En el Universo DC con plantilla Shinobi - Capítulo 213
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- Capítulo 213 - 213 Mal Momento 4
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213: Mal Momento 4 213: Mal Momento 4 Los cambios siempre deberían ser bienvenidos.
Son inevitables, a veces aleatorios.
Pueden ser para bien, pueden ser para mal.
Liam había tenido que aceptar muchos cambios a lo largo de sus dos vidas.
No tuvo elección en la mayoría de los casos, ni tuvo la certeza en los pocos que sí.
Está vez sin embargo, sería diferente.
Se prometió a sí mismo que lo mantendría.
Oleadas de chakra, cinco veces más densas de lo normal, fueron expulsadas de su cuerpo y penetraron las paredes de la mansión.
Sus clones habían sacado a los pocos empleados de Bruce, y sólo quedaban combatientes en la gran propiedad.
No necesitaba ser tímido con el oponente.
Láseres gemelos súper calientes atravesaban decenas de metros de material, cortaban las columnas, fundían las vigas, desestabilizando las paredes.
Bolas de fuego estallaron violentamente, arcos crepitantes danzaron entre los pasillos, cuchillas de viento rasgaron el aire.
Los Bunshin cargaban con el impulso de la Liberación Veloz, golpearon con la dureza del Acero y la fuerza de un pseudo Jinchûriki.
Pero el mocoso con el que peleaban no parecía verse afectado.
Sí, el fuego le hizo retroceder, los rayos lo congelaron, el viento rasgó su ropa, los puños y las patadas lo molestaban.
Pero el daño era leve.
Su resistencia no parecía menguar.
Liam se dio cuenta que si se contenía con este niño, podría pagarlo caro.
Pero tampoco iría a matar.
Ya no podía.
No si deseaba dejar de dispararse en el pie.
Con la ayuda del denso chakra de Jorm, Liam pudo empapar todas las estructuras metálicas de las inmediaciones.
Tejidos los sellos de concentración, hizo su movimiento.
Formaciones de Acero crecieron de los materiales ya existentes, alimentados y sustentados por el chakra invertido.
La Mansión tembló, las paredes crujieron.
El niño volador, disparador de láseres oculares y piel ultra resistente notó la conmoción e intentó salir volando.
Dos ondas de chakra casi invisibles lo embistieron desde arriba, frenando su movimiento.
Clones de Liberación Veloz, unos bichos raros pero útiles.
El acero creció como colmillos de una bestia colosal, formando una jaula conductora alrededor del niño.
Desde fuera de la mansión, en el aire a unos doscientos metros del suelo, se arremolinaba una crepitante nube de oscuridad, rugiendo y tronando mientras pulsos constantes de luz azul recolectaban energía.
Sobre el techo de la mansión, el cuerpo principal de Liam era drenado de chakra por la técnica, la más potente en su arsenal por los momentos.
Una que hizo sangrar a un kryptoniano guerrero.
Pero antes de que el haz de aniquilación descendiera, Liam se vio obligado a moverse de su posición para evadir un corte de energía con forma de espada.
Sus ojos carmesí se volvieron al responsable, pero fue recibido por un puñetazo en la nariz que desapareció tan pronto como transfirió la energía.
Liam echó la cabeza hacia atrás levemente, más confundido que adolorido.
El puñetazo era fuerte, pero dentro del límite humano.
Quizás más que el promedio.
Más cortes de espada viajaron en su dirección, pero Liam disparó cuchillas de viento en consecuencia.
—¿¡Qué haces!?
¡Dispara maldición!— gritó uno de sus clones cuya cabeza atravesó el techo.
Liam no perdió más tiempo y desató su Jutsu.
Un denso pilar de plasma cayó sobre la Mansión Wayne desde las nubes de Elemento Tormenta.
Aún dentro de la jaula gigante de Acero, John fue bañado en la poderosa energía, la cual usó los cientos de picos metálicos para rebotar entre ellos y continuar dañando al Meta Humano.
—¡Aaaagh!— rugió el chico, su poderoso físico incapaz de tolerar niveles tan altos de calor y electricidad todavía.
Afuera, Liam alcanzó a ver a una mujer envuelta en una armadura de avanzada tecnología, una roca brillando en su peto de manera similar a la de cierto Héroe de Marvel.
Su glamurosa hoja se balanceó y el filo destelló con luz dorada, enviando otro corte de casi diez metros de largo hecho de pura energía.
