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En el mundo desconocido - Capítulo 8

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  4. Capítulo 8 - 8 R-CAP8Francotirador
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8: R-CAP8:Francotirador 8: R-CAP8:Francotirador Y con ese último pensamiento, me devolví a la cama.

Me metí entre aquellas sábanas que atraparon mi piel y el calor en un instante, ayudándome a cerrar los ojos y dejándome entrar en algún recuerdo del pasado.

En ese instante, el lugar cambió, dejándome conocer la nueva zona.

Miré a lado y lado; no podía ver ventana alguna que hubiera hecho de esto un lugar oscuro.

Sin embargo, la bombilla que estaba arriba mío iluminaba las camas donde cada uno descansaba.

De repente, la puerta se abrió y entró un hombre, con una olla en una mano y una cuchara de madera en la otra.

—¡A despertar, vagos!

Es hora del día.

Era nuestro sargento, quien entró con una sonrisa mientras golpeaba la olla con la cuchara, forzándonos a abrir los ojos para hacerle caso.

—Sí, señor.

—Tomen sus armas.

—¡Sí, señor!

Entonces, se pararon.

Cada uno se había acostado con el uniforme necesario.

De paso, se agacharon para sacar todos el fusil de debajo de las camas.

—Méndez, deja el fusil.

Ve a la oficina del coronel.

—¡Sí, señor!

Soltando el fusil, lo guardó en su sitio.

Después, salió de la habitación para encontrarse con el exterior.

Lo recibió un sol que se ocultaba entre la niebla, mas aun así, su luz atravesaba el lugar.

Eso no evitó que los dedos de mi yo del pasado temblaran, pero tampoco detuvo su avance sobre el pavimento de concreto.

Por allí pasaban los coches con el sonido característico de su motor y su humo, circulando a un lado mío.

Parecía como si hubiera un andén, que en realidad no existía, sino unas líneas de cinta dibujadas en el suelo para evitar accidentes.

Mas, mientras caminaba entre edificios del mismo color del suelo, finalmente llegué a aquel lugar que se alzaba con sus tres pisos.

Sonreí mientras apretaba los puños, a la vez que avanzaba.

Cuando me paré frente a la puerta, un guardia me detuvo, poniendo su brazo en mi camino.

—¿Quién eres?

—So-soy Méndez Jacob.

Me dijeron que viniera aquí.

—Ya veo.

Me informaron de ti.

Entra, ve al segundo piso y busca la oficina.

Al bajar su brazo, obtuve el espacio para entrar.

Al entrar, miré hacia las diferentes habitaciones, cada una con su respectiva puerta, pero no me detuve ahí.

Caminé hasta el fondo del pasillo, donde me subí al ascensor.

El olor a nada solo indicaba lo bien construido que estaba aquello.

Por eso, en cuanto salí, lo primero que vi fue la oficina del coronel, marcada con una señal al fondo del pasillo.

Caminé hasta ahí para tocar.

—Toc, toc, toc.

—Entra.

Moví mi mano, que tembló un momento, mas cuando tocó el pomo, hizo crujir la puerta.

Entré para ver al coronel, quien se estaba sentando.

Observaba una caja rectangular oscura que contrastaba con el blanco de su chaqueta.

Ese objeto se encontraba encima de su escritorio.

A su vez, él sostenía una de sus medallas: la apretaba, soltaba y movía mientras me miraba.

—Lamento lo de esa cirugía.

—No hay problema.

Eso no me detendrá.

—Aquí te he conseguido tu nueva arma y un instructor que debe estar en la recepción.

Entonces él se paró, dejando esa medalla a un lado para sostener esa caja por la manija y dármela.

Yo la sostuve con mis manos.

Mas, en el momento que la agarré, mi cuerpo cedió un instante, pero me mantuve de pie.

Esto era más pesado de lo esperado.

Con una sonrisa, hablé: —¡Muchas gracias!

Poniendo su mano sobre mi hombro, me devolvió la sonrisa.

—Sigue dándolo todo.

—¡Sí, señor!

Con esas palabras, cada uno tomó un camino diferente.

Caminé por el pasillo, entrando en el ascensor.

