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Emperador De Reyes : La Gloria de una Bestia - Capítulo 40

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Capítulo 40: Trofeo de Bronce

Dos días después, la aldea de Bura se hundía en el silencio que sigue a la masacre. El escuadrón de la oficial Senek había obtenido una victoria pírrica, con 68 muertos, numerosos heridos y 39 prisioneros.

El aire, aunque ya no olía a humo, mantenía una pesadez densa, impregnada con el recuerdo de la destrucción. La aldea misma era un espectro de lo que había sido: los viñedos calcinados dejaban una capa de ceniza gris sobre la tierra, y las calles aún mostraban manchas oscuras de sangre seca.

La oficial Senek, con la mente y el cuerpo agotados, se movía sin descanso. Reorganizó a los supervivientes, contando las bajas y los heridos, y transformó las casas abandonadas en improvisadas enfermerías. Los gritos de los heridos eran los únicos sonidos que rompían la tensa calma, mientras enviaba un mensajero al Coronel Superior Gilgag.

A su alrededor, los soldados también se enfrentaban a sus propios demonios. Algunos rezaban, otros lamentaban a los compañeros caídos y unos pocos se sentaban en silencio, con la mirada perdida, intentando ahogar los recuerdos de la lucha: el crepitar de las llamas, los gritos desesperados y el olor ferroso de la sangre derramada.

Mientras tanto, en una de las enfermerías, el aire era denso y fétido, una mezcla de sudor, tierra y el aroma de la sangre y las hierbas medicinales. Un anciano de espalda encorvada y barba gris se acercó a la cama de Asur. Con dedos fríos, palpó la frente de Asur, revisó su pulso y examinó la herida superficial que le cruzaba el abdomen.

Con un suspiro de alivio, el curandero sacudió el hombro del joven, intentando despertarlo de su largo letargo. De repente, Asur lo agarró del antebrazo con una fuerza sorprendente y abrió los ojos de golpe. Su agarre permaneció firme mientras escudriñaba con la vista el entorno: un cuarto de paredes de barro y techo de paja, casi vacío, con la sola presencia de una pequeña mesa en una esquina.

El anciano, al ver que la bruma en los ojos del joven empezaba a disiparse, sonrió con nerviosismo.

—¿Cómo te sientes, Asur? —preguntó con voz suave.

Asur, sin soltarlo, tardó un momento en responder. Acarició su herida con la yema de sus dedos, percibiendo solo una extraña tirantez.

—Tengo hambre —contestó con voz ronca—. Y mi estómago está… incómodo.

—Es normal —respondió el anciano, aliviado por la respuesta simple—. Has estado inconsciente por dos días enteros. Y esa cicatriz, bien… tendrás que acostumbrarte a ella.

La mirada de Asur bajó a su abdomen. No había rastro de la brutalidad de la herida, solo un corte limpio y una leve incomodidad. El recuerdo del combate regresó a su mente: el rostro de la oficial rebelde, el filo de la espada al rozar su piel… y la sonrisa de satisfacción al hundir la espada ajena en su garganta.

—¿Dónde estoy? —inquirió Asur, mientras soltaba al curandero.

—En una de las casas de la aldea —respondió el anciano, mientras se frotaba el brazo con una mueca—. Soy el curandero encargado de los heridos. Tuviste suerte, muchacho. El corte fue superficial, apenas rozó tu piel. Quedaste inconsciente por el cansancio y más que todo por la pérdida de sangre.

Asur asintió, su mente ya procesando la información. Acarició de nuevo la herida, el alivio de no sentir dolor se mezclaba con la necesidad de saber qué había sucedido.

—¿Asumo que ganamos? —preguntó.

El anciano asintió con un gesto perezoso, sin darle mayor importancia. La falta de emoción en su respuesta irritó a Asur.

—¿Qué pasó en estos dos días? —preguntó, la urgencia tiñendo su voz.

—Iré a avisar a tus camaradas que has despertado —respondió el anciano—. Estoy seguro de que ellos te lo contarán con más detalle.

Sin esperar respuesta, el anciano se alejó con un andar lento y cansado.

Un momento después, la puerta de la habitación se abrió, y los soldados que habían seguido a Asur invadieron el umbral. Una oleada de sonrisas genuinas iluminó sus rostros al verlo sentado en la cama. Él percibió un atisbo de sincera preocupación y un alivio que no supo nombrar.

Al unísono, las voces de los soldados se entremezclaron en un torbellino de frases desordenadas.

