Emperador De Reyes : La Gloria de una Bestia - Capítulo 44
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Capítulo 44: Noche Oscura
La tranquilidad de la noche se hizo añicos, reemplazada por el estruendo metálico de espadas contra escudos. Lo que debía ser una captura rutinaria se convirtió en un duelo caótico. Los dos espías, a pesar de sus espadas cortas, eran asombrosamente rápidos. Sus ataques eran como picotazos de un ave, veloces y directos, sin dar a Asur y Samara espacio para respirar o responder. Se movían en una danza mortal, desviando las lanzas con hábiles cortes a la madera.
Asur y Samara se vieron forzados a una postura defensiva, usando sus escudos para desviar los ataques y retrocediendo cada vez que la distancia se acortaba. Después de unos momentos, cada duelo encontró su ritmo. Samara cambió a la ofensiva. Sus ataques eran potentes y agresivos, buscando las piernas y brazos de su oponente. El espía los esquivaba con la habilidad de un veterano. Samara, golpeando por encima del escudo, se desplazaba hacia la izquierda, intentando exponer a su oponente a la oscuridad donde se ocultaban sus camaradas. Pero el espía, astuto y con gran experiencia, se desplazaba hacia la derecha, manteniendo siempre su espalda protegida y de frente a Samara.
Mientras tanto, Asur se mantenía a la defensiva. Sus estocadas eran desviadas con facilidad por el espía, quien aprovechaba cada oportunidad para intentar cortar sus brazos y piernas. Para Asur, era obvio que su oponente solo estaba jugando con él. El espía no le permitía moverse a los lados, demostrando una velocidad superior. Dejaba que Asur atacara, solo para aprovechar la apertura y contraatacar. Asur sabía que ese espía tenía el control del duelo, era muy superior a los enemigos que había enfrentado antes, y eso lo irritaba.
Samara notó que su oponente no se exponía como ella buscaba. Pensó que tal vez el espía sabía de la presencia de sus compañeras. Ató las pistas sobre la habilidad y la perspicacia de los enemigos, deduciendo que no eran simples espías, sino guerreros de élite.
Asur, frustrado, atacó con más ferocidad, apuntando al cuello y a la cabeza. Sus músculos se sentían agotados, mientras que su oponente permanecía tan relajado como si estuviera paseando. De repente, Asur intentó una estocada al pecho de su oponente. El espía se movió con una velocidad cegadora. Asur apenas tuvo tiempo de reaccionar, levantando su escudo para bloquear el potente golpe que lo hizo caer. El costado de su cadera golpeó el suelo, y el impacto le provocó un dolor agudo al chocar contra el amuleto que traía colgado.
Asur se arrancó el amuleto y lo arrojó a un lado. Se preparó para defenderse desde el suelo, pero su oponente ya no le prestaba atención. El espía miraba con furia el lugar donde el amuleto había caído.
—¡Blasfemo! ¡Irrespetuoso! —le gritó el espía a Asur.
Se arrodilló, tomó el amuleto, y al ver que estaba agrietado, su rostro se llenó de ira. Miró a Asur, que ya estaba de pie, y le escupió en la cara.
—¡¿Cómo te atreves a tratar así a los dioses?!
El espía se levantó y atacó. Asur arrojó su lanza y desenfundó su espada. El espía, con un movimiento rápido, cortó el costado derecho de Asur, en el pecho, haciéndolo retroceder por el dolor. Luego, lanzó una puñalada que Asur bloqueó con su escudo, pero la fuerza del impacto lo agrietó y lo hizo caer una vez más.
El espía estaba a punto de acabar con Asur, pero en ese momento, una piedra rozó su cráneo y cayó aturdido. En su furia, se había olvidado de la oscuridad del bosque, donde estaban las camaradas de Asur. Asur aprovechó la oportunidad para, con la poca fuerza que le quedaba, cortarle dos dedos de su mano. El espía gritó de dolor, llamando la atención de su camarada que, hasta entonces, luchaba de forma pareja con Samara.
