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En el mundo desconocido - Capítulo 98

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  4. Capítulo 98 - 98 Cap98El ermitaño
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98: Cap98:El ermitaño 98: Cap98:El ermitaño Sonreí ante su propuesta, así que tomé la manija para entrar al vehículo donde Sara estaba en medio.

Ella también llevaba una peluca que ocultaba su pelo rosa.

Ana, con su color de pelo natural, estaba en el otro extremo del asiento.

Entonces, Sara movió la mano y yo hablé: —¿Qué tal, Sara?

—Bien.

Entonces, ¿a dónde iremos?

Miré a Ana y suspiré.

Al mismo tiempo, miré al taxista, quien me devolvió la mirada como si preguntara lo mismo.

—Iremos a este lugar.

Metí la mano en el bolsillo del pantalón, saqué una el móvil donde mostraba una ubicación y se la enseñé al taxista.

Él asintió y puso el coche en marcha mientras Sara me tocaba el hombro.

—Pero ¿por qué?

—Allá te explicamos.

—Hmm, ¿en serio?

¿Por qué es necesario?

—Por favor, solo aguanta esas preguntas.

—Ahh, está bien.

Pero me lo dirán apenas nos bajemos.

—Sí, te lo prometo.

Tras eso, miré al exterior.

El taxi se movía entre las calles donde abundaba lo de siempre: coches, personas, edificios altos y un montón de pantallas en cada edificio.

Pero mientras más avanzábamos afuera de la ciudad, estas cosas iban quedando atrás, a la vez que el calor se hacía un poco más evidente.

El sudor cayó por mi espalda, trayéndome recuerdos de la isla donde me tocaba tomar un hacha para cortar la madera a diario, moldear cosas y demás para lograr ese barco.

Y así el tiempo pasó hasta que fue hora de bajar.

Cuando lo hicimos, el taxi tomó otro rumbo y Sara me agarró del brazo.

—Bien, ¿qué era lo que pasaba?

Entonces, cuando iba a hablar, Ana interrumpió: —Empieza a recordar los hechos.

¿Qué te metió en esto?

—Ehh…

pues nada que yo recuerde me puso en esto.

—Eso lo sabemos, pero por eso iremos a ver a alguien que puede saber algo más.

—¿Alguien?

—Sí.

Por allá.

—Ana alzó la mano, señalando hacia el fondo del bosque mientras se adentraba.

Sara y yo la seguimos mientras ella hablaba—: Ahí se encuentra un ermitaño que sabe sobre la guerra del oro y el poder.

—Pero ¿por qué es un ermitaño?

—Ni idea, pero debemos ir a verlo.

—¿No nos rechazará?

—…

—Oye, ¿en verdad qué dirá?

—Agh, no tengo idea.

¡Vamos, mocoso, lidera!

—Claro, aquí voy.

—Oye, Jacob, ¿qué dirá?

—¿Lo que él dirá?

No tengo idea.

—Entonces, ¿por qué te pusiste peluca?

¿O por qué yo también tengo que llevar una?

—¿Te acuerdas del tipo que te atacó?

—Claro.

¿Cómo puedes olvidar eso?

—Digamos que me lo encontré.

—¿En serio?

¿Y qué le sacaste?

—Que considera necesario asesinarte.

—Pero ¿qué cosa mala le he hecho yo a él?

—Ni idea, el tipo no quiso hablar.

—Caray.

Entonces, ¿qué quiere?

Al inicio él estaba feliz, hasta que mencioné mi nombre.

Pero Ana, entrando en la conversación mientras nos movíamos por el bosque, intervino: —Exacto.

Ese cambio de actitud es lo más extraño que tuvo.

—Entonces, ¿por qué crees que pudo ser?

—¿Tal vez algo que hiciste en el pasado?

—Bueno…

mis experimentos no solían ser tan buenos…

Hasta papá me dijo que lo dejara.

Apretándose el labio, Ana se detuvo un instante, mas continuó luego, aunque moviéndose algo más lenta.

Supongo que esas palabra de papá le trae esos recuerdos.

—Eh, bueno…

entonces, ¿qué experimentos hacías?

—Eran más que todo tecnología y catalizadores.

—Espera, ¿entonces los estallabas?

—Em, bueno…

ah, sí, está bien, eso pasaba.

—Con razón tu padre decía que pararas.

¿Cuántos eran?

—Más o menos dos al mes.

—¿Dos?

Caray, eso sí que no es respeto por los muertos ni por el dinero.

—Oye, pero es que me gusta mucho.

—Pero dales más prevención a las bases.

—En eso estoy.

Por eso quiero ir a Lea.

Ese tema me hizo detenerme un instante.

Ella también quería ir al mismo lugar que yo necesitaba, aunque por razones distintas.

—Escuché que Lea es muy bueno tecnológicamente.

—Claro, ahí está el máximo desarrollo de las cosas.

—Obvio que sí, mocoso.

¿No era una de las razones por las que querías viajar?

—Calla, Ana.

O sea, sí, pero me gustaría saber más del lugar.

—Bueno, entonces ya te cuento, Jacob.