—¡Ya despertaste!

—¡Estás bien!

—¡Sabía que lo lograrías!

Asur, acostumbrado a ignorar las emociones ajenas, no prestó atención a la efusividad de sus camaradas y fue directo al grano.

—¿Qué sucedió en los últimos dos días? —preguntó, con la voz aún áspera por el desuso.

Sus compañeros, ya habituados a su franqueza, dejaron de lado la algarabía y se apresuraron a darle un informe detallado. Le hablaron de la cantidad de bajas, de los prisioneros capturados y de la rápida reorganización del escuadrón, con la división de guardias y patrullas para asegurar la aldea. Asur asintió, absorbiendo cada dato.

Una de las mujeres de la patrulla, con un brillo particular en los ojos, añadió una última información con una sonrisa radiante:

—Todos saben que fuiste tú quien se encargó de los arqueros, Asur.

Los demás asintieron enérgicamente, reafirmando la revelación.

—Todos saben que nos salvaste. Y ahora, todos quieren estar en tu patrulla —confirmó uno de los hombres.

Un pensamiento fugaz cruzó la mente de Asur. Si querían unirse a su patrulla es porque había perdido miembros. Notó la ausencia de Dagón en el grupo. “Murió”, concluyó con una indiferencia pasmosa.

Los soldados siguieron relatando los sucesos con entusiasmo, convencidos de que estaban compartiendo buenas noticias. Asur los escuchaba, pero su mente ya estaba procesando la información, construyendo el mapa de su nueva realidad.

De pronto, el ambiente alegre se desvaneció. La puerta se abrió de golpe y la oficial Senek irrumpió en la habitación. Detrás de ella, Samara sonrió con discreción al ver a Asur despierto. Los soldados se pusieron firmes de inmediato, el ambiente festivo fue reemplazado por la solemnidad militar.

—¡Oficial! —dijeron al unísono.

Con un entusiasmo que bordeaba la imprudencia, uno de los soldados se dirigió a Senek:

—¡La herida de Asur no es grave, oficial! ¡Afortunadamente, ya despertó! ¿Vino a darle su recompensa?

La sonrisa de sus compañeros era un reflejo de su confianza, pero la expresión de Senek era glacial, su mirada fija en Asur, llena de un palpable desagrado. Asur le devolvió la mirada con una sonrisa enigmática. Él lo entendía; ella era demasiado orgullosa como para premiar a quien la había desobedecido.

Senek se giró hacia el soldado atrevido, con una seriedad que helaba la sangre.

—¿Por qué debería premiar a un soldado que ha desobedecido una orden directa? —su voz era una cuchilla.

Un silencio incómodo cayó sobre la habitación. Los soldados se miraron entre sí, desconcertados. Una de las mujeres, con una risa nerviosa, intentó suavizar el ambiente:

—Pero si no fuera por Asur, todos estaríamos muertos, oficial.

La declaración solo avivó la ira de Senek. Volvió su mirada a Asur, la desaprobación brillando en sus ojos.

—Lo que hiciste fue imprudente y arriesgado. Tuviste suerte, nada más. En cualquier otra situación, tu insubordinación pudo haber causado una catástrofe mayor que la batalla misma.

Asur permaneció en silencio, observando a la oficial. Esto enfureció aún más a Senek. Sin su apoyo, el resto de los soldados protestaron, diciéndole que su victoria era gracias a Asur. Senek, frustrada, les ordenó guardar silencio o los castigaría por insubordinación.

—Tu recompensa —escupió Senek, sus palabras dirigidas a Asur, pero resonando en toda la habitación— será no ser castigado por desobedecer mis órdenes y abandonar la formación.

Sin añadir nada más, se dio la vuelta y se marchó, dejando tras de sí una atmósfera de indignación.

Los soldados, molestos, murmuraban que la decisión de Senek era injusta y que Asur merecía más. Uno de ellos, en voz baja, dijo que si la hubieran seguido a ella, todos habrían perecido. Samara, que había permanecido tan silenciosa como Asur, alzó la voz.

—Entiendo su enojo, pero la oficial tiene sus razones.

Los soldados la miraron, pidiendo una explicación. Samara prosiguió:

—La oficial solo está reafirmando su autoridad. Si permite que alguien la desobedezca sin consecuencias, otros podrían empezar a hacerlo. Eso causaría un caos total en el campo de batalla.

A los soldados no les importaba la justificación. Uno se dirigió a Asur:

—¿No estás molesto por esto, Asur?

