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En el mundo desconocido - Capítulo 22

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  4. Capítulo 22 - 22 R-CAP22Una nueva esperanza
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22: R-CAP22:Una nueva esperanza 22: R-CAP22:Una nueva esperanza —Papá.

Fueron las primeras palabras que se escaparon de mi boca.

La madera del techo se interponía en mi vista, pero el susurro de su voz vivía en mi mente, incluso cuando cerraba los ojos.

Para cuando los abría, una gota cristalina se escurría desde ellos.

—Papá, ¿cómo puedo avanzar?

Me mordí la lengua.

Recordaba la calidez de su abrazo, pero ahora solo existía el frío que sacudía mis huesos en esta habitación.

Apreté mis manos con tal fuerza que las uñas se clavaron en mi piel y los nudillos se pusieron blancos, pero ni siquiera ese dolor podía limpiar aquella culpa de mi vida.

¿Qué se suponía que debía pensar si por mi culpa él ya no vivía?

—Ha-haré lo que pueda para ser la persona que tú querías que fuera.

Tragué saliva, asentí y puse los pies en el suelo.

La madera chirrió y, a su vez, mi piel se erizó.

Un ardor en la pierna me hizo tambalear hasta caer sobre la cama, donde las sábanas aún guardaban algo de sudor.

Al desplazar mi mirada por ellas, vi que las gotas de sangre se habían mezclado con su blancura.

Mi pierna aún no había sanado.

El recuerdo de cómo sonó esa trampa al cerrarse, el metal entrando en mi piel, solo podía hacerme suspirar.

—Tal vez en una o dos semanas… —murmuré, y pasé una mano sobre la herida para finalmente estirar un poco el cuerpo.

Nada de apoyarme en esta pierna.

Con ese pensamiento, puse mi pierna sana sobre la madera, apoyé una mano en la cama y, apretando los dientes, me levanté.

Incliné la pierna herida y la dejé suspendida en el aire.

Mi vista se dirigió al pomo de la puerta y, con unos saltos que hacían crujir el suelo, avancé hasta salir de la habitación.

Solté un suspiro, pero un escalofrío me recorrió al ver las escaleras.

Chasqueé la lengua y, dando saltos, me paré frente a ellas.

Me agaché y me senté en el primer escalón.

Uno a uno, bajé cada peldaño hasta lograr llegar al comedor.

Mi vista recorrió la mesa, cubierta con su mantel blanco.

Sin embargo, la ausencia de platos y utensilios solo hacía que el crujir de la madera, el canto de las aves y mi respiración fueran mis únicos compañeros.

Entré en la cocina.

Al abrir la nevera, dejé caer los hombros y, apretando las manos, miré al suelo.

—Bueno, era de esperarse.

El olor dulzón de las verduras, la vista de las carnes y la falta de frutas estaban haciendo rugir mi estómago.

Llevaba más de un mes viviendo solo de esta manera.

Mi mirada atravesó la ventana y llegó a las afueras, donde las copas de los árboles se mecían y el verde de las hojas susurraba con el viento.

—Esto limita mis opciones hoy.

Debería salir a recolectar algunas frutas después de esto.

Con esa idea, empecé a preparar mi desayuno.

Una vez terminado, me senté para disfrutarlo.

—Papá…

Ese nombre vino a mi mente como un pensamiento intrusivo que interrumpió mi comida.

Como aquella vez, cuando yo solo pensaba en cocinar, sin saber lo que le había pasado a él.

Si tan solo hubiera dicho la verdad en ese entonces, tal vez habría sido un mejor hijo.

—Y ya pasaron ochenta años… es irreal.

Di una cucharada mientras la sinfonía de la madera de mi casa, mi respiración y el uso de los utensilios, junto al olor dulce y el vapor de mi comida, eran mis únicas comodidades.

¿Qué será del mundo más allá de este lugar?

Seguro que viven con miles de comodidades, tienen tiempo para su familia y tal vez son mejores hijos de lo que yo fui.

Me recliné en la silla y mi vista tocó el techo.