Samara aprovechó el momento. Su lanza rozó el rostro del espía, y le perforó un ojo. Luego, realizó una estocada que el espía, distraído, desvió incorrectamente hacia su pierna. Samara enterró su lanza en el muslo del espía y la giró. El espía, aturdido, le cortó la muñeca a Samara muy cerca de la mano. Con un último movimiento, intentó apuñalarla en el pecho. Samara se deslizó hacia un lado, y la espada apenas se deslizó sobre su armadura, pero la hizo caer al suelo. El espía, finalmente, sucumbió a sus heridas y se desmayó.
Las dos camaradas de Asur y Samara salieron de sus escondites. Se acercaron a Asur, que estaba apoyado contra un árbol con sangre en el brazo, y a Samara, que se levantaba y envolvía un trozo de tela en su muñeca. A sus pies yacía el espía de Asur, aturdido por la pedrada y desangrándose por los dedos cortados, y el de Samara, inconsciente, con una lanza en el muslo.
Samara las vio. —Revisen el brazo de Asur —les ordenó.
Ellas lo hicieron, y le preguntaron a Asur si estaba bien. Él no respondió. Su mirada de ira y cansancio estaba fija en su oponente, que aún con los dedos mutilados, sostenía con fuerza el amuleto contra su pecho.
Samara se acercó a Asur y le preguntó si estaba bien. Asur, en lugar de responder, le dijo: —Debemos regresar a la aldea.
Samara asintió. Miró a sus dos camaradas, que ya habían desarmado a los espías. —Una de ustedes, vaya por más soldados que los ayuden a cargar a los espías.
La soldado obedeció, corriendo por el sendero.
Más tarde, Asur y Samara llegaron a la aldea. En la entrada, la oficial Senek los esperaba con más soldados y el rostro visiblemente inconforme. Antes de llegar, Asur le dijo a Samara: —Debes decir que el plan fue tuyo y que yo solo te seguí.
Samara lo miró extrañada. —¿Temes ser castigado por Senek?
—Soportaría cualquier castigo. Pero quiero comprobar algo sobre ella —respondió Asur.
Finalmente, llegaron a la aldea. Senek se acercó a Asur con los puños cerrados y el rostro lleno de molestia. —¿Qué es lo que intentas? ¿Por qué siempre tienes que actuar por tu cuenta?
Asur, fingiendo ignorancia, respondió: —No sé de qué me acusa, oficial. Yo solo obedecía órdenes.
Senek no parecía entender. Samara intervino, asegurando que ella había planeado la captura de los espías. Senek la miró con incredulidad, luego a Asur, y finalmente a Samara, como si esperara una explicación.
—Yo pensé en capturar a los espías, oficial. Creía que teníamos el factor sorpresa de nuestro lado y estaba convencida de que podíamos hacerlo —explicó Samara.
—¿Y por qué llevaste a Asur contigo?
—Es un soldado hábil en comparación con los demás de nuestra patrulla. Me pareció una buena opción.
Senek sospechó. —El vigía que me contó sobre los espías dijo que Asur lo había enviado.
—Yo cumplí con mi deber de informar a mis superiores, usted como mi oficial de escuadrón, y Samara como mi líder de patrulla —interrumpió Asur—. Fue ahí cuando Samara me ordenó ir a capturar a los espías.
Samara aceptó su papel en la mentira. —Tomé una decisión imprudente y peligrosa, por lo que estoy dispuesta a recibir el castigo merecido.
Senek miró el estado de Samara, su herida en la muñeca y las cortadas en su rostro. Luego la herida en el brazo de Asur y la abertura en la armadura de su pecho. Con un tono tranquilo, dijo: —Está bien. Por esta vez lo dejaré pasar. Además, gracias a la iniciativa de Samara, ahora tenemos a dos espías capturados.
Senek se volteó hacia los demás soldados. —Lleven a los prisioneros a una de las casas abandonadas. Vigílenlos y atiendan sus heridas. Serán interrogados en la mañana.
Los soldados obedecieron, llevándose a los espías. Los camaradas de la patrulla se acercaron a Asur y Samara, curiosos.
—¿Qué pasó? ¿Por qué Asur dijo que Samara tuvo la idea?