Ese lugar es donde los eruditos se suelen reunir por los planos que se manejan.

—¿Planos?

¿Cómo se relaciona lo uno con lo otro?

—Los planos sirven como moldes para producción.

—Entonces, ¿esto es el reemplazo de la producción con maquinaria?

Vaya, ¿cómo se le llama a esto?

¿La revolución mágica?

—No, no.

La revolución mágica fue otro periodo.

A lo que seguro te refieres es a la revolución mágico-tecnológica en productividad.

—Ese nombre es hasta más innecesario que el otro.

—Ni tanto.

Después de todo, todo lo que ha pasado ahora es gracias a la magia.

—Eso me recuerda lo del hospital.

—Ehh, ¿qué hospital?

—Ahh, nada, nada.

Lo siento.

—Bueno.

Entonces, ¿algo más?

—¿Cómo funcionan esos planos?

¿No es mejor enviarlos por fax?

—¿Fax?

¿Vienes de hace dos siglos?

No, esos planos no son meros papeles.

—¿Cómo no lo van a ser si son planos?

Eso no tiene lógica.

—Porque estos planos funcionan con catalizadores especializados.

—Ahora eso sí tiene sentido.

Pero es mejor venderlos por cantidades.

—Empiezo a pensar que jamás has trabajado con un catalizador.

—El único que tuve se rompió hace un tiempo.

De mi bolsillo saqué una bolsa.

—Y aquí lo llevo.

—¿En serio?

Supongo que le tienes mucho afecto.

Miré a mi alrededor mientras caminábamos por el bosque, y los recuerdos de los lobos que me atacaron en la isla, o de aquel oso que casi me asesinó en varias ocasiones, volvieron a mí.

Yo solo seguía avanzando con una sonrisa.

—Claro.

¿Cómo no tenerle afecto?

—Bueno, cambiando de tema, ¿qué harás con eso?

Ya no sirve.

—Solo lo guardaré.

—¿Ahora el mocoso guarda cosas que no sirven?

—¡Hey, déjame!

—Sí, claro, como digas.

Así empieza la gente a acumular cosas.

—De ser así, tendría muchas más cosas guardadas.

—Eso es porque estás en una etapa temprana.

—Ay, sí, como si eso fuera verdad.

—Oigan, no hace falta pelear solo porque alguien guarde cosas.

—Entonces, ¿qué quieres que haga con alguien que guarda cosas innecesarias, Sara?

—Pues no estorban mucho, así que déjalo.

—Tzch, está bien.

Cuando esa conversación terminó, solo seguimos avanzando hasta que miré en el suelo algunas marcas que se hundían en él.

—Esperen un momento.

—Me agaché mientras tomaba un poco de esa tierra, la cual me respondió con un frío que contrastaba con el calor que me hacía humedecer la espalda—.

Parece que hay osos.

—¡Ihhh, osos!

¿Pero puedes vencerlos?

Con una sonrisa, me volteé hacia ella.

—Claro que puedo.

De hecho, tengo varias misiones relacionadas con ellos.

—¿En serio?

Yo solo vi las de clase E.

—Déjame que te muestre.

Con mi teléfono, empecé a buscar dentro de los números hasta encontrar lo necesario, donde se relataba la cantidad de osos que había cazado [o “capturado”, “abatido” – elige el término más adecuado].

Con una sonrisa, se lo mostré.

—Ehh, espera…

¿Cómo lograste acabar con tantos?

—Paciencia y dedicación.

Nada más.

—Increíble.

—Oye, mocoso, déjame ver.

Tomando el teléfono de mis manos, ella soltó una risa.

—Ja.

Ya decía yo cómo tenías tanto dinero, si ya vas por las tres cifras.

—Sí, es increíble, Jacob.

Eres fuerte.

Mas esas palabras me borraron la sonrisa.

Pero para disimular, solo seguí caminando, dejando atrás unas palabras: —Tal vez.

Fuerte o débil…

no es algo que pueda definir ahora, si ni siquiera puedo definir a mi enemigo, o definirme a mí mismo.

Esos pensamientos me hacían apretar los puños.

Con el pasar del tiempo, dejábamos el bosque atrás mientras caminábamos hacia un lugar donde no había más árboles.

El sol amarillo, al igual que el cielo, iniciaba a esconderse dentro de las aguas de la mar mas cuando el concreto de una casa se interpuso ante nosotros alce mi mirada has la cima de esta observando Desde su tejado rojizo, hecho con tejas de ladrillo, descendían hasta donde se delimitaba con las paredes grises.

Las tres ventanas, apiladas una sobre otra, definían bien los pisos.

Entonces, nos paramos ante la puerta, listos para tocar.

Pero antes, nos miramos entre sí.

No sabíamos realmente quién sería la persona que se encontraba detrás de este lugar.

Si incluso a Eduardo habían rechazado, debíamos correr el riesgo de venir aquí para que esto valiera la pena.

Por eso, con un temblor en una mano y la otra bien apretada, me decidí a tocar.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES fucken_132 Un nuevo capitulo, genial.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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