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Emperador De Reyes : La Gloria de una Bestia - Capítulo 53

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Capítulo 53: Un Muro en la Ruta

Las incursiones habían fracasado. El campamento de Gilgag languidecía bajo un cielo gris, anunciando que el otoño pronto se rendiría al frío y húmedo invierno. Eran ya casi tres meses desde el inicio de la rebelión y, ante la inactividad, las nuevas órdenes se enfocaban en la disciplina y la preparación. El estratega Muravi había notado el potencial de las hondas, llenando el campamento con el sonido constante de las cuerdas al girar. Por orden de Gilgag, la moral se mantenía alta con mejores raciones de comida, asegurando carne al menos dos veces por semana, un lujo que recordaba a los soldados por qué luchaban. La quietud del campamento era tensa, una falsa paz de entrenamientos y esperas.

El escuadrón de Asur se acopló rápidamente al mando de Ditro, cuya experiencia y mano flexible valoraban el liderazgo donde lo encontraban. Los soldados que habían obtenido espadas de buena calidad en el botín de Bura se agruparon bajo Ditro para perfeccionar el combate con espada. Quienes preferían la lanza seguían bajo la tutela de Samara.

Sin embargo, la tensión se concentraba en Dagon, que entrenaba con una agresividad y nerviosismo que alarmaban a Ditro, un claro signo del trauma no resuelto que había cosechado en el frente. Ditro intentaba templar su furia en la práctica, pero la oscuridad de Dagon se hacía cada vez más evidente.

Asur, con su nuevo estatus de héroe y comerciante, había forjado una rutina para perfeccionar su propia voluntad. Todas las mañanas, visitaba a las cocineras para coquetear con Nanshe, a quien ofrecía su protección a cambio de comidas especiales; ignoraba las ofertas de otras mujeres, pues solo la belleza atemorizada de Nanshe captaba su atención.

Por las tardes, entrenaba sus habilidades, perfeccionando las estocadas y el lanzamiento de jabalina, colándose a veces en los ejercicios de Ditro o Samara, pero prefiriendo la soledad para centrarse en las técnicas que ya conocía.

Por las noches, la guerra se volvía silenciosa y lucrativa. Soldados y oficiales de origen noble buscaban a Asur para adquirir el bronce del gigante. Dagon, ahora conocido como su mano derecha, actuaba como el principal intermediario, guiando discretamente a los compradores hacia Asur. El día a día se había transformado en una rutina de entrenamiento y trueques, una espera calculada para las batallas que se avecinaban.

Las nubes grises, pesadas como láminas de plomo, se habían anclado sobre el campamento, anunciando el aguacero. El croar constante de las ranas en los pantanos cercanos se colaba en la tienda de mando del Príncipe Murem.

La tienda, ricamente teñida de carmesí, olía a madera de cedro y al incienso que el Príncipe usaba para disimular la humedad. En el centro, una mesa de tablones ásperos sostenía el papiro de un mapa.

A un lado, la figura maciza del Coronel Superior Gilgag hacía que el espacio circundante pareciera encogerse. A su lado, el estratega Muravi observaba el mapa con sus manos grandes cruzadas, la impaciencia marcada en el gesto de sus labios.

En el lado opuesto, el Capitán Wilfer, de piel morena y armadura de bronce, mantenía una postura rígida. Su estratega, Sorei, era una mujer obesa, con su armadura de cuero simple, que escuchaba con los ojos fijos en el mapa, su quietud contrastando con la tensión general.

El Comandante Supremo Murem presidía la mesa, su armadura reluciente —impoluta por el combate— captando la luz. Detrás de él, la gobernadora Mirial de Ziza se erigía en silencio. Llevaba un vestido de lino fino y pulseras de la diosa SABÍA, y su postura tranquila ofrecía un contrapunto sereno a la ansiedad del Príncipe.

Murem terminó de relatar los frentes estancados: el incesante choque entre Matmum y Kingo en Egia, el juego de escaramuzas entre Oren y Yem, y el asedio de Pasur contra Tecem en Roya. Todos, puntos muertos.

Se inclinó hacia adelante, la yema de su dedo rozando el borde del papiro.

—Estos son los datos —dijo Murem, su voz sonando más áspera que autoritaria—. ¿Alguien tiene alguna duda?

Los líderes de la mesa procesaban los datos con la gravedad de un oráculo, sus rostros iluminados por la luz parpadeante de las lámparas de aceite.

Fue el estratega Muravi quien rompió la quietud, sus dedos dejando de tamborilear sobre la madera. Inclinó su cabeza hacia el mapa, dirigiéndose a Murem con una voz grave y profesional.

—Comandante, ¿cuál es el estado exacto del frente de Tecem?

Todos los ojos se volvieron hacia Murem. La preocupación era un sabor amargo en el aire, pues ese era el punto más sensible, el frente que, al inicio de la rebelión, había estado a un paso de colapsar. La caída de Tecem significaría una cuña peligrosa cerca de las fuerzas de Murem.

—La situación ha cambiado —respondió Murem, con una sombra de alivio que logró colarse en su voz—. La coronel Serena llegó con refuerzos. Diez mil soldados en apoyo a Tecem. Está realizando constantes ataques de flanqueo cada vez que Pasur asalta la ciudad.

Un murmullo de sorpresa recorrió la mesa. Los líderes intercambiaron miradas de alivio, pero también de curiosidad ante la cifra. Diez mil era una cantidad considerable.

—Diez mil soldados… —El Capitán Wilfer, un hombre que se distinguía por su atención a los protocolos, se mostró visiblemente impresionado—. ¿Cómo es posible que Serena haya reclutado diez mil? Su rango, si no recuerdo mal, solo permite un máximo de nueve mil.