Con un suspiro, mi mente viajó a los recuerdos.

—Otras razas…

No recuerdo mucho de ellas.

¿Importa eso?

¿Cuál es mi futuro ahora que el tiempo parece haberlo borrado todo?

Con eso en mente, di otra cucharada, pero no sentí ni lo dulce, ni lo salado, ni lo amargo.

Solo un vacío insípido.

Mis dedos se contrajeron sobre la cuchara y mi vista seguía fija en el exterior.

Aun así, logré sacar un susurro: —¿Qué me aconsejarías, papá?

Mi mirada se desplazaba de lado a lado: de los muebles a las estanterías, de las estanterías a las mesas y, finalmente, a mi plato, donde solo podía ver mi rostro reflejado en la sopa.

—Desearía que solo fuera un mal sueño.

¿Cuánto tiempo más mis errores me devolverán a esta amargura?

¿Cuánto más he de quedarme en este lugar donde el bosque canta pero mi voz calla?

—Debo intentar avanzar.

Ese pensamiento era parte de lo que alguna vez me dijo mi padre.

Tal vez esa era la respuesta.

Cómo lograrlo, ese era el verdadero problema.

Una vez terminé mi plato, dejé que mi magia de creación formara un bastón.

Golpeé el suelo una, dos y tres veces para probar su firmeza antes de apoyarme en él.

—Bien, con esto debería bastar.

Apoyado en mi nueva muleta, abrí la puerta para ver el paisaje que mis ojos volvían a descubrir.

Los árboles, con su imponente tamaño, cubrían la casa.

El crujir de las hojas y el canto de las aves me daban la bienvenida al bosque, mientras el sol de la mañana golpeaba mi cabeza.

—Debo tener cuidado.

Mi mano se movió al cinturón y agarró el revólver.

Luego, metí la otra mano en un bolsillo: la piedra mágica seguía allí.

Ajusté el tirante de la maleta y, sobre mi bastón, avancé por el bosque mientras mis ojos se movían de hoja en hoja en busca de colores.

—Bueno, vamos allá.

Empecé a recorrer el bosque, envuelto en sus sonidos, como el del agua que recorría cada hoja hasta golpear el suelo.

Mis ojos también miraban la tierra, donde la hierba mostraba algún color más allá de su verde.

A medida que me adentraba, la oscuridad se hacía más densa, hasta el punto en que el verde y la hierba húmeda parecían uno solo.

El canto de los pájaros aumentó, y al salir a un claro, la luz cayó sobre un campo de diversos colores.

El púrpura se mezclaba con el verde y el azul en cada flor, pero mis manos apretadas solo hicieron que mis pasos avanzaran, no sin antes dejar escapar un soplo de anhelo.

—Desearía quedarme, pero debo avanzar.

Con eso en mente, continué buscando frutas.

Pronto vi un árbol que hacía ver a los demás pequeños, con ramas llenas de flores.

De ellas colgaban frutas de un color brillante que reflejaba el sol: eran naranjas.

Mi mano se estiró y tomé unas cuantas.

Las guardé mientras observaba un pajarito de unos diez centímetros, de colores brillantes, moviéndose de flor en flor con sus alas en constante movimiento.

—¿Un colibrí?

Me senté en el suelo, donde la humedad de la hierba impregnó mi pantalón, pero me quedé ahí.

—Papá, ¿estarías orgulloso de mí?

¿Te imaginas todo lo que ha pasado desde la última vez que nos vimos?

¿Estarías de acuerdo con mis decisiones?

¿Me entenderías o me juzgarías?

—Ojalá pudiéramos volver a hablar.

Me recosté sobre la hierba, que acariciaba mi cuerpo mientras pelaba una de esas naranjas.

—Aunque ya no estés conmigo, intentaré darle un nuevo rumbo a mi vida.

Gracias por todo.

Todas mis acciones culminaron en tu desgracia, pero quiero avanzar y, aunque ahora no sepa cómo hacerlo, lo intentaré.

—Gracias, papá.

