En el Universo DC con plantilla Shinobi - Capítulo 135
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- Capítulo 135 - 135 Zod
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135: Zod 135: Zod Un fuerte puñetazo se hundió en el rostro de Clark, la energía sacudiendo su cerebro y su cuello retrocediendo peligrosamente, obligándole a seguir el movimiento con su cuerpo para no sufrir una lesión.
Él salió despedido hacia atrás, atravesando columnas, cristales, muros y asfalto por igual.
Un rastro de destrucción a su paso, gente aterrorizada, derrumbes y el colapso total de medio edificio, enterrando a algunas personas vivas.
Clark escuchó sus gritos, escuchó los huesos al romperse, la carne al rasgarse, los órganos esparciéndose, los últimos jadeos de una vida perdida.
Su corazón se hundió.
Los sentidos agudos del hombre más poderoso del planeta le obligaron a percibir mucho más de lo que la gente podría imaginar.
Más de lo que a él le gustaría.
Pero la sensación amarga no tuvo tiempo de asentarse en su pecho.
Mejor dicho, su oponente no le dio esa oportunidad.
Como si todos los materiales que componían una densa ciudad no fueran más que papel húmedo, el extranjero del cielo avanzó hacia Clark, su traje extraño sin un sólo rasguño, sus puños apretados y su rostro sereno, como si no acabara de provocar una tragedia.
-¿Cuál es tu nombre, Kryptoniano?
– preguntó de nuevo.
Ya había preguntado una vez y el rechazo de Clark fue lo que desencadenó el ataque inicial.
Súper Man no se dignó a responder.
Para este hombre que causaba estragos sin siquiera pestañear, no valía la pena malgastar su tiempo.
Necesitaba abordar el problema y reducir las bajas.
Con un estallido de velocidad que incluso sorprendió a su oponente, Clark golpeó al villano en el estómago, su armadura flexible incapaz de soportar la fuerza del golpe agrietándose en la zona de impacto.
Una onda de choque se extendió en una esfera, expulsando guijarros y polvo.
Saliva fue escupida de la boca de su oponente, boca que Clark cerró a la fuerza con un gancho que envió al hombre a estrellarse en el techo.
El extranjero fue lanzado con tanta fuerza que sus dientes crujieron, sus encías sangraron, y su vuelo le hizo atravesar varios pisos hasta salir por la azotea del edificio en una explosión de escombros y polvo.
Clark no lo persiguió.
Sabía que no iba a caer sólo con eso, pero había gemidos desesperados de personas atrapadas que le taladraban los oídos.
No podía irse y abandonarlos así sin más.
Mientras tanto, ya en el aire, El General Zod se frotaba la barbilla y escupía bolas de sangre con una expresión desdeñosa.
Había subestimado a este superviviente de Krypton.
Su mirada vagó en la infecta ciudad asaltada por sus lacayos, a la débil población huir despavorida de un lado a otro en el caos y la confusión, a las primitivas naves que intentaban combatir su pequeña flota.
Miró al Linterna y a una bestia fea derribar sus bombarderos y barcazas de transporte, a otras dos de naturaleza similar abatir a sus lacayos en tierra, y a sus esclavos Tamaraneanos enfrascados en una refriega con dos insectos más.
No lo entendía.
Un planeta tan débil, una tecnología tan atrasada, una raza insignificante.
¿Por qué estaba un Kryptoniano tan fuerte en un entorno así?
Sus ojos entonces vagaron al cielo, donde el radiante sol del medio día lo inundaba en poder, fortaleciéndolo incluso más que la esfera de energía en el peto de su armadura.
¿Habría crecido aquí, siendo empoderado por esta estrella desde la infancia?
¿Creció entre esta raza y por eso se familiarizó con ellos?
¿Es esa la razón por la que dejó de luchar para salvar a esos insectos medio muertos allí abajo?
Patético.
Simplemente patético.
Una verguenza para alguien que comparte sus orígenes, su sangre.
Si de Zod dependiese, mataría a este espécimen fallido de Krypton.
Pero no le correspondía a él decidir tales asuntos.
Tuvo la misma intención cuando se topó con esos Tamaraneanos molestos, pero su Amo, en su infininta sabiduría, encontró algún valor en ellos.