La estratega Sorei se apresuró a intervenir, su voz baja y algo forzada.

—Tal vez, Capitán, está acompañada por otro líder… un capitán, quizá, comandando esos mil soldados adicionales.

Murem interrumpió a Sorei con un gesto firme de su mano.

—No es así. —Su mirada se fijó en Wilfer—. Los diez mil son de Serena, y sigue reclutando activamente.

Un silencio calculador cayó sobre la mesa. El subtexto de la información flotaba como el humo del incienso. Una coronel que excede su máximo de reclutamiento y no es castigada, sino alentada…

Murem y Mirial intercambiaron una mirada rápida, un entendimiento silencioso. Fue Murem quien finalmente cedió la información, con una voz que llevaba el peso de un decreto principesco.

—La coronel Serena fue ascendida a Coronel Superior por el mismo rey —dijo, y Mirial asintió con un gesto apenas perceptible—. Ella tiene permiso para reclutar hasta quince mil soldados.

Todos miraron a Wilfer, quien había sido el catalizador de la pregunta. La ascensión de Serena a Coronel Superior, en medio de la guerra, era una señal política. Wilfer se revolvió en su asiento, incómodo ante el foco de atención, y solo atinó a asentir.

Mirial, percibiendo la incomodidad, intervino con suavidad, cambiando el enfoque.

—¿Son esas todas sus dudas sobre el estado general de los frentes?

Nadie respondió. El tema de Serena era un punto zanjado, y el peligro de Tecem, disipado.

Murem aprovechó el momento y se enderezó en su asiento, su armadura crujiendo ligeramente.

—Bien. Ahora, quiero saber qué tienen para informar.

La mirada inquisitiva de Murem se dirigió directamente al coloso. Gilgag entendió que, aunque la pregunta había sido general, iba dirigida a él, el líder que había orquestado las incursiones fallidas.

—Oficialmente, Comandante Supremo —respondió Gilgag, su voz profunda y resonante llenando el espacio sin esfuerzo—, mis incursiones contra las posiciones rebeldes fueron un fracaso. Perdimos unos dos mil soldados, entre caídos y desertores.

—Eso era predecible —dijo Murem, golpeando la mesa con el puño enguantado. El sonido seco resonó, y la furia contenida alteró su rostro—. Con la poca experiencia de nuestros reclutas, ¿acaso se confió en el resultado de la batalla en el Valle Vacío, Coronel Superior? ¿Por eso cometió algo tan imprudente?

Murem se alteró visiblemente, su postura rígida rompiéndose. La gobernadora Mirial, con una calma instantánea, colocó su mano en el hombro del Príncipe. El gesto fue sutil, pero efectivo, conteniendo la explosión de ira. Luego, dirigió su mirada a Gilgag, con una dulzura que no restaba peso a sus palabras.

—Coronel Superior, le agradezco por pensar en la seguridad de las aldeas de la provincia y por liberar a los aldeanos. No obstante, lo que hizo requería una preparación y una disciplina que, me temo, los soldados de nuestro ejército aún no poseen.

Gilgag asintió una vez, ese gesto un silencioso reconocimiento de su error táctico.

El estratega Muravi intervino, alzando la voz para alejar el foco de su coronel.

—Aunque la tasa de éxito de las incursiones fue baja desde el inicio, nos ayudaron a descubrir algo de importancia crítica, Comandante Supremo.

—¿Y qué fue lo que descubrieron? —preguntó Murem, su tono autoritario aún presente.

—Unos pocos escuadrones lograron tener éxito en sus misiones, tomando aldeas y colinas ocupadas por rebeldes. En respuesta, los rebeldes enviaron a sus propios escuadrones para recuperarlas —explicó Muravi.

—Obviamente —espetó Murem.

—Lo hicieron de una forma excesiva —puntualizó Muravi, ignorando la interrupción—. Atacaron con escuadrones demasiado grandes y unidades especiales de arqueros e infantería de élite. —Muravi posó sus dedos separados sobre el mapa, señalando varias posiciones rebeldes—. En la aldea de Bura, por ejemplo, enviaron un gigante, cien arqueros y cuatrocientos de infantería.

Los presentes se miraron con confusión y una creciente duda. La desproporción era notoria.

—¿Cómo que un gigante y cien arqueros? —El Capitán Wilfer se mostró escéptico, su pregunta capciosa implicaba un posible embellecimiento del informe.

—¡Vaya al grano, Muravi! —ordenó Murem, golpeando la mesa una vez más—. ¿A dónde quiere llegar con esa desproporción?

Muravi no se inmutó. Lentamente, colocó los dedos de su otra mano en el mapa, cerrando los espacios entre sus dedos iniciales.

—Los rebeldes han reforzado exageradamente sus posiciones. Han creado una línea defensiva tan densa, tan compacta, como un muro, que ni nuestros espías pueden atravesar. Comandante Supremo, ¿sabe lo que eso significa?

—Ocultan algo —dijeron Mirial y Murem al unísono.

Las primeras gotas de lluvia comenzaron a golpear la gruesa lona de la tienda, un sonido rápido y suave como rocío que de pronto se intensificó.

Mirial, sin perder la calma, se adelantó para examinar el mapa. Sus ojos claros se posaron en las líneas que marcaban la Ruta del Vino, el camino que serpenteaba desde la frontera noroeste hasta la capital, salpicado de aldeas productoras.

—Esa ruta… —dijo Mirial, su voz resonando con una urgencia inesperada—. Es conocida por su anchura y su espacio despejado, ideal para mover grandes caravanas.