—No esperaba una recompensa por parte de Senek —respondió Asur con total sinceridad.

Sus compañeros interpretaron su respuesta como un acto de humildad, una muestra más de su nobleza. Sin embargo, lo que Asur realmente sentía era un profundo conocimiento del orgullo de la oficial y el desprecio que ella le tenía.

De repente, la puerta se abrió una vez más, y por el umbral entró una figura que Asur no esperaba ver: Dagón. Lejos de estar muerto, venía cargando en sus brazos dos armaduras y dos espadas envainadas. Una de las armaduras de cuero y una de las espadas le resultaron familiares a Asur, pero las otras, de un brillo metálico, eran desconocidas.

Uno de los camaradas de Asur sonrió, satisfecho. Se acercó a Dagón mientras decía:

—Quizás la oficial Senek no te dé una recompensa, Asur, pero ya tienes algo ganado.

Dagón dejó el pesado equipo sobre la cama, al lado de Asur, y le preguntó con una genuina preocupación:

—¿Cómo te sientes? ¿Te duele la herida?

Asur negó con la cabeza mientras tomaba su espada y su vieja armadura de cuero.

—¿Qué quieres decir con que ya tengo algo ganado? —preguntó.

Fue otro de los soldados el que respondió, el orgullo inflándose en su pecho:

—La armadura de bronce y la otra espada, son de la oficial rebelde. Las guardamos para ti. Ahora te pertenecen.

Asur sintió una punzada de asombro. Tomó la armadura de bronce, pesada y fría en sus manos, mucho más robusta que la suya de cuero. Sus placas estaban remachadas con precisión notable, con relieves de figuras animales que insinuaban un trabajo artesanal de gran valor. La espada, de doble filo, era mucho más liviana que la suya, y su filo era más pronunciado, sin una sola muesca. Notó que el peso y el equilibrio eran perfectos.

Todos los soldados en la habitación los miraban con una sonrisa de complicidad, como si la entrega de ese equipo fuera un acto de camaradería que los unía. Asur notó la mirada de Samara, clavada en la armadura de bronce. Ella permanecía en silencio, pero en sus ojos brillaba un deseo que no podía ocultar. La armadura de bronce, con sus grabados intrincados, era el tipo de equipo que un guerrero como ella codiciaría.

Poco a poco, los soldados fueron saliendo de la habitación, algunos para tomar sus turnos de guardia, otros para difundir la noticia de que Asur había despertado. Al final, solo quedaron Samara y Dagón, quienes se sentaron en la cama al lado de Asur para conversar sobre el reciente enfrentamiento.

Samara felicitó a Asur por su iniciativa, pero le reprochó no haber consultado su plan con la oficial Senek. Asur, con una sonrisa, le respondió que Senek jamás habría escuchado una idea proveniente de su boca. Dagón asintió, concordando con Asur, y añadió que la oficial parecía tener algo en su contra, una aversión que Asur admitió sentir, aunque su mente ya estaba curiosa por la razón detrás de ello. Samara notó el brillo de emoción en sus ojos, la misma que solía ver cuando él ideaba sus planes o entrenaba.

Dagón observó el corte en la armadura de cuero de Asur.

—No puedo creer que hayas resistido un golpe así —confesó, con la voz teñida de asombro—. Yo nunca habría sobrevivido.

Samara lo miró con seriedad.

—No te menosprecies, Dagón. Luchaste con una ferocidad que nunca imaginé ver en ti.

Las palabras de Samara despertaron la curiosidad de Asur. Miró a ambos y les preguntó cómo les había ido en la batalla. ¿Había sucedido algo interesante mientras él luchaba con la oficial rebelde?

Dagón se animó de repente, dando un salto de emoción.

—¡Luché tal y como dijiste! —exclamó con un brillo en los ojos—. No intentaba herir al enemigo, atacaba a la cabeza o al cuello para matar.

Dagón se detuvo en seco al pronunciar la palabra “matar”. La euforia de su rostro se desvaneció, dando paso a una profunda angustia. Samara intentó cambiar de tema, pero la mirada de Asur se había fijado en Dagón, quien bajó la cabeza, su respiración agitada y sus ojos al borde del llanto.

Asur lo dedujo de inmediato.

—¿Mataste a alguien en esta batalla, Dagón? —preguntó con una voz que no denotaba ningún rastro de emoción.

