En el mundo desconocido - Capítulo 4
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4: R-CAP4:El peloton 4: R-CAP4:El peloton Mi cuerpo tembló, incapaz de sostenerse, y cayó de bruces entre los restos del lobo, inundando mi olfato con el olor metálico de la sangre.
—¡Qué asco!
Fue lo último que dije antes de quedar inconsciente como una piedra y empezar a recordar.
Sentí como si mis ojos se abrieran en otro lugar.
Estaba mirando el horizonte; el sol estaba saliendo, pero…
—Brrr…
—el frío me hizo temblar hasta la punta de los dedos, así que me abracé a mí mismo para conservar el calor y empecé a mirar con cuidado a mi alrededor.
Me encontraba en un lugar bastante amplio, algo neblinoso en la distancia, aunque era posible que la niebla se disipara cuando el sol estuviera en lo más alto.
Dirigí la mirada a los árboles, observando su altura; hacían sombra sobre mí.
Más al fondo, se veían rodeando alguna especie de ciudad cubierta por rejas metálicas.
Incluso desde donde yo estaba era fácil ver cómo se elevaban los edificios de concreto, de donde salía gente y entraban otros; donde el suelo estaba marcado con cintas que delimitaban caminos por los que recorrían vehículos.
Caminé hacia aquel lugar donde, como un fantasma, me movía traspasando árboles y la reja, hasta que, al estar en el centro, miré la entrada principal y vi a alguien que me hizo levantar una ceja.
—¡Ahhhh, ahhhh, ahhh!
—Era aquel hombre que vestía de negro; era yo en mis recuerdos.
Se veía más bajo que el resto del grupo, incluso comparándolo con mis recuerdos, pero sus ojos miraban al frente.
Pese al sudor que cubría su camisa blanca hasta llegar al pantalón, seguía avanzando sin detenerse junto a los que lo rodeaban.
—¡Un, dos!
¡Un, dos!
¡Un, dos!
—gritaba el hombre que lideraba el grupo.
Con el rostro mirando al frente, avanzaba con una sonrisa que acentuaba la cicatriz en su mejilla.
No titubeaba por el frío, pese a la niebla en la lejanía; su voz cubría el lugar.
Cada vez que gritaba «uno», todos daban el paso derecho; cuando decía «dos», daban el izquierdo.
Gracias a esto, todos mantenían el mismo ritmo, haciendo que el suelo temblara un poco con cada pisada, mientras llevaba al grupo hacia unas bases a las que se estaban acercando diversos pelotones.
Al llegar al lugar, un hombre salió de una de las bases.
Era algo arrugado, pero esto no le restaba rectitud a su andar.
Al mirarlo a los ojos, sentí el impulso de apartar la mirada y, cuando él se puso en medio, todos se quedaron quietos.
—Ey, ¿ese no es el coronel?
—le preguntó uno del pelotón a mi yo del pasado.
Éste tragó saliva rápidamente y respondió igual: —¿Por qué me lo preguntas?
Yo soy el nuevo aquí.
—Pues rara vez lo vemos; ya ni me acordaba de su cara.
—Supongo que tendrá algo que decir.
—Uy, pues qué serio, don Obvio.
—Ay, no jodas.
Entonces, ¿para qué me preguntas?
—Simple: generalmente, el sargento es quien se encarga de dar la información.
Mi yo del pasado tragó saliva una vez más mientras miraban al coronel, sin saber qué hacer salvo quedarse callados y esperar a que el hombre hablara.
—¡Sargento Salazar, venga inmediatamente con su pelotón a la oficina!
—¡Sí, señor!
—respondió el hombre que lideraba el pelotón en el que se encontraba mi yo del pasado.
Todos los del pelotón se pusieron rígidos.
—¿Qué hacen ahí parados?
—gritó el sargento al grupo—.
¡Muévanse, vamos!
Y el grupo en seguida caminó detrás del sargento.
El hombre, sentado, nos miraba a cada uno, pero yo miré detrás de él, viendo las medallas colgadas en la pared.
Nuestros pasos hicieron eco mientras entrábamos en aquel sitio tan grande, adornado únicamente por un sillón para los invitados donde nos sentamos uno a uno.