Samara les contó cómo fue el duelo. Asur, por su parte, dijo que solo quería comprobar algo sobre Senek. —Debo ir a que me revisen el brazo, y Samara su muñeca —dijo.
Se fueron, dejando a sus camaradas solos a hacer el resto de la guardia.
La curiosidad de Asur lo consumía. Desviándose del camino a la enfermería, siguió a los soldados que llevaban a los espías. Samara, al verlo, lo siguió. —¿Qué estás haciendo? —le preguntó en voz baja.
—Quiero interrogar a los espías —respondió Asur, mientras ambos se movían entre las sombras.
—Lo haremos mañana.
—Senek lo hará mañana, y dudo que me deje ser parte del interrogatorio. Además, me parece poco práctico.
—¿Por qué?
—Si hay espías, debe haber un ejército cerca —dijo Asur, mirándola—. ¿No pensaste en eso? Al igual que Senek, parece.
Samara se dio cuenta de que tenía razón y lo siguió en silencio. Al llegar a la casa donde encerraban a los espías, se escondieron en las sombras. Vieron cómo Senek y los médicos ingresaban.
—Debemos esperar a que Senek se vaya —dijo Samara—. No nos dejará entrar.
Asur asintió, pensando que podrían convencer a los soldados que vigilaban la casa, ya que muchos de ellos lo admiraban.
Mientras esperaban, Samara se movió para tener una mejor vista. Se inclinó, apoyando sus caderas contra Asur. Él se dio cuenta de su figura y, recordando que ese día no habían tenido uno de sus encuentros, se excitó de inmediato. Se agachó, la tomó de las caderas y, con su miembro ya erecto, se frotó contra ella.
Samara sintió el agarre. Reconoció sus intenciones, pero en lugar de responder, intentó seguir la conversación.
—¿Qué haremos para que los espías hablen? —preguntó, moviéndose un poco, intentando quitar las manos de Asur.
Él no se detuvo, ignorando su negativa. Con un movimiento rápido, la penetró y ella quedó boquiabierta. No podía creer que Asur la hubiera tomado ignorando su negativa. La confusión se convirtió en una molestia furiosa que usó para contener los gemidos. Su cuerpo la estaba traicionando, liberando sus fluidos y erizando su piel.
Con una rápida serie de embestidas, Asur terminó. Salió de ella, se acomodó la ropa, y con una sonrisa, tocó el hombro de Samara, como si quisiera decirle que lo había disfrutado.
Samara, en un rápido movimiento, lo sujetó de su brazo herido, haciendo que sangrara de nuevo. Empuñó su lanza y la acercó al cuello de Asur. Lo empujó contra la pared.
—Yo no soy un objeto. No soy algo que puedas tomar libremente —dijo con voz firme.
Un poco confuso por el arrebato y la agresividad de Samara, él le preguntó: —Si tanto te molestó, ¿por qué me dejaste continuar?
—Puede que seas inteligente, pero aún eres un muchacho. Te falta mucho por aprender y yo entiendo eso.
Lo miró con una mezcla de lástima y vergüenza, aunque más por ella que por él.
—Lo que acabas de hacerme, es una violación de mi voluntad. Si vuelves a hacer eso conmigo o con cualquier otra mujer… —advirtió Samara, bajando la lanza hasta los genitales de Asur—. Yo aplicaré la ley contra los violadores.
Asur pensó por un instante. Asintió con seriedad, y le prometió que no volvería a pasar.
—Recuerda siempre tomar en cuenta lo que quieren los demás. De lo contrario, tu categoría pasará de héroe… a escoria —concluyó Samara. Lo soltó, se movió a un lado y se limpió su feminidad con un pedazo de tela.
Asur la miró por un instante, curioso por su actitud, hasta que recordó su objetivo de esa noche. Miró hacia la casa, donde vio a Senek y a los médicos irse. Ahora, solo los soldados vigilaban a los prisioneros. —Es el momento de entrar —le dijo a Samara.
Aún molesta por lo ocurrido, Samara se fue del lugar sin decir una palabra. Asur entendió que realmente la había molestado y tendría que hacer esto solo. Pensó que tal vez era lo mejor.
