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Emperador De Reyes : La Gloria de una Bestia - Capítulo 52

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Capítulo 52: Cadenas de Bronce

La noche era fría y húmeda. La luna estaba cubierta por nubes que anunciaban un aguacero. En una tienda simple, recién levantada en el campamento, los sonidos de pieles chocando y jadeos acompañaban el coro de las ranas y los búhos del exterior en una sincronía casi perfecta.

En el interior, Asur yacía sobre Samara, acostados sobre una cama improvisada de paja cubierta por una capa de cuero. Sus cuerpos desnudos se entrelazaban por brazos y piernas, frotándose torso y caderas. Ambos movían sus caderas hacia el otro, provocando que el resonar del impacto pareciera una serie de golpes. Sus movimientos se aceleraron hasta sus límites, llegando al clímax al unísono. Él descargó hasta la última gota de su flujo en ella.

Se quedaron por un instante enredados como la maleza, empapados en sudor y recuperando el aliento. Un momento después, Asur se quitó de encima y se recostó a su lado. Ambos miraron el telar de la tienda que los cubría de la luna.

Samara rompió el silencio. Se rio mientras sus manos bajaban a su vagina. Le dijo: —Deberías dejar de hacer eso.

Aún mirando hacia arriba, Asur preguntó: —¿A qué te refieres?

Samara llevó dos de sus dedos desde su vagina hasta la mejilla de Asur y lo manchó con el flujo que escurría. Dijo con una sonrisa: —Me refiero a eso.

Asur se rio y empezó a limpiarse el rostro. Samara, con tono juguetón, le advirtió: —Aunque yo sea mayor, sigo siendo una mujer fértil. No creo que estés preparado para esa responsabilidad.

Asur asintió. Dijo: —No había pensado en eso. En verdad sería un problema incapacitar así a una gran guerrera.

Samara suspiró mientras continuaba limpiando su vagina. Ambos quedaron en un silencio tenue, acompañado por el sonido de las ranas y lechuzas del exterior. Samara terminó, se sentó a un lado de Asur y empezó a mirarlo mientras este yacía acostado tranquilamente, a punto de sucumbir al sueño.

La mente de Samara se llenó de preguntas. En sus años de experiencia, ella había visto todo tipo de cosas en las batallas: muerte, mutilación y desangramiento. Pero todo eran consecuencias directas del combate, actos que de alguna forma podían ser considerados daño colateral. Sin embargo, nunca había visto algo como lo que presenció en Bura. El acto premeditado de amputar partes y exhibir cadáveres como en una carnicería era, para ella, algo que iba más allá del deber militar. Lo peor era saber que todo fue hecho y ordenado por aquel joven que en ese momento descansaba sin ninguna señal de remordimiento o trauma, mientras a ella le había costado conciliar el sueño en las últimas noches, debido al recuerdo de los cuerpos colgados y las voces de los jóvenes pidiendo clemencia.

Asur sintió la mirada de Samara y preguntó: —¿Qué pasa? ¿Quieres decirme algo?

Samara se acostó a su lado, giró hacia él y preguntó: —¿Recuerdas la masacre en Bura?

Asur, con tono apacible, respondió: —Sí.

Samara esperó algo más de él, pero al no obtener nada, preguntó: —¿Es que no te afecta recordarlo?

Asur, curioso, preguntó: —¿Por qué debería afectarme?

Samara, sorprendida y un poco indignada, replicó: —¡Porque fue una carnicería! ¡Algo salvaje que solo se escucha en los cuentos de terror para niños!

Asur notó en ella algún tipo de aparente trauma y, con una sonrisa irónica, preguntó: —Y a ti, ¿por qué te afecta si eres una guerrera experimentada?

Samara respondió: —Aun así, esa fue la primera vez que vi algo de ese estilo.

—¿A qué estilo te refieres? —preguntó Asur.

Samara respondió una vez más: —Me refiero a la barbarie de mutilar cadáveres y exhibirlos como si fueran animales o como si sus memorias no importasen.

Asur se confundió. Preguntó: —¿Por qué te preocupa eso? ¿Acaso no sabes dónde estamos o lo que estamos haciendo?

Samara, alterada, preguntó: —¿Qué es lo que tú crees que estamos haciendo?

Asur, con simpleza, respondió: —Guerra.

