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En el Universo DC con plantilla Shinobi - Capítulo 113

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113: Relaciones Extrañas 113: Relaciones Extrañas  El traqueteo de las cadenas de un transportador improvisado resonó en la gran y vacía cámara que una vez fue el centro de fabricación de armas del Hombre Quimera, ahora convertido en la casita para perros de las gigantescas bestias de cierto mocoso albino.

Incluso hoy en día, a Nezu le picaba el bolsillo metafórico.

Había invertido una fortuna en diseñar su propia fábrica totalmente automatizada para sus creaciones.

Sus ojos sólo veían escombros y grietas donde una vez hubo caos organizado y la promesa de la dominación absoluta.

Una lengua gigante lo empapó de baba de pies a cabeza cuando el Ninken intentó llamar su atención.

-¡Basta, perro!

– gruñó con irritación al jadeante Ninken, cuyos ojos denotaban una inteligencia superior a la de un animal.

Le gustaba molestarlo.

Siempre que podía, dejaba su asquerosa saliva sobre el cuerpo mitad animal, mitad metal de Nezu.

El transportador finalmente se acercó, captando el interés de las otras bestias.

El gemelo Ninken se sentó junto a su pareja, mientras el cerdo hacía temblar el piso con sus pezuñas.

El Halcón Quimera observaba desde su plataforma de descanso, sus ojos huecos destellando curiosidad por lo que el científico rata iba a hacer.

Este fue otro de los encargos que el shinobi le pidió, o exigió, a la rata mecanizada.

Posado sobre la plataforma gigante, suficiente para transportar dos avionetas, había una serie de cañones montables, barras de metal con energía pulsante, placas de armadura que ningún humano podría usar y demás dispositivos.

Mejoras para las invocaciones.

Este punto había desconcertado a Nezu, quien desconocía el origen de estas criaturas: ¿Por qué equiparlos con tecnología tan sosa?

Los Ninken sólo tenían refuerzo de armadura de Acero, básico, simple, pero no era la gran cosa.

Esos arpones también eran bastante inútiles, en su opinión.

Todavía no entendía la mecánica detrás de los propulsores del Halcón Quimera, e Hiruko no se había molestado en explicárselo, y el Cerdo no portaba equipo en lo absoluto.

No podía saber que, aunque fueron creados por una mezcla de ciencia y artes más esotéricas, estas criaturas vienen de un mundo tecnológicamente bárbaro en comparación con éste.

Nezu ordenó a las criaturas, menos el Halcón, que se posasen frente a la plataforma de transporte.

La rata tomó medidas aquí y allí, usando un programa para proyectar una imagen a pequeña escala de cómo deberían ir posicionadas estas mejoras.

Le preocupaba el cómo iban a instalarse, ya que dudaba que el mocoso tuviera ese tipo de habilidades, pero no era asunto suyo involucrarse donde no lo querían.

Su relación actual con el shinobi era incómoda, en el mejor de los casos.

Ambos habían dejado salir un poco de más sus emociones tras la muerte de Christopher White, cosa que no acostumbraban a hacer.

Después de eso y de que Nezu reparase su cuerpo medio roto por la patada de Hiruko, se comportaron de la forma más profesional posible, haciendo como si ese incidente nunca hubiese ocurrido.

Era extraño, era incómodo, era irritante.

No eran amigos, bajo ninguna circunstancia eran amigos, pero de alguna forma era molesta esta situación.

Las bestias giraron al unísono hacia la entrada sellada por un muro de tierra.

Nezu se volvió también, justo para ver a Hiruko salir de la roca como si no estuviera allí.

El pequeño shinobi caminó con paso tranquilo, aunque los sistemas de Nezu y la conexión de las bestias Quimera pudieron notar el sentimiento de derrota, así como la postura abatida, los hombros caídos y la mirada cansada de Hiruko.

-Veo que has terminado con eso- comentó el albino, su tono tan monótono como siempre.

-No, todavía falta hacer algunas pruebas.

No sabemos cuánto afectará el peso de los equipos a tus mascotas, ni el rendimiento de los mismos- negó la rata.

-Hm, bueno, tú haz esas pruebas- dijo Hiruko mientras asentía a sus invocaciones.

