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Emperador De Reyes : La Gloria de una Bestia - Capítulo 38

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  4. Capítulo 38 - 38 Grasa en los Viñedos
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38: Grasa en los Viñedos 38: Grasa en los Viñedos El escuadrón de la oficial Senek había llegado a su destino.

Montaron un pequeño campamento a medio día de viaje de la aldea, dejando allí sus suministros bajo la guardia de los diez soldados de servicio.

La mañana siguiente, el sol apenas se asomaba por el este, proyectando largas sombras a través del bosque.

Los doscientos soldados de Senek avanzaban agachados, manteniéndose fuera del camino principal y moviéndose en silencio a través de la densa maleza.

La formación era una línea de cincuenta soldados de ancho y cuatro de largo, moviéndose así para no ser cegados por el sol y para cubrir la mayor cantidad de terreno.

Los soldados se mantenían en silencio, sus ojos recorriendo cada sombra, esperando el primer contacto con el enemigo.

Asur se encontraba en el flanco derecho, avanzando en la primera línea.

Dagón caminaba a su espalda, y a su izquierda, Samara se movía con la misma agilidad.

Al igual que los demás, Asur examinaba sus alrededores con su escudo de madera cubriendo su torso y la punta de su lanza apuntando hacia el frente.

Los soldados se dieron cuenta de que estaban llegando al final del bosque, acercándose a una zona de cultivos.

Era una plantación de viñas, con sus enredaderas en filas interminables.

Los tallos gruesos y retorcidos, con densas hojas de un verde intenso, formaban un laberinto en el que los soldados podrían ocultarse fácilmente.

El aire se sentía espeso, cargado con el olor dulce y terroso de las uvas maduras.

Asur, al ver los viñedos, se detuvo de repente.

Había algo extraño.

Se giró, escaneando el entorno.

Sus compañeros, notando su pausa, se miraron unos a otros con preocupación.

—¿Qué sucede?

—preguntó Dagón, su voz un susurro.

Asur miró a Samara, quien también observaba los alrededores.

—Es extraño —murmuró Asur.

Los soldados, uno a uno, se voltearon a ver entre ellos, aguzando sus sentidos, pero no veían nada fuera de lo común.

—¿Qué no ves?

—dijo uno de ellos.

—Exacto —respondió Asur, con una voz cargada de un tono enigmático.

La confusión se apoderó de los soldados.

—No entiendo —dijo otro.

—¿Cómo es posible que hayamos llegado a la aldea sin toparnos con algún vigía rebelde?

—les explicó Asur.

Samara, comprendiendo la lógica de Asur, continuó la explicación para los demás con calma y firmeza.

—Los rebeldes tienen más experiencia que nosotros.

Sabrían que deben enviar vigías a los bosques para alertar de cualquier ataque.

—¿Qué significa eso?

—preguntó un soldado, su voz temblando.

—Significa que ya sabían que veníamos —contestó Samara.

Los soldados se miraron unos a otros, el miedo reflejado en sus rostros.

Asur, con una sonrisa visiblemente emocionada, retomó su posición de avance.

—Nos están esperando —dijo, y se adentró en los viñedos, seguido por sus camaradas, ahora más preocupados que nunca.

El escuadrón se adentró en los viñedos, con el murmullo de las hojas bajo sus sandalias.

No avanzaron demasiado hasta que un olor extraño se filtró en el aire, mezclándose con el dulce aroma de las uvas.

Algunos soldados se detuvieron, frunciendo el ceño.

La oficial Senek, indiferente al rumor, continuó con paso firme, pues ella no había percibido nada.

Se dio la vuelta, su rostro tenso.

—¿Por qué no avanzan?

—preguntó.

Varios soldados hablaron al mismo tiempo.

—Huele a algo agrio y desagradable, oficial —dijo uno.

Senek intentó percibir el olor, pero no pudo.

Muchos de sus hombres tampoco, y la tensión comenzó a crecer.

—No hay olor, solo tienen miedo —dijo uno, acusando a los que se habían detenido.

