En el Universo DC con plantilla Shinobi - Capítulo 222
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- Capítulo 222 - 222 Calamidad Andante
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222: Calamidad Andante 222: Calamidad Andante Horas después del encuentro en Gotham, Anissa se reencontró con las repugnantes criaturas que la trajeron a este mundo.
Se aseguró de despojar a su cautivo de todas las herramientas que llevaba, dejándolo con nada más que sus pantalones y su capa.
La máscara también se retiró, así como la mitad superior de su traje.
Había demasiados artilugios escondidos en la espalda, la cintura y los antebrazos, por lo que ella simplemente le arrancó todo.
Sin dispositivos, sin fuerza real y sin habilidades que le permitieran huir de Anissa, Bruce Wayne no pudo hacer más que permanecer en estoico silencio, observando, estudiando, buscando una debilidad y una oportunidad para cambiar las tornas.
O eso había estado haciendo hasta que llegaron a este remoto bosque alejado de la civilización.
Desde que la mujer descendió, Bruce sintió que algo no cuadraba.
Había una sensación de incomodidad que le picaba en lo más profundo de su ser, instándolo a irse de ese lugar.
Tardó un par de minutos en darse cuenta que no había ruido.
No oyó aves cantando, ni insectos chillando su sinfonía vespertina en preparación al anochecer.
El viento no soplaba y las hojas no se agitaban.
Su piel se erizó de repente y su instinto de lucha o huida se activó, tensando sus músculos y alistándolos para explotar en actividad, sea para lo primero o para lo segundo.
Ante ellos, el espacio pareció deformarse y desgarrarse, una grieta zigzagueante dañando la realidad a un punto que a Bruce le pareció enfermizo, incorrecto.
La bilis se agitó en su estómago y los ojos se le enrojecieron, obligándolo a cerrar los párpados para no ver más de esta violación.
Anissa, mucho más poderosa que él en cuerpo, apenas pudo resistir las sensaciones que asaltaban al Murciélago debido a su constante interacción con los Terrores.
En mente y voluntad sin embargo, la guerrera esmeralda palidecía en comparación con Batman.
Ella se dio cuenta de inmediato, pues a sus ojos, el hombre sobrellevó mucho mejor que ella misma su primer encuentro con estas criaturas.
El velo se rasgó y la membrana de la realidad se abrió por completo, permitiendo la entrada a estos huéspedes no bienvenidos.
Altos y de piel rosada, estirada y arrugada, delgados hasta rozar la desnutrición y dos orificios que exudaban un olor nauseabundo y goteaban espesos líquidos amarillentos en donde debería estar la nariz de una criatura humanoide.
Bruce ya no estaba incómodo.
Ahora estaba genuinamente enfermo.
Fue su fortaleza mental lo que evitó que se congelara y se orinara encima.
Fue el duro entrenamiento al que se sometió y toda la presión que soportó a lo largo de los años desde la muerte de sus padres lo que le impidió doblegarse ante el miedo que lo embargaba.
—¿Es este?— preguntó una de las criaturas, señalando con uno de sus tres dedos en dirección a Bruce mientras un chorro de líquido salpicaba de su orificio facial.
—¡Claro que no!
¿¡Qué les pasa!?— se quejó la mujer, frotándose la sienes.
—Él se me escapó.
Necesitaré más tiempo para encontrarlo, así que me quedaré un rato más en esta pocilga.
—…
Como quieras, pero tendrás que esperar nuestro regreso— la cosa se encogió de hombros, un gesto humano que tanto Bruce como Anissa habría preferido no ver.
—¿Tch, y de cuánto estamos hablando?— preguntó Anissa.
—Como quieras, pero tendrás que esperar nuestro regreso— se repitió el Terror, encogiéndose de hombros una vez más, para disgusto de quienes lo presenciaron.
El trío de criaturas maldijo a Anissa y a Bruce con un espectáculo desconcertante e incómodo: Se dieron la vuelta y caminaron de regreso a la distorsión en el velo de la realidad, adentrándose en ese misterioso pasaje y desapareciendo de la tierra.
Ambos permanecieron en silencio un rato, sus pieles erizadas y sus ojos taladrando aquel punto en la nada, como si temieran que la grieta volviera a abrirse.
No fue hasta que una suave brisa los golpeó en la cara y los sonidos habituales de un bosque asaltaron sus oídos que volvieron en sí.
Batman soltó un suspiro que no sabía que estaba conteniendo y los hombros de Anissa se relajaron imperceptiblemente.
—Odio a esos tipos— murmuró ella a nadie en particular.
Bruce guardó silencio, poco interesado en entablar una conversación casual con esta mujer.
Anissa lo miró de reojo y frunció el ceño, su expresión estoica regresando a su rostro y su presencia sintiéndose más pesada que antes.
—Ahora…
¿Batman, verdad?
Tu concepto siempre me pareció estúpido.
