo 9 - 9 La Cúspide
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9: La Cúspide 9: La Cúspide La mañana siguiente al incidente entre Cilior y Asur, la mansión adquirió una extraña aura.
Los esclavos, no acostumbrados a sentir tanto desprecio, incertidumbre y miedo,, se sentían insignificantes, conscientes de que podían ser golpeados por cualquier motivo y que, por primera vez, eran “verdaderos” esclavos.
Esta sensación era inusual para ellos.
El amo Sour rara vez usaba la violencia; normalmente, los errores se pagaban con más trabajo o con la reducción de comida, nunca con golpes.
Solo imponía castigos corporales a quienes eran agresivos o no aceptaban su condición de esclavos.
Por ello, la mansión de Sour no solo era reconocida como la propiedad del hombre más rico, sino también como el lugar donde los esclavos vivían mejor.
Sin embargo, la acción de Cilior contra Asur les recordó a todos su verdadera posición: como esclavos, podían ser insultados, agredidos e incluso abusados sin poder decir una palabra.
Mientras los esclavos permanecían deprimidos en sus labores, asimilando su condición, Asur, quien había recibido la paliza, recordaba esa sensación al vencer a Cilior y pensaba: “¡Gloria!
Debe ser la sensación de lograr lo que pocos pueden, aquello que te vuelve especial.” Esa revelación le generó otra duda: “¿Cómo podía una nación tener gloria?” Basado en lo que había leído sobre la Reina Cicim, ella quería devolver al Imperio Mircel a su antigua gloria.
Sin embargo, Asur no comprendía cómo esto era posible.
Pensaba: “¿Podía un imperio sentir la gloria?
No, un imperio es solo una nación, un territorio y una población, igual que un reino.” Esta reflexión solo le generó más preguntas del por qué existía tal distinción.
Pensaba: “¿Qué diferencia a un reino de un imperio?
¿Qué diferencia a un rey de un emperador?
¿Por qué un rey anhela ser emperador?” Con su innata curiosidad ya despierta, Asur fue en busca de respuestas.
En la habitación de Esther, ella se encontraba leyendo un papiro mientras tomaba su desayuno, cuando Asur llamó a su puerta.
—Señorita, ¿puedo pasar?
—preguntó Asur cortésmente.
Esther dudó un momento si dejarlo entrar.
No podía soportar la idea de ver su rostro amoratado, el cual ella consideraba un símbolo de fracaso.
Para Esther, su pacto con Asur significaba fidelidad y también apoyo mutuo; se sentía mal al pensar que Asur cumplía con su parte, soportando el entrenamiento con Cilior para serle útil en el futuro, mientras ella no había sido capaz de evitar que le hicieran daño.
—Pasa, Asur —dijo Esther en voz baja.
Al entrar, Asur sintió que el ambiente era frío y más silencioso de lo habitual.
Vio a Esther sentada en una silla junto a su mesa, mirando hacia afuera por el ventanal.
Esa escena le recordó el momento en que Anora, la dueña de la taberna, le dijo que ya no podía ocuparse de él.
—Asur —dijo Esther pensativa—.
Debemos tomarnos una pausa.
—¿Una pausa de los estudios?
—preguntó Asur intrigado.
—Sí, vuelve en unos días —respondió Esther, indicándole que se marchara.
—¿Puedo llevarme unos papiros?
—preguntó Asur con su apacible tono—.
Quiero averiguar algo.
Esther lo pensó un momento.
No le sorprendía que Asur quisiera seguir aprendiendo, pero sí su aparente indiferencia ante la petición de pausa.
Ella asintió y señaló la caja con papiros bajo su mesa.
Asur agradeció, tomó los papiros, bajó la cabeza y se marchó hacia la habitación que compartía con otros treinta y dos esclavos varones, un lugar que en ese momento se encontraba vacío.
Una vez allí, pensó un momento por qué la señorita Esther había decidido que se tomaran una pausa.
Sus primeras respuestas fueron que tal vez su rostro golpeado le causaba repulsión o que ella trataba de llevarse mejor con Cilior, pero ninguna de estas respuestas lo convencía.
Al final, pensó que algún día lo sabría y no le dio más vueltas al asunto.