En el flanco donde estaban Asur y Dagón, ambos habían percibido el olor.

No era fuerte ni apestoso, solo peculiar.

—Este olor me parece familiar —murmuró Dagón.

—A mí también —respondió Asur.

Asur se adentró un poco más en los viñedos, usando la punta de su lanza para buscar algo que estuviera escondido entre las plantas.

Al golpear una de ellas, unas gotas cayeron.

A simple vista parecían rocío, pero al acercarse, Asur notó que el líquido era espeso.

Dagón, que lo había seguido, lo recogió con sus dedos y lo olfateó.

—Es grasa —dijo.

—¿Estás seguro?

—preguntó Asur.

Dagón asintió, le acercó el dedo a Asur y este reconoció el olor.

Ambos retrocedieron con sus camaradas.

—Parece que las plantas están rociadas con grasa —les explicó Asur.

Samara miró hacia el interior del viñedo, su rostro mostrando preocupación.

Sus compañeros, sin entender, la miraron a ella, buscando una explicación.

—La grasa en los viñedos solo puede significar que el enemigo tiene planeado incendiar las plantaciones —explicó Samara.

—Pero, ¿cómo podrían hacer eso?

—preguntó un soldado con voz temblorosa.

—Quizás tienen soldados con antorchas esperando para iniciar el fuego —respondió otro.

Samara pensó por un momento.

—O tal vez tengan arqueros.

El miedo se apoderó de quienes habían oído esto, pues la idea de que el enemigo tuviese arqueros, una ventaja que no podían contrarrestar fácilmente, los aterrorizó.

Mientras tanto, Senek seguía lidiando con las discusiones de quienes decían oler algo y de quienes los acusaban de tener miedo.

Finalmente, la oficial ordenó a todos que continuaran con la marcha.

—Quienes no pueden continuar, quédense.

Los que puedan, síganme —dijo, pidiendo a todos estar alerta de aquel olor.

En ese momento, Samara llegó a la posición de la oficial.

—Oficial, tengo información valiosa —dijo.

Senek, con respeto a la experiencia de Samara, la dejó hablar.

—Encontramos grasa impregnada en las plantaciones —explicó Samara.

Senek se quedó sin palabras.

Miró la extensa plantación, se negaba a creer que los rebeldes sacrificaran los recursos de la aldea solo por vencer a un escuadrón.

—¿Estás segura?

—preguntó Senek, su voz apenas un susurro.

—Sí, oficial —respondió Samara.

Senek asintió, aún incrédula.

—Eso fue lo que descubrió Asur —dijo Samara.

El rostro de Senek se contorsionó de molestia al escuchar el nombre.

—¿Asur?

¿Y entonces debemos creer en lo que dijo haber descubierto ese niño arrogante?

—escupió Senek.

Samara no supo qué responder.

—Te creía más lista —dijo Senek, con desdén—.

¿Cómo te dejas convencer por alguien tan inexperto, con aires de grandeza, como ese liberto?

—Oficial, el olor es de verdad —intentó explicar Samara.

Senek la interrumpió, su voz se elevó.

—Si Asur también dijo lo del olor, entonces debe ser falso.

No quiero oír más.

Vuelve a tu posición y no detengas más el avance.

Samara obedeció, y la marcha fue retomada.

La línea avanzaba, pero Asur se mantuvo de pie.

Sus pensamientos eran un torbellino, y sus ojos se movían rápidamente, analizando el entorno.

Algunos soldados de su patrulla se quedaron a su lado, esperando a que se moviera.

De repente, Asur miró hacia su derecha y comenzó a caminar, alejándose de la línea principal.

—¿Adónde vas?

—le preguntó un compañero.

Asur continuó su marcha, sin voltear la cabeza.

—Quien quiera seguirme, que lo haga bajo su propio riesgo —respondió con voz tranquila.

Todos entendieron que Asur estaba desobedeciendo las órdenes de Senek, pero aun así decidieron seguirlo.

Otras patrullas del flanco derecho se dieron cuenta de lo que estaba sucediendo.