Samara lo miró, intentando entenderlo. Asur notó la confusión, soltó una risa leve y explicó: —Estamos en la guerra, algo donde la gente va a matar o morir, a perder miembros o amputarlos, a herir o ser heridos. ¿Cómo es que tú, siendo tan experimentada, aún no sabes eso?

Samara contestó: —Eso no es totalmente así. La guerra tiene un propósito, un fin más allá de solo matarse. Es la búsqueda de un objetivo, la defensa de un ideal o creencia.

Asur frunció el ceño al no entender por qué Samara pensaba así. Suspiró un momento y le preguntó: —¿Cómo llegaste a esa conclusión, o es que alguien te lo dijo?

Samara se levantó y empezó a vestirse. Respondió: —Es algo que todo el mundo sabe.

Asur solo replicó: —¿Todo el mundo? —preguntándose a sí mismo la verdad de esa afirmación.

De la nada, un ruido desde afuera los alertó a ambos. Una voz masculina y rasposa se dejó oír llamando el nombre de Asur.

Samara, ya vestida, salió de la tienda. Vio a unos pasos la figura corpulenta de Karrion parado junto a un grupo de ocho soldados, todos ellos con el aire áspero de los matones. Samara pensó en quedarse. Sin embargo, al ver que todos los soldados del escuadrón empezaban a levantarse bajo sus toldos, supo que Asur estaría seguro y se marchó en silencio hacia la oscuridad del campamento.

Karrion la vio irse y continuó con su llamado.

—¡Asur! ¡Muchacho!

Dagon, que estaba en uno de los toldos, se levantó de un salto y se acercó a los visitantes.

—¿Qué buscan aquí? —preguntó Dagon, con la voz áspera por el sueño interrumpido.

Viret, notando el tono agresivo del joven, replicó: —Baja el tono de tu voz. No sabes con quién te metes.

—Y ustedes no saben dónde se meten —respondió Dagon sin una pizca de miedo.

Karrion y sus hombres sintieron las miradas fijas de todos los soldados a su alrededor, quienes observaban la escena desde sus toldos.

—Solo queremos conversar algo con Asur, nada más —dijo Karrion, adelantándose un paso hacia Dagon.

—¿Por eso enviaste a tus hombres a vigilarnos en los últimos días? —inquirió Dagon con tono agresivo.

Antes de que Karrion respondiera, Asur salió de su tienda vestido únicamente con la túnica gris. Con una actitud relajada, se acercó a los visitantes.

—Eres la última persona que esperaba ver aquí, Karrion.

Karrion lo miró. Supo que la actitud serena y esa túnica eran la forma de pavonearse de Asur.

—Estoy buscando hacer negocios —dijo Karrion.

Asur hizo un gesto de curiosidad y sorpresa. —¿Qué negocios podríamos hacer tú y yo?

Karrion miró hacia todos lados. Sus ojos se detuvieron en los soldados que seguían observando. —Es algo un poco privado.

Asur miró a los soldados sentados o acostados. —Pasa, pero solo tú.

—¿Crees que es una buena idea, Asur? —intercedió Dagon con el ceño fruncido.

—No pasa nada —respondió Asur con una sonrisa tensa—. Karrion es un viejo socio.

Asur entró en la tienda. Karrion lo siguió.

Adentro, Asur lo miró de frente. —¿Cuál es el negocio?

Karrion miró la pequeña tienda, solo una cama improvisada y una carreta con las ganancias del botín. Pero, aún más impresionante, fijó su mirada en la enorme armadura de bronce.

—Es la armadura de un gigante que mi escuadrón enfrentó en Bura —dijo Asur, notando su mirada.

—Ya lo sé —asintió Karrion con seriedad—. Y es eso precisamente lo que busco.

—Lastimosamente, eso es mío —replicó Asur con tono sarcástico.

Karrion sonrió apenas. —Por eso estoy aquí, muchacho, queriendo hacer negocios contigo. —Explicó, bajando el tono de voz—. Tengo un par de contactos entre los oficiales y los jefes de herreros del campamento.

Asur empezó a entender lo que Karrion quería. —¿Entonces el negocio es fundir la armadura?

—Es lo único que puedes hacer si quieres alguna ganancia de eso —contestó Karrion. Se acercó a la armadura del gigante e intentó levantarla, pero era demasiado pesada. Explicó: —Una armadura de bronce completa para un hombre normal vale hasta setenta monedas de oro, pero una de ese peso y tamaño debe valer hasta ciento cincuenta monedas.