Salió de las sombras y caminó hacia los soldados. Ellos lo reconocieron de inmediato. Uno de ellos dio unos pasos al frente.
—Los médicos se fueron por allá —le dijo, señalando la dirección.
—No estoy aquí por eso —contestó Asur.
El soldado miró su brazo, del que escurrían gotas de sangre. —¿Estás seguro? Tu herida se ve un poco profunda.
Asur notó su mirada. Se rio con una sonrisa amigable. —Agradezco tu preocupación, pero mi herida no es profunda. Solo está sangrando por un mal movimiento que hice.
El soldado asintió, aún sin estar del todo convencido.
—Entonces, ¿qué haces aquí? —preguntó.
—Quiero interrogar a los espías —explicó Asur.
—La oficial Senek lo hará por la mañana.
—¿Por qué esperar? Es mejor hacerlo ahora.
Los soldados que escuchaban la conversación aclararon que eran órdenes de la oficial y que no querían problemas. Asur pensó por un momento. —Tal vez Senek no entiende la gravedad del asunto.
Los soldados se sorprendieron por la directa acusación de Asur. Él les explicó que, si hay espías tan cerca de la aldea, es porque un ejército enemigo podría estar cerca. Esperar hasta mañana para saberlo, podría ser una mala decisión.
Los soldados parecieron comprender la lógica de Asur. Él fingió preocupación. —Tal vez estoy siendo muy paranoico. Quizás esos espías son solo unos de los tantos que hay en la provincia.
De esa forma, Asur implantó el temor en los soldados. Ya convencidos por sus palabras, le dijeron que podía entrar, pero que fuera rápido. Asur prometió asumir la responsabilidad si Senek se enteraba.
La luna proyectaba su fría luz sobre la habitación, iluminando un rincón donde uno de los espías se sentaba en el suelo. Sus manos sujetaban con fuerza el amuleto agrietado, y una de ellas estaba vendada. En el otro rincón, su compañero convaleciente yacía temblando, su respiración lenta e irregular.
Asur los analizó, sus ojos dorados recorriendo la escena. El espía religioso lo reconoció de inmediato.
—Serás castigado por la diosa por dañar su amuleto —escupió.
Asur sonrió burlonamente.
—Si alguien ha insultado a la diosa, ese eres tú —respondió, su voz tranquila y segura.
—Tú dañaste y tiraste su amuleto.
—Y tú le negaste a la diosa lo que más deseaba.
—Yo nunca haría tal cosa.
Asur hizo memoria, recordando todo lo que sabía sobre la diosa. Le recordó al espía que la diosa Guerra valora la sangre del enemigo por sobre todas las cosas, y que todo soldado devoto debe hacer que la sangre de sus enemigos corra para complacerla.
—Yo ya sabía eso —respondió el espía.
—Entonces explícame esto —dijo Asur, recordándole el duelo—. Tú tenías el control, me tiraste al suelo, pudiste matarme… pero en lugar de eso, priorizaste un simple amuleto.
El espía tartamudeó:
—Era… era el amuleto de la diosa.
—¿Qué valora más la diosa? —preguntó Asur, su voz implacable—. ¿Un amuleto o la sangre derramada en su honor? Pudiste haberme matado y luego recoger el amuleto. Sin duda la diosa perdonaría la grieta si hubiera recibido a cambio la sangre de un joven soldado.
El soldado absorbió la lógica de Asur. Dejó caer el amuleto de sus manos y se llevó las manos a la cabeza. Asur vio el amuleto caer y una risa burlona se escapó de sus labios.
—Sigues insultando a la diosa —dijo, la risa aún en su voz.
—¿Qué? —preguntó el espía, confundido y asustado.
—Cualquier oportunidad que tenías de ser perdonado, la perdiste cuando soltaste ese amuleto —explicó Asur.
En ese momento, el espía convaleciente comenzó a convulsionar y a vomitar. El espía religioso lo tomó como una señal de la ira de la diosa, un castigo que caía sobre su amigo. Con angustia, se disculpó con su amigo, culpándose por la situación. Levantó el amuleto, lo besó, y le rogó clemencia a la diosa.
