En el Universo DC con plantilla Shinobi - Capítulo 214
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- Capítulo 214 - 214 Mal Momento 5
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214: Mal Momento 5 214: Mal Momento 5 Lin Bingxue apretó los dientes con frustración.
La ira, el dolor y la impotencia la hacían querer estallar en lágrimas.
La energía burbujeante en su pecho fue drenada constantemente, canalizada gracias al entrenamiento que Hao Tian le dio y a la armadura que él le regaló.
La hoja destelló y cortó el aire, dividiéndolo por la mitad con cada onda de energía afilada que, aunque letal a ojos de Lin Bingxue, no parecía ser más que una molestia para su odiado enemigo.
Un enemigo que ni siquiera tuvo la decencia de reconocer el dolor que ella y sus hermanas sufrían a causa de sus acciones.
Por el rabillo del ojo vio a Su Fengling fracasar estrepitosamente en su intento por competir con las réplicas sólidas en una batalla de velocidad y agilidad.
Su delgada figura se desdibujaba en el aire y arremetía con furia, pero era constantemente desequilibrada por temblores en el terreno, movimientos repentinos del suelo y enormes olas que frenaban su impulso.
Y mientras esta vergonzosa actuación continuaba, la mayor concentración de réplicas, y muy probablemente el cuerpo original, se enfrentaban al niño americano cuyo poder estaba más allá de lo que Lin Bingxue había imaginado.
Muchas cosas no salieron como ella quería.
Una repentina ráfaga de viento la golpeó desde un costado, la fuerza siendo suficiente para sacudirla incluso con la armadura equipada.
Lin Bingxue trastabilló y trató de girar sobre el lugar para desatar otro corte, pero las dos réplicas que la enfrentaban se movieron a una velocidad a la que ella no pudo responder.
En un parpadeo, los dos Hiruko estaban frente a ella y a su espalda, sus manos brillando y chillando con relámpagos.
El ataque fue coordinado, veloz y preciso.
Lin Bingxue ni siquiera sintió dolor.
No hubo daños a su cuerpo, no hubo sangre o una muerte rápida.
La réplica de enfrente atravesó el peto y sacó la ardiente fuente de energía que permitía la movilidad de su pesada armadura.
El que estaba a su espalda arrancó una gran sección antes de separar los restos con un tirón violento.
La mirada de la viuda permaneció gélida, sus ojos taladrando con odio al asesino de su amado.
—Sácala de aquí, este proto-Super Man podría matarla accidentalmente— dijo la réplica a su espalda antes de desaparecer.
El de enfrente ignoró a Lin Bingxue y la rodeó con sus vendajes, que parecían moverse como serpientes.
—¡No me toques, asesino!— siseó ella con disgusto, intentando alejarse de su toque.
Él no se molestó en responder y la enrolló de pies a cabeza como un capullo antes de montarla sobre su hombro sin decoro.
—¡Bájame, bájame ahora mismo o lo lamentarás!— se quejó Lin Bingxue, agitándose lo mejor que pudo.
Sólo podía derramar sus emociones verbalmente, pues ya se había dado cuenta de lo realmente débil que era en comparación.
En el fondo, siempre fue consciente de ese hecho.
Si Hao Tian había muerto a manos de este mocoso, ni ella, ni sus hermanas ni toda la Hermandad de la Nube Celeste podían esperar otro resultado.
Pero Lin Bingxue no consideró probabilidades, ni lógica.
No fue lo suficientemente paciente, ni era tan astuta como Hao Tian.
Cuando su amado desapareció durante un par de semanas, Lin Bingxue y sus hermanas pensaron con fastidio que el hombre se había encariñado con otra mujer y añadiría otra hermana a su hogar.
Pero entonces llegaron unos pocos miembros de la Hermandad con noticias terribles.
Heridos y agotados al extremo, los únicos cinco supervivientes de toda la expedición hablaron incoherencias sobre monstruos gigantes y niños con el poder de los mares y las tormentas.
Afirmaron haber sido testigos de una batalla imposible entre dos occidentales y su Maestro de Hermandad.
Enemigos desconocidos que eran comparables a Hao Tian.
—Patrañas— había dicho Lin Bingxue.
¿Cómo podían unos occidentales cualquiera compararse con Hao Tian?
El hombre que derribó la mafia de su familia y conquistó su corazón, capaz de desafiar al gobierno de cualquier nación y cruzar fronteras a su antojo.
El hombre cuya espada podía atravesar montañas, cuyas píldoras cargadas de su esencia podía convertir en súper humanos a quien las tomase.
Pero más semanas pasaron, y luego meses, y luego un año, y luego dos.
Hao Tian jamás regresó a casa.
Lin Bingxue había gastado una fortuna a fin de obtener información.
Buscó ayuda en el gobierno, pero no obtuvieron nada.
Buscó adivinos, y todos le dijeron lo que ya sabía.
Buscó entonces en el bajo mundo.
Y encontró respuestas.
Una hoja oculta del gobierno americano, un demonio de blanco que arrasaba allí donde sus coloridos Héroes no se atrevían.
Uno con el poder de los mares y las tormentas.
Lin Bingxue no pudo soportarlo.
Su casa se desmoronaba, su Hermandad había perdido propósito, los fondos se agotaban y estaba claro que Hao Tian no regresaría.
Pero el odio movió sus acciones.
Se dejó llevar por sus impulsos más agresivos, arrastrando a dos de sus hermanas consigo a una misión de la que no habría retorno.
Ella buscó y encontró Meta Humanos capaces, al menos a sus ojos, para enfrentar la amenaza de Hiruko.
No tuvo el corazón para lanzar a los restos de la Hermandad a una carga suicida.
