En el Universo DC con plantilla Shinobi - Capítulo 226
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- Capítulo 226 - 226 Desencadenante 2
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226: Desencadenante 2 226: Desencadenante 2 Dentro de la cabina blindada del Sincrotrón, el silencio era casi absoluto.
La única señal de actividad eran los siseos y chasquidos provenientes de las mecandritas flexibles de Nezu, y el zumbido bajo y reverberante del acelerador de electrones.
Las garras de metal teclearon furiosamente con precisión, ejecutando los comandos adecuados para iniciar el proceso.
En los monitores, la gráfica de base permaneció en una plana e impasible, esperando las sacudidas para empezar a trabajar.
Nezu activó el acelerador y el zumbido bajo fue en aumento.
El túnel hermético se llenó de energía y actividad, fotones saliendo disparados de un lado a otro a velocidades que ningún cuerpo orgánico resistiría.
La muestra colocada por Flash en el otro extremo fue golpeada inclementemente, sacudida, estimulada.
Las gráficas cobraron vida.
La pantalla principal explotó con una cascada de picos violentos, la muestra de chakra extraída de las Quimeras gritando su propia frecuencia, frecuencia que era leída, analizada y archivada en el servidor privado y aislado en el que Nezu convirtió la red de BrookHaven.
—Héroe, tu turno— habló Nezu, redirigiendo los datos obtenidos a otra posición del Laboratorio donde Flash esperaba la señal.
Si bien BrookHaven no era una estación de comunicaciones, Nezu no necesitaba asaltar otra base con antenas gigantes y conexión a satélites gubernamentales o civiles para su propósito.
Este lugar tenía una herramienta igualmente útil: El RHIC (Acelerador Relativista de Iones Pesados).
Con la frecuencia ya reconocida por los sistemas del Laboratorio, Flash recalibró la configuración del Colisionador y sus miles de imanes superconductores.
Los cuatro kilómetros de túnel ya no se usaban para mover partículas, sino para crear un campo de inducción masivo.
Nezu no necesitaba un ojo en el cielo para encontrar a Liam.
Él lo “escucharía”.
—¿Oyen eso?— preguntó Dojin de repente, sus orejas erguidas y moviéndose en todas direcciones como una antena.
—Todavía no— comentó Nezu, sus lentes oscuras totalmente desenfocadas mientras sus sistemas internos luchaban por interpretar el vomitivo mar de información que recibía de todo el jodido laboratorio.
Afuera, el escándalo provocado por Zugan se había mantenido en un punto muerto desde hacía un rato.
Helicópteros de asalto zumbaban por la zona, sus cañones rugiendo y los misiles salpicando el cielo sobre la cabeza de la invocación.
Blindados ligeros fueron reemplazados por robustos tanques que embestían contra la Quimera sin temor alguno.
Zugan recibió el bombardeo como una montaña inamovible, su duro exterior y su modificado interior casi inmune a las altas temperaturas, el daño perforante y los impactos contundentes.
Al menos al nivel que la tecnología humana podía desatar.
Los proyectiles rebotaron, los láseres apenas dejaron marcas, los explosivos sólo levantaron polvo e hicieron volar escombros.
De haber sido la misma criatura que llegó a este mundo hace unos años, Zugan no habría podido resistir semejante ataque.
Aún así, la Quimera no era estúpida.
Sabía muy bien el tipo de consecuencias que esto acarrearía para su Maestro.
Por eso se aseguró de no lastimar a uno sólo de los humanos.
Sus pezuñas hicieron temblar la tierra y el chakra empapó sus extremidades, dándoles la fuerza y la resistencia que necesitaba para mover su gran marco sin desgarrarse los músculos.
Zugan cargó contra los tanques.
Proyectiles impulsados por llamaradas incandescentes llovieron sobre su cabeza en amplios arcos, detonaciones que superaron las de las etiquetas explosivas bañando al Cerdo en todas direcciones.
Apenas se vio sacudido, pero el suelo que pisaba era un asunto diferente.
Las grietas se extendieron y sus pezuñas se hundieron en el asfalto y la tierra, haciéndole trastabillar torpemente.
Los tanques aprovecharon el momento y sus largos cañones rugieron al unísono, arrojándole pesados proyectiles cuya detonación sólo empeoró la situación bajo sus pezuñas.
—Sí que son persistentes— reconoció la Quimera, pulsando más energía a sus extremidades y preparándose para liberar la fuerza reunida.
Haciendo gala de su agilidad, Zugan saltó varios metros en el aire en una explosión de tierra y grietas que dejó tras de sí.
La invocación trazó un arco y se encontró aterrizando pesadamente ante los tanques.
El impacto desestabilizó el suelo y un par de los vehículos blindados sufrieron sus mismas dificultades.
Las orugas traquetearon sin encontrar la tracción necesaria debido al leve hundimiento de la tierra.
Los tanques se inclinaron hacia adelante y Zugan aprovechó la oportunidad para patear los cañones, quitándoles su arma principal.
Los demás intentaron rodear a la Quimera y movieron sus pesadas cabezas, demasiado lentos para la ágil invocación.
La bestia pisoteó el suelo y en un parpadeo embistió el costado de otro tanque, su dura cabeza abollando el denso blindado.
El vehículo militar se sacudió y rodó por el suelo, lanzado lejos como si un niño tirase un juguete.
Otro tanque sufrió un pisotón en sus orugas, lo que lo dejó incapacitado.
