En el Universo DC con plantilla Shinobi - Capítulo 149
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- Capítulo 149 - 149 Emperador
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149: Emperador 149: Emperador El calor irradiaba a lo largo del campo devastado.
Cráteres humeantes donde una vez hubieron gigantescas montañas, grietas cuya profundidad no podía medirse donde una vez hubo océanos, enormes incendios que iluminaban el horizonte más que la propia estrella local, ocupando el lugar que una vez estuvo rebosante de frondosos bosques.
La garganta de un hombre se sentía seca.
El aire quemaba sus pulmones, el suelo abrasador quemaba la planta de sus pies.
Sus viejos huesos apenas lograban sostener su maltratado cuerpo tras años de interminable persecución.
Pero el mayor dolor no estaba en sus heridas, tanto nuevas como reabiertas.
No, el mayor dolor estaba en su afligido corazón.
El tintineo de las cadenas acompañaba los gemidos de dolor y angustia de su gente.
Frente a él, junto a él, detrás de él, miles de sus compatriotas marchaban con las cabezas gachas y la desesperación en sus ojos.
Tratados como animales, con collares alrededor de sus cuellos, cadenas presionando sus muñecas y látigos de energía azotando sus espaldas cuando aminoraban el ritmo.
Era una procesión, una marcha fúnebre sobre el campo donde sus guerreros libraron la última batalla para defenderlos.
La última resistencia ante un tirano vil, sanguinario y sin escrúpulos.
Una batalla que perdieron.
Años de masacres que comenzó con una victoria duramente ganada, una promesa de ayuda y refugio, rota ahora, incumplida.
Un regreso triunfal, una celebración que duró años.
Y luego todo se vino abajo con la aparición de Él.
Un demonio.
Un monstruo.
Un ser que desafió todo sentido llegó a su mundo, proclamando venganza y retribución, exigiendo el pago de una deuda y sumisión.
Pero su gente se rio.
Le escupieron a la cara porque, ¿Qué pueblo se sometería sin luchar?
Ellos ciertamente no.
Y entonces el Demonio se enfureció.
El hombre recordaba aquellos tiempos.
Un mundo, devastado por una sola criatura.
Una raza guerrera, abatidos como moscas.
Ciudadelas convertidas en cenizas, continentes sacudidos.
Una extinción masiva, todo desatado por las manos de esa entidad.
Su gente huyó.
Corrieron a refugiarse entre las estrellas, buscando desesperadamente a los supuestos aliados que prometieron su ayuda.
A donde fueran, el Demonio los encontraba y continuaba su masacre.
Sus aliados fueron derrotados, asesinados, eliminados, extintos.
Nadie podía hacerle frente, nadie quiso ayudar a su pueblo.
El miedo les hizo darles la espalda.
Pero su pueblo perseveró.
Corrieron, corrieron sin parar hasta alcanzar un rincón entre las estrellas donde creyeron estar a salvo, ocultos.
Fueron ingenuos.
El Demonio los encontró.
El Demonio continuó con su afán de humillarlos, doblegarlos y someterlos.
Lo que siguió fue una lenta y amarga campaña de conquista en la que poco a poco fueron perdiendo más y más hermanos.
La mayoría muertos, otros tantos se rindieron.
Muchos fueron tentados.
Su pueblo se dividió, explotaron luchas internas.
Un grupo quería someterse, el otro luchar hasta las últimas consecuencias.
Otra guerra, más muerte, y el único beneficiado fue el malvado Demonio que se dedicó a observar los acontecimientos con frivolidad.
El hombre suspiró, sus piernas temblando.
Años de lucha contra los suyos lo habían desgastado.
Ya no podía continuar, ya no quería continuar.
-¿P-papá?
– llamó una dulce voz a su lado, su tono lleno de miedo y confusión.
El hombre le dedicó una amarga sonrisa a la niña.
Demasiado joven para comprender lo que ocurría, nacida en una etapa terrible para su pueblo.
A veces, el hombre se preguntaba por qué se atrevió a tenerla bajo tales condiciones.
¿No fue eso simplemente cruel?
-Lo siento, Tzara.
Perdona a tu tonto padre- murmuró antes de colapsar.
-¿¡Papá!?
¡Papá!
– gritó ella, intentando abrazar a su moribundo progenitor.
Un látigo de energía vino desde arriba, azotando la espalda expuesta de la niña y dejando un surco sangriento que la hizo gemir.
-¡Sigue marchando, maldita Tamaraneana!
– escupió la criatura que flotaba sobre un disco zumbante de metal y energía.
Algunos tamaraneanos a su alrededor la tomaron de la mano y la arrastraron para evitar más tragedias.
