En el mundo desconocido - Capítulo 6
- Inicio
- Todas las novelas
- En el mundo desconocido
- Capítulo 6 - 6 R-Cap6Obteniendo magia
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
6: R-Cap6:Obteniendo magia 6: R-Cap6:Obteniendo magia Giré el pomo de mi puerta para entrar en la habitación.
Dentro de ella, di un suspiro y caminé lentamente hasta la ventana.
Miré el bosque, cuyo verdor, ahora oscurecido por la noche, me escondía el libro.
La idea de ir una vez más cruzó mi mente, aunque, cuando giré hacia la puerta, una gota de sudor cayó sobre mi frente.
«No puedo ir así de agotado», pensé.
Miré el bosque una vez más, pero esta vez dirigí mi mirada al cielo, que vestía de oscuridad, sin nubes negras que presagiaran lluvia.
«Espero que no llueva».
Necesito tiempo para ir mañana, así que ahora lo que necesito es descansar.
Por eso, sin más, me quité la ropa, que se pegaba a mi cuerpo, para finalmente meterme entre las cobijas.
Estas me recibieron con un frío que chocó contra el calor de mi cuerpo.
Pero dejé que eso no interfiriera y cerré los ojos, a la vez que sentía como si las arenas del tiempo me arrastraran al pasado a través del sueño.
En ese viaje, dejaba atrás mi habitación para entrar en el sueño, donde un hombre con una cicatriz en la mejilla caminaba sobre el cemento.
Mientras tanto, varios hombres vestidos con camisetas blancas tipo esqueleto, con sudor en la espalda, seguían haciendo lagartijas.
Entre ellos estaba mi yo del pasado.
—Vamos, aún les falta.
—¡Sí, señor!
Y así pasó el tiempo, hasta que el sargento volvió a hablar.
—Bien, hemos terminado.
Ahora vamos ahí.
—Señaló un edificio que quizá se elevaba un codo por encima de él—.
Entramos al lugar, que nos recibió con luz artificial.
Nos repartimos por el sitio, tomando asiento en el sofá mientras mirábamos la mesa de madera en silencio.
Tragábamos saliva hasta que un hombre con bata, de menor altura que el sargento, entró por la puerta.
—Ustedes ya saben lo que toca hoy.
—Sí, señor.
—Gracias por responder, Salazar.
Entonces, ¿cómo irán?
—Iremos en orden de lista.
García será el primero.
Una vez mencionado, el hombre se levantó.
Estaba al lado de mi yo del pasado, pero no era un total desconocido; según mis recuerdos, era aquel que había hablado conmigo cuando vimos al coronel por primera vez.
—Te veré luego —dijo.
Y con un temblor en las manos, salió.
Con los ojos fijos al frente, abandonó el sitio, dejándonos en silencio.
Nos mirábamos entre nosotros, hasta que el sargento, mirando de lado a lado, se vio en la obligación de romperlo.
—Idiotas, él estará bien.
Aunque, como un escéptico, mi yo del pasado pareció meditar un poco más sobre en qué se había metido.
—Pero, sargento, díganos, ¿cómo hacen que nosotros podamos usar magia?
—Hay unas piedras.
Ante esa absurdez, nos miramos unos a otros para comprender si nos quería tomar el pelo, pero su rostro no cambiaba pese a la situación.
Entonces, caminamos hacia él mientras preguntábamos: —¿Piedras?
—Oigan, no se amontonen.
Al dar la orden, se alejaron, pero el misterio parecía apenas iniciar.
—Hacen una cirugía para añadir las piedras.
—¿Qué clase de idiota metería una piedra dentro de su cuerpo?
—Eso pensé al verlo, mas, al preguntar, me dijeron que luego el cuerpo la absorbía.
Recostándose donde estaba sentado, miró el techo mientras sonreía, mas nosotros no podíamos detenernos.
—¿Piedras y que luego el cuerpo las absorbe?
—Sí, suena raro, pero yo mismo vi lo ocurrido.
—¿Cómo sabes que eso ocurre?
—Radiografías.
Pedí las radiografías.
—¿En serio?
¿Pero no que seremos el primer pelotón con magia?