Samara se sintió incómoda ante la pregunta, pero Dagón, con la mirada perdida en un recuerdo lejano, asintió con lentitud. La respuesta de Dagón intrigó a Asur, quien intentó sonsacarle más información. Sin embargo, Samara se interpuso, diciéndole a Dagón que era hora de prepararse para su turno de guardia. Dagón asintió, sin mediar palabra, y se marchó a toda prisa, dejando a Asur en la habitación sin entender la reacción del muchacho.

Samara, molesta, se cruzó de brazos y le recriminó a Asur por su falta de tacto.

—Debes ser más modesto con tu curiosidad por Dagón —le dijo.

Asur la miró sin comprender, su rostro un reflejo de su confusión. Samara, viendo que no entendía, continuó.

—Dagón mató a un soldado rebelde. Eso le ha afectado, como afecta a muchos de los reclutas jóvenes.

Asur arqueó una ceja.

—¿Por qué? Es una guerra. Eso es lo que se supone que debemos hacer.

—Tienes razón, pero aun así, a todos nos afecta por primera vez —insistió Samara con voz más suave—. Tú debes entender que esos muchachos necesitan tiempo para procesar lo que hicieron. No puedes ser tan directo con un chico como Dagón.

Asur contuvo una sonrisa. Le resultaba gracioso que Samara le diera lecciones de vida, como si se le olvidara que él era más joven que la mayoría de los reclutas, incluido Dagón.

Cuando ella terminó de hablar, Asur le preguntó:

—¿Y tú qué sentiste la primera vez que mataste?

La pregunta la tomó por sorpresa.

—¿No recuerdas lo que sentiste al matar a la oficial rebelde? —le preguntó ella, con una mezcla de sorpresa y curiosidad.

—No recuerdo haber sentido nada —respondió Asur con franqueza.

Samara frunció el ceño.

—Eso es imposible.

Asur la miró fijamente. Sus ojos dorados se volvieron más intensos.

—Solo recuerdo la sensación de estar cerca de morir. Sentí el peligro muy cerca de mí. Por un momento, dejé de pensar y un instinto bestial se apoderó de mí, algo que solo buscaba mi completa supervivencia.

Mientras hablaba, se acercaba a Samara. Su voz era un susurro, pero llena de una intensidad que la hacía temblar. El tono era tan íntimo que ella no se percató de que la distancia entre ellos se acortaba con cada palabra.

Samara reconoció al instante lo que Asur describía. Era una sensación que ella misma había experimentado innumerables veces, un instinto crudo que surgía en el umbral de la muerte. Sin embargo, la intensidad con la que Asur lo narraba, la forma en que su voz se tornaba más grave y sus ojos se oscurecían, la hacía revivir cada una de sus propias experiencias al borde del precipicio.

Asur, sin ser consciente de la cercanía, continuó explicando cómo al ser herido en el abdomen, esa sensación se había intensificado aún más.

—No la comprendía —dijo, su voz casi un susurro—. De alguna forma, mi cuerpo actuaba por sí solo, ignorando el dolor, buscando desesperadamente la supervivencia.

Samara respondió con una voz que denotaba su propia inseguridad:

—Es… es algo normal. Es lo que todos sentimos al estar tan cerca de morir.

La respiración de Asur comenzó a agitarse. Una oleada de adrenalina se extendía por su cuerpo, haciéndole comprender la razón de su excitación. Miró a Samara a los ojos, su mirada intensa y dorada.

—En ese momento, al borde del colapso, los recuerdos de mi vida invadieron mi mente —confesó—. Me di cuenta de que había muchas cosas que nunca había hecho. Beber una cerveza, montar un caballo, cazar un animal… o tocar a una mujer.

Con esas palabras, su mano se posó con suavidad sobre el muslo de Samara. La yema de sus dedos trazó un camino lento, enviando un escalofrío por la piel de ella. Samara finalmente se percató de la cercanía. La mirada intensa de Asur contrastaba con la suavidad de su tacto, una combinación que la desestabilizaba.

Asur se inclinó, con el aliento pesado rozando la piel de ella.

—No lo entiendo —murmuró—. La sensación de peligro y la necesidad de sobrevivir… están regresando a mí. No hay peligro aquí, no hay nada que me devuelva a ese estado bestial que solo busca la supervivencia.