—No tenemos tiempo que perder.
Vamos al grano.
—Se paró de su silla.
Nos miraba fijamente a los ojos mientras apretaba los puños.
Esto hizo que mi cuerpo se tensionara.
Yo sólo podía mirar la escena, sin poder cambiar nada, mientras un escalofrío recorría mi espalda.
—Señor, ¿para qué se nos requiere?
—empezó a hablar el sargento.
Éste se paró para responder: —No puedo revelar detalles hasta que acepten.
—Eso no servirá.
Si es política, la rechazo.
Ellos están para servir a su país.
—Entiendo su postura, sargento, pero insisto.
Esto no es política, es el futuro de su país.
—Todo hombre lucha por lo que conoce y quiere proteger.
No intente ocultar nada.
El coronel tomó aire y exhaló.
Sonrió mientras se giraba hacia sus medallas.
—Es bueno que tenga esa postura, sargento; me recuerda a mí en mi juventud.
Les diré una palabra, pero ésta no debe salir de esta habitación.
Al terminar de decir eso, el grupo contuvo la respiración; ni siquiera el roce de la ropa hizo ruido.
—Magia.
La tensión se rompió.
Algunos apretaron los puños, otros abrieron mucho los ojos, pero mi yo del pasado sólo alzó una ceja.
—¡Eso no tiene sentido!
—gritó el sargento.
Ahora tenía el rostro rojo e inició a acercarse a pasos rápidos hacia el coronel, haciendo un eco aún más grande en la habitación—.
¿Por quién cree que nos ha tomado?
Mis hombres merecen respeto, no supersticiones.
—El sargento apretó el puño a la vez que agarraba de la corbata al coronel.
Pero éste sólo sonreía mientras sacaba un cigarro.
—¿Fuma?
—¡Cállese!
—Supongo que no.
—Tomó el cigarrillo que tenía en las manos, se lo puso en la boca y, después, con un dedo, hizo brotar una llama y empezó a fumar—.
¿Qué piensa ahora, sargento?
¿Después de ver esto, sabe cuántas posibilidades hay?
Temblamos.
Nos miramos unos a otros, pero ninguno podía decir palabra después de ver algo que rompía nuestra realidad.
Todos miraron al coronel una vez más.
—Parece que empezamos a entendernos.
¿Confiarán en mí y en la misión?
En medio del silencio, y ante la falta de acción de los demás, mi yo del pasado fue el primero en levantar la mano, casi por inercia.
—Yo lo haré.
—Miró al coronel con una sonrisa de quien va a revolucionar el mundo.
—¿Estás seguro?
—preguntó uno del pelotón.
—Claro.
Más bien, ¿por qué dudaría?
Hasta una pequeña llama es capaz de devastar si hay el combustible necesario.
—Yo también —dijo otro del pelotón.
Uno a uno, empezaron a levantar la mano, hasta que sólo quedó el sargento sin hacerlo.
—Sólo dígame que esto es por el bien del país.
—En efecto, así será.
Mirando a los demás, el sargento también levantó la mano.
El coronel asintió e inició la explicación: —Lo que buscamos es la creación de un grupo mágico.
—Pero ¿cómo podemos usar la magia?
—preguntó uno del pelotón.
—Tranquilos.
Hay un procedimiento científico para eso.
¿Algo más?
—¿Por qué debemos usarla sólo nosotros?
¿No sería mejor un grupo más grande?
—La magia, aunque potencialmente funciona para todos, está bajo investigación.
Tenemos que empezar con un grupo pequeño para sentar las bases.
Nos miramos entre todos.
Asentimos y nos pusimos de pie.
—¿Dónde hay que firmar?
—Aquí.
—Sacó unas hojas de su escritorio y las puso sobre la mesa.
El primero en apuntar su nombre fui yo.
«Jacob Méndez», escribió en la hoja mientras sonreía, listo para su búsqueda de la magia.
¿Pero qué encontraría allí?
REFLEXIONES DE LOS CREADORES fucken_132 Parece que tengo mas de 1000 visitas,al lector que vea esta historia quiero darle gracias
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