Algunos, con una mezcla de curiosidad y miedo, se unieron a ellos, mientras que la mayoría, por miedo a las represalias, se mantuvo en la línea.

Senek y el resto del escuadrón no se dieron cuenta del cambio, demasiado concentrados en su avance.

Asur se adentró nuevamente en el bosque, se detuvo y miró a quienes lo habían seguido.

—¿Qué estás haciendo?

¿Estás huyendo?

—le preguntó uno de los soldados.

Asur sonrió.

Contó a todos los que lo habían seguido.

Eran treinta y dos.

—No estoy huyendo —respondió—.

Debemos rodear la aldea para evitar la obvia trampa, y, principalmente, a los arqueros.

—No es seguro que un escuadrón de cien rebeldes cuente con arqueros —intervino Samara.

—Aun así, no podemos arriesgarnos —dijo Asur, con firmeza.

Un soldado, nervioso, le recordó a Asur que la oficial Senek los castigaría.

—Yo asumiré toda la culpa —respondió Asur.

Luego, les pidió que se dividieran en equipos de tres y que cubrieran la mayor cantidad de terreno sin alejarse demasiado.

Asur formó equipo con Dagón y Samara.

—Si ven algún vestigio de los soldados enemigos, avisen de inmediato —ordenó.

Con una nueva formación, comenzaron a avanzar por el bosque para rodear la aldea.

Mientras tanto, el escuadrón de Senek avanzó más en la plantación.

El dulce aroma de las frutas maduras fue desplazado por un olor acre y grasiento, ahora perceptible para todos.

A medida que el hedor se intensificaba, la idea de Samara se aferraba a la mente de Senek.

En un momento, los soldados empezaron a notar un líquido que bañaba las plantas, sintiendo su espesura bajo sus sandalias.

La misma Senek pisó un charco de líquido, y a través de su calzado, supo que no era agua.

En ese momento, uno de sus soldados señaló hacia el frente.

—¡Enemigos allá!

—gritó.

Senek no vio nada, hasta que más soldados señalaron, no al frente, sino más arriba.

Miró hacia las primeras casas que se podían ver y notó a varios soldados rebeldes sobre los tejados.

Sus figuras eran borrosas, pero el arma que portaban era inconfundible.

Su corazón se aceleró.

—¡Escudos arriba!

—gritó.

Todos obedecieron.

En ese momento, unas pocas flechas cayeron sobre ellos, nada letal, solo una advertencia.

Los rebeldes no estaban atacando, estaban jugando, como si fueran cazadores que acorralaban a su presa.

Senek, mirando el charco de grasa que había pisado, sintió que el miedo se apoderaba de ella.

Pensó en lo que debía hacer.

De repente, el ataque se detuvo.

La calma antes de la tormenta.

Un segundo después, una sola flecha encendida cayó, no sobre los escudos, sino más adelante, en un pequeño charco de grasa.

Los corazones de los soldados latieron rápidamente antes de que una llama intensa se levantara del suelo, impactando en los rostros de quienes no tenían escudos.

Las flechas encendidas empezaron a llover sobre ellos, y el fuego, avivado por la grasa, se extendió rápidamente.

Asur y sus seguidores, que ya habían llegado a la parte trasera de la aldea, pudieron escuchar los gritos de sus camaradas y ver el denso humo que se elevaba de las plantaciones.

Algunos se sintieron aliviados de no estar en el campo de batalla, otros se preocuparon por sus amigos, pero Asur solo podía pensar en una forma de contrarrestar a los arqueros enemigos.

A simple vista, se dio cuenta de que eran alrededor de veinte, lo suficiente para ser un problema grave.

Asur pensó en subir a los tejados y enfrentar a los arqueros cuerpo a cuerpo, pero lo descartó de inmediato, pues se darían cuenta de su movimiento.

Samara lo vio muy serio y pensativo, deduciendo que su mente trabajaba en el problema de los arqueros.

—¿Cuál es el plan?

—preguntó uno de los soldados.

