En el Universo DC con plantilla Shinobi - Capítulo 211
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- Capítulo 211 - 211 Mal Momento 2
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211: Mal Momento 2 211: Mal Momento 2 Después de dispersar al equipo, Henry Caine saltó de regreso al almacén en el que escondía todo el efectivo robado.
Tomó algunos miles de dólares y se movió a diferentes zonas de la ciudad, donde lo esperaban personas comunes, honestas y desafortunadas que hacían lo que podían para sobrevivir.
Ese dinero se usaría para reponer suministros y asegurarse que todos aquellos en la red obtengan lo que necesiten.
Henry suspiró de agotamiento.
Saltar tantas veces seguidas lo cansaba, pero necesitaba mantenerse en constante movimiento hasta que la red sea autosuficiente.
Pronto, esta y las que estableció en las demás ciudades podrán comunicarse y tejer sólidos caminos a lo largo del continente para seguir contribuyendo a la causa.
Por un mundo nuevo, perfecto.
Por una sociedad justa, amigable, unida, igualitaria.
Henry saltó hasta la cima de un edificio, inclinándose levemente y respirando hondo.
Sus ojos castaños recorrieron la putrefacta ciudad, maravillado y asqueado por lo que el hombre pudo lograr en esta tierra, y lo que no.
A pesar de haber vivido durante años en este nuevo mundo, aún le parecía fascinante el nivel tecnológico que alcanzaron en comparación con su tierra natal.
Ciudades gigantescas, trenes veloces como el rayo, aviones que bien podrían tocar las estrellas, la llamada televisión que casi había reemplazado al periódico.
Verdaderas maravillas, del tipo que habría llamado magia en el pasado.
Pero no todo fue perfecto.
Los ricos acapararon recursos, los pobres saqueaban la basura, los políticos parloteaban.
Henry no entendía cómo una sociedad tan moderna podía ser tan estrecha de mente.
Cómo podían, con todas las herramientas a su disposición, seguir siendo tan egoístas.
Con máquinas capaces de hacer el trabajo de mil hombres en los cultivos, y aún había hambruna.
Con propiedades gigantescas que parecían palacios, y los mendigos dormían bajo los puentes.
Era un sin sentido, un despropósito.
Un error.
Henry no podía tolerarlo.
Él, que vivió en la miseria y estuvo a la cabeza de una revolución en su mundo antes de ser asesinado, decidió que haría un cambio en estas tierras extranjeras.
Envalentonado, fortalecido y respaldado por una mística herramienta que le juró lealtad, Hery usaría sus bendiciones para dejar su huella en la historia.
******************************** Marcus hacía todo lo posible por no destacar, cosa que era difícil estos años.
Su cuerpo musculoso y alto llamaba la atención, su rostro curtido y mandíbula cuadrada, el espeso vello facial que nunca se iba, la cicatriz que jamás sanó a pesar de su capacidad curativa para todo lo demás.
El hombre se paseó por las inmediaciones de la Mansión Wayne, estudiando el terreno lo mejor que pudo.
Marcus no acostumbraba a infiltrarse y recopilar información.
No era su punto fuerte, sino la contundencia.
En el pasado, jamás habría operado de forma tan agresiva con tan poca información, pero aquí las cosas eran diferentes.
Aquí él era diferente.
Donde una vez se sintió poderoso al cargar un arma en sus manos, ahora las consideraba meros trastos cuya única función era evitar que se marchara la ropa de sangre.
Su olfato le permitía actuar como un sabueso, con su fuerza doblegaba a la mayoría de los hombres, su resistencia le impedía agotarse incluso después de horas de entrenamiento.
Era rápido, ágil, las balas pequeñas rebotaban de su piel, y podía curarse de las heridas provocadas por calibres más grandes.
Y si todo lo demás fallaba, tenía un as bajo la manga para salir de los aprietos.
No comprendía del todo su poder no obstante.
No le pertenecía, así como este cuerpo.
Pero entendía que necesitaba ser más fuerte para obtener las respuestas que necesitaba.
Esta misión sería un paso importante en ese sentido.
Marcus respiró hondo y decidió que había transcurrido tiempo suficiente.
Era el momento de actuar y el primer movimiento sería suyo.
—Caine, voy a entrar.
