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En el Universo DC con plantilla Shinobi - Capítulo 172

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172: Mal Humor 172: Mal Humor El humor de Amanda Waller había descendido más que de costumbre.

No podía imaginar ni encontrar el fallo en su estrategia.

Ella caminaba con pasos sonoros, su mandíbula ligeramente más tensa y su mirada más afilada, espantando a todo aquel idiota que intentase acercarse para charlar sobre trivialidades.

Algo no había salido bien en sus planes, ya que acababa de terminar una serie de reuniones y conferencias de tres días y él no vino buscando venganza.

No hubo drama, ni un ataque, un intento de asesinato o un arrebato emocional.

No vinieron esos monstruos particulares, ni duplicados disparando rayos, fuego, o agua.

Hiruko no vino como ella había previsto, y Waller no sabía por qué.

Todo había sido preparado para hacerlo estallar.

Atacó su base, la destruyó, le lanzó un potente misil a la cara, secuestró a su cómplice y lo más importante de todo, casi mató a su interés romántico, la cual debería haber sido visitada por ese oportunista.

Waller obviamente conocía de la existencia de Sam y, sin que el hombre lo supiera, infiltró a una de sus agentes en sus negocios para monitorearlo.

Lo que le llamó la atención no fue la habilidad del hombre para seducir mujeres, ni su negocio repugnante de prostitución, ni siquiera el hecho de que la maldita espía terminó en su cama.

Lo que a Waller más le interesó fue que el hombre perseguía a la moldava.

Así que ella orquestó todo.

Su espía le sugirió al hombre que llevara a la bruja a cenar esa misma noche, alejándola de la base y de los refuerzos.

Cuando Cheetah hizo su trabajo, Waller quería que el hombre visitara a Ileana y afortunadamente él lo hizo por voluntad propia.

Bajo tales circunstancias, habiendo perdido su hogar, su base, un compañero, con su amor no correspondido herida y además enterándose de su relación con ese hombre…

¿Cómo demonios es que Hiruko no vino a llamar a su puerta con la ira del infierno en sus ojos?

Ella se aseguró de dejar las pistas necesarias.

Por más idiota que fuera, incluso él se daría cuenta de quien era el responsable.

Para empeorar las cosas, durante el saqueo a la base apenas y encontraron nada.

No había rastros de la maquinaria que se supone circuló por el mercado negro hasta su ubicación, no había registros experimentales, no había muestras, no había informes.

¿Fue el hombre con la habilidad de abrir portales?

Pero Deathstroke no comunicó su presencia.

Ese tipo misterioso no apareció en ningún momento.

Demasiadas incógnitas, demasiadas cosas que no encajaron.

Amanda se equivocó, y eso la preocupaba.

No temería a un Hiruko enfadado que viniera desatando sus nubes de tormenta y cargando sobre sus bestias hacia ella.

Lo que temía y detestaba era no tener el control.

Luthor no estaba contento con la falta de materiales, Deathstroke perdió el rastro de la maldita vampira, y había movilizado sus influencias para traer a cierta mujer a estas reuniones, bajo el pretexto de seguridad y conversaciones.

Y ahora se había perdido la oportunidad de generar un escándalo que demostraría al mundo que su postura era la correcta.

Mientras dejaba la sala de conferencias, miró por encima del hombro a la guerrera vestida como prostituta, su espeso cabello negro y sus anchos hombros haciendo gala de una belleza letal como ninguna otra.

A su lado, el payaso que actuaba como Presidente de la Nación se encogía ante la mirada de Waller, temeroso de enojarla.

Ella sí estaba disgustada con él.

¿Líder?

Un mal chiste.

El hombre le ordenó al mocoso que se presentara y ese mismo mocoso lo ignoró, desapareció del radar y ahora nadie conoce su ubicación.

Más que su poder, a Waller no le gustaba la imprevisibilidad de Hiruko.

*********************************************  El corazón de Sam se aceleraba.

Sus pasos eran pesados, el sudor le corría por la frente.

Su vida podría estar en riesgo aquí.

El Sistema siempre le alertó que tuviera cuidado con Ileana, que no hiciera movimientos agresivos.

Que el riesgo de muerte era elevado.

No sólo eso.

Su consciencia no estaba preparada para aprovecharse de una mujer herida cuyos ojos fueron arrancados recientemente.

¿Eso en qué lo convertiría?

Claro, muchos tipos desafortunados por allí lo acusarían de ser un monstruo al robarse a sus esposas e hijas, pero este asunto era diferente.

Se sintió como si fuera a abusar de una inválida.

No había excitación ante tal pensamiento, a menos que uno fuera un verdadero degenerado.

