En el Universo DC con plantilla Shinobi - Capítulo 15
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- Capítulo 15 - 15 Una Oportunidad
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15: Una Oportunidad 15: Una Oportunidad Un hombre alto y fornido era transportado con las manos esposadas hacia una prisión de alta seguridad.
Tras una temporada de admirar luchas ilegales, había decidido convertirse él mismo en peleador.
Dada su imponente altura y la fuerza de la que se sentía orgulloso, no le costó demasiado hacerse un nombre.
Tank.
Las personas apostaban por él, las mujeres caían rendidas ante su masculinidad.
La vida era buena.
Y entonces algún soplón fue atrapado por la policía y soltó toda la sopa.
Poco antes de que iniciara un combate que había estado deseando, ese que lo catapultaría a lo más alto de este negocio, irrumpieron agentes por todos lados.
Tank no estaba dispuesto a caer así.
Se abrió camino entre la policía, enviando a volar hombres y mujeres por igual con su monstruosa fuerza.
Tras una persecución y algunos autos volcados, fue sometido rápidamente por un destello rojo.
Ni siquiera pudo ver el rostro de su atacante y cuando despertó, ya se encontraba en un camión blindado, rumbo a la prisión.
Caminaba con paso orgulloso, una mueca de desprecio dirigida a la escoria con la que tendría que compartir durante un tiempo.
No le atemorizaba esta gente, todos flacuchos, con caras tan feas que sólo una madre podría querer.
Él sabía que no sería metido en un agujero con esos dementes autoproclamados villanos.
No, esta prisión era personas más normales, por decirlo de alguna manera.
La celda en la que fue metido estaba vacía, aunque claramente alguien habitaba junto a él.
Un espacio no muy grande, pero lo suficiente para su gran marco, con dos camas separadas y pegadas a paredes opuestas.
La de la derecha parecía ocupada.
—¿Donde está mi compañero de celda?— preguntó a los guardias.
Ninguno se molestó en dirigirle una segunda mirada y retiraron las esposas.
Tank podría haberles hecho responder al a fuerza, pero se limitó a ser un poco pasivo el primer día.
Aunque tenía confianza en sí mismo, causar problemas nada más llegar no era lo más inteligente.
Se sentó en su nueva cama, mirando las pertenencias del otro lado de la habitación.
Con el ceño fruncido, se levantó y arrancó la sábana blanca del camastro de su compañero, tirándola al suelo.
Unos jadeos de sorpresa desde la esquina de la puerta llamaron su atención.
Algunos prisioneros lo veían boquiabiertos, con miedo reflejado en sus miradas.
—¿¡E-e-estás loco!?— le preguntó un hombre.
—¡Recoge las cosas del jefe, ahora!
—¡Hmph!
¿Jefe?
Yo soy el jefe aquí, escoria.
Lárguense— los amenazó.
Una hora después, sonó una alarma.
Hora de almorzar.
Se les permitió entrar al comedor de la prisión y Tank vio lo típico.
Grupos de prisioneros riendo, otros charlando, algunos con cara de pocos amigos.
Los pertenecientes a pandillas o grupos internos estaban con los suyos: Mexicanos con mexicanos, afroamericanos, supremacistas y toda la sarta de ratas que puedes encontrar.
Nadie se atrevió a meterse en su camino.
Con 2.1 metros de altura y músculos que harían palidecer incluso a los luchadores más aclamados, era un alfa entre estos alevines.
Pero para su desconcierto, mientras tomaba su bandeja de porquería apenas comestible, todas las voces se callaron.
El sonido de los hombres parándose firmes y dejando sus cubiertos en las bandejas de plástico llegó a él.
Algunos otros nuevos, como el propio Tank, se quedaron mirando con sorpresa la actitud de los reos.
Tank vio una figura atravesar la entrada.
Bajito, de unos 1.57 de altura, cabello blanco y atado en una coleta que descendía por detrás de sus hombros.
Llevaba la chaqueta naranja de la prisión atada a la cintura, su torso y brazos delgados envueltos en vendas.
De su rostro sólo pudo ver dos ojos carmesí, ignorando todo lo que lo rodeaba.
Los prisioneros inclinaron la cabeza en señal de respeto.
Tank se burló por lo absurdo de la situación.
Decidió tomar la oportunidad y establecer su dominio.
—¡Oye, niñita!— bramó con sorna.
Los ojos de los presentes, incluidos los guardias, se abrieron de par en par.
—¿Qué princesa misteriosa tenemos aquí?
¿Por qué ocultas el rostro?— continuó burlándose y acercándose más.
Se paró frente al bajito peliblanco.
La diferencia de altura y masa completamente desproporcionada.
Intentó poner su enorme palma sobre la cabeza del enano y echarlo a un lado.
Antes de que su mente pudiera registrar lo sucedido, sintió un impacto alcanzar su mentón, y lo siguiente que supo fue que su cara se estrelló con los paneles de luz en el techo.
Después de eso, Tank durmió todo el día hasta bien entrada la noche.
************************************ —¿Qué tal está, jefe?— preguntó un hombre al que le faltaba un ojo.
En este momento estaba dando un masaje a la espalda Liam, ya que era el único fisioterapeuta de la prisión.