Eto, cubre mi posición.
Mocoso, espera la señal— dijo Marcus rápidamente, tensando sus músculos y fijando su mirada en las puertas de la Mansión.
Con un gruñido animal, echó a correr hacia los muros y dio un gran salto, elevando su masa a casi siete metros de altura en su punto más alto.
Se movió con rapidez a través del amplio patio y alcanzó la entrada en segundos.
La fuerza se acumuló y un brillo misterioso destelló en el puño retraído de Marcus.
Liberando la energía contenida, el mercenario estampó su puño contra las pesadas puertas, haciéndolas crujir y doblarse antes de salir despedidas hacia el interior.
El estruendo fue ensordecedor, alertando a la mayoría de los ocupantes de que algo sucedía.
—¡Wayne, trae tu millonario trasero aquí!— rugió Marcus a todo pulmón, avanzando con sonoros pasos y derribando jarrones, macetas y cuadros allí donde los encontraba.
Se abrió paso hasta una amplia cocina donde fue recibido por una multitud interesante, pero predecible.
Vio un perro extraño y feo masticar un trozo de carne.
Cañones de plasma en su espalda delataban su identidad, a pesar del tamaño encogido.
Un mayordomo esbelto y de fino bigote, sirviendo alimentos al perro.
Y sobre el mesón yacía una cosa mitad peluda, mitad metálica enterrada en un tazón de aperitivos.
—Mayordomo, llama a tu empleador y no tendré que hacerte daño— advirtió Marcus con tono gélido, vigilante del perro monstruoso.
Él sabía que eran bestias peligrosas, y que eran dos.
—Me temo, caballero, que el señor Wayne se encuentra ocupado.
La próxima vez podría agendar una cita en lugar de irrumpir salvajemente a propiedad ajena— respondió Alfred.
Marcus aprobó internamente la calma del mayordomo, aunque eso probablemente se debiera a la presencia del perro.
—Entonces no me dejas más opciones, caballero— escupió Marcus, sacando rápidamente un arma y apuntando a la pierna del hombre.
Él esperaba un movimiento del perro, incluso de la cosa en el mesón, pero nadie hizo ademán de detenerlo.
No dispuesto a quedar en ridículo, apretó el gatillo para darles una lección.
*********************************** John flotaba sobre la Mansión Wayne con expresión fría.
Sus sentidos de olfato y audición le permitieron detectar y enumerar la cantidad de personas que había dentro.
Él sabía que Bruce Wayne no estaba allí.
Había revisado los alrededores y no captó ninguna esencia idéntica a la residual de su habitación.
Aún así, no se molestó en informarlo.
No tenía motivos para ir por ahí revelando sus habilidades a extraños.
Sólo se dedicó a observar con curiosidad cómo el peludo hacía el ridículo.
Se lo merecía por llamarlo siempre mocoso y avergonzarlo delante de Eto.
También mantuvo la vigilancia sobre el otro lado de la Mansión, donde el segundo perro monstruoso jugaba con algunos sillones de calidad.
John no fue tan tonto como para pensar que el perro no había notado la conmoción provocada por Marcus.
El joven de cabello rubio ceniciento consideró la idea de tomar a la criatura como rehén en lugar de Wayne, pero Marcus eligió ese momento para pedir su ayuda.
John suspiró, preguntándose que pudo haber salido mal un instante antes de salir disparado hacia la posición del mercenario, en línea recta y atravesando las paredes, los pisos y a una criada desafortunada.
Sonidos de disparos consecutivos llegaron a oídos del chico, así como los gruñidos de Marcus y una voz mecánica, tranquila, indiferente, diciendo palabras y números que no significaron nada para John.
Al derribar la última pared, John ignoró al estático Marcus y concentró la energía en sus ojos, haciéndolos brillar de un carmesí amenazador.
Dos líneas ardientes se dispararon y chocaron contra un escudo de energía crepitante que protegió a un robot rata y al mayordomo.
—¿Muchacho, dónde aprendiste esa habilidad?— preguntó la rata, a quien John identificó como la mascota de Hiruko.
No recordaba más del expediente que apenas leyó.
—Yo me encargo de esto, tú busca al tipo rico— instó John a Marcus, quien seguía parado en su lugar por alguna razón.
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