Y, con una risa, el sargento nos miró a todos.
—Idiotas.
—¡Hey!
—Déjenme continuar.
Que ustedes sean el primer pelotón no significa que no haya habido estudios.
—…Increíble.
—Lo sé.
La última vez que vi eso, cada científico corría de lado a lado con informes.
—Pues normal, después de todo es literalmente magia.
—Tienes razón, García.
—Por cierto, ¿dónde obtienen las piedras?
Saliendo de su postura de mirar al techo, nos dirigió la mirada; la sonrisa ya no estaba.
—Aunque nos metimos en esto, no me quisieron decir nada.
Pero ya he visto algunas cosas.
—Entonces, sargento, ¿usted ya se hizo la cirugía?
Y, con una sonrisa, el sargento estiró uno de sus dedos y de él prendió una llama.
Entonces, uno de los del pelotón se levantó y, en un instante, fue e intentó agarrar el dedo del sargento mientras abría mucho los ojos.
Mas, cuando lo hizo…
—¡Ayyy!
¡Quema!
Y se agarró la mano, mientras el sargento ponía los ojos en blanco ante lo que hizo ese idiota.
—Pues es fuego, ¿qué esperabas, congelarte?
Imbécil.
Con ese comentario, el pelotón se rio, mientras el idiota seguía agarrándose la mano.
—Es que…
tenía mis dudas —respondió, mientras seguía agarrándose el dedo.
Al poco tiempo, García entró por la puerta del lugar.
—Estoy listo.
Con una sonrisa, nos miró y luego se quitó la camisa.
En su pecho tenía una línea vertical; en ambos extremos se veían los puntos entrelazados de la cirugía.
—Ahí está, el chico perfecto.
Después de esto, tendrán la semana libre para que la herida cierre bien —dijo el sargento—.
Entonces, nos quedamos todos sonrientes, charlando, mientras cada uno de nosotros era llamado.
Yo era el último, por lo que, cuando fui llamado, me levanté con la sonrisa que me caracterizaba y entré a la sala donde se habían hecho las cirugías antes.
Respiré el aire del lugar, que contenía ese olor a cloro, producto del protocolo adecuado para eliminar todas las posibles infecciones de manera rápida y segura.
—Jacob, acuéstese ahí.
—Entendido.
Haciendo caso a lo que dijo el médico, me acosté en la camilla.
Después de eso, me pusieron la máscara de oxígeno por donde administraron la anestesia, dejándome dormido, inmóvil e incapaz de hacer nada.
Mientras tanto, los científicos iniciaron su trabajo.
Empezaron a moverse por el sitio; uno temblaba mientras tragaba saliva, pero el otro solo caminaba, tomando las herramientas necesarias.
—¡Quédate quieto!
Solo sigue mis órdenes.
—Pero, señor, es muy posible que esto no salga bien.
—¿Y qué?
Nosotros debemos lograr cosas más grandes, incluso con los riesgos.
—¿Pero, señor, y si nos descubren?
—No, eso es imposible.
Por algo elegimos a este último.
—¿Imposible?
Claro, claro, no es que hubiéramos considerado a los demás.
—Por eso mismo decidimos a este último.
—Jódete.
No le haré ese daño a este joven.
—¿Sabes?
Con una sonrisa, el hombre sacó de su bata un revólver.
—El que no está a favor mío, está en mi contra.
Apuntó hacia él, quien solo bajó la mirada mientras apretaba los puños.
—Vamos, seré tan bueno que te daré más dinero del que ganaremos.
El otro solo apretó los dientes e inició la operación.
Con un bisturí, hizo la incisión, abriendo el lugar donde se pondría la piedra, mientras el otro hombre continuaba apuntando.
Mas, cuando llegó el momento de insertar la piedra…
—Hey, ve al escritorio de allí.
Revisa en el primer cajón.
Obedeciendo una vez más, el hombre fue hacia allá y sacó la piedra.
Con su color blanco y manchas negras, la sostuvo mientras caminaba hacia mí, poniéndola sobre mi pecho.
—Necesita ser más grande la incisión.
¡Hazlo!