Ella levantó la mirada hacia los líderes, deteniéndose en cada rostro.

—Ese es el camino ideal para mover ejércitos y suministros de forma masiva.

La estratega Sorei asintió con fervor, golpeando suavemente la mesa con un dedo.

—Entonces está claro. Los rebeldes deben estar trayendo una gran cantidad de refuerzos. Por eso no han lanzado ninguna ofensiva, están esperando su llegada.

—Es lo más probable —intervino Muravi, frotándose el mentón. La duda, sin embargo, se dibujó en su rostro—. Pero aún no explica el por qué de tanta seguridad. Si el objetivo es solo esperar refuerzos, ¿por qué esconderlos tras un muro tan denso? Sería mejor mostrarlos. Una columna de miles marchando bajaría nuestra moral al instante.

—Tal vez sean tropas de élite —sugirió Wilfer—. Guerreros con armaduras o escudos de bronce de mejor calidad, que el enemigo desea usar como golpe sorpresa.

Gilgag negó con su cabeza, el gesto moviendo su barba frondosa.

—Sigue siendo igual. Para los rebeldes, el valor de esa moral perdida sería mayor que el factor sorpresa.

—¡Silencio! —ordenó Murem, levantando una mano para detener el debate. El sonido de la lluvia en la lona se hizo más fuerte—. Aunque fueran refuerzos, no podrían ser tantos. No tienen la capacidad de reclutamiento para ello.

—Exacto —concordó Mirial, reforzando la lógica del Príncipe—. Si ya de por sí es complicado reclutar suficientes hombres y mujeres para los leales al rey, sería aún más difícil que la causa rebelde consiguiera tales números.

Sorei alzó la vista, sus ojos oscuros brillando al atisbar una posibilidad que heló el ambiente.

—A menos que… —Se detuvo, tragando saliva—. A menos que hayan contratado ejércitos de otros reinos.

Un silencio helado se apoderó de la sala, un silencio que el sonido persistente de la lluvia no lograba quebrar. Murem, que hasta entonces había estado concentrado en sus propias fuerzas, pensó en algo que no había considerado. El movimiento de los rebeldes hacia el este había dejado el oeste peligrosamente desprotegido ante los ataques de los reinos vecinos. La duda se instaló en su mente, pesada como un yunque. La idea de que los rebeldes hubieran forjado una alianza militar con los reinos del oeste era la única explicación para el tamaño y la seguridad del “muro” defensivo. El miedo a una guerra en dos frentes comenzó a aflorar en su rostro.

Sorei explicó su hipótesis, su voz cautelosa al exponer la conexión.

—Tomando en cuenta los orígenes del príncipe Yem, él no solo es príncipe en Cicim, sino también sobrino materno del rey de Tiriam, al oeste. Él pudo haber usado esa conexión para pedir apoyo militar.

Muravi negó con la cabeza al instante, un gesto rápido de desaprobación.

—Es una posibilidad, pero tanto Yem como sus aliados son demasiado astutos para arriesgarse a meter un ejército extranjero en el reino.

—Muravi tiene razón —corroboró Mirial. Su mano se levantó para acentuar el punto—. Al final de la guerra, gane quien gane, leales o rebeldes, ambos ejércitos estarán completamente exhaustos. Serán presa fácil para cualquier enemigo, y mucho más para uno que ya está dentro de nuestras fronteras. Es un riesgo que nadie tomaría.

—Lo mantendremos como una posibilidad —dijo Murem, deteniendo la conversación con una firmeza recién hallada—. Pero es la más peligrosa para ambos bandos. Por ahora, asumiremos que no es un ejército extranjero. ¿Alguien tiene alguna otra idea de lo que podría ser?

Los líderes permanecieron en silencio. Intentaban adivinar qué tesoro logístico o político podría justificar un muro defensivo tan costoso. Los rostros de los comandantes estaban perdidos y tensos, la lluvia afuera martillando la lona con ritmo constante.

Al observar la parálisis de los hombres, a Mirial le brillaron los ojos. Una idea, peligrosa y radical, se había formado.

—Comandantes, de nada sirve idear hipótesis —dijo, alzando la voz por encima del sonido de la lluvia—. Nuestra única pista es la Ruta del Vino.

Murem la miró, notando la expresión de quien acababa de llegar a una conclusión irrefutable.

—La única forma de tener algo claro es entrando en la Ruta del Vino —declaró Mirial.

—Pero todas las entradas a esa ruta están fuertemente custodiadas —le repitió Muravi, confuso—. Desde los límites de Ziza en el oeste hasta el Valle Vacío.

—¿Y cuántos soldados rebeldes cree que hay en esas posiciones defensivas, Muravi?

El estratega dudó, haciendo un cálculo mental basado en las incursiones fallidas.

—Antes de las incursiones, debían ser unos tres mil a cuatro mil, repartidos en escuadrones pequeños. Pero después… —Muravi pasó de la confusión al asombro por sus propios números—. Después, calculamos que hay como mínimo veinte mil rebeldes repartidos en escuadrones de trescientos a quinientos por aldeas y colinas ocupadas.

Los líderes se quedaron en absoluto shock ante la estimación. La cifra era monstruosa.

Mirial, ignorando el estupor general, dirigió su mirada a Gilgag.

—Coronel Superior, esa es la cifra aproximada de soldados que tiene usted en su ejército, ¿es correcto?

Gilgag asintió con una lentitud pétrea.

—Sin contar a los de servicio y a los heridos, mi campamento cuenta con veintiún mil combatientes.

—¿A dónde quieres llegar, tía? —preguntó Murem, con los ojos bien abiertos.