Luego, se sentó en un rincón de la habitación y leyó los títulos de los papiros uno por uno, buscando alguno que le pudiera dar una respuesta directa a sus preguntas.
Entre ellos, encontró algunos títulos interesantes: Leyes básicas contra delitos Leyes básicas de tributos Leyes básicas de propiedad Las deidades Mircel Mapas fronterizos Reyes de Cicim Historia del Emperador Mircel Este último título llamó su atención, pues se trataba de un relato corto sobre el primer emperador Mircel.
Aunque no parecía que fuera a tener respuestas directas a sus dudas, pensó que conocer la historia de un emperador le ayudaría a encontrar una diferencia, ahora que ya sabía la historia de una reina.
Empezó a leer en calma, imaginando cada detalle.
Historia del Emperador Mircel “Mircel: el Conquistador, el Invencible, el Emperador que cambió el mundo.
Nacido en la región más fértil y poblada del continente, en una época gobernada por tribus, su infancia y juventud son desconocidas, pero su vida de guerrero es recordada como gloriosa.
En sus inicios, fue un guerrero que peleó por defender su tierra y a su gente de los bárbaros que los rodeaban.
Reconocido por su pueblo, obtuvo el liderazgo de su tribu para gobernar y dirigir en las batallas, deber que cumplió con justicia y valentía.
Su destino parecía el mismo que el de cualquier líder de esa época: gobernar justamente y pelear cuando fuera necesario.
Pero Mircel no quería ser uno más; quería ser recordado, llevar su justicia a otros pueblos y mostrar a los bárbaros cómo era tener un buen líder.
Con esa idea, hizo algo impensable para la época: reunió a los guerreros de su tribu y los guío fuera de sus tierras, hacia lo desconocido.
Sus primeros encuentros con los bárbaros fueron extremadamente violentos.
La diferencia de cultura e ideas los hacía rechazar a Mircel, y él no tuvo más opción que pelear.
Sometiendo a sus líderes y demostrando la grandeza de su ejército, consiguió la unificación de su pueblo con los bárbaros y los hizo compartir recursos e ideas entre sí.
Hizo esto mismo durante años, marchando hacia el norte, derrotando y reclutando bárbaros, siempre demostrando ser justo con todos, hasta que llegó al mar del norte, donde su camino parecía haber terminado.
Pero ese sería solo el inicio.
Mircel, orgulloso de su éxito, decidió seguir marchando hacia lo más desconocido del oeste, ahora junto a los bárbaros.
Sin embargo, allí se topó con un nuevo desafío: los pueblos del oeste eran diferentes, con una apariencia, cultura e idioma nunca antes vistos.
Aun así, logró someterlos y enseñarles su propia lengua; les entregó granos y frutos traídos de su tierra, les enseñó sus leyes básicas y les inculcó la devoción a los dioses.
Lograr que pueblos con distintas lenguas se unieran bajo su mandato fue una señal divina para Mircel.
Sabía que debía continuar, así que en los años siguientes pasó del oeste al sur y del sur al este; en esos lugares los desafíos eran cada vez más complicados, con pueblos de diferente arquitectura, idioma, cultura y modos de hacer la guerra.
Ante esto, su ingenio y ferocidad salieron a relucir.
Pero su ingenio no residía solo en la guerra.
Su mejor idea para unir a los pueblos fue enviar cientos de expertos de cada región para que compartieran el conocimiento en el que su pueblo era bueno.
Así, repartió a los expertos en metalurgia del sur, a los agricultores del norte, a los arquitectos del este y a los médicos del oeste por todo el territorio conquistado, logrando unir aún más a los pueblos y convirtiéndolos en una sola nación.
Con el paso de los años, su imagen cambió de un líder tribal a un monarca, más aún, a un Emperador que conquistó todos los pueblos que pudo.
Después de treinta años, su objetivo estaba cumplido: había impartido justicia a cada pueblo con el que se cruzó.
Además, su nación ya no era solo una pequeña región; era un imperio con millones de habitantes de todos los rincones imaginados, con diferentes idiomas y culturas que, con el paso del tiempo, se irían combinando en una sola.
