En el mundo desconocido - Capítulo 97
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97: Cap97:Vlad?
97: Cap97:Vlad?
En mi cama solo me quedaba mirar el hospital, hasta que esos tres días pasaran, donde lo único que sabía era que saldría dentro de menos tiempo.
No intenté curarme, simplemente por el hecho de que estaba en un hospital, lo que hacía eso literalmente innecesario.
Además, ver cómo esas costillas se hundieron por sí solas fue una pésima experiencia.
Por eso, solo me intentaba distraer con la televisión prendida mientras miraba viejas series de mis tiempos, donde la novela melodramática, esa en la que tú solo querías ver caer a la protagonista y a su vez querer verla triunfar, era mi deleite, a diferencia de este mundo, que me dejó en el pasado y la debilidad.
—Debilidad.
Tragué saliva mientras esa amarga verdad se metía en mi mente.
Pero no me rendiré.
Todavía tengo cosas que hacer y, aunque no supere mi debilidad, ganaré esta pelea de la única manera que el tiempo me forjó: como líder.
Por eso, en cuanto la enfermera entró al lugar, yo sonreí.
—¿Ya es hora?
—Sí, chico.
Aquí están tus ropas.
—Gracias.
Con ese pequeño intercambio, dejó lo que yo necesitaba.
Apenas pude, agarré los pantalones, que ahora no tenían barro ni mugre.
—¡Qué bien que los lavaron!
Y cuando tomé la camisa, miré donde se suponía que estaba el hueco.
—Hasta cosieron esto.
Con esas palabras, decidí salir del sitio para ir hacia la calle.
Pasé por el pasillo, tomando el ascensor, para finalmente llegar a la recepción, donde me recibió Ana, que estaba allí.
—Entonces, ¿qué carajos piensas hacer, idiota?
—Lo que es necesario: solucionar esto.
—Bien, bien, eso es algo.
¿Pero cómo lo harás?
—Ya te dije sobre el abuelo de Soren.
—Sí.
Además, Eduardo me dijo que es un cascarrabias que ni contacto tiene con su familia.
—Exacto.
Por eso es necesario llevar a Soren.
—¿Pero él sabe que eso pasará?
—Solo le diré que es para una misión secreta.
—¿Crees que se comerá esa mentira?
—Entonces solo hay que camuflarla un poco más.
—¿Camuflarla?
¿Cómo carajos lo harás?
—Embellecerla.
—Sí, claro.
Pero al final la base sigue siendo la misma: una mentira.
—Eso es cierto.
Aunque si digo que es un encargo privado de Eduardo, sería mejor.
—Bueno, eso es una verdad también.
—Sí, pero así omito la parte de que es una misión.
Con una sonrisa, ella decidió dejar que el silencio ocupara un lugar mientras caminábamos, saliendo del hospital, recibidos por el sol del exterior.
Mientras, yo caminaba mirando los semáforos, que dejaron de usar el clásico rojo, amarillo y verde por un temporizador, además de poner a un lado un reloj.
Supongo que son bien estrictos con el tiempo.
Con esos pensamientos, caminamos hasta llegar al apartamento de Soren.
Miré mi teléfono viendo la hora que era.
—1 de la tarde.
Debería estar ahí.
Toc, toc, toc.
—¡Ya voy!
Con sus pasos sonando detrás de la puerta, él vino y abrió.
—Vaya, supongo que terminó la misión esa.
—Sí, terminó.
—Entonces, ¿qué harás ahora?
¿Irás por otra, demonio del entrenamiento?
Aunque, ¿qué haces aquí, Sargento?
—El mocoso terminó esa misión, pero inició otra.
—Tal vez debería dejar de llamarte demonio del entrenamiento y ponerte demonio del trabajo.
—Ay, no me jodas con esas cosas.
Más bien, ¿cómo te fue en el torneo?
—Ja, mira esto.
De dentro de su camisa sacó una medalla de color plateado que contenía un número.
—¿Segundo lugar?
—¡Ja!
¿Sorprendidos?
Tengo talento para esto.
—Ho, ho, ho.
¿Sabes lo que eso significa, Soren?
—Claro, que soy fuerte.
—Y que por eso debes entrenar más fuerte.
Dejando de hinchar el pecho, me miró con los ojos abiertos para luego sujetarme de los hombros y moverme con rapidez.
—¡No, no, no!
¡Por favor, no!
—Pero ya tienes talento, solo falta pulirlo.
—¡Idiota!
Fueron 15 millas de trote.
—Y por tener talento, serán 20.
—¡¡NOOOOOO!!
Y con esa situación, decidimos entrar en casa, tomando asiento en el sofá, donde Ana me miraba mientras se sostenía el brazo.
Supongo que me pide que inicie el tema.
—Oye, Soren, ¿y sobre tu abuelo?
—¿Él?
Bueno, como te dije, no tengo contacto con él.
¿Pero por qué?
—Mira, lo que pasa es que necesitamos ir a contactarlo.
—¿Contactarlo?
Ese viejo ermitaño no conoce la luz de un computador.
—Sí, pero aun así tenemos que ir.
—Carajos.
Bueno, podría ir.
Mirando al techo, a la vez que estiraba sus brazos hacia arriba, intentó quitarse la pereza para después sacar su teléfono, poner algo y, una vez que terminó, abrió los ojos.