—A que es momento de retomar las hostilidades —dijo Mirial, con la frialdad de una estratega militar—. No podemos esperar a que los rebeldes reciban a sus refuerzos y decidan cuándo atacar. El próximo objetivo de la campaña debe ser la ocupación total de la Ruta del Vino.

Mirial se dirigió a la mesa con confianza. Explicó que Gilgag debía usar la totalidad de su ejército esta vez, atacando las aldeas y colinas con una fuerza igual o incluso el doble de los escuadrones rebeldes, y que debía incluir a todas sus unidades de élite.

—Pero de nada servirá si los rebeldes siguen enviando refuerzos desde su campamento principal —objetó Gilgag, su voz llena de la lógica de un veterano.

Mirial miró a Murem, empezando a trazar el resto de su plan.

—Esta vez, Coronel Superior, usted no actuará solo.

Murem le devolvió la mirada, sus ojos verdes destellando al comprender sus intenciones.

Mirial señaló la entrada de la tienda que daba al oeste.

—El campamento principal de los rebeldes está ubicado al otro lado del Valle Vacío. Si hay veinte mil de ellos formando el muro de la Ruta del Vino, solo deben quedar alrededor de cincuenta mil en su campamento.

—¡Eso es nada, comparado con los cien mil que comando! —interrumpió Murem con un susurro, la ambición y el alivio luchando en su voz.

Mirial miró el mapa, tomó las pequeñas figuras triangulares de bronce que representaban a las fuerzas leales y las colocó sobre el Valle Vacío.

—Si usted marcha hacia el Valle Vacío, Comandante Supremo, los rebeldes tendrán que responder. Y debido a sus números, tendrán que usar todo lo que tengan para hacerle frente.

—Es decir… —Muravi intervino, la comprensión iluminando su rostro—. Es decir, no tendrán oportunidad para enviar refuerzos a la Ruta del Vino.

Mirial le dedicó una sonrisa breve y afilada.

—Exactamente.

Gilgag asimiló el plan y lo repitió en voz alta para afianzarlo.

—Entonces, mientras mi ejército retoma las incursiones hacia la Ruta del Vino, con fuerza total, el Comandante Supremo estará presionando en el Valle Vacío. Eso evitará que los rebeldes puedan prescindir de escuadrones para enviarlos como refuerzos.

—No necesariamente debe enfrentarse a ellos —aclaró Mirial—. Bastará con formar cada día frente a sus posiciones, mostrándose como una amenaza inminente. Quizá algún intercambio de proyectiles o escaramuzas menores. Pero la simple presencia de cien mil soldados atará a sus cincuenta mil.

Murem pidió silencio y se hundió en un breve momento de profunda meditación. Al cabo de unos segundos, se enderezó. La gobernadora tenía razón. El riesgo era alto, pero la recompensa —la anulación del muro y la ocupación de la ruta— era demasiado grande.

—Comandantes, ¿todos están de acuerdo con esta estrategia?

Los líderes asintieron, las miradas que intercambiaban ahora reflejaban una mezcla de temor y una renovada determinación. La escala de la batalla había cambiado.

Murem oficializó la orden.

—Coronel Superior Gilgag, su misión es la ocupación de la Ruta del Vino. Capitán Wilfer —el Príncipe miró al capitán, que había guardado silencio gran parte de la reunión—, usted se unirá a mis fuerzas para el hostigamiento en el Valle Vacío.

Murem giró y llamó a su asistente.

—¡Teniente Saviros!

Un joven entró en la tienda, su rostro marcado por la tensión del campamento.

—A su orden, Comandante.

—Informe al ejército. En dos días, marcharemos hacia el Valle Vacío.

Todos los líderes en la sala miraron hacia el mapa, a las figuras de bronce oxidado que representaban al enemigo, mientras afuera, los rayos de la tormenta retumbaban con la fuerza de un decreto divino.

Tras el final de la reunión, la lluvia había disminuido a un goteo paciente y constante sobre la gruesa lona. Los líderes se marcharon a sus tiendas a la espera de que los cielos se silenciaran por completo.

Dentro, Murem bebía pacientemente de una copa de vino. Estaba sentado en su improvisado trono, esperando el silencio completo de su entorno. Frente a él, el Capitán Wilfer se mantenía de pie, su figura erguida y tensa, bebiendo igualmente de una copa que el Príncipe le había ofrecido. Un par de esclavos se movían con rapidez para retirar la mesa con el mapa a un rincón, liberando el centro del espacio.

Cuando el goteo de la lluvia se hizo apenas audible, Murem ordenó a los esclavos que se marcharan. Una joven esclava dejó el jarrón de barro con el vino sobre una pequeña mesa al lado del trono.

Una vez solos, Wilfer miró al Príncipe de frente. Su tono era formal, pero contenido.

—Comandante Supremo —dijo Wilfer, alzando ligeramente la copa—, ¿cuál fue el motivo por el que me pidió quedarme?

Murem tomó un sorbo largo, sin prisa. Luego, observó el líquido escarlata y agitó la copa lentamente, hipnotizado por el movimiento. Finalmente, alzó la mirada hacia Wilfer.

—Antes de que se marche, Capitán, necesito saber una cosa. Sinceramente, ¿qué opina de toda esta situación?

—Ya dije todo lo que tenía que decir en la reunión, Comandante —respondió Wilfer, con su voz tensa por la formalidad—. La estrategia del doble filo que propone la Gobernadora Mirial me parece viable y agresiva.

Murem bebió otro poco y aclaró, su voz suave y con un matiz de culpa.

—Me refiero a la guerra en general, Capitán.