Mircel falleció a los 62 años, dejando su nombre marcado en la historia como aquel que llevó la gloria consigo adonde fuera, quien unió a los pueblos en una sola nación, en un solo imperio que duraría 300 años.” Al terminar de leer, Asur se arrojó de espaldas al piso frío, mirando hacia el techo.
Analizó las historias de Cicim y Mircel en su mente una y otra vez.
Logró sacar algunas conclusiones y se puso a responder en voz alta cada pregunta que se hacía: “¿Cómo podría una nación tener gloria?” —La nación no tiene gloria; quien la gobierna, sí.
“¿Qué diferencia a un reino de un imperio?” —Un reino sobrevive; un imperio domina.
“¿Qué diferencia a un rey de un emperador?” —Un rey hereda y gobierna lo suyo.
—Un emperador toma y gobierna lo ajeno.
“¿Por qué un rey anhela ser emperador?” —Porque es la cúspide de la gloria…
Sus respuestas, aunque algo vagas, le sirvieron para entender mejor lo que sintió al vencer a Cilior.
Si aquello era gloria, entonces eso era lo que quería Cicim: la sensación de lograr algo imposible para ella.
Eso fue lo que sintió Mircel cuando sometió a los bárbaros, cuando superó la barrera del idioma y sometió a los del oeste, cuando se adentró en lo desconocido y tuvo éxito.
Él hizo cosas imposibles para obtener y sintir la gloria.
Conforme con su conclusión, Asur salió de inmediato al jardín donde entrenaba, pues era el momento de su práctica diaria con Cilior.
Al llegar, notó la ausencia de Cilior en el lugar, lo que lo sorprendió bastante, ya que, desde que ese jardín se convirtió en patio de entrenamiento, Cilior no había faltado ni un solo día.
Sin darle mucha importancia, decidió aprovechar la ocasión para entrenar sus ataques: tomó una de las espadas de madera y empezó a golpear ferozmente el muñeco de entrenamiento, con golpes que le lastimaban la mano, pero a los que no dio importancia.
No tardó mucho hasta que el ruido atrajo la atención de los esclavos cercanos.
Al acercarse, vieron a Asur solo, entrenando de forma tan violenta como suele hacerlo Cilior.
Rápidamente, los murmullos entre ellos comenzaron, creyendo que esta era la forma de Asur de amenazar a Cilior.
Por su parte, Asur no prestó atención a quienes lo observaban; solo seguía concentrado en sus movimientos, recordando los ataques que Osel enseñaba, pero que no había tenido oportunidad de ejecutar.
Guiado por el sonido de los golpes, llegó Cilior, cuya presencia preocupó a los esclavos, quienes no tuvieron más opción que marcharse.
—¿Quién te dio permiso, esclavo?
—preguntó Cilior molesto.
Asur volteó al instante e inclinó la cabeza para dirigirse a Cilior: —”Ya es momento de la práctica.”— —Si no estoy, no es momento de nada —afirmó Cilior, casi avergonzado por el rostro golpeado de Asur.
—Yo pensé que se había tardado —afirmó Asur con tranquilidad.
—No, no me tardé —dijo Cilior, desviando la mirada—.
Ya no voy a entrenar contigo.
Asur no se sorprendió por esta noticia.
Ya tenía la idea de que esto pasaría; incluso antes de la paliza, sabía que ya no era divertido para Cilior y que tarde o temprano le prohibiría seguir entrenando.
—¿Puedo terminar de entrenar hoy?
—preguntó Asur, viéndolo a los ojos.
—”¡¿Tú, en serio?!” —preguntó Cilior con un tono confundido—.
“¿En serio eres tan atrevido?” Cilior, en sus adentros, pensaba: “¿Qué le pasa a este esclavo?
No tiene miedo como los demás, a pesar de ser él quien recibió mis golpes.
Es tan atrevido como para preguntar si puede terminar, pero no lo suficiente como para preguntar por qué ya no entrenaremos; solo acepta lo que digo y ya.” —¿Por qué quieres continuar?
—preguntó Cilior con curiosidad—.
Eres un esclavo, no necesitas aprender esto.
—Si aprendo, puedo ser un escolta —aclaró Asur—.
Como Osel para su padre.
—¿Ese es tu objetivo?
—preguntó Cilior, calmado e intrigado.
—Por ahora, sí —respondió Asur con voz apacible.