—Ya había llegado a esa conclusión —asintió Asur.

—¿Cuál era tu plan para esa armadura? —preguntó Karrion con sorna—. No hay nadie en el campamento que pueda comprarla.

—Hay una persona —respondió Asur con una sonrisa pícara.

Karrion se rio al saber a quién se refería. —No creo que seas tan loco como para ofrecer algo saqueado de un muerto a tu propio Coronel Superior.

—He hecho cosas más peligrosas —respondió Asur con seguridad.

Karrion calmó su risa y volvió a mirar la armadura. —Puedes intentarlo, pues al final es tu botín. Pero mi oferta siempre estará en pie.

—Dame más detalles sobre tu oferta —pidió Asur.

Karrion dijo que la armadura no servía a nadie como equipo, pero como bronce, era un tesoro de al menos cuarenta kilos.

—Eso puede ser bien vendido en piezas menores a los propios oficiales o a los mercaderes que pasan cerca del campamento —explicó Karrion, asegurando que un kilo de bronce podía venderse hasta en treinta monedas de plata.

—¿Por qué necesitaría tu ayuda? —preguntó Asur—. Podría hacerlo yo solo, pagando una comisión a los herreros.

—Podrías hacerlo —dijo Karrion con astucia—. Pero ¿qué harías después con las piezas de bronce? ¿A quién se las venderías?

Karrion vio el rostro de Asur sabiendo que este ya había comprendido. —Conozco nobles y oficiales que podrían querer el bronce para mejorar sus armaduras o adornarlas. Solo pido una comisión a cambio de mis contactos.

—Lo pensaré —respondió Asur.

Karrion asintió, miró una vez más la armadura y se dispuso a marcharse.

—Detente —lo detuvo Asur—. ¿Es alguna especie de trampa por el incidente anterior?

Karrion negó. Su rostro se volvió completamente serio. —A veces, cuando los intereses se alinean, los rencores deben quedar atrás.

A la mañana siguiente, Asur se presentó en la tienda de Gilgag acompañado por cinco de sus camaradas de escuadrón, quienes cargaban una carreta cubierta por una manta. El guardia de la entrada autorizó el ingreso de Asur, quien entró solo.

En el interior, Gilgag estaba en el suelo con el torso desnudo y sudoroso, terminando una serie de flexiones. Asur inclinó la cabeza.

—Mi Superior —dijo.

Gilgag terminó, se levantó. Su imponente figura, que intimidaría a cualquiera, apenas causó reacción en Asur. Gilgag empezó a secarse con una tela.

—¿Qué haces aquí? —preguntó.

—Quiero hablar sobre un negocio —dijo Asur, yendo directo al grano.

Gilgag se sorprendió al escucharlo. Lo miró con curiosidad. —Eres muy atrevido al venir con tu superior por algo así.

—Era mi única opción dentro del campamento —replicó Asur.

Gilgag miró por la entrada la carreta de afuera. —Ahora siento curiosidad por el producto. Enséñamelo.

Asur abrió la entrada de la tienda. Les pidió a sus camaradas que trajeran la armadura y tres de ellos entraron cargándola. Los guardias de Gilgag entraron también.

—Retírense —ordenó Gilgag, y todos se marcharon.

La armadura fue dejada sobre una mesa en un rincón. Gilgag se acercó a ella y la examinó con la mano.

—¿Cómo te atreves a intentar vender algo saqueado a tu propio líder de ejército? —preguntó.

—La armadura es del tamaño y peso para alguien como usted —respondió Asur con seguridad.

Gilgag levantó la armadura con aparente facilidad y empezó a equipársela. Asur vio cómo la armadura se ajustaba a Gilgag, aunque en la parte del abdomen parecía sobrar, recordando que el gigante en Bura había sido más obeso que fornido. Al terminar de ponérsela, Gilgag volteó hacia Asur.

—¿Es de su agrado? —preguntó Gilgag, haciendo sonar el metal—. ¿Parece una verdadera “máquina de guerra”?

—Ciertamente se ve como una fuerza imparable —respondió Asur sin comprender.

Gilgag se dio cuenta de la falta de entendimiento de Asur, sonrió ante esto. Se dirigió a otra mesa, aún con la armadura puesta, recogió dos copas y sirvió vino en ellas. Bebió un sorbo y miró a Asur.