Por eso tuvo que beber él mismo del afrodisíaco.

De otro modo, no podría concentrarse y fornicar con una mujer sin ojos, vendada y enyesada.

Incluso con el elixir corriendo por sus venas, la sensación de malestar no se quitaba de encima, la sangre no bajaba adecuadamente, los nervios no se alejaron.

El elevador se detuvo, una pequeña campana sonó y las puertas se abrieron.

Las personas salieron, dejando atrás a Sam.

El hombre respiró hondo, sus labios temblando y su resolución flaqueando.

Sus latidos aumentaron a medida que se acercaba a esa habitación.

Él se paró en la puerta, indeciso.

Tocó un par de veces.

No hubo respuesta.

Volvió a hacerlo.

De nuevo, sin respuesta.

¿Estaría ella dormida?

¿Eso lo hacía mejor o peor?

Todos los sonidos se atenuaron, el mundo se paralizó.

Su corazón martilleando en su pecho y sus pensamientos eran lo único que podía sentir y oír.

Él abrió la puerta lentamente.

Vio el borde de la cama, vio las máquinas médicas, vio las sábanas abultadas.

Allí estaba ella, tan quieta, tan silenciosa.

Su cabello enmarañado sobre la almohada, su respiración lenta y constante, ignorante del horrible acto que podría o no llevarla al éxtasis y cambiarla para siempre.

-¿Ileana?

– llamó Sam con voz suave, temeroso de despertarla si es que en realidad dormía.

De nuevo, no hubo respuesta.

Él cerró la puerta detrás de él, sus movimientos lentos y sigilosos, como los de un depredador.

Caminó hasta pararse al lado de la cama y la mujer no hizo ademán de reconocer su presencia.

Sam metió su mano en el bolsillo de su traje, aferrándose al frasco con el líquido maldito.

Consideró la mejor forma de aplicarlo.

Decidió hacer que ella lo bebiera.

No confiaba en sus habilidades para manipular las vías intravenosas y no quería alertarla.

-Lo siento- susurró mientras su otra mano se acercaba los labios de Ileana.

Y algo lo detuvo.

Su mano pareció entrar en contacto con una pared, o quizás un cristal.

No pudo avanzar y un sentimiento de fatalidad se hundió en su corazón.

Lentamente, la cabeza de la mujer se volvió en su dirección, su boca formando una mueca poco a poco.

Una que no prometía un final agradable.

-¿Qué es ese líquido?

– preguntó Ileana con tono gélido.

La pared invisible que impedía el avance de Sam pareció doblarse sobre sí misma, ahora presionando su mano.

-¿D-de qué hablas?

– tartamudeó el hombre con una sonrisa temblorosa.

No entendía cómo se dio cuenta del frasco.

¿No se supone que le habían arrancado los ojos?

¿Era esto parte de su “magia”?

Ileana suspiró, negando con la cabeza mientras se levantaba de la cama.

Con cada movimiento, la presión que sentía Sam aumentaba, y lo que sea que presionara su mano empezaba a subir por toda la extremidad.

Él vio a la mujer brillar levemente, su cuerpo levitando sobre el suelo y las vendas que cubrían sus cuencas adquirieron una luminiscencia verde.

{Afecto de Ileana: 19 (-5)}  Vino la fría voz del Sistema.

Antes de que Sam pudiera soltar cualquier tontería para aliviar la situación, notó un poco de niebla bailando alrededor de su otra mano, la que sostenía el afrodisíaco.

Recordando lo que vio esa noche mientras eran asaltados, el pánico brilló en los ojos de Sam.

-No sé quién eres realmente, Sam, ni qué intentabas…

Pero por el bien de mi futuro, por todo lo que he trabajado para llegar a donde estoy en esta sociedad, no te mataré- dijo Ileana, mirando por la ventana con expresión endurecida.

-Me iré por un tiempo.

Necesito encontrarlo y asegurarme que no haga ninguna tontería.

Cuando regrese, espero encontrar mi trabajo intacto.

Si no es así…

– tras sus palabras, la niebla alrededor de la mano de Sam se encendió.

-¡¡Hnggh!!

– gimió el hombre cuando el fuego vil, de un verde pálido y sin calor alguno, derritió su carne, sus huesos y el elixir que sostenía.

Él cayó de rodillas, jadeando y sosteniendo el muñón que quedó, viendo cómo la carne se desprendía como un líquido espeso de su muñeca.

Sam perdió la mano derecha.

Sam perdió su valentía y su voluntad.

Sam perdió todo deseo de involucrarse con Ileana de nuevo.

Y poco después perdió la consciencia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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