—¡No jodas!
¿Cómo carajos que él vive ahí?
—Supongo que te enteraste.
—Sí, pero ir hasta allá es un fastidio.
Además, me voy a meter en otro torneo.
—¿En otro?
—Claro.
Lo anterior me dio más puertas.
Mira.
Mostró su correo, donde tenía ofertas de diferentes instituciones para concursar.
—Debo demostrar que ya no soy el debilucho de antes.
—Eh…
sí.
Bueno, te deseo suerte.
—¡Ja!
¿Qué te pasa, Jacob?
¿No te lo esperabas?
—¿Cómo carajos quieres que me lo espere, si yo no me meto en eventos?
—Entonces deberías aprovechar, porque dentro de dos meses inicia uno nuevo.
—Tal vez me meta, pero eso sería más adelante.
—Bueno, ¿y qué harás el resto del día?
—Me toca ir donde el viejo.
—Buena suerte.
Ni papá quiere hablar con él.
—Espero que entre en razón.
—Si el tiempo no le ganó, tal vez los golpes sí.
—Ten cuidado, que él es fuerte.
—Pero el tiempo vence a todos.
—Ya lo sabrás.
Con esas palabras, me paré y, con Ana, quien no habló en la conversación, salimos del sitio para poder irnos.
En cuanto estuvimos alejados del sitio, ella soltó sus hombros y me miró una vez más.
—¿Qué harás ahora?
Mi plan se jodió.
El objetivo era llevar a Soren para probar si se suavizaba.
Entonces, deberemos prepararnos mejor mientras vamos tras el viejo.
¿Pero qué sería lo que deberíamos hacer para ello?
Analizar nuestra situación, luego ver los objetivos para, finalmente, pensar qué hacer.
—Bueno, Ana, organicemos las bases.
—Oh, entonces mostrarás cómo aplicas tus planes que no funcionan.
—Claro.
Y de paso desmonto tu innecesaria impulsividad.
—No es como que tú seas el ejemplo de paciencia, sobre todo si se lo preguntas a tus costillas.
—Mas tú no eres el ejemplo de calma necesaria si abofeteas a los heridos.
—Oye, mocoso, tú…
Mas, respirando una vez más, ella dejó eso a un lado.
—Mejor volvamos a lo necesario.
Dime qué harás.
—Bien.
Lo primero será proteger a Sara.
—Eso es un buen punto de partida.
Sigue en mi casa, si te lo preguntas.
—Perfecto.
Ahora el problema será transportarla.
—Podemos llamar un taxi para eso.
—Aunque tal vez toque ponerle alguna máscara o peluca.
—Vaya, ya estás pensando.
—¡Imbécil!
¿Quién te crees que eres?
—Ahora sí, volvamos a lo esencial: ¿máscara o peluca?
—Creo que la peluca bastará, pero también tú deberías usar una.
—¿Una?
¿Yo?
¿Pero por qué?
—El enmascarado ya te conoce.
Podría sospechar.
Solo me quedó respirar mientras analizaba eso.
Después de todo, era cierto: un combate cara a cara donde revelé mi identidad.
Ahora podría arriesgarme a ser encontrado por el tipo.
Entonces, una peluca.
Y debo llevar el plan más lejos.
—No, usaré solo una peluca.
Cuando pidas el taxi, te daré una ubicación para que vengas a recogerme.
—¿En serio?
Y ahí va el ultra cuidadoso de planes que fracasan.
—Todavía no ha pasado.
Con esas últimas palabras, cada uno fue a lo suyo: ella, a llevar a Sara mientras compraba una peluca por aparte; mientras que yo repetía lo mismo, solo que en otra ubicación, para evitar sospechas.
Por eso, caminé a un banco y saqué mi teléfono, donde miré las cosas a comprar.
La peluca, que compré al poco tiempo, llegó mediante un dron que me hizo elevar la mirada.
Tuve que aceptar la caja para que, con ella en mis manos, fuera a un baño donde me la puse.
El color blanco de ésta cubría hasta mi espalda.
—Carajo.
Esto se siente raro.
Así, terminé saliendo del lugar mientras caminaba por la calle, rumbo hacia alguna zona para que me recogiera Ana.
Mas cuando estuve ahí afuera, alguien me tocó el hombro.
—Oye, tú.
Miré a esa persona, que era tan alta como un poste.
Al mirar su cara, noté esas orejas peludas de color blanco.
—¿Sí, señor?
¿Qué pasa?
—¿Cuál es tu nombre?
—¿Mi nombre?
Jacob.
—¿En serio?
¿No eres Vlad?
—¿Vlad?
¿De quién carajos me hablas?
—No, nada.
Me confundí de persona.
Con esas palabras, él tomó un rumbo distinto y yo me senté, mientras miraba mi teléfono.
Envié la ubicación a Ana y, en lo que ella llegaba, miré el lugar por donde el hombre se fue.
—¿Quién eres?
Espero que no cause problemas, aunque también espero que Ana llegue rápido para ir donde el viejo.
Y, como una respuesta divina, ella llegó en el taxi.
—Súbete.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES fucken_132 Listo, finalmente la trama avanza aunque como siempre de a pedazos, hasta yo como escritor quiero ir al final aunque eso restaria valor a todo lo que se construye paso a paso.
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