Con ese adiós, me levanté y observé el campo de flores a mi alrededor.

—Me estoy quedando sin comida.

Un huerto sería una buena idea.

No debía alejarme mucho de casa, ya que tendría que pelear contra otras bestias.

Pero si creaba un huerto, podría vivir un poco más tranquilo.

—Es hora de organizar mis opciones.

Primero, estaba herido; mi pierna estaba sanando, pero pasaría un buen tiempo sin poder hacer algo muy exigente.

—Se fueron las ideas de explorar por ahora.

Segundo, la comida de mi nevera estaba disminuyendo y no aguantaría mucho así.

—Es hora de racionalizar la comida.

Tercero, tengo magia, pero no conozco aún sus límites.

—Espera, es cierto, tal vez debería intentar usarla.

Con esa idea, pensé en crear un pan para alimentarme y usé mi magia de creación.

Pronto, el pan se formó en mis manos y le di un mordisco.

—¡Puaj!

Escupí el pan que había creado.

Su sabor brillaba por su ausencia, su textura era como de algodón y su peso, casi inexistente.

Seguro que ni siquiera nutría.

—Tal vez por eso no lo mencionaron en el libro.

Escupiendo los restos de ese pan insípido, me senté nuevamente, mirando el campo de flores.

—Bueno, la magia de creación falló, pero ¿y si uso la magia de tierra como abono?

Recordé el sonido de las vacas en las granjas, la recolección de trigo y cómo la gente araba el campo bajo este mismo sol.

¿Pero sería suficiente?

—No tengo nada que perder.

Es hora de intentarlo.

Me levanté y fui al árbol donde había recolectado las naranjas.

Usé mi magia de tierra.

La energía fluyó de mis manos hacia el árbol y unas gotas de sudor brotaron de mi cara.

El árbol absorbió mi maná vorazmente.

Mientras más maná le daba, más verdes se volvían sus hojas, sus ramas se estiraban y empezaban a brotar nuevos frutos.

—Ah… ah… Mi corazón latía con fuerza.

Me tambaleaba incluso cuando me recosté en el árbol e intenté recuperar el aliento.

Me había quedado observando cómo el árbol devoraba mi maná, sin prestar atención a cuánto usaba, pero había valido la pena.

Estiré la mano y agarré otro fruto.

—Otra naranja… Genial.

Pero si yo puedo vivir de esta manera, ¿cómo vivirán los demás?

Sin lugar a dudas, quería conocer el mundo moderno.

Solo habían pasado ochenta años, y seguro que muchas cosas habrían cambiado, o tal vez no.

Pero quería quedarme aquí un año para perfeccionar mis habilidades y no parecer un ignorante cuando se tratara de magia.

Con eso en mente, volví hacia la casa.

Hoy no entrenaría; en cambio, prepararía un campo para sembrar.

Con los frutos recolectados, iniciaría un cultivo.

Al llegar frente a la casa, tuve una duda.

—Bueno, no quiero forzar mi pierna, pero ¿cómo hago esto?

Tenía un terreno disponible y me sería de gran ayuda para lograr mis objetivos.

Pero ararlo sería lo difícil.

—No tengo otra opción.

Tendré que hacerlo.

Usé magia para crear una azada y di el primer golpe.

—¡Ay!

Mi pierna me dolió; aún no sanaba, y este trabajo requeriría todo el cuerpo.

—Tendré que hacerlo solo con las manos.

Entendiendo eso, me agaché y comencé a trabajar.

Hundía mis manos en la tierra, hacía un hueco, metía una semilla, avanzaba un poco más y repetía el proceso.

Una vez que enterré todas las semillas, volví a casa para limpiarme.

Me bañé, pero el agua golpeando mi pierna solo hacía que mi mirada se perdiera en el bosque.

—Debo prepararme para obtener comida usando magia, pero también debo cuidarme.

Me estiré y salí de la bañera.

—Bueno, hasta que sane mi pierna, viviré así.

Espero aguantar.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES fucken_132 Aqui saque una reescritura, espero que tenga calidad para ustedes.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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