Y subestimó enormemente al shinobi, así como se sobreestimó a sí misma y a sus hermanas.
************************************************* —¡¡YA DÉJAME!!— chilló John con un poderoso grito que distorsionó el aire visiblemente en un radio de decenas de metros.
Su garganta seca ardía por la cantidad de veces que había usado la habilidad, sin mucho éxito, cada vez que se sentía acorralado por el enemigo.
Sus puños capaces de atravesar el blindaje de un tanque se sacudieron violentamente, perdiendo por poco a la copia maldita del albino.
Su velocidad era superior a la del sonido por un amplio margen, pero eso sólo contaba en términos de vuelo.
En tierra era ligeramente inferior a Hiruko.
Ellos volvieron a aparecer a su lado, propinando puñetazos demoledores y patadas devastadoras que hacían gritar de dolor sus doloridos músculos.
Llegaban en oleadas, apuntando constantemente a su barbilla para hacer bailar su cerebro en su cabeza y desorientarlo, a sus piernas para hacerlo caer, a su ingle para dejarlo sin aliento.
Fuego ardiente abrasaba su carne ya chamuscada y en regeneración, destruyendo lo poco que se había curado.
Rayos que no deberían dañarlo le provocaron espasmos e interrumpieron su flujo de movimiento.
El Acero crecía como si de plantas se tratase, envolviendo sus pies de vez en cuando mientras se revolvían en densos pilares de varios metros de grosor que se clavaban en la tierra, impidiéndole salir despedido en el aire.
Podía levantar ese peso, pero con la interminable lluvia de ataques que le caía encima era casi imposible tomar el impulso necesario.
John empezó a desesperarse.
Él recordaba vagamente lo que era un shinobi.
En su mundo había historias de naturaleza similar, aunque no del tipo que le llamasen la atención.
Esta cosa con la que luchaba no parecía uno en lo absoluto.
¿Pero qué sabía él?
Todo este mundo le parecía una mezcolanza rara de las historietas de super héroes que había leído.
Nombres diferentes, elementos similares pero no idénticos.
John había creído que, si bien no obtuvo la mejor de las bases de las que era consciente en la ficción, aún podría levantarse por encima de todos y cumplir sus fantasías.
Siguió obedientemente cada instrucción del Sistema, tomó y completó cada misión que le fue presentada.
En menos de cinco años, ya era capaz de enfrentarse a un ejército por su cuenta.
Al menos, al ejército de su mundo.
—¿No te cansas nunca, mocoso?— preguntó el shinobi, o alguna de sus copias.
John jadeaba pesadamente, más por el dolor que toleraba a duras penas que por agotamiento.
Antes de que pudiera responder con una ráfaga de su visión de calor, una pesada maza de Acero se estrelló contra su cabeza desde arriba.
Otro duplicado de Hiruko había convertido su mano en un martillo.
El impacto sacudió a John más de lo que le gustaría admitir, agrietando el suelo a sus pies con crujidos ruidosos.
Sin embargo, el golpe también debilitó significativamente la estructura antinatural de metal que se aferraba obstinadamente a sus extremidades inferiores.
John vio su oportunidad y se agachó torpemente, hundiendo sus dedos en el Acero y despedazando una parte considerable con un rugido de rabia que hizo retroceder a los oponentes.
El constructo cedió y John se impulsó con un poderoso salto, rompiendo la barrera del sonido con una onda expansiva que levantó polvo y escombros, desapareciendo en el cielo lo más rápido que pudo.
Aunque acosado y apaleado, el joven transmigrante había visto la situación general: Marcus retenido por los perros y una copia descarada de DarkWing, Eto pisoteada por un monstruo casi tan grande como ella, y Henry desaparecido de la escena en cuanto las cosas se fueron al demonio.
Las mujeres asiáticas eran un mal chiste que ni siquiera consideró.
Como tal, no había motivos para que John sufriera semejante paliza.
Siempre podría volver otro día y completar la misión del Sistema.
Después de todo, no había tiempo límite para la misma.
John atravesó las nubes antinaturales cuya energía se había agotado casi al límite y ascendió hasta alcanzar las reales, sintiendo finalmente algo de alivio.
Pero, justo cuando alteraba su curso para alejarse lo más posible de aquella región, un estampido sónico alcanzó sus oídos un segundo antes de que un agarre férreo apretara su garganta.
El joven rubio parpadeó, desconcertado por la absurda velocidad del atacante, muy por encima de la suya propia.
Sus ojos azules reflejaron el inexpresivo rostro de una mujer, piel ligeramente oscurecida y cabello negro, espeso y reluciente.
Una armadura de bikini abrazaba su bien tonificado cuerpo, con un faldón de placas superpuestas ondeando al aire y revelando muslos exquisitos que, en otras circunstancias, habrían sido el centro de atención de John.
Ahora no tenía más que un terrible presentimiento.
Pudo haber sido el hecho de que su tráquea era presionada con muchísima fuerza o la mirada aburrida de la mujer.
Quizás ambas cosas.
Los ojos de John se encendieron y disparó rayos carmesí directamente al rostro de la mujer mientras sus manos se aferraban a la muñeca de la misma, presionando con todas sus fuerzas para liberarse.
Ella, sin embargo, apenas movió levemente la cabeza y dejó que los rayos quemaran su mejilla.
Ignoró por completo los esfuerzos de John por torcerle la muñeca.
—Hmmm, patético.
Y aún así pudiste salir con vida.
Eso significa que será útil, al menos— comentó ella, hablando para sí misma.
El corazón de John se encogió.
Por primera vez en esta vida, sintió miedo.
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