Una sensación de familiaridad picó en la consciencia del shinobi, pero no tenía el tiempo para echar cabeza al asunto.
Los problemas no cesaban su aparición.
Mientras el haz crepitante de Elemento Tormenta disminuía su intensidad y los gritos del muchacho amenazaban con romper sus tímpanos, Liam vio una monstruosa aglomeración de tentáculos, extremidades insectoides y segmentos quitinosos acercándose a la propiedad.
A pesar de la incomodidad en sus oídos, el shinobi tejió sellos y puso su palma en el tejado, convocando a Zugan con una vistoza explosión de humo.
—Detén a esa cosa— ordenó Liam.
El cerdo quimera bramó y dio un gran salto, arremetiendo con una velocidad impropia de su tamaño.
De repente, una misteriosa fuerza se apoderó del cuerpo de Liam y tiró con fuerza.
El shinobi buscó moverse, pero los trozos del techo al que se aferraban sus pies también fueron arrastrados, lo que le hizo perder tracción.
Un zumbido que ya había oído se escuchó a sus espaldas y dos presencias llenaron su espacio personal.
Él esperaba su llegada.
Jorm extendió sus zarcillos y los llenó con energía eléctrica.
Liam expulsó una corriente de aire de su boca, luchando contra la fuerza telequinética que lo atrapó.
Henry fue sorprendido por las extremidades monstruosas y se alejó rápidamente del lugar.
La mujer que trajo consigo no se inmutó.
Hojas gemelas se agitaron con velocidad y precisión, difuminándose en borrones y destellos de plata mientras desviaban las puntas de hueso electrificadas de Jorm.
—¡Asesino, siente la ira de Hao Tian!— bramó la mujer del traje avanzado y las hojas de energía, saltando sobre Liam con la espada descendiendo sobre su cabeza.
Liam parpadeó, extendiendo la mano en su dirección y enviando sus vendajes en un disparo certero.
La tela casi irrompible gracias al chakra se enrolló alrededor de las muñecas de la mujer, deteniendo su tajo en seco y dejándola colgar en el aire.
La mujer a su espalda continuó luchando con esmero contra Jorm, mientras la fuerza telequinética perdía potencia ante la inamovible figura de Liam, cuyas vendas perforaron el tejado y se enlazaron en las vigas de la Mansión.
—…
—…
—… ¿Quién?— preguntó Liam tras un incómodo silencio, lo que sólo hizo enfurecer a las damas.
*********************************** Batman sintió cómo sus intestinos se sacudían a raíz del poderoso golpe del meta humano.
La armadura resistente a la energía cinética de las balas no pudo soportar la fuerza del León humanoide.
Batman salió volando un par de metros, fuera de la nube de gas que levantó para confundir al enemigo.
El Hombre León emergió después con un rugido furioso, sus ojos entrecerrados y llorosos, la nariz cubierta de mocos.
No pasó un momento divertido allí dentro.
Un destello de luz dorada silbó en la pierna del Hombre León, cuyas intenciones asesinas eran casi palpables.
Teniendo una nefasta premonición de lo que ocurriría con su cuerpo si ese ataque impactase, el Murciélago sacó dos pares de Batarangs y los arrojó a la cara del enemigo.
Cuatro detonaciones al unísono envolvieron la figura de Marcus en una cegadora bola de fuego y humo mientras Batman se quitaba del camino, sus dientes apretados ante la dolorosa sensación que lo recorría.
Su mirada pasó brevemente entre los monstruos gigantes batiéndose en duelo y los restos de la Mansión en llamas, el hogar donde aún había recuerdos de su familia.
Vio al niño de piel, cabello y vestimenta blanca que había descendido a la oscuridad de manera casi irremediable siendo acosado por enemigos desconocidos.
¿Cómo se habían tornado tan extrañas las cosas?
No había sentido en este ataque.
A Batman no se le ocurría ninguna razón, ningún enemigo.
Sólo una explicación rondaba la mente del justiciero.
Todo esto podría atribuirse a un único individuo.
—¡Eres hábil, Héroe de Gotham, pero no lo suficiente!— dijo el hombre León, su voz mezclada con un rugido animal mientras salía de la nube de polvo completamente ileso.
Sin embargo, su carga se vio frustrada por dos Ninken de tamaño completo, cuyas fauces se cerraron sobre uno de sus hombros y una de sus piernas.
Dojin y Tsunako se enredaron con Marcus en un revoltijo de gruñidos, colmillos y garras.