Cilior se sintió irritado ante la calma de Asur.
No sabía por qué actuaba así, como si estuviera ignorando lo que había pasado el día anterior.
—Te destrocé el rostro —dijo Cilio con tranquilidad—.
¿No buscas venganza?
—Si no me defendí en ese momento, ¿por qué buscaría venganza?
—preguntó Asur con genuina curiosidad.
—¡Porque te humillé!
—exclamó Cilior en voz alta, frustrado por la actitud de Asur—.
Te lastimé, es normal en una persona buscar venganza.
Asur pensó por un momento en las palabras de Cilior.
Algo en lo que dijo reflejó la percepción que Cilior tenía de él.
—¿Usted cree que debería buscar venganza en mi posición?
—preguntó Asur intrigado—.
Usted lo dice todos los días, pero veo que no lo comprende.
—¿No comprendo qué?
—preguntó Cilior confundido.
—Siempre me llama esclavo —dijo Asur mientras lo miraba de frente—.
Pero no parece comprender lo que eso significa, para mí.
Cilior se sintió aún más confundido no sabía que era lo que le estaba explicando.
Asur vio la confusión en el rostro de Cilior e ideó una forma de hacerlo entender.
—Dígame, si mañana viniera un príncipe y lo golpeara en el rostro peor de lo que hizo conmigo —formuló Asur, con mirada agresiva—.
¿Usted buscaría venganza?
Recién ahí Cilior entendió lo que Asur quería decir, pero no quiso responder hasta estar seguro.
—No lo haría, ¿verdad?
—preguntó Asur de forma capciosa—.
Usted entiende su posición en esa situación, y yo entiendo la mía ahora.
Cilior quedó en silencio un momento.
Una vez más, Asur lo había avergonzado al demostrar un conocimiento que él no poseía.
—Te crees muy listo —dijo Cilior con tono molesto.
—Es usted quien me ve así —dijo Asur calmado.
—Y mi padre, y Esther —afirmó Cilior, con la garganta quebrada.
—Su padre me ve como un bufón y la señorita como una herramienta —aclaró Asur con seguridad.
—Explícame —ordenó Cilior.
—Su padre dice que le divierten mis ocurrencias —explicó Asur—.
Por eso me lleva a donde va.
—¿Y Esther?
—preguntó Cilior intrigado.
—Me quiere como escolta —aseguró Asur, evitando contar más.
—No te creo —dijo Cilior frustrado—.
Mi padre te trata como algo más que un bufón.
Cilior se dio la vuelta para irse, pero Asur, no queriendo que esto terminara así, lo detuvo diciendo: —«No soy el hijo de su padre»—.
Cilior se quedó parado de espaldas a Asur, dudando si voltear o no.
—Si fuera hijo del amo Sour, no estaría aquí como esclavo —explicó Asur con sinceridad—.
No pasaría nada si el amo me reconociera como suyo, pero si lo soy y él no quiere reconocerme, ¿por qué traerme aquí?
—¿Por qué traerte?
—preguntó Cilior, aún de espaldas.
—El amo pudo dejarme en mi ciudad a que fuera un mendigo —afirmó Asur con tono serio y relajado—.
Pero me trajo porque está seguro de que yo no soy su hijo.
—¿Y por qué te trata como si lo fueras?
—preguntó Cilior dudoso.
—Solo él lo sabe —dijo Asur con tono apacible—.
Pero yo estoy seguro de que no lo soy.
Luego, Cilior se marchó en silencio, pensando en lo que Asur dijo.
Pero rápidamente volvió y dijo: —”Termina aquí y luego guarda todo, que no se volverá a usar nunca.”— Después de esas palabras, se marchó de nuevo sin esperar respuesta.
Asur entendió que tenía permiso para continuar y decidió aprovechar esa última práctica para golpear el muñeco de madera hasta agotarse.
A lo lejos, mientras caminaba, Cilior escuchó los golpes en la madera del muñeco, quedándose quieto al entender que, inconscientemente, le había dado permiso a Asur para continuar.
Por su parte, Asur empezó a imaginar que estaba en una batalla real mientras golpeaba el muñeco e, inconscientemente, comenzó a divertirse, jugando a la batalla como un niño cualquiera.
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