Samara sabía la respuesta, pues sentía la misma tensión y el mismo calor recorrer su cuerpo. La intensidad con la que él narraba su experiencia la había contagiado. La atmósfera en la habitación se volvió densa y ardiente, vibrando con una electricidad cruda. Samara, intentando aferrarse a la última pizca de consciencia, giró la cabeza para alejarse. Pero Asur, con un movimiento rápido y decisivo, la tomó del mentón y la obligó a mirarlo. Sus labios se estrellaron contra los de ella en un beso salvaje, una explosión de la misma necesidad de supervivencia que lo había dominado en la batalla.

Samara cayó sobre la cama. Una parte de su mente le gritaba que se detuviera, que aquello estaba mal, pero su cuerpo, pesado y abrumado, no respondía a la orden. Mientras él continuaba besándola, ella percibía el toque de sus dedos ágiles, desatando una a una las correas de su armadura. Asur, por su parte, sentía una parte consciente de su mente observando la situación, intentando entender la razón de su arrebato. Su cuerpo ardía, y este acto era lo único que parecía calmar esa fiebre. “Es como el hambre, o como la sed”, pensaba su inconsciente. “Si tienes hambre, comes. Si tienes sed, bebes. Si sientes esto, entonces lo tomas.”

Samara sentía cada nudo soltarse, pero no encontraba la fuerza para detenerlo. Cuando Asur se detuvo, esperando, ella solo pudo levantar los brazos, una señal silenciosa que le daba permiso para continuar. Asur retiró la armadura, dejando a Samara solo con su vestido corto. Él la miró desde arriba, con su torso desnudo y el pelo oscuro enmarcando su rostro. Sus ojos dorados, brillando intensamente en la penumbra, eran lo único que ella podía ver. Con su cuerpo a punto de rendirse al deseo, ella cerró los ojos, preparándose para el beso.

Pero en lugar de sus labios, sintió cómo el vestido era bajado con delicadeza por los hombros. Al abrirlos, descubrió a Asur a la altura de su pecho. Con una mezcla de caricias y succión, él tomó posesión de sus pechos, haciendo que un gemido incontrolable escapara de sus labios, un sonido que se vio obligada a ahogar con la mano.

Asur se detuvo, apoyando su peso sobre las rodillas. Lentamente, fue bajando el vestido de Samara hasta que la tela se amontonó a la altura de sus caderas. Ella, conectada a él en un nivel instintivo, levantó las piernas, dándole permiso para que la despojara del último trozo de tela.

En ese momento, la conciencia de Asur regresó, no para alejar sus instintos, sino para fusionarse con ellos. Lo que tenía enfrente era una guerrera de cuerpo exótico y bien trabajado. Una parte de su mente reconocía a la mujer, la satisfacción de poseer un cuerpo tan deseado. La otra parte, la más ambiciosa, reconocía algo más: a quién pertenecía ese cuerpo. Samara era un símbolo de gloria, una guerrera que podía haberlo matado, y sin embargo estaba allí, expuesta, entregada a su voluntad. En ese instante, los instintos y la conciencia de Asur se unieron.

Sin pensarlo más, Asur se despojó de la última pieza de tela que cubría su hombría. Samara, con la mirada hipnotizada, separó las piernas de manera inconsciente, invitándolo a tomarla. Con un control que antes le era ajeno, Asur se recostó sobre ella, uniendo pecho con pecho. Lentamente, entró en ella, invadiendo su cuerpo hasta alcanzar la profundidad máxima. Samara soltó un fuerte y ahogado gemido de placer.

El sonido resonó por la habitación, y los soldados en los alrededores reconocieron lo que sucedía. Se alejaron en silencio, otorgando la privacidad requerida. Asur, con una nueva destreza, comenzó a mover sus caderas siguiendo un ritmo particular: dos embestidas suaves, casi apasionadas, seguidas de una salvaje y bestial.

El ritmo era inusual, pero increíblemente efectivo. Samara gemía de placer, su cuerpo se retorcía. La sensación era novedosa y abrumadora. La forma en que Asur se movía le recordaba al estilo de combate de los espadachines, dos golpes suaves seguidos de uno fuerte, diseñado para desarmar y someter. Cada embestida provocaba una ola de placer que la hacía temblar. El ardor de la piel de Asur y el contraste entre la furia y la ternura en sus movimientos la llevaron a un estado de éxtasis.

Para Asur, estar en esa posición, subyugándola de una manera en la que ambos disfrutaban, era la prueba definitiva del poder que estaba alcanzando. Ella era su trofeo, un símbolo de su gloria y el presagio de todo lo que podía llegar a conseguir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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