El Príncipe soltó un suspiro, bajando la copa vacía hasta la altura de su rodilla.

—Lo lamento —dijo Murem, mirando su copa vacía—. Me disculpo por no haber hablado en privado y de forma amistosa con usted hasta ahora. Mientras he tenido conversaciones privadas con Gilgag, Muravi, mi tía Mirial y otros eruditos… a usted sólo lo he tratado como un soldado más, dándole tareas a través de mensajeros y cruzando palabras sólo en reuniones militares.

Murem se sirvió otra copa de vino, el líquido fluyendo con un borboteo melancólico. Alzó la vista.

—Lo siento, Wilfer.

Wilfer tomó un trago de su copa y respondió con una comprensión forzada, como un hombre que se resigna a la jerarquía.

—Lo entiendo, Comandante. No esperaba ningún trato especial o familiar. El Comandante tenía cosas más urgentes de qué ocuparse. Entiendo que personas tan cercanas a usted, como Gilgag o la Gobernadora, hayan estado a su lado en momentos más íntimos.

Murem asintió lentamente, bebiendo otro trago.

—Aun así, Wilfer. Aún no respondes a mi pregunta.

Wilfer tomó un trago rápido, secando su copa con un solo movimiento. Colocó la copa vacía sobre la mesa con un golpe seco. Se enderezó aún más, la postura de un noble que ha aguantado demasiado silencio.

—Los rebeldes se equivocan —declaró Wilfer, la intensidad encendiendo un fuego casi ciego en sus ojos.

Murem lo miró, visiblemente sorprendido por el repentino cambio en la temperatura de la sala. El desinterés había desaparecido de Wilfer.

—No comparto sus ridículas ideas —continuó Wilfer, su voz ahora era un trueno sordo—. Decir que el Rey hizo a un lado a la nobleza para priorizar a los plebeyos. ¡Es ridículo! —hizo un gesto amplio con la mano—. Basta con mirar los ejércitos: tres de los cuatro Generales del reino son de origen noble.

Murem bebió otro sorbo, sintiendo el desprecio amargo y palpable en las palabras de Wilfer.

—Los rebeldes gritan a los cuatro vientos que el Rey le ha dado la espalda a las familias nobles que durante años fueron leales a la familia real… —Wilfer frunció el ceño con una rabia concentrada, y en un gesto de profundo desdén, escupió discretamente en el suelo—. Yo pregunto, Comandante, ¿quiénes son los que ahora levantan sus armas contra la familia real?

El Príncipe Murem estaba visiblemente sorprendido por el arrebato de Wilfer, pero una sonrisa lenta y astuta se dibujó en su rostro. Asintió, soltó un ligero suspiro y, con una tranquilidad calculada, se sirvió otra copa.

—Una respuesta apasionada, Wilfer —dijo Murem, haciendo girar el vino lentamente—. Pero dígame, con la misma sinceridad: ¿usted nunca se ha sentido desplazado por los plebeyos?

Wilfer se calmó. La ráfaga de fuego que había encendido sus ojos se convirtió en una brasa controlada. Pensó brevemente, su mirada fija en un punto más allá de Murem.

—No, Comandante. No me siento desplazado —respondió con una firmeza medida—. Sé que la Familia Real, mi Rey, siempre ha buscado lo mejor para el pueblo, sin importar si son nobles o plebeyos. El mérito debe prevalecer.

Murem asintió con lentitud. Luego, lo miró directamente a los ojos, con una intensidad que forzó el tema central.

—¿Incluso con el rápido ascenso de la Coronel Superior Serena?

Wilfer supo que era el momento de abordar el elefante en la habitación. Negó con la cabeza una sola vez.

—Comprendo que los méritos de Serena la han llevado a donde está. No tengo por qué sentirme desplazado —afirmó Wilfer, forzando una sonrisa ligera que no alcanzó sus ojos—. Al contrario, me siento orgulloso de saber que el sistema del Rey beneficia al mérito.

Murem asintió lentamente, bebiendo.

—Efectivamente. Los méritos de Serena en la guerra contra Kipom fueron notables, y su actual presencia como único apoyo del Príncipe Tecem la hacen destacar a los ojos del Rey.

—Y las oportunidades —comentó Wilfer, con un ligero matiz de envidia que apenas pudo contener—. Sus oportunidades para destacar siempre la han ayudado.

Murem lo miró con curiosidad, inclinando la cabeza.

—¿Insinúa algo, Capitán?

—En absoluto —respondió Wilfer, rápidamente, enderezando su postura—. Sólo que al parecer, la diosa Guerra ha guiado la carrera militar de Serena. Ella estaba en las fronteras cuando Kipom atacó, y ahora estaba cerca del Príncipe Tecem. Es por eso que no me siento desplazado, Comandante. Porque nadie, ni siquiera el Rey, puede competir con la voluntad divina.

Murem sonrió, una sonrisa genuina. Estaba satisfecho de la honestidad y la racionalización que percibía en Wilfer.

—Bien dicho, Wilfer. Ahora, usted tendrá su oportunidad. Tal vez no sea la diosa quien se la dé —dijo Murem, levantándose de su trono—. Pero no puede desperdiciarla.

—A sus órdenes, Comandante —respondió Wilfer, con una formalidad renovada.

Murem se acercó a él, su voz se hizo más firme, más cercana a la de un Comandante Supremo.

—Le entregaré doscientos de mis mejores caballos y sus jinetes, Capitán, para que sea la unidad de caballería de mi ejército. Su misión en el Valle Vacío será doble: hostigar al enemigo y frenar cualquier hostigamiento que venga de ellos. Y escuche bien: en caso de que se dé una batalla, usted deberá ser quien aseste el golpe decisivo en los flancos enemigos.