Con su permiso expresado, los Ninken concentraron su mente y la carne alrededor de sus arpones se deformó, retorciéndose de manera repulsiva y dejando caer las piezas con que llegaron a este mundo.

Nezu se sorprendió de verdad.

Tanto por la extraña capacidad de moldear la carne de ese modo como por el hecho de que el shinobi revelara este secreto así como así.

Miró con desconcierto a su captor y éste sólo se encogió de hombros.

-Eres mi ingeniero.

No puedo mantenerte en la oscuridad para siempre- respondió a su pregunta no formulada.

Unos segundos de reflexión después, miró con curiosidad a Nezu.

-Rata, ¿tenemos equipo desechable por ahí?

-Siempre hay equipo desechable por ahí.

¿Por qué?

– preguntó Nezu alzando una ceja.

-Venderemos algunos.

Ya sea al mercado negro o la mafia o alguna tontería así, pero necesitamos fondos- respondió Hiruko.

-¿Y para qué necesitas dinero?

Creí que el gobierno se encargaba de tus cosas, o esa mujer que rompiste.

-En primer lugar, el gobierno atiende mis necesidades más básicas, nada más y nada menos.

En segundo lugar, no rompí a Eleonor.

Más bien, la liberé de sus ataduras y ahora es feliz- replicó el shinobi a la defensiva.

-Destruyó a su familia, dejó a su esposo en la quiebra y ahora es una golfa que paga a jovencitos musculosos para que la follen en grupo en los gimnasios y sus apartamentos.

¿Qué parte de eso no es romperla?

– devolvió la rata con sequedad.

-Tch, ella lo anhelaba.

En cualquier caso, el gobierno no puede pagarme y el dinero de esa mujer no es suficiente.

Verás, mi casa fue destruida, más o menos, y ahora Ileana se enfadó conmigo y se está hospedando en una maldita Suite de lujo.

Así que prepara algo decente y salgamos a vender.

-¿Destruiste tu casa?

-No yo, tarado.

Una mujer loca que quería rebanarme y Wonder Woman pelearon en mi casa y la dejaron hecha un desastre- explicó Hiruko.

-¿¡Y por qué diablos dejaste que esa pelea se acercara a la Mansión!?

– preguntó Nezu con exasperación.

Tenía algunos equipos importantes allí, odiaría que todo se fuera al carajo.

-No fue mi culpa- se encogió de hombros el albino- La mujer loca se había quedado a dormir y Wonder Woman apareció de la nada, sin ninguna justificación narrativa.

Nezu miró inexpresivamente al shinobi.

A veces olvidaba que sólo era un niño, incluso menor que su nieta.

-Te faltan bolas, muchacho- dijo fríamente.

Los párpados de Hiruko temblaron, pero para su sorpresa, y no la de Nezu, sus invocaciones asintieron en acuerdo.

-¿¡Q-qué!?

– exclamó el albino.

-¡No se hagan los imbéciles conmigo, los haré trabajar como monturas en un maldito zoológico para ganar dinero!

– amenazó a sus bestias.

-No hace falta, mocoso- suspiró Nezu.

Activó un comando con sus sistemas internos y volvió a hablar con el shinobi.

-Ve a mi sala de control.

Encontrarás una caja fuerte con parte de mis finanzas en efectivo.

-¿Tío Nezu?

-¡Qué asco, sólo ve antes de que me arrepienta!- gruñó la rata.

Sin perder la oportunidad de saquear lo poco que le quedaba al Hombre Quimera, Hiruko desapareció entre las instalaciones.

Por su parte, Nezu ignoró las expresiones extrañas que las bestias dirigían al shinobi y a sí mismo y continuó con su trabajo.

De alguna retorcida manera, la incomodidad que flotaba en el aire entre ambos se había esfumado y volvieron a su rutina anterior.

Eso no significaba que fueran amigos.

Nezu seguía siendo un rehén, trabajando para el albino a cambio de su vida.

No dejaría que el síndrome de Estocolmo jodiera su percepción.

Mientras tanto, las invocaciones se miraban entre sí y negaban con la cabeza.

La palabra Tsundere casi se manifestaba físicamente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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