La niña lloró y se retorció, sus ojos azules mirando con dolor la figura de su padre que era pisoteada por los que venían desde atrás.
Para la niña, este podría ser el peor día de su corta vida, pero para los demás Tamaraneanos, fue sólo otra escena trágica.
Una de muchas, y no la última.
************************************************ Myand´r miraba con ojos muertos la caída de su gente.
Tamaran fue destruido y sus últimos hijos ahora estaban al borde de la extinción.
Todo por el orgullo, todo por la arrogancia, todo por el deseo de poder.
Pero él, como su líder, no podía permitir que la raza simplemente desapareciera.
Se giró y esperó pacientemente la llegada de su nuevo amo.
A su alrededor, una pequeña multitud de una variedad de razas lo custodiaban, sus armas listas para extinguir su vida en cualquier momento.
Aferradas a sus costados estaban sus hijas, la luz de su corazón, el motivo por el que inclinaría la cabeza.
Su moneda de cambio.
A su derecha, una dulce niña de ojos esmeralda y cabello rosa intenso, como una llama.
Koriand´r.
A su izquierda, otra niña de rostro más afilado, cabello negro con mechones púrpuras como la profundidad del vacío.
Komand´r.
-¡Arrodíllense ante el Emperador!
– gritó un soldado y todos los presentes hincaron una rodilla a modo de respeto.
Myand´r hizo lo mismo, e instó a sus hijas a imitarlo.
El zumbido bajo de una máquina alcanzó a sus oídos, pero con las cabezas inclinadas sólo podían ver la tierra maltrecha sobre la que se posaban.
La construcción se fue acercando y un aire cálido azotó la cabeza de Myand´r, lo cual se sintió como una fresca brisa en comparación con el ambiente ardiente a su alrededor.
-Líder de Tamaran, levanta tu cabeza- ordenó la criatura maldita con un tono jovial pero profundo.
Myand´r así lo hizo, observando por primera vez en años a su exterminador.
No parecía haber cambiado mucho desde la última vez que se encontraron, cuando el Demonio hizo su declaración audaz de someter al pueblo de Tamaran.
Si hubiese sido consciente de lo aterrador que era este monstruo en ese entonces, se habría inclinado allí mismo y jurado leatad eterna.
-¿Entonces, finalmente has reconocido tus errores?
¿Está tu pueblo listo para servirme como es debido?
– cuestionó el Demonio.
Myand´r asintió mientras miraba solemnemente a su nuevo amo.
Cuernos negros como la obsidiana que emergían a los lados de su cabeza.
Una piel blanca como una estrella, segmentada en una especie de armadura natural.
Pupilas negras y pequeñas que daban un aire de superioridad a todo lo que observaba.
Era transportado por una máquina de apariencia extraña, como la mitad inferior de la cáscara de un huevo.
Una larga cola sobresalía a un costado, su punta púrpura repiqueteando de vez en cuando con la construcción.
-Mi Señor, como muestra de la sumisión de mi Pueblo, le ofrezco a mis Hijas en Matrimonio- habló pesadamente el líder de Tamaran, empujando a sus hijas al frente para presentarlas.
Las niñas se sentían temerosas, mirando con ojos grandes, inocentes y nerviosos a su nuevo Señor.
-Fufufu, que niñas tan tiernas.
Acepto tu ofrenda, Líder de Tamaran.
Estoy genuinamente complacido- dijo el Demonio mientras se lamía sus negros labios.
Myand´r apretó la mandíbula, pero se resignó a inclinar la cabeza.
Sacrificar a sus hijas a cambio de la vida restante de su raza.
Asegurarles un futuro medianamente tranquilo a la vez que preservaba el linaje de Tamaran.
Esa era su responsabilidad como Rey y como padre.
-Soldado Radón, Soldado Ellonia, lleven a estas encantadoras jovencitas a mi Nave- ordenó el Demonio con un tono juguetón, como si disfrutara decir esas palabras.
Un Tamaraneano traidor de cabellera verde y apariencia fina tomó de la mano a Koriand´r, mientras un Kryptoniano panzón tomó a Komand´r y desaparecieron del lugar.
El Demonio se volvió al Líder de Tamaran con una sonrisa contenta y dio su primera orden.
-Reúne a tu gente.
Partiremos de esta roca sin valor y comenzarán su entrenamiento.
Pronto empezarán a conquistar en mi nombre.
Myand´r asintió solemnemente y volvió a hincarse sobre una rodilla.
-Como ordene, Lord Freezer.
El Pueblo de Tamaran luchará con todas sus fuerzas y le entregará el Universo en sus manos.
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