Dejando los pensamientos inútiles de lado, Batman respiró hondo y preparó algunos batarangs más antes de lanzarse a la pelea de nuevo.
Mientras tanto, en el amplio patio de la Mansión Wayne, Zugan derramaba chorros de fuego contra la extraña criatura que su maestro le encomendó detener.
Zarcillos puntiagudos azotaban su duro caparazón sin éxito, la armadura quitinosa se resquebrajaba con cada pisotón y cada embestida del cerdo quimera.
Las llamas la hacían chillar, su cuerpo alargado la hacia fácil de golpear, pues la agilidad de Zugan era muy superior.
Zugan no sólo era más ágil, sino más rápido y más resistente.
El único aspecto en el que perdía era en masa y quizás fuerza bruta, pero eso último no estaba claro para la invocación.
Su oponente, cuyos órganos internos parecían inexistentes, se dio cuenta de lo mismo y dejó que el cerdo quimera cargara una vez más, enredándose con el largo cuerpo insectoide y trastabillando pesadamente.
Él no notó la figura humanoide con alas carnosas que salió del grotesco cuerpo con una mueca de fastidio en su rostro.
Lyla, que se hacía llamar Eto en este mundo, chasqueó la lengua con desgana, lamentándose el hecho de ni siquiera poder luchar en igualdad de condiciones con una invocación.
Una que si bien no reconoció, sospechaba que no era tan buena como Los Sapos o las Serpientes de las Tierras Sabias de aquel mundo shinobi.
Decidió no malgastar su energía y echarle un vistazo al objeto de su interés.
Pasó por encima de la batalla de los Ninken, Marcus y Batman, dedicándole un asentimiento comprensivo al pobre tonto con un Sistema de poder tan débil como el suyo propio.
A menos que desbloqueara las formas Quimera y Dragón del Juego, el mercenario León no llegaría muy lejos en esta vida.
Su mirada sin embargo, no se detuvo en la actuación de Batman y las otras invocaciones.
En su lugar, se desplazó al tejado donde arcos de energía dorada, láseres carmesí descontrolados y figuras veloces como el infierno se enfrentaban en un curioso combate.
John, cuya fuerza base sí lo hacía un poco más competente que los demás, estaba chamuscado y furioso, cargando en destellos apenas perceptibles para Lyla contra Hiruko y sus Bunshin.
Los Bunshin evadían con sorprendente rapidez, en lo que Lyla sólo pudo interpretar como el shunshin no jutsu usado al extremo.
En medio de todo, las tres dolidas viudas asiáticas intentaban ponerse al día con la pelea, sin mucho éxito.
Lyla no sabía de dónde demonios habían salido, ni cuál era el origen de sus habilidades.
Podrían haber sido meta humanas nativas de este mundo, o la consecuencia de los muchos transmigrantes que parecían rondar la tierra.
La líder manifestaba energía de su cuerpo a través de cortes de espada.
Una era veloz, más que ella misma y Marcus, pero inferior a John.
Y por lo visto, al shinobi también.
La tercera podía usar algún tipo de telequinesis.
Eran hábiles, pero definitivamente no al nivel de entrar en una refriega entre transmigrantes con poderes locos.
Lyla observó con interés, sin molestarse en participar en aquel choque.
No podría aunque quisiera.
John destrozaba secciones del techo con sus puños, mandando escombros a volar.
Hiruko evadía y azotaba con relámpagos o bolas de fuego, provocando agonía a las heridas horribles del Homelander a medio desarrollar.
Distorsiones de aire salían disparadas de vez en cuando, impactando a John y desequilibrándolo.
Hiruko aceleraba de repente, evitando ser envuelto en el manto telequinético o los cortes de la china supuestamente veloz, y golpeando con fuerza al inexperto mocoso.
Sus clones mantenían a raya a la espadachín y trataban de localizar a la perra telequinética, mientras otros se encargaban de acosar a la velocista barata y al proyecto de super man.
Sin embargo, Lyla frunció el ceño por un detalle vital: Hiruko golpeó y debilitó a sus oponentes, pero ningún ataque era mortal.
Usó armas, pero jamás cortaba el cuello.
Usaba rayos, pero no frió a las molestas mujeres.
Tampoco fue particularmente duro con John, a excepción del rayo gigantesco que cayó de las nubes.
Era como si…
como si quisiera detenerlos en lugar de matarlos.
Eso no le gustó a Lyla.
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