Wilfer asintió con una formalidad rígida, sintiendo el peso de la orden.

—Cumpliré mi tarea con honor hasta la muerte, Comandante Supremo.

Murem levantó la mano con una urgencia inesperada.

—No. No muera, Capitán. Luego de ganar la campaña, será ascendido a Coronel.

El rostro de Wilfer se iluminó con una leve, pero profunda, sonrisa. Inclinó la cabeza en un gesto que iba más allá de la formalidad.

—Pido permiso para irme, Comandante. Debo preparar a mis hombres.

Murem sonrió y se lo concedió. Así terminó el encuentro. Wilfer salió de la tienda, sintiendo la promesa del rango y el honor pesando sobre sus hombros.

Los días siguientes a la reunión se fundieron en el movimiento constante de dos vastos ejércitos, separados por órdenes y propósitos. La tierra, ya empapada por la noche de lluvia, nunca logró secarse, y una llovizna ligera y constante acompañó a los soldados, humedeciendo la ropa y el humor.

Bajo el mando del Príncipe Murem y el Capitán Wilfer, los cien mil soldados marcharon hacia el Valle Vacío. Era un ejército más ordenado, mejor disciplinado y entrenado que al inicio de la rebelión. Eran soldados cuyas armas aún no habían probado la sangre del campo de batalla.

Siguiendo el plan de Mirial, Murem no buscó el combate. El ejército se adentró en el valle y formó sus líneas a diario: dos extensas líneas de vanguardia respaldadas por una masa de arqueros y jabalineros.

Frente a ellos, los rebeldes también formaban. Eran una marea hostil de escudos, atrincherados con barricadas en sus flancos y un muro de escudos apretado en su vanguardia. Día tras día, ambos bandos se miraban con hostilidad contenida. El aire vibraba con el grito de los oficiales, el peso de miles de armas y el latido de cien mil corazones esperando una orden de choque que nunca llegaba.

Por otro lado, el ejército de Gilgag, los veintiún mil curtidos soldados, desmontó su campamento con una eficiencia que olía a experiencia. Los hombres y mujeres de esta columna eran veteranos de escaramuzas, sabían lo que significaba la sangre y entendían la gravedad de su misión.

En sus filas, la moral se sostenía sobre figuras que ya eran legendarias. Samara, ahora apodada abiertamente “la asesina de gigantes”, entrenaba a sus lanceros con una destreza precisa. Junto a ella, Asur había cimentado su propio estatus, ganándose el apodo de “el genio de la guerra” entre los soldados por su astucia en Bura.

El ejército de Gilgag no se apresuró. Acamparon estratégicamente a sólo medio día de viaje de la Ruta del Vino, tomándose su tiempo. En un clima de llovizna persistente y tierra convertida en fango, los oficiales se reunían bajo lonas extendidas, organizando cada escuadrón, planeando la mejor y más brutal ofensiva para romper el muro que defendía el secreto de los rebeldes. La espera era un acto de disciplina que presagiaba la matanza.

El nuevo campamento de Gilgag estaba envuelto en la oscuridad de un frondoso bosque. El silencio sólo era interrumpido por el chirrido incesante de los insectos nocturnos y el ulular pausado de un búho distante. La mayoría de los soldados ya dormía, agrupados en sus tiendas de campaña, envueltos en mantas para combatir el frío punzante de la noche.

Meda estaba sola frente a una fogata, las llamas proyectando sombras danzantes sobre su rostro mientras bebía un té de hierbas humeante. De repente, por detrás, una mano la tocó suavemente en las costillas, asustándola. La anciana dio un pequeño grito y derramó una parte de su bebida.

Reconoció las risas juveniles de inmediato y, con un suspiro, empezó a servir otro recipiente de té. Asur se sentó a su lado mientras se reía por su broma.

Meda lo miró y sonrió, una línea de alegría marcando sus arrugas. Verlo cometer una travesura tan infantil era un dulce recordatorio de su edad.

—¿No te molesta? —preguntó Asur, mirándola a los ojos dorados que brillaban bajo la luz de las llamas.

Meda le entregó el recipiente de barro con el té caliente.

—No tengo por qué molestarme —respondió ella—. Los muchachos como tú necesitan relajarse de alguna manera.

—¿Qué es esto? Tiene un buen sabor —preguntó Asur, al tomar un trago de su bebida.

—Es de la reserva para oficiales —dijo Meda, sonriendo.

—¿Y tú lo robaste? —preguntó Asur mirándola con sorpresa.

—Es una ventaja de ser cocinera —respondió ella con picardía—. Puedo tomar un poco de las despensas mientras nadie se dé cuenta.

Asur le devolvió la sonrisa.

—Sabia astuta —la llamó.

Meda agradeció el cumplido fingiendo una voz noble y ambos se rieron. Para la anciana, ver a Asur sonreír y bromear era una prueba palpable de que Nanshe exageraba. Asur no podía ser la bestia fría que la muchacha había descrito.

—No tuvimos tiempo de hablar desde que llegaste de Bura —dijo Meda—. Volviste hecho un gran guerrero con seguidores, dinero, y novia. ¡Y qué novia! —replicó, alzando una ceja hacia el comentario sobre Samara.

Asur se rió, sin contradecirla. Meda suspiró, su sonrisa volviéndose melancólica. Lo tomó de la mano.

—De seguro tuviste que pasar por mucho —le dijo con genuina compasión—. No me imagino lo duro que debió ser para ti.

Asur le sonrió, devolviéndole el agarre.