—Tenemos que buscar una forma de enfrentarnos a los arqueros —respondió Asur.

—Deberíamos subir a enfrentarlos —sugirió uno de los soldados.

—Sería muy arriesgado —dijo Samara, negando con la cabeza.

—La única forma es enfrentarlos a distancia, con algo —dijo Asur, pensativo.

—Podríamos arrojar las lanzas —dijo otro soldado.

La idea hizo que los ojos de Asur se iluminaran.

El soldado, al ver el interés en el rostro de Asur, continuó.

—Me han dicho que las lanzas se pueden arrojar.

Se les llama jabalinas.

Asur se mantuvo pensativo, y Samara, negando con la cabeza, dijo: —Arrojar una lanza no es algo sencillo, y todos tenemos una sola.

Si la arrojamos, quedaríamos desarmados.

En ese momento, una idea cruzó por la mente de Asur.

—Entonces deberíamos buscar más lanzas —dijo.

Samara y los demás lo miraron confundidos.

—Los rebeldes deben tener algún depósito o almacén en la aldea.

Si llegamos ahí, seguro encontraremos más lanzas —explicó Asur.

Los soldados asintieron, y Samara, aunque dudando, dijo: —Aun así, necesitaríamos practicar antes de arrojarlas.

—Entonces les daremos una clase rápida —dijo Asur, con una sonrisa en el rostro.

Samara, sabiendo que era su mejor opción, decidió aceptar el plan de usar las lanzas.

Finalmente, Asur y sus seguidores salieron del bosque y se adentraron en la aldea, cubriéndose entre las casas mientras buscaban un almacén.

Las plantaciones ardían en llamas, con el fuego crepitando y las columnas de humo elevándose hacia el cielo.

El fuego no causaba tantas bajas como se esperaba, pero el pánico que generaba era un arma letal.

Los soldados, desorientados por el caos, bajaban sus escudos para protegerse de las llamas, lo que los hacía vulnerables a las flechas que llovían sobre ellos.

Estas flechas eran la verdadera amenaza, provocando la mayoría de las bajas.

Senek, con su escudo cubriendo su cabeza, intentaba ordenar a sus hombres que mantuvieran la línea, pero los gritos de sus soldados heridos y el caos general la hicieron darse cuenta de que no tenían otra opción.

Tenían que salir de la plantación.

Con voz firme, dio la orden de avanzar, corriendo con los escudos arriba, y el escuadrón la siguió, dejando atrás a los heridos en el fuego.

Una vez dentro de la aldea, Senek ordenó a sus hombres que retomaran la formación, a pesar de los proyectiles que seguían cayendo sobre ellos.

De repente, una voz femenina y grave retumbó en el aire: —¡A ellos!—.

Y los soldados rebeldes, que habían estado escondidos, salieron de atrás y de adentro de las casas, rodeando al escuadrón de Senek.

Atrapados entre el fuego y el enemigo, la oficial ordenó la ofensiva, dando inicio a la verdadera batalla por la aldea.

Asur y sus seguidores se movieron con cautela por la aldea, siguiendo de cerca el ruido de la batalla.

Encontraron una casa de piedra custodiada por cuatro soldados rebeldes.

A juzgar por la cantidad de guardias, Asur intuyó que habían dado con el almacén.

Escondido detrás de otra casa, uno de los soldados se adelantó, impaciente.

—¡Esto será fácil, somos más de treinta!

—murmuró, listo para atacar.

Asur lo detuvo.

—Mira el pecho de ese.

El soldado vio que uno de los guardias tenía un cuerno colgado.

—Probablemente lo usa para pedir ayuda —dijo Asur, señalando el cuerno.

El soldado asintió.

—Entonces, ¿cómo nos acercamos sin que lo toque?

Asur se volvió hacia Samara, que estaba un poco más atrás.

—¿Puedes arrojar tu lanza desde aquí y darle al guardia del cuerno?

Samara asintió.

Se movió al frente, colocándose de perfil.

Sostuvo la lanza con firmeza, su mano izquierda en el mango y la derecha más arriba, cerca del centro de gravedad.