A cambio, Liam le facilitó su estadía en este lugar.
—Hmm, tus habilidades no se han oxidado, Frank.
Si no hubieras envenenado a ese fiscal, tendrías un gran negocio ahora mismo— respondió Liam.
—Tsk, no fue mi culpa, jefe.
Ese bastardo se acostó con mi compañera y me la robó.
Amaba a esa chica, sabes.
Liam se encogió de hombros, decidiendo aprovechar a este particular asesino celoso para aliviar la tensión en su joven cuerpo.
Habían transcurrido 8 meses desde que Súper Man encontró a Liam.
Tras confesar el homicidio de David Lynn, se permitió ser escoltado por el mismo Hombre de Acero ante las autoridades de Keystone City.
Desde entonces ha estado retenido en esta prisión.
Tal y como sospechaba Liam, tener al hombre más fuerte de la tierra como amigo le ayudó en muchos sentidos.
Eso y el hecho de ser, físicamente tanto ahora como cuando se cometió el crimen, un menor de edad.
Gracias a Súper Man, pudo evitar caer en las garras de Waller.
También sospechaba que fue por él que no hubo un juicio como tal.
No se presentó ante un juez y un jurado ni hubo abogados.
Simplemente confesó el crimen, así como las razones que lo llevaron a eso.
Después, se le notificó que, dada su naturaleza como menor y meta humano a la vez, no sería encerrado ni en una prisión para menores ni en una para meta humanos.
Otro punto interesante es que, según le comentó la alcaide de esta prisión, con quien se lleva bastante bien, la investigación sobre la violación de Ana por parte de David se estaba llevando a cabo una vez más.
Liam sabía que el hombre fue enterrado con todos los honores, ya que era un ex-oficial de policía.
Apostaría lo que fuera a que colegas suyos revisaron la escena y se deshicieron de la ropa interior de Ana, lo único que lo incriminaría.
En cualquier caso, el hombre ya no haría daño a nadie nunca más, y Liam no estaba interesado en destruir la vida de los familiares, que obviamente eran víctimas también.
Por eso, nunca buscó a los responsables y dejó que el mundo recordara a David Lynn como un buen hombre.
Dudaba que condenarlo después de muerto ayudase a Ana.
Un oficial entró a la celda de Liam.
Vio entre el gigante desmayado en la cama al otro lado de la celda y a Frank que masajeaba al prisionero de cabello blanco.
—Hiruko.
La alcaide quiere verte en su oficina— informó antes de irse.
Liam despidió a Frank y salió de la celda, pasando las puertas donde vigilaban los guardias.
Este nivel de libertad sólo se le dio a él por parte de la alcaide.
Una mujer dura pero justa en sus formas, acordó tratar con respeto a Liam siempre y cuando éste mantuviera bajo control a la escoria criminal.
Además, estaba el hecho de que Liam podría irse si quisiera, y sólo estaba aquí porque se lo prometió al Hombre de Acero.
Finalmente llegó al despacho de la alcaide.
Tocó suavemente la puerta hasta que una voz en el interior le ordenó que entrara.
Una sala adusta, con estantes y documentos bien ordenados.
Un escritorio de metal y goma, inamovible de su lugar por razones de seguridad.
Una mujer mayor, con cabello corto y canoso bebía café.
Otra taza humeante estaba servida, frente a la alcaide.
Liam tomó asiento y procedió a degustar la bebida.
—Escuché que mandaste a volar a un cavernícola— comentó ella.
Liam asintió con indiferencia.
—De hecho.
Sabes como son los nuevos.
Quieren demostrar que no están por debajo de nadie.
La mujer sonrió.
-Dirigir una prisión nunca había sido tan llevadero.
Voy a extrañar nuestro tiempo juntos.
—No lo digas así.
Suena mal— replicó Liam.
Al mismo tiempo, su mente empezó a trabajar.
Por las palabras de la alcaide, probablemente estaban a punto de ofrecerle un trato.
Sólo esperaba que no fuera Amanda Waller de nuevo.
—Aww, y yo que pensé que teníamos algo especial— se burló la mujer mayor a la vez que ponía un documento frente a Liam.
—Podrías ser mi abuela…
— murmuró en voz baja, pero lo suficientemente alta para que ella lo escuchara.
Un lápiz salió volando a su cara, el cual esquivó con naturalidad mientras empezaba a leer el documento.
—¿Esto es…?— se preguntaba Liam.
La alcaide asintió.
—Sí.
Se te dará libertad condicional y tendrás que prestar servicio comunitario por un total de 5 años— explicó ella.
Liam alzó una ceja.
—Básicamente, trabajaré como héroe exclusivo de una ciudad.
Al mismo tiempo, mi área límite será la propia ciudad y recibiré todo de ellos.
Comida, alojamiento y esas cosas.
—Correcto.
Supongo que los detalles se te darán una vez que te encuentres con el fiscal general- comentó la alcaide.
Después de otra taza de café y una charla informal, ambos se despidieron y Liam regresó a su celda.
—¿Jump City, eh?
Me suena de algún lugar, pero no estoy seguro de dónde…— pensó.
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