—Sí, fue muy difícil para mí no tener a nadie que me enseñe —respondió.

Meda soltó una risa nerviosa.

—No me refería a eso.

Asur la miró con confusión, sus ojos dorados intentando adivinar a qué se refería el repentino cambio de tono. Meda se dio cuenta de que él no estaba fingiendo, sino que realmente no comprendía el consuelo.

Creyendo que Asur se estaba cerrando a compartir su dolor con ella, Meda extendió su agarre hasta la muñeca del joven. Empezó a masajear suavemente con sus pulgares el lugar donde yacía la marca de esclavo liberado.

—Creo entender cómo fue tu vida, Asur —le dijo, su voz dulce y llena de pesar—. Viendo tu edad, lo más probable es que fueras esclavo desde niño. Debiste soportar mucho desde tu infancia. Entiendo que tuviste que aprender a ser fuerte y autosuficiente, pero ahora junto a mí, puedes volver a ser un niño.

Meda lo miró a los ojos, notando algo que la heló en el instante: una inexpresividad absoluta. Su melancolía y su gesto tierno no parecían causarle ninguna emoción, ni pena ni alivio.

Asur tomó un último sorbo de su recipiente y luego lo extendió hacia Meda, el gesto un silencioso y demandante pedido de más.

Un poco confundida y dolida por la inexpresividad, Meda soltó la muñeca del joven. Tomó la jarra de hierbas y le sirvió más té, mirando hacia el suelo. Asur sopló el vapor que salía del recipiente y dio otro sorbo lento.

Meda no sabía qué decir. Una parte de ella se negaba rotundamente a creer en la naturaleza calculadora de Asur. Tras pensar un instante, continuó, intentando obtener alguna reacción, convencida de que él sólo estaba fingiendo fortaleza.

—Para mí es difícil estar aquí, Asur —dijo, mirando la fogata—. Nunca imaginé ser una soldado a mi edad.

Asur la miró de reojo, aún bebiendo su té caliente. Meda explicó que había respondido al decreto de reclutamiento para evitar que su único hijo tuviera que abandonar sus estudios e ir a una guerra de la que seguramente no volvería.

Asur la observó sin decir nada, pero Meda notó que tenía su completa atención.

—La batalla del Valle Vacío fue la primera y única batalla en la que participé —contó, soltando una risa nerviosa, la desesperación creciendo en su voz—. Y espero de verdad que sea la última.

—Ahora que es cocinera, tal vez no tenga que volver a tocar una lanza —dijo Asur con voz plana.

Meda, a pesar de la frialdad, interpretó la frase como un destello de preocupación.

—Fue aterrador para mí —continuó Meda, sus ojos comenzando a tornarse llorosos—. Ver las cosas que antes sólo había leído en papiros y tablillas… La sangre, los gritos, todo fue un calvario.

Su voz se quebró al final de la frase.

Asur la miró con una curiosidad intensa. Aunque él también había estado allí y sus recuerdos eran los mismos, no entendía la razón de tal reacción.

Meda notó la mirada confusa y vacía de Asur. Una incredulidad dolorosa la invadió. Se frotó los ojos, regresando la mirada al joven. Soltó un par de risas secas y frustradas que resonaron en la quietud de la noche.

—¿De verdad no lo entiendes? —preguntó, la frustración haciéndole olvidar su ternura—. ¿O es que simplemente no te importa?

—¿Qué es lo que intentas hacer al contarme todo esto? —preguntó Asur con su tono habitual.

—Busco algo de empatía en ti, muchacho —dijo Meda, la voz cargada de decepción—. Algo de humanidad. Algo que al menos contradiga lo que dijo Nanshe.

La curiosidad de Asur se encendió por completo ante la mención. Dejó su té a un lado.

—¿Qué fue exactamente lo que dijo Nanshe?

—Eso no importa. Lo importante es que tú te comportas como si no sintieras nada por otros —Meda se inclinó hacia adelante, intentando desesperadamente definir lo que veía—. Como si no sintieras miedo. Como si en lugar de valiente fueras un lunático. Como si fueras un… un… un…

—Un Valan —completó Asur, su voz baja y uniforme.

Meda se puso rígida. Su sonrisa se borró. Ella asintió, desviando la mirada hacia el suelo fangoso alrededor de la fogata.

—Lo resolviste —murmuró.

Asur sonrió con la expresión de quien ha encontrado un tesoro enterrado.

—Me tomó un tiempo —dijo, riendo levemente, su voz llena de satisfacción intelectual—, a pesar de siempre saber la respuesta.

—¿Ya sabías la respuesta? —preguntó Meda, la curiosidad venciendo a la melancolía.

Asur explicó con calma, tomando otro sorbo de té.

—En mi infancia, dos personas me preguntaron si yo era valiente o lunático. Una de esas personas me explicó que la diferencia era que un valiente supera el miedo, mientras que un lunático nunca lo siente.

Meda suspiró, aliviando la tensión en su rostro. La explicación tenía una lógica impecable.

—Luego, en la misión en Bura, mis camaradas empezaron a llamarme valiente —continuó Asur—. Pero eso era incorrecto, pues yo nunca tuve que superar el miedo. Me di cuenta de que la mayoría de la gente no sabe diferenciar entre uno y otro. Pero tal vez los Valan sí lo sabían.

—¿Entonces crees ser un Valan? —preguntó Meda, la mirada inquisitiva.

Asur le devolvió la mirada.

—¿Sería algo malo?

Meda suspiró de nuevo, pensando mientras miraba el oscuro cielo. En su sabiduría, llegó a una conclusión crucial: si esa era la naturaleza de Asur, no había nada que pudiera hacer en contra. Su única opción era informarle de los peligros del camino.