—seguía ordenando el hombre armado.
Al otro hombre le tocó seguir las órdenes: abrió más la herida, metió la piedra y suturó.
Mas, justo cuando cerraba la herida con los puntos, la puerta se abrió de golpe, forzando a los presentes a mirar la escena: mi herida estaba suturada, pero también había una piedra extra que no parecía haber sido usada.
—¿Qué mierda?
Quien irrumpió era el sargento.
Al ver lo ocurrido, corrió hacia ellos, mas el pelotón también entró acompañándolo.
Entonces, el científico del revólver tembló e intentó apuntar al sargento, quien le contestó con un golpe que le sacó el aire del estómago.
—¡Ahhh!
—Cayó al suelo en un instante e intentó agarrar el arma una vez más, pero García la pateó lejos.
Entonces, el sargento habló: —Hey, tú.
Explica lo que pasó.
Entonces, el otro científico, a quien se le dirigió la palabra, inició, tartamudeando: —É-él…
él me forzó.
Le dije que no, pero terminó sacando un arma y me amenazó.
—Terminó de hablar mientras se agachaba en el suelo y de sus ojos brotaban lágrimas.
—¿¡Qué fue lo que pasó!?
—gritó el sargento.
Entonces, García inició a hablar: —Supongo que no fueron alucinaciones mías eso de que iban a intentar algo peligroso.
—Gracias por mencionar eso, García.
Pero tú, científico, explica lo que pasó.
—Él mandó a usar una piedra más grande.
Esto lo hemos experimentado en otros animales…
Daba un poder algo mayor al inicio, pero luego no podía crecer —dijo con voz pesada.
—¿Qué?
¿¡Qué carajos hiciste con el chico!?
Apretó los dientes mientras miraba al hombre en el suelo, quien no abría la boca.
Entonces, le dio una patada en el estómago, como un intento de desahogarse, como si eso pudiera evitar que sus ojos se pusieran más rojos.
Mas, moviendo los ojos, mi yo del pasado inició a despertar.
—¿Eh?
¿Qué pasó?
—preguntó al ver que todos estaban reunidos, con un hombre en el suelo y su sargento al borde de las lágrimas.
—Este idiota te ha jodido la vida.
—¿Ahh?
¿Pero cómo?
—Este hombre no quiso hacer bien el experimento, y esto hizo que ahora no puedas tener más maná.
—¿Qué?
Miró sus puños una vez más.
Miró la cirugía también, al pelotón y, por último, al hombre que le arrebató la posibilidad de ser igual a ellos.
Pero tragó saliva, apretó los labios y, con las manos apretadas, alzó la mirada hacia el sargento.
—No importa.
Seguiré adelante.
—Pero, chico, ya no podrás ser más fuerte.
Será el sargento un hombre exigente, pero esto no le había privado de sentarse y reírse con sus hombres.
Sin embargo, ahora veía el futuro arruinado de uno de ellos, quien, irónicamente, los había animado a buscar la magia.
—Dime, ¿qué te parece si me vuelvo francotirador?
Así podré luchar y no seré una carga.
Mi yo del pasado había encontrado una solución.
Tal vez su magia no sería la más fuerte, pero si la usaba toda en un tiro certero, era seguro que lograría algo.
El sargento se llevó la mano a la barbilla y pensó unos instantes.
Luego se rio: —¡Jajaja!
Y yo que pensaba que esto te tumbaría.
No entiendo cómo nada logra detenerte.
—¿Detenerme?
Le prometí a papá que siempre avanzaría.
—Y lo demuestras cada día.
Bien, chico, tú serás el francotirador.
—Perfecto.
Entonces, ¿cuándo inicia el entrenamiento?
—Hoy no.
Tendremos que conseguirte un maestro.
—¿Un maestro?
—Sí.
Después de todo, aquí nadie lo ha sido.
Entonces, mi yo del pasado apretó los puños, haciéndolos crujir.
—Pues entonces seré el primero y me volveré el mejor.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES fucken_132 Revision que pasa de 1770 palabras a 1779,no pues que recorte xD al menos espero que sea mas fluido porque lo estoy revisando parrafo a parrafo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com