Asur miró el estado del convaleciente con total indiferencia. Pero la desesperación del religioso no le pasó desapercibida. Decidió aprovechar la situación.
Se acercó al espía convaleciente con una sonrisa curiosa. Se agachó, deshizo el vendaje de los médicos, y una vez que la herida quedó expuesta, enterró dos de sus dedos en ella, haciendo círculos en la carne. El espía abrió un poco los ojos, soltando sonidos ahogados, tratando de gritar. Asur lo miró con una sonrisa, con la misma curiosidad con la que podría estudiar a un insecto.
El religioso no se dio cuenta de lo que pasaba, sumergido en sus peticiones de clemencia. Asur lo miró. —Es una lástima. Tu amigo morirá aquí mismo —dijo con un tono sarcástico.
El religioso lo miró con ojos llorosos y temerosos. —Aún más triste es pensar que no tendrá un defensor durante el juicio de Justo —continuó Asur.
—¿A qué te refieres? —preguntó el religioso.
—La diosa Guerra no defenderá a un soldado que muere por enfermedad y no en batalla —respondió Asur con calma, aún con los dedos dentro de la herida del otro espía.
El religioso lo miró con incredulidad. —Te equivocas. Si mi amigo muere, será por las heridas que le causó esa guerrera. Será una muerte por combate.
—Las heridas causaron la fiebre —dijo Asur, sin quitar la sonrisa de su rostro—, pero será la fiebre lo que lo matará.
—Eso no tiene sentido. Su muerte sería por las heridas.
Asur fingió pensar. —Es como la picadura de una serpiente. No mueres por los colmillos, ni por los agujeros que dejan. Mueres por el veneno.
El religioso se frotó la cabeza, confundido, asustado y nervioso. Asur vio su desesperación. Era el momento de obtener lo que buscaba.
Sacó una de las dagas del primer espía, la colocó sobre el cuello del convaleciente. —Puedo darle a tu amigo una muerte digna, a manos de un enemigo —propuso.
Con un profundo desconcierto, el espía religioso miró a Asur, que esperaba su respuesta. Asur, percibiendo su vacilación, le explicó que su amigo, de cualquier forma, moriría. Sin embargo, si su muerte era a manos de un enemigo en combate, la diosa Guerra lo aceptaría.
El espía tomó su amuleto. —No puedo hablar. Sería castigado por traición a mi ejército —dijo.
Asur fingió sorpresa. —Es increíble cómo te esfuerzas por menospreciar a la diosa.
El religioso lo miró con miedo, sin entender.
—¿Cómo es posible que temas más a los hombres que a la diosa? —añadió Asur en tono burlón—. Tu castigo será muy severo.
El espía se golpeó la cara, culpándose por su estupidez. Asur se divirtió con la escena. Tras un momento, decidió volver al punto. —¿Ya decidiste sobre tu amigo o lo dejarás a su suerte en el más allá?
El religioso, abatido, aceptó. Asur le pidió todos los detalles del ejército rebelde: qué tan cerca estaban, cuántos eran, qué unidades tenían, y cuáles eran sus planes. El espía, mientras tanto, le contó todo lo que sabía, con Asur escuchando atentamente, la daga cerca del cuello del convaleciente.
Finalmente, el espía terminó su relato. Asur, emocionado por lo que iba a pasar, se levantó con una sonrisa y guardó su daga. —¿A dónde vas? —le preguntó el religioso, con los ojos llenos de lágrimas. Asur no contestó, y se dirigió a la puerta. El espía le volvió a gritar.
Asur se detuvo, volteó a mirarlo y le dijo que no podía matarlo, ya que su oficial al mando tenía que interrogarlos a ambos. El espía se confundió, diciendo que su amigo moriría pronto por la fiebre, que no podía dejarlo así. Asur, dándole la espalda, se fue al decir: —Que la diosa lo proteja.
El religioso se quedó de rodillas, tomando la mano de su amigo, quien estaba a punto de dar su último suspiro.
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