Sus músculos se tensaron, el arma se volvió una extensión de su brazo.

Su cuerpo se preparó para el lanzamiento.

—Deben atacar en cuanto yo les diga —dijo.

Los soldados asintieron en silencio.

Samara, con la precisión de un halcón, arrojó su lanza.

El arma voló por el aire hasta impactar en el abdomen de su objetivo.

—¡Ahora!

—gritó.

Asur y los demás salieron de su escondite.

Los enemigos, confundidos al ver a su compañero caer, no reaccionaron a tiempo.

Uno de ellos recibió un golpe con el hacha de Dagón.

Los otros dos se alinearon para defenderse, lanzando gritos de: —¡Nos atacan!

¡Nos atacan!”.

Finalmente Asur y los demás desarmaron a los dos para luego noquearlos.

Decidieron entrar en la casa.

Samara, que iba en la primera línea, cruzó la puerta y de inmediato recibió una pedrada en el pecho izquierdo, cayendo hacia atrás.

El resto de los soldados se pusieron en guardia.

Dentro de la casa, un grupo de personas, visiblemente aterrorizadas, estaban acurrucadas en un rincón.

Por otro lado, el fuego rugía en las plantaciones.

Senek y su escuadrón luchaban en un combate igualado contra los rebeldes.

Las flechas enemigas seguían cayendo, y la confusión y el miedo se apoderaban de los soldados de Senek.

Mientras tanto, en la casa que habían asaltado, el grupo de Asur se encontró con personas aterrorizadas.

Un hombre mayor se interpuso para proteger a un muchacho, con los brazos extendidos.

—Por favor, perdónelo —suplicó el anciano—.

Mi nieto pensó que eran enemigos y arrojó la piedra.

Asur miró a sus camaradas.

—Bajen las armas —dijo.

Luego, se dirigió al anciano.

—¿Quiénes son ustedes?

—Somos los aldeanos —respondió el anciano, su voz temblorosa—.

Nos encerraron aquí porque nos opusimos a quemar nuestros cultivos.

Asur miró a su alrededor.

Vio mujeres, niños y ancianos.

Asumió que los hombres habían sido asesinados o llevados al frente.

Volteó para ver a Samara, que se levantaba del suelo con el pecho adolorido.

—¿Quién arrojó esa piedra?

—preguntó ella, con voz entrecortada—.

¿Quién tiene tanta fuerza?

Asur se dio cuenta de que, a pesar de su armadura, el impacto había dolido.

Miró al muchacho que el anciano protegía y se acercó lentamente.

El anciano lo miró, y un extraño temor lo hizo bajar la cabeza.

Asur se acercó y vio algo en la mano del muchacho, algo que ya había visto antes.

—¿Eso es una honda?

—preguntó.

—Sí —respondió el anciano—.

Perdone a mi nieto por usarla sin ver a quién le disparaba.

Asur se quedó pensativo un instante, su mente trabajando a mil por hora.

Luego, se volteó hacia sus camaradas, su voz llena de emoción.

—¡Hondas!

—exclamó.

Los soldados lo miraron confundidos.

Algunos asintieron, reconociendo el arma.

—Las conocemos, las usamos en nuestras aldeas para cazar y espantar depredadores —dijo uno de ellos.

En ese momento, Samara entendió lo que Asur estaba pensando.

—¡Consigan una honda!

—ordenó.

Asur se dirigió al muchacho, con una sonrisa en el rostro.

—Entrégame tu honda —le pidió.

El muchacho lo hizo sin decir una palabra.

Los demás soldados también tomaron las hondas que estaban esparcidas por el lugar.

—Lo mejor es que se queden encerrados —aconsejó Asur a los aldeanos, pensando que solo estorbarían.

Los aldeanos lo miraron con alivio, creyendo que se estaba preocupando por ellos.

Asur cerró la puerta de la casa.

Él y sus camaradas, ahora armados con hondas, salieron de la casa para ayudar al resto del escuadrón.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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