Como sea, indícame una dirección en la que puedas disponer del equipo necesario para rastrear a Liam— ordenó con voz autoritaria.
Bruce continuó guardando silencio, sus labios sellados en una fina línea y sus ojos fríos devolviéndole la mirada penetrante a Anissa.
Ella colocó una mano en su hombro y la presión empezó a aumentar.
—No fue una sugerencia, Héroe— escupió la última palabra con visible desdén.
Bruce no se doblegó ante el dolor o la amenaza de que le rompieran los huesos.
—¿Por qué lo quieres?— preguntó con tono tranquilo, obviando el hecho de que ella llamaba al shinobi por otro nombre.
No fue difícil para él darse cuenta que Liam e Hiruko debían ser el mismo individuo al que la guerrera esmeralda quería encontrar.
—Porque me da la gana, hombrecito.
Ahora señala una dirección o lo haré yo misma.
Y créeme, no te va a gustar el resultado— amenazó Anissa, aumentando la presión de su agarre.
Bruce suprimió un gruñido de dolor y mantuvo el contacto visual, desafiante.
Independientemente de las atrocidades que haya cometido Liam o Hiruko o como demonios se llamase el shinobi, a ojos del Murciélago seguía siendo un niño, un huérfano como él mismo, pero con poderes en lugar de riqueza y ninguna ancla que lo orientase por el camino correcto.
No iba a entregarlo.
No arrojaría a lo que él pensaba que era un niño con potencial a los lobos para salvar su propio pellejo.
—Entonces te gusta de la manera difícil— Anissa sonrió ligeramente, sometiendo al hombre sin esfuerzo y atándolo con cadenas que sacó de su inventario, desconcertando a Bruce en el proceso.
Alzó el vuelo y tomó una dirección aleatoria.
Se vio obligada a ir lento, pues no quería destrozar al Murciélago por accidente.
Tras un par de horas más, Anissa divisó un pequeño pueblo en la distancia y alteró su rumbo en consecuencia.
Buscó un rato y encontró un lugar perfecto sobre las altas colinas en las afueras del poblado, dejando caer a Bruce sin mucho cuidado.
Las cadenas tintinearon y el cuerpo entrenado del hombre impactó la hierba con un ruido sordo, sacándole el aire de los pulmones.
Anissa permaneció suspendida a un par de metros de altura, sus brazos cruzados debajo de las pequeñas placas que a duras penas ocultaban sus activos.
—Última oportunidad, Héroe.
Puedes usar las instalaciones de ese pueblito y encontrar a Liam para mí, o señálame un maldito lugar en este momento— dijo con tono de advertencia.
De nuevo, Bruce se mantuvo en silencio, sentándose con dificultad y escupiendo a un lado, sin quitarle los ojos de encima a Anissa ni una vez.
—No tendrás nada de mí— declaró Batman fríamente.
—…Eso me temía— se lamentó Anissa.
Sin previo aviso, la mujer ascendió a una velocidad ridícula, apartando el aire tan bruscamente que la onda expansiva empujó a Bruce y le hizo tropezar.
Su figura se perdió entre las nubes con estampidos sónicos consecutivos y un muy mal presentimiento embargó al Vigilante de Gotham.
En el aire, Anissa trazó un amplio arco que la llevó a salir del mar anaranjado y blanco de las nubes en su punto más alto, permitiéndose ser bañada por un instante en la cálida luz del sol que se ocultaba.
Rápidamente aceleró y entró de nuevo en las nubes, cayendo en picada a una velocidad incluso mayor que la de su ascenso.
En el suelo, Bruce encontró su figura con la mirada al ver una explosión de nubes y una estela que comenzaba a arder siguiendo a la espalda de Anissa.
—No…— murmuró con los ojos abiertos, su corazón saltándose un latido.
Anissa aceleró más y más, sus puños al frente en la postura clásica de vuelo, el aire quemándose y chillando ante su violento paso.
—¡No no no, detente!— gritó Bruce, pero ella no podía oírlo, y aunque lo hiciera, no se detendría.
Las personas que culminaban un día más en el pequeño y aburrido pueblo ni siquiera tuvieron el tiempo de percatarse de la calamidad que caía sobre sus cabezas.
Anissa simplemente fue demasiado rápida.
La mujer se estrelló como un meteorito en la plaza central del poblado, provocando una devastación incluso mayor que la de la Mansión Wayne.
Las decenas de ciudadanos comunes e inocentes que paseaban por las cercanías fueron los más afortunados, destrozados por la onda de choque tan rápido que sus mentes no reconocieron dolor alguno.
Los siguientes cinco minutos sin embargo, serían de absoluto horror para los desafortunados que recibirían las embestidas inhumanas de Anissa.
Y Bruce Wayne tuvo que presenciar cómo desaparecía un pequeño pueblo en tan corto y tan largo período de tiempo a la vez.
Todo porque se negó a cooperar con este monstruo.
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