—En primera instancia, puede ser algo bueno —dijo, volviéndose hacia él—. Algo que traiga beneficios a la nación, aún más en tiempos de guerra como estos.

Asur se mostró curioso, percibiendo el inevitable “pero” en sus palabras.

—Pero… —confirmó Meda—, tal vez algunos eruditos, sacerdotes y altos mandos no lo verían con buenos ojos.

Asur se acomodó, estirando las piernas, una postura que Meda percibió, con una sonrisa melancólica, como una postura infantil, a pesar del peso de su mente.

—¿Sabes cómo funciona el poder en este mundo? —preguntó Meda, y Asur esperó.

—Todo se basa en la fama y la reputación —explicó Meda—. Los eruditos necesitan estudios para ser escuchados, los militares necesitan logros para tener soldados, y los comerciantes necesitan credibilidad para vender. El mundo es un campo de batalla donde todos, en sus propios frentes, necesitan ganarse la confianza del pueblo y la nobleza.

Ella bebió un sorbo de té.

—El poder militar se basa en eso más que nada. Si una persona tiene seguidores dispuestos a pelear por él, el reino lo nombrará capitán. Si el número de seguidores crece, el reino lo nombrará Coronel. Y si los seguidores siguen aumentando, su estatus también aumentará. —Meda concluyó—. Esa es la forma en que el reino controla a los caudillos: no los persigue, los vuelve parte del sistema.

—Algo muy inteligente —dijo Asur, asintiendo.

Meda asintió de vuelta.

—Si lo es. —Tomó un sorbo de té—. ¿Te imaginas entonces lo que eran los Valan para el reino?

Asur la miró con profunda curiosidad.

—Los Valan se convirtieron en un problema cuando todo el pueblo empezó a verlos como más que guerreros valientes —continuó Meda—. Sus hazañas hicieron que todos quisieran escuchar sus ideas, pelear por ellos y comprar lo que ofrecieran. Incluso se llegó a creer que eran bendecidos por los cinco dioses.

—¿Cómo crees que los sacerdotes tomaron eso? —preguntó Meda—. Todos obedecían las leyes y decretos cuando un Valan lo avalaba ¿Cómo crees que lo vieron los eruditos y la familia real?

—¿Entonces los Valan fueron perseguidos por el propio reino? —preguntó Asur.

—Cuando los nobles se dieron cuenta de su poder, ya era demasiado tarde para enfrentarlos —respondió Meda con una risa seca.

Asur la miró esperando la explicación con ansias de pupilo.

—Los altos mandos se dieron cuenta de que el título Valan era lo que hacía que esos caudillos alcanzaran tal poder —contaba Meda—. Entonces, decidieron que ahora cualquiera podía ser un Valan. La familia real empezó a dar ese título a nobles y líderes con hazañas que no eran dignas.

Asur se rió, el sonido era un cálculo.

—Una jugada maestra.

—Lo fue. Pero no fue eso lo que mató el título —dijo Meda.

Asur la miró con ojos brillosos, exigiendo saber la verdadera razón.

—Una vez que cualquiera tenía el título, los “Valan falsos” empezaron a fallar —continuó Meda—. Iban a la guerra y eran diezmados por el enemigo, se rendían o se humillaban. Nadie sabe si eso fue parte del plan de los eruditos. Lo único seguro es que, para la gente común, los Valan dejaron de ser la gran cosa. Y los rumores, tal vez comenzados por los sacerdotes, decían que habían perdido la bendición de los dioses por creerse mejor que ellos.

Asur asimiló toda la información, su mente conectando el pasado y el presente.

—Entonces el título fue olvidado al perder su valor —dijo, su voz tranquila resonando en el bosque oscuro—. Pero las personas dignas de ese apodo, los Valan, deben seguir existiendo.

—”Valan” es sólo una forma de referirse a cierto tipo de personas —respondió Meda, asintiendo—. Su apogeo se debió a la expansión de la Reina Astherm hace unos setenta años. Los Valan no sólo se impusieron en la guerra, sino también en lo político y diplomático, logrando que las conquistas se mantuvieran hasta el día de hoy.

El rostro de Asur se iluminó con curiosidad.

—¿Esther? —replicó.

Meda lo corrigió, su voz llena de la autoridad de la historia.

—Astherm.

Un viento frío sopló entre ellos, haciendo que ambos cruzaran los brazos instintivamente.

—Sí —continuó Meda, encogiéndose de hombros—. Es probable que personas dignas del título existan hasta la actualidad, no sólo en el reino, sino en todo el mundo. Pero si no tienen la oportunidad de darse a conocer, tal vez nunca nadie sepa de ellos.

Otro golpe de viento repentino sopló fuerte y logró apagar las últimas brasas de la fogata.

Meda se levantó, el cambio de temperatura una advertencia para su edad.

—Debo irme —dijo—. Con mi edad, el viento podría matarme.

Asur se levantó también, complacido y satisfecho por la lección aprendida. Se disponía a marcharse cuando Meda lo detuvo con su voz.

—Escúchame, Asur. Entiendo que tal vez tú no sientes lo que otros sí. Pero al menos deberías tratar de comprender, o aún mejor: fingir que sientes lo mismo, para no asustar a otros. Como Nanshe, o Dagón, o esa mujer, Samara.

Meda lo miró a los ojos en la penumbra.

—Podrías quedarte solo. No por no sentir debes convertirte en un monstruo como lo ve Nanshe.

Meda se fue, su pequeña figura desapareciendo rápidamente entre las sombras.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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