La caja casi me hacía inclinarme a un lado, pero la sonrisa que mantenía parecía hacerla más ligera.

Por ello, cuando salí del ascensor, me dirigí a la recepción, donde se hallaría mi nuevo maestro.

Encontré el cartel de “Recepción” y giré el pomo.

No me fue difícil encontrar a quien ahora sería mi maestro.

Vestía pantalones del uniforme verde y la camisa clásica de este ejército, mas en su cuello colgaban unos binoculares.

Entonces, él alzó su mirada, mostrando los ojos azules que tenía.

—¿Así que serás el nuevo francotirador?

Me miró de pies a cabeza para finalmente observarme cara a cara.

Entonces, intentando romper el silencio, pregunté algo que me hizo tragar saliva: —¿Cómo sabía que soy el nuevo?

—Eres un tonto.

—¿Tonto?

—Claro.

Dime primero qué es lo que cargas.

—El francotirador.

—Exacto.

Entonces, ¿qué necesitas?

—Eh…

el maestro.

—Ya por fin lo entiendes.

—Sí.

Con eso, solté los hombros, dejando que el peso de esa caja negra hiciera más efecto en mí.

—Soy el sargento Edgar.

Veo que ya tienes tu rifle.

Sácalo y pónlo en tu espalda.

Seguí la orden.

Bajé mi caja e inicié a abrirla.

Al hacerlo, vi el rifle, que ante la luz del bombillo reflejó su color metálico.

Entonces, tomando la correa de este, lo puse en mi espalda.

Cuando decidí pararme, el peso de él me hizo tambalear.

—Ja, ¿ya notas el peso?

Entonces es hora de trotar.

—¡Sí, señor!

Y con esas palabras, el hombre salió por la puerta, guiando el camino.

Cuando salimos del edificio, caminamos por las calles de concreto.

A la vez, en ese trote, me forzó a salir del lugar, metiéndonos en el verde del bosque.

Allí, la luz del sol entraba hasta golpear mi cabeza, mas continuamos trotando, subiendo por una pendiente.

Mis piernas, que se movían con lentitud, el sudor cayendo por mi frente y esa respiración corta pero agitada me delataban.

Así, el tiempo pasaba mientras el sol dejaba de arder tanto, porque habían pasado horas desde que iniciamos.

Entonces, Edgar se detuvo y se giró hacia mí.

—Nos detendremos aquí.

—Sí, señor.

—Primero, pon tu rifle en el suelo.

Luego, inicia a calibrarlo.

Entonces, bajando el arma de mi espalda, la acomodé en el suelo, mas cuando me disponía a hacer lo siguiente, no podía.

—Señor, ¿cómo calibro mi rifle?

—Límpialo con el trapo.

Entonces, de mi uniforme saqué un paño e inicié a limpiar el rifle por todos lados.

—Toca asegurar que no se atasque.

—Sí, señor.

Él apretó su mano ante mi respuesta.

Mas, para cuando terminé de limpiar el rifle, él dio otra instrucción: —Ahora, cárgalo con la munición.

Sin más, tomé la munición de mi ropa, miré dónde estaba su entrada para acto seguido meterla.

Entonces, cuando terminé, miré al hombre, quien se había cruzado de brazos.

—Inicia a calibrar la mira; ésta se debe ajustar cada vez que vayas a realizar un tiro.

Tomando en serio esa petición, miré a través de la mira, donde se veía todo difuso.

Por eso, inicié a girar un engranaje hasta que le di lo necesario para poder ver bien.

—Mira bien el bosque.

Por la mira seguía viendo de lado a lado hasta que, cuando dejé de hacerlo, hablé: —Todo limpio, señor.

—Idiota.

Mira ese árbol.

Él señaló un árbol que estaba a 10 metros de mí.

Solo por si acaso, me froté los ojos para observar bien y noté que era un saco de boxeo vestido como soldado.

—¡Eres un idiota impaciente!

—…

Entonces, ¿qué debería hacer?

—Eres un francotirador; puedes, no, debes tomarte el tiempo para analizar.

Usa tanto la mira como la vista.

—Sí, señor.

—Imbécil, deja eso del “sí, señor”.