Casi falló en esa ocasión y no quería repetir lo mismo.
Entregaría a este Kryptoniano a su Amo y él decidiría su destino.
Era su deber como su General.
-Despliéguenlos- ordenó a su nave.
Miró una última vez al repugnante Kryptoniano y se alejó.
Zod tenía la confianza para enfrentarse al sujeto.
Aunque más débil que él, comprendió de inmediato que su homólogo de la tierra no sabía luchar correctamente.
Era pura fuerza bruta, sin apenas habilidad.
No tenía la ferocidad de un guerrero, una posible consecuencia de vivir bajo una estrella tan radiante y rodeado por insectos.
Seguramente nunca tuvo la necesidad de aprender a luchar.
Lo dejó entonces a cargo del plan de contingencia de su Amo.
Otra muestra de su capacidad de visión superior.
¿Cuándo hubiera imaginado Zod que la previsión de su Amo encajaría como anillo al dedo en esta ocasión, en esta misión, en este pequeño mundo?
Sacudió su cabeza para despejarse la adoración.
Todavía tenía que someter este mundo, y aparte del Kryptoniano, necesitaba deshacerse del molesto Linterna.
Después iría a someter o eliminar al dúo que mantenía a sus esclavos ocupados, junto con esas bestias.
*************************************************** Hal no estaba tan despistado como Zod pensaba.
Claro, tenía un dolor intenso en la mandíbula, la espalda adolorida y había estado ocupado derribando naves junto al pájaro/mantarraya voladora gigante, pero eso no impidió que mantuviera un ojo fijo en el Kryptoniano.
Cuando Zod despegó con un estampido sónico en su dirección, Hal no se perturbó.
Cuando Zod acortó la distancia en cuestión de unos latidos, Hal no reaccionó.
Cuando Zod movió su cuerpo para destrozarle la cabeza de un puñetazo demoledor, Hal atacó primero.
Un mazo gigante construido de energía fue balanceado con un barrido para interceptar a Zod.
El General no se esperaba un contraataque tan abierto, tan lento y poco práctico, por lo que bajó la guardia al evadir fácilmente el constructo.
Eso quería Hal.
A su voluntad, el mazo de energía se deshizo en fragmentos más pequeños que volaron hacia Zod, como un millar de abejas clavando sus agujas en la espalda expuesta del Kryptoniano.
La armadura de batalla, ya comprometida por el golpe de Súper Man, no pudo resistir los ataques punzantes y la piel de Zod fue invadida por una ardiente sensación de dolor.
Apretó los dientes y continuó su camino para derribar al Linterna, pero el bastardo volaba en la dirección contraria, evitando una confrontación directa.
-¿Sabes?
Eso que dijiste, fue un buen consejo – se burló Hal mientras enviaba ataques a media y larga distancia.
-¡Voy a arrancar esa sucia lengua!
– gruñó Zod.
De repente se vio aplastado por dos barreras de energía que Hal reforzaba constantemente.
Pero por mucho que lo intentara, no podía competir con la fuerza bruta de Zod.
Inferior a la de Súper Man, sí, pero la diferencia no era tan abismal.
No para este Zod, cuyo destino fue alterado.
Con los dientes apretados y sus músculos presionando contra el traje sintético especial que su Amo le otorgó, Zod clavó sus dedos en los muros de energía, rasgándolos como si fueran hojas secas.
Pero cuando abrió las defensas y pudo ver más allá del brillo verde, se encontró rodeado en una lluvia de plumas gigantes.
Hal eliminó sus escudos y permitió que su extraño aliado ejecutara su movimiento.
El mar de plumas brilló de repente y Zod se vio envuelto en una conflagración masiva que envió una onda de choque a varias cuadras de distancia, destruyendo tantas ventanas que llovieron cristales en las calles de Washington, sacudiendo edificios enteros y provocando una cacofonía de gritos humanos de miedo y una sinfonía sin fin de las alarmas de los automóviles.
Las calles temblaron y se agrietaron, las personas fueron arrojadas al suelo y un pequeño sol iluminó la ciudad.
Takagami, el Halcón Quimera, liberó por primera vez sus verdaderas capacidades en este mundo, una actuación que habría hecho asentir a Deidara en aprobación.
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