En todo momento, las balas y los láseres siguieron cayendo sobre Zugan con precisión absurda.
Los únicos que cesaron su fuego fueron los helicópteros, ya que temían herir a sus propios blindados.
Todo era inútil ante la Quimera.
Nezu necesitaba una montaña inamovible, y Zugan se convirtió en una montaña inamovible.
Pero entre el humo y las llamas, los silbidos de los proyectiles y las descargas de energía, Zugan no se percató del acercamiento de un verdadero peso pesado.
Super Man apareció con un estampido sónico y propinó un puñetazo demoledor al costado de la Quimera.
El caparazón capaz de tolerar misiles se agrietó, el interior elástico capaz de dispersar la energía cinética se sacudió y la onda recorrió al Cerdo de un lado a otro, agitando su interior de manera dolorosa e incómoda.
La montaña inamovible salió volando tras un solo golpe.
*********************************************** Anissa observó con expresión impasible al que ella creía que era el Super Man de esta realidad.
Joven, rubia y bonita.
Todo lo opuesto al monstruo que ayudó a asesinar en el mundo del que vino, en el que renació y experimentó horrores inimaginables para la gente común.
Reconoció la fuerza de la muchacha.
Falta de experiencia, sin duda, pero fuerte y capaz.
Anissa se preguntaba si esta niña habría sido capaz de cometer las atrocidades que el Super Man de su mundo hizo.
Puede que sí, puede que no, pero ella no viviría como para averiguarlo.
Si iba a arrebatarle un Liam a este mundo, bien podría deshacerse de una posible amenaza de nivel catástrofe en compensación.
A su alrededor, el terreno yacía destruido e irreconocible.
Cráteres del tamaño de casas salpicando el lugar, polvo danzando como niebla, salpicaduras de sangre, restos de tela rasgada y placas esmeraldas esparcidas por doquier.
La armadura de bikini de Anissa no era de kryptonita pura al 100%, pero el efecto debió ser igualmente debilitante para la muchacha.
Que haya resistido tanto demostró la fuerza de su voluntad.
—Pero todo tiene un límite…
¿Clara Kent?— dijo Anissa con tono arrogante y ligeramente expectante.
Puede que este no sea el Super Man que conoció y contra el cual luchó, pero había cierto placer en derrotarlo con sus propias manos.
En el mundo de Anissa, Clark Kent fue una bestia absoluta, una fuerza de la naturaleza imposible de detener.
Imbuido en un poder como juez y verdugo que nadie le otorgó, el kryptoniano necesitó de una amarga guerra en la que los más grandes combatientes del mundo lo dieron todo para detenerlo.
Anissa estuvo entre esos combatientes como una de las pocas capaces de resistirle mano a mano.
Y ese fue su mayor error.
Cuando la crisis pasó y el monstruo fue detenido, Anissa fue la siguiente.
Tampoco fue la única.
El mundo mal agradecido que salvó terminó traicionándola, temeroso de su poder, sediento por controlarlo.
Todo por culpa de Clark Kent.
—¡S-soy Kara, estúpida!— escupió Super Girl con fastidio, su boca sangrante y un dolor apretando su pecho.
La bota esmeralda y brillante de Anissa pisoteaba el pecho de la rubia, hundiéndola en la tierra con inmensa presión.
El debilitamiento aumentaba paso a paso y la resistencia e invulnerabilidad de la kryptoniana pronto cesarían ante la fuerza de la viltrumita.
El resultado sería sangriento y mortal.
—Como sea— Anissa se encogió de hombros y estaba a punto de aumentar la presión, pero sintió el acercamiento de una crepitante masa de energía desde su espalda.
Ella miró por encima del hombro, imperturbable por quien se atreviera a atacarla tan tontamente.
Lo que vio la hizo parpadear por la sorpresa.
Un hombre corpulento con traje rojo y relámpagos amarillos envolviendo su puño se estrelló contra ella a gran velocidad.
—¿¡Ay mamá, qué está vistiendo en plena batalla, señora!?— exclamó Billy Batson, ahora transformado en Capitán Marvel, mientras sus ojos taladraban el pecho medio expuesto de la guerrera.
Billy ya conocía el concepto de armaduras de bikini, pero esto era una locura.
—¡Quítate de encima, mocoso!— rugió Anissa con frustración, clavando un puñetazo al rostro de Capitán Marvel que lo mandó a volar en otra dirección.
La energía crepitante permaneció causando estragos sobre su piel, más efectiva que la electricidad normal.
La viltrumita frunció el ceño y empezó a considerar seriamente una retirada estratégica.
Ya habían aparecido dos individuos problemáticos.
Bueno, uno problemático y otra manejable gracias a su armadura.
Pero Anissa no tenía más que unas horas en este mundo y definitivamente no había recopilado suficiente información sobre los acontecimientos del mismo.
No podía estar segura sobre qué individuos capaces de hacerle frente o darle problemas había por ahí, y en cualquier caso su objetivo no era pelearse con todo un planeta.
—¡Oye, chica en bikini!— llamó Capitán Marvel, apareciendo junto a la viltrumita con un puño crepitante explotando en poder hacia ella.
Anissa puso los ojos en blanco y desvió el puño, propinando un cabezazo a la nariz del hombre que le hizo retroceder un par de pasos.
—Si atacas, no lo anuncies— replicó con voz severa mientras su pierna se disparaba con brutalidad inhumana e impactaba la entrepierna del hombre.
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