Más bien, ¿por qué carajos lo haces?

—Porque yo creo que es algo importante y bueno.

Alcé mi mirada mientras decía eso, mas no la pude mantener.

—Es un buen ideal, mas, ¿tú sabes de dónde vienen las piedras mágicas?

—¿Otro mundo?

¿Cómo se une lo uno con lo otro?

—No todos son buenos.

—Pero esto es el ejército.

¿Cómo eso no sería bueno?

—Yo no lo sé, pero escuché rumores de que hacen experimentos con algo que no es de este mundo.

—¿Entonces la carrera aeroespacial avanzó tan rápido?

Aunque podría tener sentido.

—Buen punto, mas todavía no sabemos.

Pero te daré un consejo.

—¿Un consejo?

¿Cuál?

—No creas que solo por luchar por tu ideal estás haciendo el bien.

Cuestiona todo; cuestiónate a ti mismo antes que nada.

—L-lo intentaré.

—Con el paso del tiempo, lo podrás hacer.

—Volviendo al tema, es hora de continuar con el entrenamiento.

—Entendido.

¿Cómo lo haremos?

Y con una sonrisa, él reanudó el entrenamiento hasta que la noche cayó.

Una vez en el lugar original, estaba en una sala de tiros, acostado con el rifle listo y con el sargento Salazar acompañándome.

—Méndez, tú sabes tu situación, pero eso no te salva de que debes entrenar.

—Sí, señor.

—Entonces, ¿qué intentarás para que tus tiros sean potentes con la magia?

—Usaré el viento para acelerarlas.

Será como un impulso acumulado que acompaña el tiro.

—Oh, eso suena interesante.

Mas te vale hacerlo funcionar.

—Claro, señor.

Entonces, ¿cómo es la metodología?

—Serán tres tiros: sin magia, con magia y con toda tu magia.

¿Entendido?

Con eso en mente, acostado, solté el cuerpo de manera que lo único que observaba era el objetivo.

Moví la mira hasta donde tocaba disparar y di mi primer tiro, que empujó mi hombro hacia atrás, mas en un instante, golpeó el objetivo.

—Tiro 1 a 300 metros, 0.375 segundos.

Deja anoto.

Con eso dicho, lo escribió en su hoja de papel para después darme la siguiente señal.

Asintiendo, hice eso, pero con el añadido de la magia que salió de mi cuerpo como un agua tibia invisible.

Al tocar el rifle, hacía sentir cómo el viento exterior pasaba por el cañón, mas al usar la magia, ese viento dejó de molestar.

A la vez, presioné el gatillo, haciéndome retroceder más que antes, pero el sargento interrumpió: —Tiro 2 a 300 metros.

Tiempo esperado: 0.375 segundos.

Resultado: 0.1875 segundos.

¡Bien hecho!

Falta el último.

Entonces, hice que la magia fluyera hasta el arma.

Mientras, por mi cara corría una gota de sudor y sentía un pequeño temblor en mis piernas.

Mas el viento que pasaba por mi cara, como si intentara desviarme, no podía detenerme.

Pero entonces, estar usando magia me hizo pensar en esa pregunta que tenía todo el pelotón.

Apreté el gatillo, mas el grito del sargento me trajo a la realidad.

—¡Soldado, lo has fallado!

—Disculpe, tengo la mente algo ocupada.

—¡Soldado, por su propio bien, deje las preocupaciones a un lado!

Imagínese a usted en una batalla.

Lo matan si sigue así.

—Pero, sargento, es que yo quisiera saber de dónde vienen las piedras mágicas.

—Ya les había dicho que no lo sé.

—Es que dígame, ¿por qué, aunque aceptamos esto, no nos han dicho de dónde las consiguieron?

—Eso es algo de los altos mandos y no podemos saberlo.

—Pero si te enteras y quieres abandonar, te ayudaré.

—Gracias.

Con eso, bajé la cabeza mientras decidía dar el siguiente tiro, pero la pregunta de las piedras mágicas no se resolvería aquí.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES fucken_132 Revision del capitulo pasando de 1728 palabras a 1820, caray parece que estas revisiones solo ayudan a hinchar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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