—Comprendo que por tu pasado de esclavo no hayas tenido mucho tiempo de escuchar rumores e historias.

Asur comprendió que trataba de decirle algo importante y se mantuvo en silencio. Gilgag le señaló la otra copa para que la tomara. Asur se acercó y recogió la copa mientras Gilgag continuaba hablando.

—Entregar u ofrecer un arma, carro o armadura de bronce a un gigante es visto por la sociedad como una muestra de respeto y reconocimiento —dijo Gilgag, bebiendo un sorbo—. Pero no para el gigante… sino para la Diosa.

Miró a Asur, quien solo sostenía la copa sin beber, y se acercó unos pasos. Su imponente figura creó una sombra oscura sobre Asur. Lo miró a los ojos y comenzó a inclinarse hacia él.

—Yo veo las armaduras de bronce de otra forma. No son una muestra de respeto, son unas cadenas —aseguró, alzando la voz y dando un par de golpes fuertes a la coraza sobre su pecho.

Sin una pizca de miedo, con Gilgag frente a frente levemente inclinado sobre él, Asur tomó el primer sorbo del vino, reaccionando más a la acidez en su garganta que a la intimidación de Gilgag. Gilgag notó esto y no pudo hacer más que reír con carcajadas graves, casi fingidas, por la curiosidad.

Gilgag caminó hacia la otra mesa, quitándose la armadura mientras hablaba.

—No puedo aceptarla. Si no te has dado cuenta, soy alguien que prefiere usar las armaduras de cuero.

En ese momento, Asur notó la armadura de cuero de Gilgag, puesta en un muñeco de entrenamiento detrás de la silla.

Gilgag explicó que, a diferencia de otros gigantes, él no solo era una masa de músculos que peleaba usando la fuerza bruta. Miró a Asur, quien lo miraba muy concentrado.

—Mi maestro, el rey Musem, me entrenó para usar técnicas en batalla —dijo Gilgag—. Y a pesar de mi fuerza y tamaño, prefiero ser ágil y rápido. Por eso uso una armadura de cuero en lugar de una de bronce, que podría comprar o mandar a hacer si quisiera.

—¿Es eso un no? —preguntó Asur.

—Sí —asintió Gilgag—. Será mejor que esperes a encontrar algún mercader que esté de paso y quiera comprarlo.

Asur dejó la copa a un lado y pidió permiso para que entraran sus camaradas. Gilgag asintió y Asur llamó para que se llevaran la armadura.

Antes de que Asur se fuera, un mensajero pidió entrar. Gilgag lo dejó pasar, y mientras Asur se alejaba, escuchó que el mensajero anunciaba:

—El Comandante Supremo Murem convoca a los líderes a una reunión.

Asur escuchó esto, deteniéndose por un segundo, pero tuvo que alejarse por las miradas de los guardias.

Esa misma tarde, Asur buscó a Karrion y aceptó la propuesta.

La armadura del gigante, con un peso de cincuenta y tres kilos de bronce, fue desmantelada. Karrion se encargó de contactar a un herrero de dudosa reputación, quien se llevó la coraza en piezas, recibiendo tres kilos de bronce en pago por sus servicios de fundición.

Bajo la tutela indirecta de Karrion, Asur recibió una clase acelerada de economía de guerra. El criminal le enseñó que, aunque el oro era más valioso, la moneda de plata era el verdadero motor del campamento y generaba menos preguntas.

Con el bronce fundido en lingotes manejables, Karrion comenzó a operar su red. A cambio de sus contactos y su silencio, Karrion recibió una comisión fija de cinco kilos de bronce.

El resto del metal se convirtió en la nueva fuente de riqueza de Asur. Siguiendo las instrucciones de Karrion, Asur contactó con oficiales y soldados de origen noble, aquellos que deseaban mejorar sus equipos sin pasar por los lentos canales oficiales. Cada kilo de bronce se vendía a cinco monedas de plata, un precio justo que garantizaba discreción.

Asur, quien ya había demostrado su habilidad para el saqueo en el frente, ahora probaba su aptitud para los negocios turbios. Aprendía a negociar en susurros y a medir la ambición de los nobles, asegurándose así de que el mercado negro de bronce siguiera activo bajo su control. El joven esclavo había encontrado en Karrion a un maestro, y en el metal saqueado, una forma de convertir la brutalidad de la guerra en poder silencioso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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